Hace mucho tiempo, trece años quizás, un amigo que ya no está me habló del fotógrafo Robert Frank. Este amigo se encontraba en un momento de alejamiento de su dedicación completa a la literatura y de acercamiento apasionado, excesivo e incondicional hacia la fotografía. Siempre le dije que se había alejado de la literatura porque es un oficio cruel, que nunca nos permite tener una idea fiel de lo que hacemos “en realidad”, de nuestros logros o fracasos. La fotografía, en cambio, es inmediata, y apenas llega el revelado –más inmediata, por tanto, en estos tiempos digitales- podemos tener una idea aproximada de lo que hemos hecho, y de su posible valor, sin necesidad de acudir al veredicto soez y siempre interesado pero nunca interesante de las editoriales a las que mandábamos nuestros textos, y que no nos sacaban de la oscuridad de los inéditos. La fotografía nos otorgaba una felicidad doméstica, al poder compartir la dicha de un encuadre bien resuelto, o de un efecto inesperado que embellecía la imagen. No importa que luego “supiéramos” que esa fotografía tampoco tenía valor. Su fuerza era la confianza que nos entregaba, la posibilidad de un presente en el que existíamos como artistas, salvajes dedicados a su arte, que, al revés que la escritura, nos recompensaba.A través de él conocí la leyenda del suizo Robert Frank, su descubrimiento europeo de América, su trabajo con los Rolling Stones, su ermitaño retiro y su abandono de la fotografía convencional para dedicarse al trabajo, también inmediato, con Polaroids. También yo hacía mis pinitos en esos momentos con la fotografía –con una máquina Cosina que mi amigo me había vendido para comprarse él otra de mayor calidad- y sobre todo me aficioné a la lectura de libros de fotografía –gusto, por cierto, cada vez más barato: si entonces un libro de fotografía cuadruplicaba el de una novela, en el encarecido mundo de la narrativa de hoy, veinte euros es el precio habitual de una novela y también el de algunos libros de fotografía (buen momento para leerlos, entonces)-. Compré en la librería en la que trabajaba el “New York” de William Klein, un libro fascinante, y encargué a la librería Railovsky, de Valencia, un ejemplar de la edición americana de un libro inédito en España, aun siendo una de las piedras fundacionales de la nueva fotografía: “The americans”, de Robert Frank, con prólogo de Jack Kerouac.

Durante varios días no dejé de contemplar las fotografías de ese libro, un paseo sosegado –con un estilo diametralmente opuesto a la violencia y entrometimiento de Klein, o a la abstracción callejera de Friedlander- por las distintas Norteaméricas que existían en un mismo país. Un recorrido con mucho de testimonio, pero no tanto de afán documental. Frank no quería reflejar las costumbres, ni el modo de vida, ni las aspiraciones o la situación, en esos años, del país. Frank pretendía mostrar a los americanos “en sí”, en su ideal de población integrada con negros y blancos conviviendo en las mismas fotografías, pero también en su realidad inevitable de bares de carretera en el profundo Sur, en el que las fotos eran tomadas con esa legendaria Leika sin ruido que permitía la toma oculta, desprevenida, azarosa. Muchas de las fotos de ese libro eran el resultado de una prueba, de una aproximación, de un intento de que la realidad impresionada en el negativo surgiera de una simple intuición del fotógrafo, que colocaba la cámara buscando un encuadre ciego que al tiempo le diera la imagen deseada. Y curiosamente, en esas fotos ocultas del bar, la fotografía resultante era seguramente algo muy distinto a lo que imaginaba Frank, pero sin embargo sí algo definitorio, una construcción simbólica de la realidad, que la define para la posteridad –para nosotros, hoy, esas fotografías tienen un alto valor abstracto sobre la imagen que poseemos de lo que ES Estados Unidos- partiendo de una mezcla de azares que no eran entonces, al tomar la foto, esa realidad.
Otras muchas fotografías de ese libro, que al fin se ha publicado en España (La Fábrica editorial), tienen sin embargo un encuadre clásico, majestuoso, que añaden a la mirada de Walker Evans –más estrictamente documental- matices líricos, poéticos. Los personajes de Frank están muchas veces en movimiento, buscando su lugar, incómodos o felices del lugar que ocupan, pero deseando instalarse en otro. Nomadismo, aspiración al no lugar, al no hogar. Es un mundo de pioneros y un paisaje muy particular. Hombres y mujeres a punto de salir corriendo, de bailar o de irse con su motocicleta, o de partir en el tranvía, carreteras interminables y oscurecidas, nada cálidas pero al menos ahorrando al viajero el calor del estridente desierto, parejas que descansan en el parque en cuesta de San Francisco y descubren al intruso fotógrafo y le niegan la complicidad –al contrario que los personajes de Klein-: personas, no paisajes; norteamericanos, no Norteamérica.
Entre todas las fotos de ese libro inolvidable, descubrí una que me inquietó. Es la titulada Canal Street, Nueva Orleans. La imagen de una calle por la que la gente transita bulliciosamente. Ninguno de los personajes de la fotografía parece pasear. Van y vienen de sus trabajos, al encuentro de sus familias, con ganas de hallar el momento de la celebración o la cura de la enfermedad. Cuando recorrí esa imagen con atención, me sorprendió encontrar en ella la imagen semiescondida de un tipo joven que miraba a la cámara con cierta sorna y una media sonrisa más imaginada por mí que vista realmente en la foto. Al observarlo con más atención advertí por qué me había llamado tanto la atención. Su cara me recordaba a la cara que entonces yo poseía y que me identificaba. Ese personaje era lo más cercano a mí que podía ser el un reflejo fantasmal de una fotografía tomada cuarenta años antes en medio de una calle norteamericana. A la izquierda de la fotografía, comenzando a cruzarla, con la intención manifiesta de hacerlo pasando desapercibido y molesto por no haber podido hacerlo. Descubierto, cazado. Era yo, pero riéndose de mí, de quien era en ese momento, de sus inseguridades y dudas, y por otro lado de sus tozudeces, lo único que me ha mantenido apegado a la literatura durante todo este tiempo, después de tantas alegrías pero también tantas decepciones –merecidas muchas, inmerecidas las más dolorosas-. Creo que la literatura es uno de los oficios más ingratos que existen y un arte noble, pero que es noble por encima de las miserias que lo definen como oficio, más allá de ese oficio por el que tantos se sacrifican sin sacar nada a cambio, aunque lo merezcan o no, no importa. El escritor, para ser feliz, no necesita un camión, sino más bien estar tan desapegado de su ambición, que al cabo la falta de pretensiones se traduce en mediocridad. Porque entregarse, vivir la literatura, en realidad, digámoslo claro, sólo lleva a la decepción, la incertidumbre, y el derrumbe. Muchos abandonan, como aquel amigo, aunque luego tengan que retomarlo, al cabo de los años, como no podemos despreciar una pierna amputada si nos dan la posibilidad de recuperarla. Otros, como aquel tipo de la foto que se parecía a mí y se reía de mí con su mirada, siguen ahí. Si miro una foto actual de mí mismo y vuelvo a la de Robert Frank, no encuentro ningún parecido. El que yo era ya no está en mí. De la foto sólo queda la burla, y de mí, la tozudez.


Durante varios días no dejé de contemplar las fotografías de ese libro, un paseo sosegado –con un estilo diametralmente opuesto a la violencia y entrometimiento de Klein, o a la abstracción callejera de Friedlander- por las distintas Norteaméricas que existían en un mismo país. Un recorrido con mucho de testimonio, pero no tanto de afán documental. Frank no quería reflejar las costumbres, ni el modo de vida, ni las aspiraciones o la situación, en esos años, del país. Frank pretendía mostrar a los americanos “en sí”, en su ideal de población integrada con negros y blancos conviviendo en las mismas fotografías, pero también en su realidad inevitable de bares de carretera en el profundo Sur, en el que las fotos eran tomadas con esa legendaria Leika sin ruido que permitía la toma oculta, desprevenida, azarosa. Muchas de las fotos de ese libro eran el resultado de una prueba, de una aproximación, de un intento de que la realidad impresionada en el negativo surgiera de una simple intuición del fotógrafo, que colocaba la cámara buscando un encuadre ciego que al tiempo le diera la imagen deseada. Y curiosamente, en esas fotos ocultas del bar, la fotografía resultante era seguramente algo muy distinto a lo que imaginaba Frank, pero sin embargo sí algo definitorio, una construcción simbólica de la realidad, que la define para la posteridad –para nosotros, hoy, esas fotografías tienen un alto valor abstracto sobre la imagen que poseemos de lo que ES Estados Unidos- partiendo de una mezcla de azares que no eran entonces, al tomar la foto, esa realidad.
Otras muchas fotografías de ese libro, que al fin se ha publicado en España (La Fábrica editorial), tienen sin embargo un encuadre clásico, majestuoso, que añaden a la mirada de Walker Evans –más estrictamente documental- matices líricos, poéticos. Los personajes de Frank están muchas veces en movimiento, buscando su lugar, incómodos o felices del lugar que ocupan, pero deseando instalarse en otro. Nomadismo, aspiración al no lugar, al no hogar. Es un mundo de pioneros y un paisaje muy particular. Hombres y mujeres a punto de salir corriendo, de bailar o de irse con su motocicleta, o de partir en el tranvía, carreteras interminables y oscurecidas, nada cálidas pero al menos ahorrando al viajero el calor del estridente desierto, parejas que descansan en el parque en cuesta de San Francisco y descubren al intruso fotógrafo y le niegan la complicidad –al contrario que los personajes de Klein-: personas, no paisajes; norteamericanos, no Norteamérica.
Entre todas las fotos de ese libro inolvidable, descubrí una que me inquietó. Es la titulada Canal Street, Nueva Orleans. La imagen de una calle por la que la gente transita bulliciosamente. Ninguno de los personajes de la fotografía parece pasear. Van y vienen de sus trabajos, al encuentro de sus familias, con ganas de hallar el momento de la celebración o la cura de la enfermedad. Cuando recorrí esa imagen con atención, me sorprendió encontrar en ella la imagen semiescondida de un tipo joven que miraba a la cámara con cierta sorna y una media sonrisa más imaginada por mí que vista realmente en la foto. Al observarlo con más atención advertí por qué me había llamado tanto la atención. Su cara me recordaba a la cara que entonces yo poseía y que me identificaba. Ese personaje era lo más cercano a mí que podía ser el un reflejo fantasmal de una fotografía tomada cuarenta años antes en medio de una calle norteamericana. A la izquierda de la fotografía, comenzando a cruzarla, con la intención manifiesta de hacerlo pasando desapercibido y molesto por no haber podido hacerlo. Descubierto, cazado. Era yo, pero riéndose de mí, de quien era en ese momento, de sus inseguridades y dudas, y por otro lado de sus tozudeces, lo único que me ha mantenido apegado a la literatura durante todo este tiempo, después de tantas alegrías pero también tantas decepciones –merecidas muchas, inmerecidas las más dolorosas-. Creo que la literatura es uno de los oficios más ingratos que existen y un arte noble, pero que es noble por encima de las miserias que lo definen como oficio, más allá de ese oficio por el que tantos se sacrifican sin sacar nada a cambio, aunque lo merezcan o no, no importa. El escritor, para ser feliz, no necesita un camión, sino más bien estar tan desapegado de su ambición, que al cabo la falta de pretensiones se traduce en mediocridad. Porque entregarse, vivir la literatura, en realidad, digámoslo claro, sólo lleva a la decepción, la incertidumbre, y el derrumbe. Muchos abandonan, como aquel amigo, aunque luego tengan que retomarlo, al cabo de los años, como no podemos despreciar una pierna amputada si nos dan la posibilidad de recuperarla. Otros, como aquel tipo de la foto que se parecía a mí y se reía de mí con su mirada, siguen ahí. Si miro una foto actual de mí mismo y vuelvo a la de Robert Frank, no encuentro ningún parecido. El que yo era ya no está en mí. De la foto sólo queda la burla, y de mí, la tozudez.

5 comentarios:
un libro impresionante, en el que es fácil perderse, y bastante desanimador para cualquier aficionado a la fotografía: parecen tan fáciles, pero...
Miguel Ángel, si este texto no es un cuento se lo merece. Me has hecho recordar muchas cosas a través del blanco y negro o los libros en las estanterías de Railowsky.
Como bien dice Manuel_h, entre los americanos "es fácil perderse." El desánimo es inevitable con ese tipo de instantáneas, qué calidad, y qué fotógrafos, diferencias de estilo a un lado.
Una pregunta:¿Y Duane Michals, tienes alguna opinión sobre él (por compartir con el último Frank la inclusión de textos y caligrafías, y puede que algo más)?
Ah, me ha gustado leer los textos de los banderines. No sabía ni que existieran, ¿dónde podría conseguirlos? Tengo un amigo que es un gran fan de la película y seguro que lo apreciaría. Muchas gracias. Un saludo y hasta otra.
Me ha gustado mucho leer este post. Me ha gustado que te acuerdes así de tu amigo y que lo compartas.
Qué poco se habla de lo duro que es el mundo de la literatura. Pero hay, a nivel personal, algo peor que escribir: no escribir.
Tuyas, que recuerde, sólo conozco la foto de tu libro (una con ladrillos al fondo), pero el de la foto de Rober Frank sí cabe en ti o tú en él.
Un abrazo fuerte
M.A.,un amigo, en parecidos momentos a los tuyos cuando publicaste este post, me dijo que "esto nunca nadie dijo que fuese fácil, que nunca nadie dijo que tendrías una recompensa". A la vista de tu escritura y de tu trabajo manteniendo este fantástico blog centrado en el cuento,pronto pasará la decepción y, de nuevo, escribirás uno de esos relatos que merecía la pena haber sido escrito.
Un fuerte abrazo
Carlos y Manuel H: ES fácil perderse, sí, pero también un gozo. Carlos, No conozco lo suficiente las fotos de Michals para comentarte. He visto algunas cosas que me han parecido muy interesantes, pero otras no, la verdad. Pásame tu dirección y te envío con gusto uno.
Jose Antonio: Sobre todo quería recordar una época muy hermosa, que nadie podrá quitarnos ya, más allá de las ansiedades, ilusiones más o menos satisfechas o perdidas y errores que cometimos, más allá de sus aciertos también, en fin, ese libro fascinante me ha traído el sabor de aquella época que para mí es tan importante.
Baco: No me siento decepcionado, la verdad, sobre todo quería mostrar lo duro que era y es ser fotógrafo, escritor, todo aquello en lo que pones con toda la ilusión toda tu fuerza y tu tiempo, cuando ves que no se traduce en nada objetivable, real, un resultado, algo que te saque del sueño. Pero sobre todo era una rememoración de aquellos "americanos", que estaban en mi vida y mucho cuando aquí era un libro inédito. Ahora no lo es, por fortuna gracias a La Fábrica, y otros jóvenes amigos que escriban o fotografíen o ambas cosas, quizás hoy mismo están tramando sueños parecidos, al calor de aquel libro y de esta época.
Abrazo para todos.
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