
No voy a tardar mucho en decirlo, para que aquellos lectores que cuando entran en un blog apenas permanecen en él unos segundos y no van más allá de leer las primeras frases del artículo se lleven al menos este mensaje contundente: Los demonios del lugar (Almuzara) le parece al que esto escribe una obra maestra, uno de los mejores libros de relatos que he tenido la fortuna de leer, en cualquier lengua, en los últimos años. No es costumbre mía el utilizar este apelativo, y por supuesto supone únicamente una opinión personal. No se me pidan responsabilidades, pues, por parte de algún lector defraudado, aunque no creo que se dé este caso. La lectura de Los demonios del lugar ha generado en mí un gran deseo de comunicar a través de este blog lo que este libro me ha hecho disfrutar, toda la belleza que hay contenida en él, el pedazo de escritor que es Ángel Olgoso, y al que hasta ahora no había leído.
Los demonios del lugar es una recopilación de 49 relatos muy breves -entre una y tres páginas la mayoría de ellos- cuya cohesión temática es el argumento fantástico. Ángel Olgoso (Granada, 1961), es un cultivador de este tipo de relato. Según la solapa de esta edición Los demonios del lugar es su séptimo libro de relatos publicados. El que aún Olgoso sea un desconocido para el gran público –aunque sea el pequeño gran público de libros de relatos- es algo que se me escapa, y que supongo está causado por distintos factores que no vamos aquí a analizar –como antes he reconocido, tenía noticia de Olgoso, y había leído de él un par de relatos sueltos en revistas, nada más-, pero lo que tengo muy claro es que el suyo es un talento que no nos podemos permitir despreciar o desatender. Como ya he dicho otras veces, y supongo que diré muchas más antes de que algún día este blog desaparezca, si este país fuera un país de lectores sanos y cultos, y de editoriales sanas y cultas, y críticos literarios sanos y cultos a la altura exigible a un profesional de la lectura, libros como éste, y algunos otros que han sido comentados aquí, deberían ser jaleados con fervor, leídos con pasión, recomendados sin cesar. Es difícil encontrar hoy en España una prosa tan rica, flexible y literaria como la de Olgoso, una prosa que huele y tiene un sabor muy especial. Una prosa táctil, que te sorprende a cada momento con la utilización del adjetivo exacto, del sustantivo más preciso, de la frase sinuosa y bella o corta y contundente. Un creador de climas, y a la vez un buscador del tesoro precioso de las palabras, un constructor de lenguaje.
Una de las corrientes que personalmente más me interesa recorrer en el relato es la senda que el maestro Cortázar tomó de Poe y continuó. Esa inmersión del fantástico en lo cotidiano es el extremo florecido y encantado del que Olgoso se ha apropiado, con una seguridad en sus fuerzas inaudita. Olgoso ha tomado el testigo de los grandes del fantástico de todos los tiempos, y ha homenajeado a todos ellos pero sin el sonsonete paródico del homenaje. Olgoso ha utilizado a Lovecraft, a Poe, hay relatos de terror victoriano, a lo Henry James, pero también relatos de terror oriental, al estilo de Mizoguchi o de Onibaba, la película de Kaneto Shindo, relatos que podría haber escrito Conrad –Flores atroces- con una ambientación actual pero que nos traen un aroma de juncos y marineros antiguos, y otras historias ancladas en el pasado que tienen ecos cercanos. Fábulas medievales sobre el clásico tema del caballero asustado a las puertas de un bosque, o de científicos que conservan en frascos la esencia de toda la deformidad humana. Hay tanta belleza en este libro, hay tanta sabiduría en su autor al asimilar y aportar nuevas miradas al relato fantástico con resonancias clásicas, que algunos de sus breves relatos nos dejan con el alma colgando de una duda, la de si estas historias podrían ser mejores. Y uno piensa que no, porque aunque hay algunos relatos, brillantes casi todos, que no llegan a la excelencia, ¡es tan alto el número de obras maestras que me ha parecido hallar entre sus páginas!
Las manos de Akiburo, El coracero en el bosque, Naglfar, Gabinete de maravillas, Vínculos, son historias perfectas y emocionantes. Pero en sus páginas hay muchas breves estampas, muchas paradojas expuestas con rigor científico y genial perversión luciferina o lovecraftiana, es lo mismo. No encontrará el lector historias nunca oídas, pues en todas ellas resuena el eco de miedos, cuentos y fábulas que habitaron nuestra infancia y las lecturas que nos fascinaron cuando no distinguíamos el libro de sus alrededores, de la realidad. Olgoso ha investigado en esa marca, en esa tara que nos define como lectores y que nos postra ante la gran literatura y ha tejido con el hilo de la belleza y de la gran tradición literaria del fantástico un gran libro, que el aficionado al género no puede eludir pero que cualquier lector de relatos con buen gusto debería leer, reposar, releer, merodear, hojear, entreabrir, con temor a descubrir sus pecados hirientes, sus conjuros contagiosos y turbadores.
¿Cuál ha sido la magia? Pienso que acercarse con seriedad y admiración a sus maestros. Olgoso ha tomado sus historias en serio, las ha trabajado con una prosa perfecta y muy bella, pero no hueca, retórica, sino vibrante, y ha querido recrear algo que le resultaba muy íntimo. Y de la mezcla de fascinación y respeto a los maestros y de capacidad de investigación de un escritor que no ha tenido miedo a escribir en serio, a crear gran literatura, esta gran literatura ha surgido. El milagro de la belleza ha sido logrado.
Uno cierra el libro con gran nostalgia. Todos los miedos de nuestra infancia, o muchos de ellos, todos las marcas genéticas que nos acompañan de lo que ha sido la muerte en el recuerdo y en la imaginación, toda la paradoja de sus planteamientos científicos, sus cuerdas interminables, sus tramas enrocadas como torres en ajedrez, la lucha del autor por vencer en la batalla por la excelencia literaria, todo queda superado al acabar el libro por el hueco que estos 49 relatos dejan en nosotros, en nuestras profundidades y simas misteriosas, allí donde residen el temor, la locura, pero también la dócil huella de nuestro amor a la belleza. Y sólo nos queda el recurso débil pero gozoso de comenzar de nuevo la lectura: hollar otra vez las palabras ya vistas, ya leídas, con la esperanza de recuperar parte de su aroma, y el deseo de que la flor, disecada o venenosa, no se marchite nunca, o nos envenene del todo.
Una de las corrientes que personalmente más me interesa recorrer en el relato es la senda que el maestro Cortázar tomó de Poe y continuó. Esa inmersión del fantástico en lo cotidiano es el extremo florecido y encantado del que Olgoso se ha apropiado, con una seguridad en sus fuerzas inaudita. Olgoso ha tomado el testigo de los grandes del fantástico de todos los tiempos, y ha homenajeado a todos ellos pero sin el sonsonete paródico del homenaje. Olgoso ha utilizado a Lovecraft, a Poe, hay relatos de terror victoriano, a lo Henry James, pero también relatos de terror oriental, al estilo de Mizoguchi o de Onibaba, la película de Kaneto Shindo, relatos que podría haber escrito Conrad –Flores atroces- con una ambientación actual pero que nos traen un aroma de juncos y marineros antiguos, y otras historias ancladas en el pasado que tienen ecos cercanos. Fábulas medievales sobre el clásico tema del caballero asustado a las puertas de un bosque, o de científicos que conservan en frascos la esencia de toda la deformidad humana. Hay tanta belleza en este libro, hay tanta sabiduría en su autor al asimilar y aportar nuevas miradas al relato fantástico con resonancias clásicas, que algunos de sus breves relatos nos dejan con el alma colgando de una duda, la de si estas historias podrían ser mejores. Y uno piensa que no, porque aunque hay algunos relatos, brillantes casi todos, que no llegan a la excelencia, ¡es tan alto el número de obras maestras que me ha parecido hallar entre sus páginas!
Las manos de Akiburo, El coracero en el bosque, Naglfar, Gabinete de maravillas, Vínculos, son historias perfectas y emocionantes. Pero en sus páginas hay muchas breves estampas, muchas paradojas expuestas con rigor científico y genial perversión luciferina o lovecraftiana, es lo mismo. No encontrará el lector historias nunca oídas, pues en todas ellas resuena el eco de miedos, cuentos y fábulas que habitaron nuestra infancia y las lecturas que nos fascinaron cuando no distinguíamos el libro de sus alrededores, de la realidad. Olgoso ha investigado en esa marca, en esa tara que nos define como lectores y que nos postra ante la gran literatura y ha tejido con el hilo de la belleza y de la gran tradición literaria del fantástico un gran libro, que el aficionado al género no puede eludir pero que cualquier lector de relatos con buen gusto debería leer, reposar, releer, merodear, hojear, entreabrir, con temor a descubrir sus pecados hirientes, sus conjuros contagiosos y turbadores.
¿Cuál ha sido la magia? Pienso que acercarse con seriedad y admiración a sus maestros. Olgoso ha tomado sus historias en serio, las ha trabajado con una prosa perfecta y muy bella, pero no hueca, retórica, sino vibrante, y ha querido recrear algo que le resultaba muy íntimo. Y de la mezcla de fascinación y respeto a los maestros y de capacidad de investigación de un escritor que no ha tenido miedo a escribir en serio, a crear gran literatura, esta gran literatura ha surgido. El milagro de la belleza ha sido logrado.
Uno cierra el libro con gran nostalgia. Todos los miedos de nuestra infancia, o muchos de ellos, todos las marcas genéticas que nos acompañan de lo que ha sido la muerte en el recuerdo y en la imaginación, toda la paradoja de sus planteamientos científicos, sus cuerdas interminables, sus tramas enrocadas como torres en ajedrez, la lucha del autor por vencer en la batalla por la excelencia literaria, todo queda superado al acabar el libro por el hueco que estos 49 relatos dejan en nosotros, en nuestras profundidades y simas misteriosas, allí donde residen el temor, la locura, pero también la dócil huella de nuestro amor a la belleza. Y sólo nos queda el recurso débil pero gozoso de comenzar de nuevo la lectura: hollar otra vez las palabras ya vistas, ya leídas, con la esperanza de recuperar parte de su aroma, y el deseo de que la flor, disecada o venenosa, no se marchite nunca, o nos envenene del todo.

3 comentarios:
Me preparo para hincarle el diente. Hace poco leí Astrolabio y me pareció estupendo.Este chico, además de escribir pequeñas joyas, sabe ponerle el nombre a sus libros. Un abrazo, Patro.
Miguel Ángel, te debo el descubrimiento de este autor. Leí Los demonios del lugar tras leer tu reseña y debo admitir que ha sido una de las lecturas con las que más disfruté el año pasado.
Aún tengo pendiente Astrolabio, las expectativas en él depositadas son grandes.
Saludos.
Pues yo, a pesar de ser de los que se leen la reseña de arriba a abajo, te agradezco enormemente la pronta recomendación.
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