martes, 3 de junio de 2008

El clavo en la pared - Jesús Ortega


El clavo en la pared (Cuadernos del Vigía, 2007), es el primer libro de relatos publicado por el melillense Jesús Ortega (1968). Es un libro breve (demasiado breve) , de apenas cien páginas, en el que se suceden diez historias variadas que denotan a un escritor que se preocupa por la armazón de sus relatos, con un lenguaje expresivo y apropiado a la voz que los narra. Me gusta de Ortega su mirada curiosa en diversas direcciones, y que prefiera equivocarse con un relato a caer en la complacencia aburrida de lo seguro. Entre sus relatos hay historias, casi todas, ambientadas en la actualidad, que pivotan alrededor de los roces y desconfianzas familiares, de las negruras en que acaban convirtiéndose las relaciones con aquellos que deberían proteger a los débiles y que terminan aceptando lecciones de ellos (“El zurdo”), o del ansia con que el ofendido pretende dar lecciones irrebatibles a su ofensor, la madre en este caso, ocultando las propias fallas (“El clavo en la pared”), y también una relación amorosa original y sutil, pero asimismo delirante, narrada por un personaje chulesco con una voz lograda, adecuada a la historia (“Bésame”) o un improbable pero literario reencuentro con ecos conradianos (“El perdón”). Es en estos relatos donde Ortega entrega sus mejores relatos, y son además los primeros del libro, por lo que a partir de entonces la colección da la sensación de ir bajando el nivel. Aunque como digo destaca la búsqueda de exactitud que Ortega procura en su prosa, el tono irónico y muy divertido de “La manzana de Neuman”, un homenaje-cuento a Andrés Neuman transmutado en científico del MIT y de nombre Isaac Neuman, que una noche de sexo loco alucina al descubrir una manzana suspendida en el aire sobre la cama de los amantes, o la gracia de un relato como “Gonadotropina”, bien acabado, pero que se agota en sí mismo –lo que tampoco es una crítica, no todos los relatos tienen que ser trascendentes o inmanentes o permanentes, sino que también debe haber espacio para lo jocoso y el divertimento-, siendo historias bien contadas, no alcanzan la cantidad de sugerencias de los primeros. “Los dedos del tiempo”, una historia de ladrones de libros en la feria del libro de Retiro, se hace quizás demasiado explícito conforme avanza. “Sin querer” es a mi juicio un relato fallido, y “La segunda vez” tiene muchos puntos de conexión con “El zurdo”, aunque no es tan redondo como éste.
En “El clavo en la pared”, un homenaje a aquel clavo del que Chéjov decía –y para mí estaba equivocado en eso el maestro ruso- que había que acabar colgando a alguien, evidencia una buena utilización del diálogo, tan difícil en un relato breve, pero tengo la sensación de que Ortega no debería haber colgado al final del relato el cuadro en el clavo, por decirlo así. Habría sido mejor desobedecer al maestro, aunque también tras releer el relato comprendo que era difícil cerrar esa historia de malentendidos y rencores filiales.
“Bésame” ha sido el cuento que más he disfrutado del libro porque la voz creada en él se ajustaba a la perfección a lo contado y contrastaba con la elegancia artificial pero llena de majestad de Razia, la pareja del protagonista. El tono malvado que Ortega ha logrado crear en él y sus constantes alusiones al universo delirante del celoso en que acaba transformándose el narrador, nos acercan una buena historia sobre nuestra incapacidad de retener a la persona a la que se ama y, sobre todo, que nos ama.
Jesús Ortega demuestra un afán por acercarse al género del relato desde diversos ángulos (incluso hay un relato al estilo decimonónico de Palacio Valdés o Pardo Bazán, con aires clarinianos: “La lectora”) que hace que desde la publicación de este libro se convierta en un autor a seguir. De hecho, en la entrevista que David González le hizo en la revista Avión de papel, donde puede leerse el relato “El zurdo”, un relato impecable, y lleno de ternura, Ortega dice que está trabajando en relatos más largos, “al estilo de Alice Munro”. Creo que es una buena elección, porque la exactitud de su prosa le permitiría espesar sus historias familiares, alargarlas y disparar al centro de esas contradicciones humanas que son nuestras relaciones con los más cercanos, y que conforman la foto agridulce que, después de idas y venidas, decepciones y perdones, acaba colgándose del clavo en la pared que domina nuestro salón.