Una literatura dominada por el apego a la realidad y el cultivo de las más extremas paradojas satíricas y fantásticas sobre la violencia en el País Vasco, o los orígenes industriales de nuestras desesperanzas y melancolías. El capitalismo y sus acechanzas a las libertades, y el diálogo mostrando todas las inexactitudes y desconfianzas implícitas en las conversaciones que mantienen sus personajes, siempre al límite. Son algunos de los rasgos de los cuentos de Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), autor de cinco libros de relatos que él mismo ha traducido de su lengua original, el euskera. Acaba de publicar "Porvenir" (Lengua de Trapo), su mejor libro hasta la fecha.
Fotografías: Josu Txabarri y Miel Anjel Elustondo
1. "Porvenir", tu último libro de relatos, tiene como tema central el tiempo, así que alterando la costumbre de estas entrevistas, alteremos el orden cronológico y comentemos en primer lugar este libro. Muchos de sus relatos se interrogan sobre el paso del tiempo y su capacidad de cambiar las cosas, y frente a ello nuestra imposibilidad de cambiar las cosas que nos cambian.
Así es, y de hecho el título del libro es deliberadamente paradójico, porque en la mayoría de los relatos el problema reside mucho más en el pasado que en el futuro; los protagonistas de los cuentos tratan de alterar el pasado con la esperanza de que el futuro cambie también, se supone que a mejor, aunque la mayoría de las veces sus esperanzas se ven frustradas sin remedio. Pienso que detrás de ese preguntarse acerca del paso del tiempo puede haber dos motivos. Por una parte, supongo que es una cuestión de edad: a partir de los cuarenta es normal que uno vuelva la vista hacia atrás y reflexione, a veces con miedo, a veces con una especie de añoranza, sobre los caminos alternativos que pudo haber tomado en la vida, o los que tomaron o dejaron de tomar tus amistades. Algo de eso hay en algunos de mis relatos. Por otra, creo que tiene que ver también con una cuestión tan poco original, como la crisis de la idea de progreso, de la Historia entendida como un ascenso, no exento de baches pero inevitable y seguro, hacia un mundo sin duda mejor. Desde luego, sigo creyendo que el progreso es posible, pero no que sea inevitable. Yo me eduqué políticamente en esa fe y comprobar cómo ha ido desintegrándose ha tenido consecuencias importantes en mi manera de ver el mundo y, por descontado, en mi manera de leer y escribir.
2. Un relato tan breve como "El Gargantúa" comienza como un relato de humor sobre el peso de la tradición, pero al final las tradiciones se revelan como un monstruo que devora con facilidad a quienes no las respetan. En muchas de tus historias se percibe un choque feroz entre el pasado y la lucha por despojarse de ese pasado.
El pasado es muy pesado, es muy difícil quitárselo de encima, empezando por toda la carga genética que nos une con nuestros padres y demás ancestros: uno se sorprende a veces, supongo que le pasa a mucha gente, repitiendo los gestos y las actitudes que más odiabas en alguno de tus progenitores. Eso es algo que asusta un poco. Lo mismo ocurre con lo que solemos denominar “tradición” y que muchas veces no es más que un esquema que se instituyó para proteger determinados intereses, en ocasiones nada claros, y que, repetida muchas veces, puede devenir terriblemente opresiva; algo de eso hay en “El Gargantúa”, supongo. Lo que pasa es que fuera de la tradición, en el supuesto antitradicionalismo actual -un antitradicionalismo que se está convirtiendo él mismo en toda una tradición, por cierto-, puede hacer mucho frío.
Podemos creer que nos despojamos de nuestro pasado, pero, una de dos, o no lo logramos del todo y el día menos pensado regresa a llamar a nuestra puerta, o lo conseguimos y comprobamos que estamos más solos de lo que pensábamos. Y, se diga lo que se diga, lo cierto es que, al fin y a la postre, el pasado hace mucha compañía. Sobre todo estando, como estamos, tan solos.
3. El subtítulo de "Porvenir" es "Diecisiete cuentos casi políticos", lo que me parece que explicita tu intención de aclarar que ese porvenir al que el título alude está anclado en el análisis del presente, del hoy político y económico ("La fábrica, o a,e,i,o,u" y "La bella Durmiente: una historia económica"). Sin embargo, me ha sorprendido entre los comentarios que ha recibido tu libro la insistente alusión a la ciencia-ficción, que no me parece muy presente. Más bien hablaría de una fantasía libérrima, que inquieta porque habla de la actualidad más pegajosa.
A mí no me molesta que se use el término: sé que como género o subgénero “literario” no tiene muy buena fama, pero eso es algo que no entiendo, porque hay autores y libros de ciencia-ficción imprescindibles, que deberían formar parte del canon de la literatura del siglo XX, si es que eso del canon sigue teniendo algún sentido hoy por hoy. Por otra parte, reconozco que en alguno de estos cuentos, más que ciencia-ficción, lo que hay es una especie de homenaje a los libros que me aficionaron, en mi adolescencia, a la lectura: los libros que me convirtieron en un lector enfermo. Además, como afirmaba Borges, la ciencia-ficción no es más que una rama de la literatura fantástica, en eso llevas toda la razón. De todas maneras, sé que Porvenir no es un libro de ciencia-ficción, aunque algunos cuentos puedan encuadrarse dentro del género: estoy seguro de que un fan de la ciencia-ficción nunca lo incluiría ahí.
Lo cierto es que la ciencia-ficción puede ser un recurso que va mucho más allá de lo que las supuestas fronteras del género indican: como afirmaba Ricardo Piglia en una entrevista, que cito en el preámbulo de mi novela Si Sabino viviría, “yo digo en broma que todas las historias suceden en el futuro, pero las historias que se ubican deliberadamente en el futuro lo hacen para hablar con más claridad del presente”.
Bien pensado, Porvenir es un libro que sólo aparentemente trata del futuro, porque sus personajes no hacen más que volverse hacia el pasado, con la esperanza de encontrar arreglo para sus problemas del presente. De ahí que sean cuentos “casi” políticos. Porque todo es político en nuestra vida presente: la elección de una u otra escuela para nuestros hijos, la decisión de contratar o no una empleada del hogar, los compromisos a los que llegamos con nuestra pareja a diario… Sí, son relatos muy anclados en el presente de esta parcela del turbocapitalismo contemporáneo que nos ha tocado en suerte.

4. "Porvenir" y el diálogo. Algunos de los cuentos de este libro están totalmente dialogados. "Viaje de verano", que narra el traslado de dos etarras a una ciudad del Mediterráneo para atentar, basa su inquietante eficacia en el diálogo. De todos tus libros traducidos es el más dialogado. Sin embargo, se suele considerar al diálogo un enemigo del relato breve. Háblanos de tu forma de ver este recurso narrativo y de sus posibilidades.
Es cierto que el cine o la televisión, por ejemplo, le han hecho daño al diálogo literario, lo han “contaminado” de alguna manera, aunque no creo que sea un problema exclusivo del cuento: una novela con demasiados diálogos también puede resultar sospechosa.
Sin embargo, no creo que los escritores tengamos que prescindir a priori del diálogo. Lo que me gusta del mismo es sobre todo la economía de medios que le puede proporcionar al escritor, si se utiliza bien. Por otra parte, reconozco que es un recurso difícil de manejar; admiro mucho a los autores que hacen buenos diálogos. Yo sólo recurro a ellos cuando estoy muy seguro de que pueden llegar a funcionar y, sobre todo, si están justificados como columna vertebral del cuento. Aunque, evidentemente, no sé si lo consigo: no soy yo el más indicado para decirlo.
5. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
Va por épocas. Desde luego, cada vez que lo pienso tengo más claro cuánta influencia, buena y mala, tuvieron en mí los autores de ciencia-ficción que leí en mi adolescencia: Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Fredric Brown, Stanislaw Lem, Ursula K. Le Guin, Brian W. Aldiss… En aquella época, menos que ahora, los editores de ciencia-ficción no le hacían ascos a publicar recopilaciones, a veces de diferentes autores, y creo que fue así como desarrollé un gusto por el relato que quizá no hubiera sido tal de haberme aficionado a un género literario menos dado al cuento. Yo me inicié en la escritura plagiando a mis escritores favoritos de ciencia-ficción, y pienso que fue de ellos de quienes aprendí los rudimentos de la técnica. Posteriormente, vinieron autores como Lovecraft, Poe y Maupassant, toda la tradición del relato de horror decimonónica, es decir, la madre del cordero.
Y un poco más tarde, siempre en los años de instituto, llegó el descubrimiento de la gente del boom, sobre todo de Julio Cortázar, Juan Rulfo, Alejo Carpentier –recuerdo la fascinación que me produjeron sus Cuentos completos, aquel librito de la vieja editorial Bruguera–, y, más tarde, de Borges: siento no ser muy original en este punto. A Italo Calvino también lo tengo asociado a todos aquellos. Y también han sido muy importantes para mí algunos autores vascos, como el Atxaga de Obabakoak, Inazio Mujika o Xabier Montoia.
Reconozco que el “ala” más “realista” de la cuentística me interesó menos durante mi juventud, y estoy bastante de acuerdo con Richard Ford cuando afirma que un autor como Antón Chéjov no llega a disfrutarse plenamente hasta haber adquirido un cierto grado de madurez, cosa que a veces, por cierto, ocurre con la edad. Desconozco si es mi caso, pero lo cierto es que me han empezado a gustar relativamente tarde, pese a que a Chéjov o a Ignacio Aldecoa, por mencionar dos, los leí de muy joven, gracias a aquella colección de Libros RTV de Salvat que todos teníamos en casa: he de reconocer que no me dejaron ninguna impresión duradera. Sin embargo, leídos quince o veinte años después, esos mismos autores me han entusiasmado, junto a, cómo no, Carver, Tobias Wolff, el mismo Ford, Bobbie Ann Mason, John Cheever, Kjell Askildsen… Ahora es quizá el tipo de cuento que más busco para leer, aunque sigo releyendo a los del “ala fantástica”, claro está, y tampoco se le pueda hacer ascos a las buenas propuestas que siguen llegando de autores como José María Merino o Karlos Linazasoro, por poner dos ejemplos más.
6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
Bueno, me acuerdo bastante bien de cómo llegué a escribir “Porvenir”, el que da título a mi último libro, y creo que representa bastante bien cuál es, en muchas ocasiones, el proceso que me lleva a un relato. Por una parte, hay una parte de “vida”: en ese caso, las preguntas que, por aquella época, nos constantemente planteaba nuestra hija de tres años y pico sobre el hecho de la muerte. Y, por otra, hay una parte de “literatura”: una entrevista al biólogo Ginés Morata que leímos en El País, en la que se planteaba la posibilidad científica de la inmortalidad y que hizo exclamar a mi mujer que seguro que aquello acabaría convirtiéndose en un producto de lujo sólo apto para los más ricos. Durante un par de semanas tuve el run-rún aquél carcomiéndome el cerebro, hasta que me puse al ordenador y, en un par de noches, el relato estaba terminado.
Otras veces me cuesta más. Llevo casi quince años con la idea de un cuento situado en la época de la primera revolución industrial en el País Vasco, pero no acabo de sentarme a escribirlo…

7. Tus libros están escritos originalmente en euskera. Tú mismo los traduces al castellano. Afirmas que consideras tus traducciones más bien versiones de los cuentos originales. Es una pregunta que te han hecho muchas veces, pero me parece muy interesante saber cómo es ese proceso de autotraducción, y cuáles sus gratificaciones y riesgos.
Alguien que se autotraduce jamás traduce de verdad, siempre será una versión. Es inevitable. El autor se ve enfrentado a una obra escrita hace un tiempo más o menos lejano y, por lo general, es difícil que se identifique del todo con ella: tanto la obra como el autor pueden haber cambiado mucho en ese lapso de tiempo. El mismo proceso de adaptación a la otra lengua –que en este caso es tan mía como la original– resalta los puntos débiles y los fallos que pueda haber en la primera versión del relato, y es casi imposible soslayar la tentación de hacer “mejoras”; yo he llegado a alterar incluso el final de uno de los de Porvenir. A veces resulta una labor bastante dura, que resta mucho tiempo para la creación: ése es quizá el mayor riesgo. Creo que las gratificaciones son pocas, por lo tanto: la única, la que me mueve a meterme en un fregado de esas características, es el hecho de que autotraducción facilita la conservación de mi “voz” en la otra lengua, sea lo que sea eso, y me evita corregir la traducción de otra persona, con la que, estoy seguro, nunca llegaría a estar de acuerdo del todo y me obligaría a hacer demasiados cambios para no quedarme satisfecho del todo, al final.
Y, en fin, supongo que también es una tara derivada de una situación diglósica como la del euskara, y de mi propia esquizofrenia lingüística, de la imposibilidad de elegir definitivamente entre una lengua y la otra.
8. "Traizioak" (2001) y "Itzalak" (2004) son dos libros de cuentos tuyos que aún no han sido (no has) traducidos. ¿Está prevista su próxima publicación para tener toda tu narrativa breve en castellano?
Por ahora no, pero me gustaría hacerlo. A ver si en Lengua de Trapo -que es la editorial con la que he publicado y con la que estoy muy a gusto- o alguna otra casa se animan a proponérmelo un día de éstos…
9. Tu posición es perfecta para entregarnos un panorama de lo que se está escribiendo ahora mismo en Euskadi en el género del relato corto. ¿Cuáles son los nombres, las obras y las tendencias que nos estamos perdiendo, pendientes de una traducción que no llega?
El País Vasco es una verdadera potencia en el campo del relato: los libros más interesantes que se han publicado en estos últimos años en euskara son libros de cuentos; evidentemente, el que lea esto puede sospechar que estoy barriendo para casa, es decir, para la Casa del Relato, y en parte es así, no lo voy a negar, pero por otra parte creo que es la verdad. Yo diría que eso es consecuencia, entre otras cosas, de una política editorial que, al contrario que en otros ámbitos lingüísticos, no descarta a priori la publicación de libros de cuentos: nuestra literatura es pequeña y, en consecuencia, las presiones del “mercado” no son tan grandes, de manera que los editores pueden “arriesgarse” publicando libros de cuentos, aunque en el fondo seguramente preferirían editar sobre todo novelas: si por un milagro de la naturaleza nuestra comunidad de hablantes se multiplicara por diez y surgiera una demanda de libros en lengua vasca acorde con ese fenómeno paranormal, no tengo la menor duda de que nuestros editores dedicarían al libro de cuentos la misma atención que los españoles o los franceses. Pero el hecho de que, en las actuales circunstancias, las editoriales puedan permitirse publicar libros de cuentos crea escuela: la gente se anima más a ensamblar recopilaciones de relatos, de manera que todos los años llegan a las estanterías de las librerías unos cuantos volúmenes buenos de verdad.
Es difícil delimitar tendencias; creo que, como en casi todas partes, se detecta una mayor deriva hacia un “realismo” muy influenciado por el minimalismo de raíz estadounidense, pero también hay muy buenos cultivadores del género más fantástico, y gente bastante inclasificable. ¿Qué se está perdiendo el público castellanohablante? Pues a escritores como Karlos Linazasoro y sus relatos de corte kafkiano (su más reciente libro, Diotenez, es una prodigiosa recopilación de ultracortos); a Xabier Montoia y sus dolorosos paisajes humanos (ha sido el último Premio Euskadi precisamente por un libro de relatos, Euskal Hiria sutan, pero tiene varios, como Emakume biboteduna, Gasteizko hondartzak o Baina bihotzak dio, que habría que traducir cuanto antes); a Pello Lizarralde y su mirada penetrante, con libros como Un ange passe y Sargori; a Inazio Mujika y su rulfiano Azukrea belazeetan. Se puede encontrar una buena muestra de estos autores en la obra colectiva Pintxos. Nuevos cuentos vascos recopilada por Mari Jose Olaziregi (Lengua de Trapo 2004), pero creo que es urgente publicarles libros completos en castellano.
Afortunadamente, cada vez se traducen más libros de relatos vascos, aunque, por desgracia, muchas veces las editoriales no cuentan con una buena distribución al sur del Ebro. Buscando un poco, por lo tanto, es posible hallar libros excepcionales como Sombra de sombras, de Juan Garzia (Alberdania 2005), un ejercicio perfectamente ejecutado en la línea que une a Calvino con Borges; Enseres de ortopedia inútil, de Harkaitz Cano (Hiru 2002), un buen cultivador del género; Letargo, de Jokin Muñoz, uno de los mejores libros que se han escrito sobre el “conflicto” vasco (Alberdania 2005); o Y poco después ahora, de Eider Rodríguez (Ttarttalo 2007), un libro tan duro como hermoso, aunque su siguiente obra, Haragia, es aún mejor y espero verla pronto traducida al español. Por citar algunos.

10. Desde tu experiencia amplia como escritor de libros de relatos, ¿qué haría falta para que el relato tuviera una mayor presencia e importancia en la literatura española?
¿Un cambio de modelo económico? ¿Un sistema en el que el mercado y los intereses de las grandes editoriales dejaran de tener tanta influencia sobre la reproducción cultural? ¿Una tradición literaria que hubiera tenido más en cuenta al género y hubiera producido mejores relatos? (como decía Rodrigo Fresán, hay naciones-novela y países-cuento: España, sin duda, es una nación-novela: qué le vamos a hacer). Teniendo en cuenta estos condicionantes, lo que necesitamos para que el relato tuviera una mayor presencia en la literatura española es que las fuerzas de producción entren en contradicción con las relaciones de producción, que se desarrollen las condiciones objetivas para una revolución social y que alguien invente de una vez una máquina del tiempo que permita el envío de comandos formados por buenos escritores de relatos a puntos clave de la historia de la literatura española (sobre todo al siglo XIX).
Mientras tanto, me temo que lo único que nos queda es seguir con nuestra guerra de guerrillas. Que también tiene su encanto.
11. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
Algunos ya te los he señalado al trazar una panorámica –siempre parcial– de la actual cuentística vasca. Aparte, libros de relatos que me han tocado la fibra en estos últimos ocho años, son la recopilación de relatos norteamericanos Habrá una vez (Alfaguara 2002), Intérprete de emociones de Jhumpa Lahiri (Ediciones del Bronce 2000), Cosas que debes saber de A.M. Homes (Anagrama 2005), La mesa limón de Julian Barnes (Anagrama 2005), El cumpleaños del mundo de Úrsula K. Le Guin (Minotauro 2004), El último minuto de Andrés Neuman (segunda edición en Páginas de Espuma, 2007: sus poéticas del cuento no tienen precio), La vida ausente de Ángel Zapata (el relato que da título al libro es un prodigio, Páginas de Espuma 2006), La ciudad en invierno de Elvira Navarro (Caballo de Troya 2007: brutal), Umeek gezurra esaten dutenetik de Uxue Apaolaza (Erein 2005, una colección de relatos tan breve e impactante como la anterior).
12. Si tras leer "Porvenir", se hace lo propio con "La isla de los antropólogos" y "Mentiras, mentiras, mentiras", se comprueba que tu último libro es una especie de síntesis de los otros, en cuanto a temática y estilo. En aquellos aparecen dos tendencias, que podríamos llamar la "casi política", de análisis de la realidad vasca, y la "casi fantástica", con guiños a Cortázar y Borges en "La isla de los antropólogos", o el Robinson Crusoe y toda la narrativa de la Ilustración,o la ciencia-ficción de "El examen del señor de Pauli" o "New Manchester", uno de tus relatos que más me gustan. En "Porvenir" has logrado fundir en los relatos esa doble mirada sobre la realidad. ¿Es así? ¿Qué cambios observas tú esos tres libros?
La última persona a la que hay que creer a la hora de trazar la evolución de una obra es al propio autor; en fin, una vez escrita me da un poco de risa incluso la misma palabra “evolución”. De todas formas, no me parece mal diagnóstico ése que trazas de una especie de “síntesis”: estoy bastante de acuerdo. También creo que Porvenir es un libro menos “diverso”, menos “disperso” que los anteriores, con una mayor unidad si no temática, sí en el “tono”. Me gusta pensar que es un libro más “destilado” que los otros: al montarlo obré más por eliminación que por acumulación, al contrario que en los anteriores.
Asimismo, querría pensar que he conseguido también una prosa más “depurada” que, por ejemplo, en La isla de los antropólogos o mi primer libro en castellano, Veinte cuentos cortitos: menos preciosista, menos retórica, más directa; ése “escribir menos pintorescamente y con más exactitud” del que hablaba George Orwell.

13. Hay un puñado de relatos en tus libros -"New Manchester", "La bella Durmiente: una historia económica", "La fábrica", por ejemplo- donde haces aplicación narrativa y muy imaginativa -eres profesor de Historia Económica- de la asignatura que impartes. Parece atraerte mucho la fundación del capitalismo moderno, y la asimilas casi a un mito arquetípico. El escritor actual, ¿debería mirar alrededor para descubrir esos nuevos mitos y aprovecharlos?
Bueno, el de la Revolución Industrial no me parece un mito tan nuevo, aunque sí es cierto que se repite y renueva constantemente, con cada revolución técnica. El capitalismo me parece fascinante como forma de organizar la economía y la sociedad: es tan eficaz como absurdo, amén de injusto, y eso lo convierte en un motivo literario insoslayable, me temo. Opino que el escritor está obligado a mirar a su alrededor, a su sociedad, a las cosas que ocurren en la actualidad. Le tengo bastante manía, por ejemplo, a la novela histórica, no sólo porque suele ser, con pocas excepciones, refugio de las maneras más rancias de contar, sino también porque la mayoría de las veces lo que propone es una mera huida, alejar al lector de los problemas del tiempo presente, algo que, contando con medios más eficaces como –por ejemplo– los programas del corazón de la televisión, me parece un tanto superfluo: la literatura debería dedicarse a otra cosa. En fin, reconozco que puede ser un prejuicio profesional y que, de hecho, el auge de la ficción histórica tiene en parte que ver con nuestro fracaso como historiadores a la hora de transmitir a la sociedad lo que sabemos del pasado. Pero yo creo que la literatura tiene que comprometerse sobre todo con el presente, tanto más cuando el presente es tan cambiante y caótico. El blog literario de Vicente Luis Mora se abre con una frase de José Luis Brea que reza “el artista es un productor de directo”, y estoy bastante de acuerdo con eso.
14. Las frases finales de tus cuentos suelen ser muy interesantes, porque sin caer a menudo en el guiño sorprendente, en el giro de última hora, sí aportan al relato una extraña melancolía, como en "El Gargantúa", o una doble lectura irónica o lírica, o hacen crecer la psicología del personaje, como por ejemplo en "Antonio". ¿Cómo surgen esos finales? ¿Los meditas mucho o el propio relato te lleva a ellos con facilidad?
Es un tema que me preocupa, sí: no me gusta abusar de un recurso como el clásico final sorpresa. Por una parte, porque, por desgracia, tengo una tendencia “natural” hacia él, consecuencia probablemente de mi “educación literaria” a base de clásicos de la ciencia-ficción (ésa es una de las “malas influencias” del género, de las que te hablaba en una respuesta anterior). Por otra, porque denota pereza y a veces ni siquiera es eficaz: el lector de relatos espera un final sorpresa, y esa expectativa puede “matar” la sorpresa misma. Y, finalmente, porque en un libro la repetición de estrategias puede llegar a cansar. Así que me alegra mucho lo que dices sobre mis finales. Y la respuesta es que el propio cuento me lleva a ellos, sí, pero que una vez llegado allí los medito -y los cambio- mucho.
15. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
Elegiré uno muy clásico, “Casa tomada” de Julio Cortázar. Recuerdo que nuestro profesor de literatura en el instituto, Joaquín Forradellas -uno de los pocos sabios de verdad que he conocido- nos trajo un día a clase una edición del cuento en la que el texto se desarrollaba dentro del plano en planta de una vivienda, de manera que a medida que los dos hermanos del relato se iban viendo desplazados de las distintas zonas de la casa por lo que fuera que estaba ocupándola, el texto iba llenando cada vez menos habitaciones del plano, hasta que finalizaba fuera de la casa. Tanto el cuento como la manera de presentarlo me dejaron impresionado. Luego lo releí en ediciones “convencionales” de los cuentos de Cortázar y me siguió sorprendiendo, sobre todo por su economía de medios, por lo mucho que nos dice en tan pocas páginas.
16. Uno de los mejores relatos de Porvenir, y el más triste, es "El doctor Iriarte", en el que, con una excusa, esta vez sí, de ciencia-ficción, se habla con rabia de la imposibilidad de romper ese "bucle melancólico", esa máquina del tiempo infernal de la que ha quedado colgado el País Vasco. ¿El terrorismo de E.T.A, hasta qué punto ha influido en la literatura que se hace en Euskadi, por acción u omisión de los autores respecto a ese tema? ¿Una carga, un motivo de reflexión, un recurso argumental, un paisaje incómodo que no se puede dejar de mirar?
Creo que es un tema del que es imposible escapar. Es curioso cómo, según quién menciona la cuestión, hay quien comenta que en la literatura vasca no se escribe de otra cosa (para añadir que ya está aburrido del tema) y quien dice que el asunto no se trata lo suficiente (lo que quiere decir, la mayoría de las veces, que no se trata de la manera en que le gustaría a esa persona en concreto). Así que, sea por acción o por omisión, el caso es que siempre se puede llegar a la conclusión de que estamos dándole vueltas a lo mismo: incluso el mismo hecho de que en un determinado libro no haya ninguna referencia al “conflicto” puede ser muy significativo desde ese punto de vista. Yo no llego a los extremos del escritor Jokin Muñoz, que en alguna ocasión ha afirmado que ésa sería casi la única aportación que pueden hacer las letras vascas contemporáneas a la literatura universal y que es poco menos que una veleidad perder el tiempo escribiendo sobre otras cosas, pero sí que es un tema muy importante, que, por cierto, creo que la literatura en lengua vasca ha tratado con mayor profundidad y diversidad de puntos de vista que la literatura en castellano hecha en el mismo País Vasco. Para mí es una necesidad, casi una obsesión escribir sobre lo que nos pasa, aunque no sea lo único que me preocupa o me mueva a hacer literatura. Supongo que, de alguna manera, es para nosotros lo que la guerra civil para la literatura española. Y no hay duda de que seguirá siéndolo durante muchos años, incluso en el caso de que llegara eso que algunos llaman, con demasiado optimismo, la paz.
17. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual (de novela o relatos, español o extranjero) que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?
Una pregunta comprometedora. Sobrevalorados se me ocurren muchos, claro está. Bueno, en general ser escritor está bastante sobrevalorado, por lo menos en los medios de comunicación: la presencia que tenemos en ellos está muy por encima de lo que nuestra influencia real sobre la sociedad justifica. En fin, por hablar de dos que me parecen más sobrevalorados que la media, citaría a Martin Amis (cuyos libros me resultan menos interesantes que los de muchos de sus compañeros de generación, como McEwan, Ishiguro o Barnes) y a José Saramago, algunas de cuyas cosas me gustan pero me sorprende que suscite tanto entusiasmo, y sobre todo que lo haga menos alguien como Antonio Lobo Antunes (cuyas prosas breves me encantan, por cierto).
Infravalorados están todos los escritores vascos de relatos que he mencionado anteriormente y que no tienen libros publicados en castellano o una distribución como Dios (léase el Mercado) manda. En la literatura española me da la impresión de que gente como Carlos Castán (en el ámbito del cuento) o Javier Azpeitia (en el de la novela) no han tenido toda la repercusión que merecerían.
El viernes 11 de abril Iban Zaldua participará en Córdoba en el festival Cosmopoética 2008 (http://www.cosmopoetica.es/), dentro del Ciclo “Exploradores”. Hará una lectura de sus relatos junto al músico y cantante Jabier Muguruza (http://www.jabiermuguruza.net/). La sesión se titula “Unos cuantos cuentos”, y será a las 21.00h, en la Caseta Victoria (situada en el Paseo de la Victoria de Córdoba).
Así es, y de hecho el título del libro es deliberadamente paradójico, porque en la mayoría de los relatos el problema reside mucho más en el pasado que en el futuro; los protagonistas de los cuentos tratan de alterar el pasado con la esperanza de que el futuro cambie también, se supone que a mejor, aunque la mayoría de las veces sus esperanzas se ven frustradas sin remedio. Pienso que detrás de ese preguntarse acerca del paso del tiempo puede haber dos motivos. Por una parte, supongo que es una cuestión de edad: a partir de los cuarenta es normal que uno vuelva la vista hacia atrás y reflexione, a veces con miedo, a veces con una especie de añoranza, sobre los caminos alternativos que pudo haber tomado en la vida, o los que tomaron o dejaron de tomar tus amistades. Algo de eso hay en algunos de mis relatos. Por otra, creo que tiene que ver también con una cuestión tan poco original, como la crisis de la idea de progreso, de la Historia entendida como un ascenso, no exento de baches pero inevitable y seguro, hacia un mundo sin duda mejor. Desde luego, sigo creyendo que el progreso es posible, pero no que sea inevitable. Yo me eduqué políticamente en esa fe y comprobar cómo ha ido desintegrándose ha tenido consecuencias importantes en mi manera de ver el mundo y, por descontado, en mi manera de leer y escribir.
2. Un relato tan breve como "El Gargantúa" comienza como un relato de humor sobre el peso de la tradición, pero al final las tradiciones se revelan como un monstruo que devora con facilidad a quienes no las respetan. En muchas de tus historias se percibe un choque feroz entre el pasado y la lucha por despojarse de ese pasado.
El pasado es muy pesado, es muy difícil quitárselo de encima, empezando por toda la carga genética que nos une con nuestros padres y demás ancestros: uno se sorprende a veces, supongo que le pasa a mucha gente, repitiendo los gestos y las actitudes que más odiabas en alguno de tus progenitores. Eso es algo que asusta un poco. Lo mismo ocurre con lo que solemos denominar “tradición” y que muchas veces no es más que un esquema que se instituyó para proteger determinados intereses, en ocasiones nada claros, y que, repetida muchas veces, puede devenir terriblemente opresiva; algo de eso hay en “El Gargantúa”, supongo. Lo que pasa es que fuera de la tradición, en el supuesto antitradicionalismo actual -un antitradicionalismo que se está convirtiendo él mismo en toda una tradición, por cierto-, puede hacer mucho frío.
Podemos creer que nos despojamos de nuestro pasado, pero, una de dos, o no lo logramos del todo y el día menos pensado regresa a llamar a nuestra puerta, o lo conseguimos y comprobamos que estamos más solos de lo que pensábamos. Y, se diga lo que se diga, lo cierto es que, al fin y a la postre, el pasado hace mucha compañía. Sobre todo estando, como estamos, tan solos.
3. El subtítulo de "Porvenir" es "Diecisiete cuentos casi políticos", lo que me parece que explicita tu intención de aclarar que ese porvenir al que el título alude está anclado en el análisis del presente, del hoy político y económico ("La fábrica, o a,e,i,o,u" y "La bella Durmiente: una historia económica"). Sin embargo, me ha sorprendido entre los comentarios que ha recibido tu libro la insistente alusión a la ciencia-ficción, que no me parece muy presente. Más bien hablaría de una fantasía libérrima, que inquieta porque habla de la actualidad más pegajosa.
A mí no me molesta que se use el término: sé que como género o subgénero “literario” no tiene muy buena fama, pero eso es algo que no entiendo, porque hay autores y libros de ciencia-ficción imprescindibles, que deberían formar parte del canon de la literatura del siglo XX, si es que eso del canon sigue teniendo algún sentido hoy por hoy. Por otra parte, reconozco que en alguno de estos cuentos, más que ciencia-ficción, lo que hay es una especie de homenaje a los libros que me aficionaron, en mi adolescencia, a la lectura: los libros que me convirtieron en un lector enfermo. Además, como afirmaba Borges, la ciencia-ficción no es más que una rama de la literatura fantástica, en eso llevas toda la razón. De todas maneras, sé que Porvenir no es un libro de ciencia-ficción, aunque algunos cuentos puedan encuadrarse dentro del género: estoy seguro de que un fan de la ciencia-ficción nunca lo incluiría ahí.
Lo cierto es que la ciencia-ficción puede ser un recurso que va mucho más allá de lo que las supuestas fronteras del género indican: como afirmaba Ricardo Piglia en una entrevista, que cito en el preámbulo de mi novela Si Sabino viviría, “yo digo en broma que todas las historias suceden en el futuro, pero las historias que se ubican deliberadamente en el futuro lo hacen para hablar con más claridad del presente”.
Bien pensado, Porvenir es un libro que sólo aparentemente trata del futuro, porque sus personajes no hacen más que volverse hacia el pasado, con la esperanza de encontrar arreglo para sus problemas del presente. De ahí que sean cuentos “casi” políticos. Porque todo es político en nuestra vida presente: la elección de una u otra escuela para nuestros hijos, la decisión de contratar o no una empleada del hogar, los compromisos a los que llegamos con nuestra pareja a diario… Sí, son relatos muy anclados en el presente de esta parcela del turbocapitalismo contemporáneo que nos ha tocado en suerte.

4. "Porvenir" y el diálogo. Algunos de los cuentos de este libro están totalmente dialogados. "Viaje de verano", que narra el traslado de dos etarras a una ciudad del Mediterráneo para atentar, basa su inquietante eficacia en el diálogo. De todos tus libros traducidos es el más dialogado. Sin embargo, se suele considerar al diálogo un enemigo del relato breve. Háblanos de tu forma de ver este recurso narrativo y de sus posibilidades.
Es cierto que el cine o la televisión, por ejemplo, le han hecho daño al diálogo literario, lo han “contaminado” de alguna manera, aunque no creo que sea un problema exclusivo del cuento: una novela con demasiados diálogos también puede resultar sospechosa.
Sin embargo, no creo que los escritores tengamos que prescindir a priori del diálogo. Lo que me gusta del mismo es sobre todo la economía de medios que le puede proporcionar al escritor, si se utiliza bien. Por otra parte, reconozco que es un recurso difícil de manejar; admiro mucho a los autores que hacen buenos diálogos. Yo sólo recurro a ellos cuando estoy muy seguro de que pueden llegar a funcionar y, sobre todo, si están justificados como columna vertebral del cuento. Aunque, evidentemente, no sé si lo consigo: no soy yo el más indicado para decirlo.
5. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
Va por épocas. Desde luego, cada vez que lo pienso tengo más claro cuánta influencia, buena y mala, tuvieron en mí los autores de ciencia-ficción que leí en mi adolescencia: Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Fredric Brown, Stanislaw Lem, Ursula K. Le Guin, Brian W. Aldiss… En aquella época, menos que ahora, los editores de ciencia-ficción no le hacían ascos a publicar recopilaciones, a veces de diferentes autores, y creo que fue así como desarrollé un gusto por el relato que quizá no hubiera sido tal de haberme aficionado a un género literario menos dado al cuento. Yo me inicié en la escritura plagiando a mis escritores favoritos de ciencia-ficción, y pienso que fue de ellos de quienes aprendí los rudimentos de la técnica. Posteriormente, vinieron autores como Lovecraft, Poe y Maupassant, toda la tradición del relato de horror decimonónica, es decir, la madre del cordero.
Y un poco más tarde, siempre en los años de instituto, llegó el descubrimiento de la gente del boom, sobre todo de Julio Cortázar, Juan Rulfo, Alejo Carpentier –recuerdo la fascinación que me produjeron sus Cuentos completos, aquel librito de la vieja editorial Bruguera–, y, más tarde, de Borges: siento no ser muy original en este punto. A Italo Calvino también lo tengo asociado a todos aquellos. Y también han sido muy importantes para mí algunos autores vascos, como el Atxaga de Obabakoak, Inazio Mujika o Xabier Montoia.
Reconozco que el “ala” más “realista” de la cuentística me interesó menos durante mi juventud, y estoy bastante de acuerdo con Richard Ford cuando afirma que un autor como Antón Chéjov no llega a disfrutarse plenamente hasta haber adquirido un cierto grado de madurez, cosa que a veces, por cierto, ocurre con la edad. Desconozco si es mi caso, pero lo cierto es que me han empezado a gustar relativamente tarde, pese a que a Chéjov o a Ignacio Aldecoa, por mencionar dos, los leí de muy joven, gracias a aquella colección de Libros RTV de Salvat que todos teníamos en casa: he de reconocer que no me dejaron ninguna impresión duradera. Sin embargo, leídos quince o veinte años después, esos mismos autores me han entusiasmado, junto a, cómo no, Carver, Tobias Wolff, el mismo Ford, Bobbie Ann Mason, John Cheever, Kjell Askildsen… Ahora es quizá el tipo de cuento que más busco para leer, aunque sigo releyendo a los del “ala fantástica”, claro está, y tampoco se le pueda hacer ascos a las buenas propuestas que siguen llegando de autores como José María Merino o Karlos Linazasoro, por poner dos ejemplos más.
6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
Bueno, me acuerdo bastante bien de cómo llegué a escribir “Porvenir”, el que da título a mi último libro, y creo que representa bastante bien cuál es, en muchas ocasiones, el proceso que me lleva a un relato. Por una parte, hay una parte de “vida”: en ese caso, las preguntas que, por aquella época, nos constantemente planteaba nuestra hija de tres años y pico sobre el hecho de la muerte. Y, por otra, hay una parte de “literatura”: una entrevista al biólogo Ginés Morata que leímos en El País, en la que se planteaba la posibilidad científica de la inmortalidad y que hizo exclamar a mi mujer que seguro que aquello acabaría convirtiéndose en un producto de lujo sólo apto para los más ricos. Durante un par de semanas tuve el run-rún aquél carcomiéndome el cerebro, hasta que me puse al ordenador y, en un par de noches, el relato estaba terminado.
Otras veces me cuesta más. Llevo casi quince años con la idea de un cuento situado en la época de la primera revolución industrial en el País Vasco, pero no acabo de sentarme a escribirlo…
7. Tus libros están escritos originalmente en euskera. Tú mismo los traduces al castellano. Afirmas que consideras tus traducciones más bien versiones de los cuentos originales. Es una pregunta que te han hecho muchas veces, pero me parece muy interesante saber cómo es ese proceso de autotraducción, y cuáles sus gratificaciones y riesgos.
Alguien que se autotraduce jamás traduce de verdad, siempre será una versión. Es inevitable. El autor se ve enfrentado a una obra escrita hace un tiempo más o menos lejano y, por lo general, es difícil que se identifique del todo con ella: tanto la obra como el autor pueden haber cambiado mucho en ese lapso de tiempo. El mismo proceso de adaptación a la otra lengua –que en este caso es tan mía como la original– resalta los puntos débiles y los fallos que pueda haber en la primera versión del relato, y es casi imposible soslayar la tentación de hacer “mejoras”; yo he llegado a alterar incluso el final de uno de los de Porvenir. A veces resulta una labor bastante dura, que resta mucho tiempo para la creación: ése es quizá el mayor riesgo. Creo que las gratificaciones son pocas, por lo tanto: la única, la que me mueve a meterme en un fregado de esas características, es el hecho de que autotraducción facilita la conservación de mi “voz” en la otra lengua, sea lo que sea eso, y me evita corregir la traducción de otra persona, con la que, estoy seguro, nunca llegaría a estar de acuerdo del todo y me obligaría a hacer demasiados cambios para no quedarme satisfecho del todo, al final.
Y, en fin, supongo que también es una tara derivada de una situación diglósica como la del euskara, y de mi propia esquizofrenia lingüística, de la imposibilidad de elegir definitivamente entre una lengua y la otra.
8. "Traizioak" (2001) y "Itzalak" (2004) son dos libros de cuentos tuyos que aún no han sido (no has) traducidos. ¿Está prevista su próxima publicación para tener toda tu narrativa breve en castellano?
Por ahora no, pero me gustaría hacerlo. A ver si en Lengua de Trapo -que es la editorial con la que he publicado y con la que estoy muy a gusto- o alguna otra casa se animan a proponérmelo un día de éstos…
9. Tu posición es perfecta para entregarnos un panorama de lo que se está escribiendo ahora mismo en Euskadi en el género del relato corto. ¿Cuáles son los nombres, las obras y las tendencias que nos estamos perdiendo, pendientes de una traducción que no llega?
El País Vasco es una verdadera potencia en el campo del relato: los libros más interesantes que se han publicado en estos últimos años en euskara son libros de cuentos; evidentemente, el que lea esto puede sospechar que estoy barriendo para casa, es decir, para la Casa del Relato, y en parte es así, no lo voy a negar, pero por otra parte creo que es la verdad. Yo diría que eso es consecuencia, entre otras cosas, de una política editorial que, al contrario que en otros ámbitos lingüísticos, no descarta a priori la publicación de libros de cuentos: nuestra literatura es pequeña y, en consecuencia, las presiones del “mercado” no son tan grandes, de manera que los editores pueden “arriesgarse” publicando libros de cuentos, aunque en el fondo seguramente preferirían editar sobre todo novelas: si por un milagro de la naturaleza nuestra comunidad de hablantes se multiplicara por diez y surgiera una demanda de libros en lengua vasca acorde con ese fenómeno paranormal, no tengo la menor duda de que nuestros editores dedicarían al libro de cuentos la misma atención que los españoles o los franceses. Pero el hecho de que, en las actuales circunstancias, las editoriales puedan permitirse publicar libros de cuentos crea escuela: la gente se anima más a ensamblar recopilaciones de relatos, de manera que todos los años llegan a las estanterías de las librerías unos cuantos volúmenes buenos de verdad.
Es difícil delimitar tendencias; creo que, como en casi todas partes, se detecta una mayor deriva hacia un “realismo” muy influenciado por el minimalismo de raíz estadounidense, pero también hay muy buenos cultivadores del género más fantástico, y gente bastante inclasificable. ¿Qué se está perdiendo el público castellanohablante? Pues a escritores como Karlos Linazasoro y sus relatos de corte kafkiano (su más reciente libro, Diotenez, es una prodigiosa recopilación de ultracortos); a Xabier Montoia y sus dolorosos paisajes humanos (ha sido el último Premio Euskadi precisamente por un libro de relatos, Euskal Hiria sutan, pero tiene varios, como Emakume biboteduna, Gasteizko hondartzak o Baina bihotzak dio, que habría que traducir cuanto antes); a Pello Lizarralde y su mirada penetrante, con libros como Un ange passe y Sargori; a Inazio Mujika y su rulfiano Azukrea belazeetan. Se puede encontrar una buena muestra de estos autores en la obra colectiva Pintxos. Nuevos cuentos vascos recopilada por Mari Jose Olaziregi (Lengua de Trapo 2004), pero creo que es urgente publicarles libros completos en castellano.
Afortunadamente, cada vez se traducen más libros de relatos vascos, aunque, por desgracia, muchas veces las editoriales no cuentan con una buena distribución al sur del Ebro. Buscando un poco, por lo tanto, es posible hallar libros excepcionales como Sombra de sombras, de Juan Garzia (Alberdania 2005), un ejercicio perfectamente ejecutado en la línea que une a Calvino con Borges; Enseres de ortopedia inútil, de Harkaitz Cano (Hiru 2002), un buen cultivador del género; Letargo, de Jokin Muñoz, uno de los mejores libros que se han escrito sobre el “conflicto” vasco (Alberdania 2005); o Y poco después ahora, de Eider Rodríguez (Ttarttalo 2007), un libro tan duro como hermoso, aunque su siguiente obra, Haragia, es aún mejor y espero verla pronto traducida al español. Por citar algunos.

10. Desde tu experiencia amplia como escritor de libros de relatos, ¿qué haría falta para que el relato tuviera una mayor presencia e importancia en la literatura española?
¿Un cambio de modelo económico? ¿Un sistema en el que el mercado y los intereses de las grandes editoriales dejaran de tener tanta influencia sobre la reproducción cultural? ¿Una tradición literaria que hubiera tenido más en cuenta al género y hubiera producido mejores relatos? (como decía Rodrigo Fresán, hay naciones-novela y países-cuento: España, sin duda, es una nación-novela: qué le vamos a hacer). Teniendo en cuenta estos condicionantes, lo que necesitamos para que el relato tuviera una mayor presencia en la literatura española es que las fuerzas de producción entren en contradicción con las relaciones de producción, que se desarrollen las condiciones objetivas para una revolución social y que alguien invente de una vez una máquina del tiempo que permita el envío de comandos formados por buenos escritores de relatos a puntos clave de la historia de la literatura española (sobre todo al siglo XIX).
Mientras tanto, me temo que lo único que nos queda es seguir con nuestra guerra de guerrillas. Que también tiene su encanto.
11. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
Algunos ya te los he señalado al trazar una panorámica –siempre parcial– de la actual cuentística vasca. Aparte, libros de relatos que me han tocado la fibra en estos últimos ocho años, son la recopilación de relatos norteamericanos Habrá una vez (Alfaguara 2002), Intérprete de emociones de Jhumpa Lahiri (Ediciones del Bronce 2000), Cosas que debes saber de A.M. Homes (Anagrama 2005), La mesa limón de Julian Barnes (Anagrama 2005), El cumpleaños del mundo de Úrsula K. Le Guin (Minotauro 2004), El último minuto de Andrés Neuman (segunda edición en Páginas de Espuma, 2007: sus poéticas del cuento no tienen precio), La vida ausente de Ángel Zapata (el relato que da título al libro es un prodigio, Páginas de Espuma 2006), La ciudad en invierno de Elvira Navarro (Caballo de Troya 2007: brutal), Umeek gezurra esaten dutenetik de Uxue Apaolaza (Erein 2005, una colección de relatos tan breve e impactante como la anterior).
12. Si tras leer "Porvenir", se hace lo propio con "La isla de los antropólogos" y "Mentiras, mentiras, mentiras", se comprueba que tu último libro es una especie de síntesis de los otros, en cuanto a temática y estilo. En aquellos aparecen dos tendencias, que podríamos llamar la "casi política", de análisis de la realidad vasca, y la "casi fantástica", con guiños a Cortázar y Borges en "La isla de los antropólogos", o el Robinson Crusoe y toda la narrativa de la Ilustración,o la ciencia-ficción de "El examen del señor de Pauli" o "New Manchester", uno de tus relatos que más me gustan. En "Porvenir" has logrado fundir en los relatos esa doble mirada sobre la realidad. ¿Es así? ¿Qué cambios observas tú esos tres libros?
La última persona a la que hay que creer a la hora de trazar la evolución de una obra es al propio autor; en fin, una vez escrita me da un poco de risa incluso la misma palabra “evolución”. De todas formas, no me parece mal diagnóstico ése que trazas de una especie de “síntesis”: estoy bastante de acuerdo. También creo que Porvenir es un libro menos “diverso”, menos “disperso” que los anteriores, con una mayor unidad si no temática, sí en el “tono”. Me gusta pensar que es un libro más “destilado” que los otros: al montarlo obré más por eliminación que por acumulación, al contrario que en los anteriores.
Asimismo, querría pensar que he conseguido también una prosa más “depurada” que, por ejemplo, en La isla de los antropólogos o mi primer libro en castellano, Veinte cuentos cortitos: menos preciosista, menos retórica, más directa; ése “escribir menos pintorescamente y con más exactitud” del que hablaba George Orwell.

13. Hay un puñado de relatos en tus libros -"New Manchester", "La bella Durmiente: una historia económica", "La fábrica", por ejemplo- donde haces aplicación narrativa y muy imaginativa -eres profesor de Historia Económica- de la asignatura que impartes. Parece atraerte mucho la fundación del capitalismo moderno, y la asimilas casi a un mito arquetípico. El escritor actual, ¿debería mirar alrededor para descubrir esos nuevos mitos y aprovecharlos?
Bueno, el de la Revolución Industrial no me parece un mito tan nuevo, aunque sí es cierto que se repite y renueva constantemente, con cada revolución técnica. El capitalismo me parece fascinante como forma de organizar la economía y la sociedad: es tan eficaz como absurdo, amén de injusto, y eso lo convierte en un motivo literario insoslayable, me temo. Opino que el escritor está obligado a mirar a su alrededor, a su sociedad, a las cosas que ocurren en la actualidad. Le tengo bastante manía, por ejemplo, a la novela histórica, no sólo porque suele ser, con pocas excepciones, refugio de las maneras más rancias de contar, sino también porque la mayoría de las veces lo que propone es una mera huida, alejar al lector de los problemas del tiempo presente, algo que, contando con medios más eficaces como –por ejemplo– los programas del corazón de la televisión, me parece un tanto superfluo: la literatura debería dedicarse a otra cosa. En fin, reconozco que puede ser un prejuicio profesional y que, de hecho, el auge de la ficción histórica tiene en parte que ver con nuestro fracaso como historiadores a la hora de transmitir a la sociedad lo que sabemos del pasado. Pero yo creo que la literatura tiene que comprometerse sobre todo con el presente, tanto más cuando el presente es tan cambiante y caótico. El blog literario de Vicente Luis Mora se abre con una frase de José Luis Brea que reza “el artista es un productor de directo”, y estoy bastante de acuerdo con eso.
14. Las frases finales de tus cuentos suelen ser muy interesantes, porque sin caer a menudo en el guiño sorprendente, en el giro de última hora, sí aportan al relato una extraña melancolía, como en "El Gargantúa", o una doble lectura irónica o lírica, o hacen crecer la psicología del personaje, como por ejemplo en "Antonio". ¿Cómo surgen esos finales? ¿Los meditas mucho o el propio relato te lleva a ellos con facilidad?
Es un tema que me preocupa, sí: no me gusta abusar de un recurso como el clásico final sorpresa. Por una parte, porque, por desgracia, tengo una tendencia “natural” hacia él, consecuencia probablemente de mi “educación literaria” a base de clásicos de la ciencia-ficción (ésa es una de las “malas influencias” del género, de las que te hablaba en una respuesta anterior). Por otra, porque denota pereza y a veces ni siquiera es eficaz: el lector de relatos espera un final sorpresa, y esa expectativa puede “matar” la sorpresa misma. Y, finalmente, porque en un libro la repetición de estrategias puede llegar a cansar. Así que me alegra mucho lo que dices sobre mis finales. Y la respuesta es que el propio cuento me lleva a ellos, sí, pero que una vez llegado allí los medito -y los cambio- mucho.
15. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
Elegiré uno muy clásico, “Casa tomada” de Julio Cortázar. Recuerdo que nuestro profesor de literatura en el instituto, Joaquín Forradellas -uno de los pocos sabios de verdad que he conocido- nos trajo un día a clase una edición del cuento en la que el texto se desarrollaba dentro del plano en planta de una vivienda, de manera que a medida que los dos hermanos del relato se iban viendo desplazados de las distintas zonas de la casa por lo que fuera que estaba ocupándola, el texto iba llenando cada vez menos habitaciones del plano, hasta que finalizaba fuera de la casa. Tanto el cuento como la manera de presentarlo me dejaron impresionado. Luego lo releí en ediciones “convencionales” de los cuentos de Cortázar y me siguió sorprendiendo, sobre todo por su economía de medios, por lo mucho que nos dice en tan pocas páginas.
16. Uno de los mejores relatos de Porvenir, y el más triste, es "El doctor Iriarte", en el que, con una excusa, esta vez sí, de ciencia-ficción, se habla con rabia de la imposibilidad de romper ese "bucle melancólico", esa máquina del tiempo infernal de la que ha quedado colgado el País Vasco. ¿El terrorismo de E.T.A, hasta qué punto ha influido en la literatura que se hace en Euskadi, por acción u omisión de los autores respecto a ese tema? ¿Una carga, un motivo de reflexión, un recurso argumental, un paisaje incómodo que no se puede dejar de mirar?
Creo que es un tema del que es imposible escapar. Es curioso cómo, según quién menciona la cuestión, hay quien comenta que en la literatura vasca no se escribe de otra cosa (para añadir que ya está aburrido del tema) y quien dice que el asunto no se trata lo suficiente (lo que quiere decir, la mayoría de las veces, que no se trata de la manera en que le gustaría a esa persona en concreto). Así que, sea por acción o por omisión, el caso es que siempre se puede llegar a la conclusión de que estamos dándole vueltas a lo mismo: incluso el mismo hecho de que en un determinado libro no haya ninguna referencia al “conflicto” puede ser muy significativo desde ese punto de vista. Yo no llego a los extremos del escritor Jokin Muñoz, que en alguna ocasión ha afirmado que ésa sería casi la única aportación que pueden hacer las letras vascas contemporáneas a la literatura universal y que es poco menos que una veleidad perder el tiempo escribiendo sobre otras cosas, pero sí que es un tema muy importante, que, por cierto, creo que la literatura en lengua vasca ha tratado con mayor profundidad y diversidad de puntos de vista que la literatura en castellano hecha en el mismo País Vasco. Para mí es una necesidad, casi una obsesión escribir sobre lo que nos pasa, aunque no sea lo único que me preocupa o me mueva a hacer literatura. Supongo que, de alguna manera, es para nosotros lo que la guerra civil para la literatura española. Y no hay duda de que seguirá siéndolo durante muchos años, incluso en el caso de que llegara eso que algunos llaman, con demasiado optimismo, la paz.
17. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual (de novela o relatos, español o extranjero) que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?
Una pregunta comprometedora. Sobrevalorados se me ocurren muchos, claro está. Bueno, en general ser escritor está bastante sobrevalorado, por lo menos en los medios de comunicación: la presencia que tenemos en ellos está muy por encima de lo que nuestra influencia real sobre la sociedad justifica. En fin, por hablar de dos que me parecen más sobrevalorados que la media, citaría a Martin Amis (cuyos libros me resultan menos interesantes que los de muchos de sus compañeros de generación, como McEwan, Ishiguro o Barnes) y a José Saramago, algunas de cuyas cosas me gustan pero me sorprende que suscite tanto entusiasmo, y sobre todo que lo haga menos alguien como Antonio Lobo Antunes (cuyas prosas breves me encantan, por cierto).
Infravalorados están todos los escritores vascos de relatos que he mencionado anteriormente y que no tienen libros publicados en castellano o una distribución como Dios (léase el Mercado) manda. En la literatura española me da la impresión de que gente como Carlos Castán (en el ámbito del cuento) o Javier Azpeitia (en el de la novela) no han tenido toda la repercusión que merecerían.
El viernes 11 de abril Iban Zaldua participará en Córdoba en el festival Cosmopoética 2008 (http://www.cosmopoetica.es/), dentro del Ciclo “Exploradores”. Hará una lectura de sus relatos junto al músico y cantante Jabier Muguruza (http://www.jabiermuguruza.net/). La sesión se titula “Unos cuantos cuentos”, y será a las 21.00h, en la Caseta Victoria (situada en el Paseo de la Victoria de Córdoba).

11 comentarios:
Una entrevista espléndida, llena de hondura, que me ha entretenido, me ha dado más luz sobre el trabajo de Iban y a la vez me ha hecho reflexionar sobre mi propia labor como escritor.
¡Qué poco se parecen estas entrevistas a las que aparecen en los suplementos culturales de turno y qué fantástico que sea así, tan minoritario, tan de guerrilla, como dice Iban!
Sobre el diálogo en los relatos, yo hace años era también un poco talibán con eso, pero ahora, cada vez más, me gusta introducir diálogos e incluso escribir cuentos que son exlusivamente conversaciones. El riesgo es altísimo, es cierto, porque un diálogo malo chirría mucho más que una prosa corrida mala, pero, si se da en la diana o se está cerca, el resultado es inmejorable y supone un antídoto contra lo explicativo y lo obvio. Hay determinados temas universales, la muerte por ejemplo, a los que, a no ser que este uno con sus primeros dientes de escritor, da cierta grima y vergüenza acercarse en plan rollete "la muerte esto y lo otro", en cambio, como bien demuestra el relato "Porvenir", pueden "atacarse" sin aspavientos desde la naturalidad del diálogo, porque ya no se trabaja sobre la hornacina sino sobre la sugerencia o sobre la transparencia. No sé si me explico.
Felicidades a los dos.
Abrazos
Una entrevista (como siempre) magnífica, en la que habéis abordado tantas cuestiones interesantes. Es cierto que la autotraducción supone la continuación de la producción del primer texto, que uno y otro vendrían a ser variantes de una misma materia textual; un traductor, sin embargo, sólo(?) puede interpretar el texto fuente (en contra podríamos situar a Barthes, la muerte del autor y el nacimiento del lector). No obstante no deja de ser fascinante también la cuestión de si el autor puede o no ser lector de su propio texto. Por cierto, sería interesante saber cómo se acometería / acometerá la traducción de ese cuento de “Porvenir” con final distinto en vasco y castellano a una tercera lengua. De Zaldua había leído lo publicado en Pequeñas Resistencias, pero “Porvenir” ya queda añadido a mi lista de libros por comprar. (Y espero poder hacerlo en “Tres rosas amarillas”. ¡Qué buena noticia lo de esta librería! ¿Cómo podemos interpretarlo en la relación entre cuento y mercado? Un suceso sin duda importante en esta guerra de guerrillas).
Estoy de acuerdo con que el diálogo puede ser un recurso válido para el cuento. Los buenos diálogos se disfrutan de veras. (Por cierto, precisamente un cuento de Juan Carlos Márquez, “Nahuk” –creo recordar que di con él en las páginas de la Escuela de Escritores– es un ejemplo de un uso inteligente del recurso).
Enhorabuena y gracias a ambos. Y un abrazo.
Todas estas entrevistas, de sumo interés, deberías recogerlas en un libro.
Miguel Ángel:
Mi felicitación general por tu blog, al que llegué pensando que sabía y del que me voy siempre con las alforjas llenas, con mis coincidencias y mis rechazos, claro; pero convencido siempre de que el relato es un género de pleno derecho, certidumbre que parece que sólo en España está en entredicho, en fin.
Y mi enhorabuena particular por la entrevista a Iban, con quien tengo un amigo común, Jesús Mª Cormán, también escritor, y que formó con Iban una especie de "arboleda perdida" giputxi en los días del instituto.
Un abrazo,
Igor
Como siempre, una entrevista interesantísima por las preguntas y las respuestas. Particularmente "Porvenir" me pareció un libro flojo, pero eso es otro asunto.
Hombredebarro:
Si en una entrada como ésta (una fiesta, un reconocimiento a un autor después de todo - pues sólo se sustenta al considerar de interés lo que el entrevistado tenga que decir en función de una obra que haya causado un interés) se estima necesario afirmar que “Porvenir” es un libro flojo, me parece poco elegante dejar el comentario y despedirse con un “eso es otro asunto”. En la entrevista, Miguel Ángel Muñoz presenta los argumentos por los que dicho libro es destacable y, en su opinión, el mejor de Zaldua hasta la fecha. Rebátalos usted.
Siento haberme mostrado, como dice jose antonio ruiz, poco elegante con mi afirmación. Ya no hay remedio, sólo pedir excusas, así que a lo dicho pecho: quizás no he tenido en cuenta que la entrevista era una fiesta, una celebración, pero sí puedo decir que la leí con interés tanto por el que preguntaba, Miguel Ángel, con unas buenas dosis de reflexión y conocimiento de la materia, como por el que contestaba, Iban, con interesantes aportaciones. Del mismo modo que compré "Porvenir" porque me interesaba y lo leí también con ese interés. Quizás se me ha escapado una opinión en el lugar inadecuado, pero es la que tengo desde que acabé el libro. No la he razonado por dos motivos: poque estaba dentro de un comentario personal, del que respondo, y no era una reseña. Y porque hace unos meses que leí el libro y tengo malísima memoria, sólo me quedaba la impresión. Si hubiese dicho que era un libro cojonudo, sin problemas. Por tanto, no voy a razonar mi opinión, porque eso sería volver al libro con una mala disposición que no tengo ni hacia el autor ni hacia el género. Volveré a leer relatos de Iban Zaldua siempre que tenga oportunidad. El cuento es un género que hay que potenciar y estimular, además de encontrarle el espacio que se merece, pero a veces los autores pecamos de cierta complacencia. No creo que sea malo decir que tal o cual libro le parece a uno flojo o cojonudo. Sobre todo después de haberlo leido con gran interés. A lo mejor lo malo ha sido expresarlo aquí. De cualquier manera me queda una duda: ¿entonces dónde?
Una vez más le pido disculpas a quienes mis palabras por algún motivo le parezcan que tienen poco tacto.
Un saludo.
He leido la entrevista con gran interés. Por una parte porque no estoy puesto en absoluto en narrativa vasca breve actual. Por otro lado porque el tono general invita. Un saludo, continuaré por aquí.
Interesenta entrevista. Y ya van...
Estoy de acuerdo con que hay autores y libros de ciencia-ficción imprescindibles, como siempre, el género ayuda a enterrar grandes obras.
Por otra parte, también creo que hay que reivindicar el diálogo. Es raro que un relato con diálogos reciba algún premio. Sin embargo, el diálogo puede ser un elemento dinamizador esencial.
Coincido casi al cien por cien con la lista de autores que resalta y me siento identificado con ella, así que tendré que leer a este autor de quien aún no he leído nada. Y ya veo que me estoy perdiendo algo importante.
Y mi reconocimiento a tu labor de entrevistador, Miguel Ángel. Cuidas y elaboras tus preguntas de un modo exhaustivo que el lector agradece.
Un abrazo.
Muy buena entrevista y fantásticos cuentos/tarjeta de visita. No conocía la narrativa de Iban Zaldua, dado que mi nivel de euskera es francamente mejorable, pero ya veo que estaba tonto del todo, porque además publica autotraducido. Gracias a los dos, Miguel Angel, y corro a encargar ese 'Etorkizuna' en castellano a Threeyellowroses, desde ya mi librería de cabecera en Madrid. Un abrazo.
Yo también fui al Instituto Peñaflorida, pero no tuve la suerte de que me tocara dar clase con el profesor Forradellas. Ahora está jubilado; lo he visto, más de una vez, mirando libros en la Librería Lagun.
Publicar un comentario en la entrada