
Lugares comunes, (Páginas de Espuma) es el tercer libro de relatos, tras La hora de la siesta (2001) y El placer de la y (2003), que publica Irene Jiménez (Murcia, 1977). En él se revela como una autora que posee una poderosa devoción hacia el relato corto y que ha encontrado en el realismo su eficaz modo de expresión, al menos en este volumen. El libro se compone de nueve relatos que –el título del libro, no perteneciente a ninguno de ellos, se revela atinado- pasan revista a lugares habituales de estancia, de existencia, en la cotidianeidad. Así, los títulos de sus relatos: “En la universidad”, “En un pasillo”, “En casa de los señores”, “En la oficina”, “En la calle”, “En la ventana”, “En el dormitorio”, “En una fiesta” y “Lejos”, hablan de los lugares en que todo ocurre, y revelan la franqueza de una escritora que se acerca de frente a sus historias, y como decía, desde una asumida toma de postura por el realismo más contundente, pero también clásico.
Paradójicamente, la escuela más admirada en el relato contemporáneo ha sido la norteamericana, básicamente realista, estrictamente realista, a veces anodinamente realista. Y siendo así, la repercusión “real” y estética del relato contemporáneo norteamericano en las obras de los escritores españoles de relatos ha sido relativa. Más fortuna siempre han tenido las tendencias juguetonas o barrocas, según casos, a veces anodinamente juguetonas, que derivan de la vitalidad cortazariana y sudamericana en general. Salvo casos contados, ni la tradición europea ni la española han influido demasiado en las últimas tendencias, a grandes rasgos –que no es cosa de maximalizar, por supuesto-, y por ello sorprende la valentía de Irene Jiménez, que sin miedo alguno se ha atrevido con un realismo que entronca directamente, me parece, con el mundo de los escritores realistas españoles de los años cincuenta. De hecho, en muchos momentos la lectura de estos relatos me recordaba a la mejor Martín Gaite, y desprendía una intención de inmediatez sobre la época reflejada en sus historias pareja a aquella otra que aparecía en obras como “Las ataduras”, “Ritmo lento”, o “Entre visillos”. Quizás también ecos de García Hortelano –del que se publican de nuevo sus relatos en Lumen- o incluso de Aldecoa –más en la mirada hacia sus personajes que en la concepción del lenguaje en el fondo barroca que el malogrado cuentista tenía-. Sé que muchos considerarán esta alusión a los maestros de los cincuenta como el recordatorio de unos autores un tanto “demodés” y poco transgresores que poco tienen ya que contarnos. Y sin embargo, a veces creo –otras veces no, de esa contradicción interna quisiera que naciera como autor algo nuevo- que nuestros alrededores, nuestro mundo, precisan de una mirada franca y realista que se atreva a perturbar los asentados dominios de lo cotidiano, autores que recojan el polvo que queda tras sacudir las esteras de la convencionalidad y lo tantas veces dicho. El atrevimiento juguetón que gusta a tantos escritores posee dentro de sí una semilla de conservadurismo, de rizo lingüistico que acaba muchas veces por agotarse, por girar sobre sí mismo como un carrusel onanista. Muchos escritores escriben de maravilla para no decir nada. Esa prosa sonajero de la que tanto ha hablado Marsé no sólo afecta a la novela, sino también al relato, y es uno de sus grandes peligros. La tentación del chiste final o el amor hacia la paradoja, bella como una rosa de plástico, son otros. De nuevo el olvido hacia el objeto de análisis más importante: el propio ser humano, sus contradicciones, las aventuras de sus sentimientos, sus gozos y oscuridades diarias.
Y sin embargo, se aprecia en ciertos escritores actuales españoles una opción por el realismo cercano, no el duro y sintético que propugnó Carver, sino un realismo emocional, que hable de condiciones y aspectos de hoy en día. Casi una vuelta de cierto neorralismo. Puede que los comienzos de la primera andanada puramente realista de este nuevo siglo. Ya se verá. Irene Jiménez ha optado por ello y ha querido dejar constancia de esos alrededores vitales: ha relatado la aventura cotidiana de una chica que se adapta a su vida universitaria en una ciudad extraña y que descubre el amor, y cierta decepción (En la universidad), o el día de trabajo de una asistenta polaca (En casa de los señores), demostrando que la ola de los años cincuenta y sesenta, esa emigración de tantos españoles rurales a la capital o al extranjero, vuelve de nuevo, con otros protagonistas, o el primer día después de un despido (En la oficina), que pone en evidencia la fragilidad de una existencia, y que destroza la seguridad en sí misma del personaje, Leticia, despojándola de la confianza necesaria incluso para lograr otro trabajo. Jiménez trata a todos sus personajes con cercanía, cariño y una gran honestidad. Ha tomado existencias cotidianas, lugares comunes, y desde ahí se ha preguntado qué podía escribir sobre ellas, sin optar por la originalidad, apartada a conciencia de su elección narrativa, sino más bien con intenciones realistas, intentando profundizar entre las vetas flexibles que, hoy, ese estilo deja al alcance del escritor. Con un buen manejo de los diálogos, muy cotidianos pero sin embargo expresivos y no banales —uno de los grandes peligros del estilo coloquial aplicado al relato corto—, Irene Jiménez ha mostrado una valentía sustentada, qué curioso, en una fórmula nada nueva, y esa es la sensación que más estremece de estos relatos. El primero, por ejemplo, “En la universidad”, no cuenta ningún suceso extraordinario, y sin embargo es muy fácil identificarse con Itziar, la protagonista, desde la primera frase: “Itziar era zona franca”, y cuando acabamos el relato sentimos la certeza de que hemos asistido a un pequeño trozo de vida. Algo parecido me ocurrió al leer a Judith Hermann, de la que hablé aquí hace un tiempo. Me sentía cercano a las mujeres de aquellas historias, aunque aquellas historias no buscasen la sorpresa ni el deslumbramiento del lector, sino el acomodo de lo narrado en ese lector. Esta palabra, acomodo, es importante, pienso. La apuesta de Jiménez no halla tanto eco si el lector no colabora o se muestra dispuesto a imbuirse de su lenguaje. Y es que, único aspecto negativo de algunas historias de esta colección, el realismo como estilo es un tanto peligroso –intencionadamente, en todo momento he aludido a realismo, y no a costumbrismo, la derivación equivocada del mismo-, y hay que encontrar una modulación al utilizar esa voz nada elevada y testimonial que impida el que aparezca la rutina o la confusión del no saber qué quiere contarnos el autor, y se caiga en la estampa sin círculo estructural que proteja la concepción de la historia y su necesario eco –a mi juicio, algo así ocurre en “En la calle”-. Tengo la sensación de que el talento y juventud de Irene Jiménez no le hará difícil sortear esos riesgos en futuras obras.
Más allá de eso, hay que aplaudir el trabajo de la autora, su valentía, repito, y la de su-mi editor por apostar por escritores de relatos como ella, que tienen muy claro lo que quieren escribir, por encima de la actualidad o no -¡cuánto me he acordado de mis queridos italianos, tan olvidados, al leer estas historias!- de los maestros que establecieron el marco de un estilo que todavía, incluso en medio del descreimiento posmoderno, o simplemente modelno, tiene mucho que decirnos.

4 comentarios:
Magnífica reseña, Miguel Angel, una delicia. Tomo nota del libro y paso a comprarlo y creo que ya iba siendo hora de que alguien cogiera la antorcha de Martín Gaite, que tiene tanto y tan bueno que ofrecer. Un abrazo muy fuerte, Miguel Angel.
El realismo no está caduco, ni desaparecido, ni minusvalorado. Lo que ocurre es que ahora le añadimos etiquetas -como sucio, por ejemplo - y nos da vergüenza mostrar algo que escribimos llamándolo a secas realismo. Pero hay mucha literatura realista -la mejor de la negra lo es: absolutamente realista y crítica -, válida y nada menor. La generación de los cincuenta, que tan certeramente mencionas, sigue viva, vigente, y los que saben ver en ella obtienen maravillosos frutos que los epígonos de Carver y Ford no obtendrán porque les van a nacer ya muertos, desfasados, desnaturalizados y hasta diría que desnatados sus escritos, ya que ciertas transposisiciones mal digeridas acaban por resultar cargantes y sólo sirven para amontonar y crear una escoba con la que barrer /barrerse a uno mismo. Que tipos que empiezan no conozcan a Hortelano, Martín Gaite, Aldecoa,Fernández Santos y sueñen cada noche con ser el nuevo Carver me parece lamentable y forma parte de la burbuja inflacionista de la literatura estadounidense que a tantos acabará por ahogar, como a tantos que quieren tocar la guitarra después de haber oído a Mark Knopfler y piensan que el oído y el pulso son su única guía. Me compraré el libro de esta escritora y celebro que su realismo tenga que ver con algo del realismo que alguna vez habló de nuestros asuntos, ese realismo pequeño y honrado que tanto nos ayudó a mirar de otra manera cuanto nos rodeaba.
A Francisco: yo no creo que el realismo (sucio o aseado) sea bueno o malo en sí mismo, aunque sí que aborrezco el costumbrismo: me carga. Como lector y escritor intento siempre aplicarme una máxima personal: lo mejor para no caer en ningún pozo es beber de muchas fuentes. O como dice la sabiduría popular: agua estancada no mueve molino o algo así.
Saludos
A Miguel Ángel: está esto un poco triste, como anemiquillo. Parece que tras el subidón electoral de los libros de cuentos la gente se ha tumbado a la bartola.
Enrique: No quiere mi comentario parecer o asimilar demasiado el libro a la escritura de Carmen Gaite, cosa que quizás a su autora no le haga demasiada gracia, pero me parece una indicación, un diagnóstico de que, afortunadamente, hay mucho sitio del que beber.
Paco: Las etiquetas, sí...las etiquetas. Algunas, como la del realismo sucio, tuvo éxito, sin embargo. Suscribo todo lo demás, de la a a la z.
Juan CArlos: También yo detesto el costumbrismo. Y de acuerdo contigo en que beber de muchas jarras nos permite apreciar los mejores sabores de cada lugar. O algo así.
Publicar un comentario en la entrada