
Cuando se acaba la lectura de Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xórdica Editorial, 2007), es inevitable pensar que su autor ha escrito exactamente el libro que pretendía escribir. Es un libro con doce relatos, equilibrado, simétrico, con un sentido de la unidad de estilo muy acusado. Así, Grasa ha optado por un estilo claramente deudor de la narrativa corta norteamericana de los ochenta, el famoso realismo sucio -aunque siempre resulta incómodo utilizar esa etiqueta ya superada, la menciono por diferenciar ese estilo identificable de las tendencias actuales, más diversas, y que transitan otros caminos-. La frase que Grasa utiliza es directa, breve, concisa, irónica, y sus personajes cuentan con humor, a veces negro, historias que siempre están contempladas desde una óptica muy cercana. De los doce relatos ocho están narrados en primera persona y los cuatro restantes en una tercera-primera. Cierta sequedad narrativa, y la intencionada falta de florituras de cualquier tipo, así como la circunstancia de que todos los relatos están contados desde el mismo lugar, con una mirada parecida y un objetivismo sólo aparente, pueden hacer caer a veces en cierta monotonía que su autor salva de manera brillante. Las voces de sus personajes son muy parecidas, pero bajo esa fachada, con un narrador que cuenta lo que ve y describe conductas y comportamientos con agresividad y humor, con cinismo a veces, está el escritor, disponiendo la información para que los relatos sean lo más eficaces posibles. Así, Grasa suele utilizar un juego interno de contrastes dentro de los relatos, que proveen a estos de picos argumentales, una especie de dientes de sierra con los que a una escena humorística sigue una violenta o negra, y a un personaje cotidiano y vulgar sigue la aparición repentina de uno amenazador. Así recrea una tensión que hace desenvolverse a las historias con facilidad y generando intriga en el lector. No hay, aparentemente, psicología en sus relatos, no al menos narrada de la forma convencional, pero tampoco hay un simple conductismo aburrido. Los personajes lanzan mensajes cuestionándose sus comportamientos y los de los demás, y ese tapiz de historias quiere componer una especie de relato generacional, otro de los temas fundamentales de la historia: las relaciones entre dos generaciones distantes, que no se entienden y que no pueden entenderse porque han vivido en dos Españas totalmente distintas. La actual se muestra desorientada, cobarde a la hora de madurar, indecisa y sin atreverse a tomar las riendas de su vida. Ejemplar en ello es Servilletas en la piscina, una delicia de humor negro, pero ese tema está muy presente en La casa de Benedé o La herencia.
Hay también hermanos menores que miran de reojo el comportamiento ya establecido y previsible de los mayores -Mecedoras-, personajes afligidos pero en constante cambio -Pájaros-, un fantástico relato perteneciente al género, tan norteamericano, de cazadores en la nieve -Un sarrio-, aunque donde Grasa da una medida de su gran talento y mirada narrativa es en dos relatos como Tablón de anuncios -el caso clínico de un solitario- y, sobre todo, en el magnífico Algo provisional, donde Grasa se hunde con naturalidad en un tema tan complicado como la pederastia, resolviéndolo con brillantez merced a la maldad oculta que se intuye tras sus personajes golpeados y cínicos, y sobre todo a no haber caído en una fácil complacencia.
Otras constantes de estas historias son cómo los lenguajes vitales de unos personajes nunca dejan huella en la mente de los otros: "Hablamos el profesor y yo de cosas y después sacó un cuaderno en el que escribía poemas en prosa. Leyó uno sobre una isla en la que se supone que él vivía espiritualmente, algo sobre la soledad" (pág. 40); la facilidad del autor para la descripción aguda: "Los zapatos de tacón de mi madre evitaban en la calzada las heces del ganado" (46); la presencia de guiños cinematográficos bien integrados en la narración: "Nuria entró en el dormitorio y tiró al aire los billetes del sobre para que cayesen sobre ellos. No eran muchos, fue un efecto de lluvia de dinero algo deslucido. Entraba aire por la ventana, los billetes podían salir volando. Jonás y Nuria se arrodillaron entonces para recogerlos." (103); ironías felices sobre la mediocridad de los trabajos del asalariado medio: "Lo cierto es que ser representante de bebidas puede ser un primer paso para acceder a la política, igual que hizo Fox en México con la Coca-cola. Muchas veces cuento este caso." (78) Respecto a este último elemento, Grasa se preocupa -demuestra por ello, además de talento, una profesionalidad encomiable al apreciarse que quiere escribir buenos relatos, y darles vida interior, lo que podrá en su caso hacerlos memorables- porque todos los personajes de sus relatos tengan ocupaciones y trabajos determinados. Alejándose de esa costumbre tan española de situar a los personajes literarios en un lugar equidistante entre la Luna y el punto de entrada en la atmósfera terrestre, Grasa quiere que sepamos quiénes son exactamente esos tipos sobre los que va a hablar, con los que va a jugar, a los que va a reflejar.
Bajo su apariencia de retrato generacional, una especie de recorrido por el proletariado español actual de treinta y tantos, con demasiados jóvenes de profesión inmaduros, deudor de una estética demasiado concreta y desde una sincera falta de retórica, Grasa llega mucho más allá en su aventura y logra seducir al lector con historias bien armadas, y apoyándose en un estilo uniforme y honesto nos muestra las debilidades y contradicciones de personajes que en manos sin talento habrían devenido en caricaturas -ejemplos hay al respecto en que ha ocurrido esto cuando se toma la estética del relato corto norteamericano como modelo- y que en las suyas terminan adquiriendo vida, contagiando emoción, convirtiendo este libro de relatos en una lectura, más que recomendable, aconsejable para el aficionado al libro de relatos.
Hay también hermanos menores que miran de reojo el comportamiento ya establecido y previsible de los mayores -Mecedoras-, personajes afligidos pero en constante cambio -Pájaros-, un fantástico relato perteneciente al género, tan norteamericano, de cazadores en la nieve -Un sarrio-, aunque donde Grasa da una medida de su gran talento y mirada narrativa es en dos relatos como Tablón de anuncios -el caso clínico de un solitario- y, sobre todo, en el magnífico Algo provisional, donde Grasa se hunde con naturalidad en un tema tan complicado como la pederastia, resolviéndolo con brillantez merced a la maldad oculta que se intuye tras sus personajes golpeados y cínicos, y sobre todo a no haber caído en una fácil complacencia.
Otras constantes de estas historias son cómo los lenguajes vitales de unos personajes nunca dejan huella en la mente de los otros: "Hablamos el profesor y yo de cosas y después sacó un cuaderno en el que escribía poemas en prosa. Leyó uno sobre una isla en la que se supone que él vivía espiritualmente, algo sobre la soledad" (pág. 40); la facilidad del autor para la descripción aguda: "Los zapatos de tacón de mi madre evitaban en la calzada las heces del ganado" (46); la presencia de guiños cinematográficos bien integrados en la narración: "Nuria entró en el dormitorio y tiró al aire los billetes del sobre para que cayesen sobre ellos. No eran muchos, fue un efecto de lluvia de dinero algo deslucido. Entraba aire por la ventana, los billetes podían salir volando. Jonás y Nuria se arrodillaron entonces para recogerlos." (103); ironías felices sobre la mediocridad de los trabajos del asalariado medio: "Lo cierto es que ser representante de bebidas puede ser un primer paso para acceder a la política, igual que hizo Fox en México con la Coca-cola. Muchas veces cuento este caso." (78) Respecto a este último elemento, Grasa se preocupa -demuestra por ello, además de talento, una profesionalidad encomiable al apreciarse que quiere escribir buenos relatos, y darles vida interior, lo que podrá en su caso hacerlos memorables- porque todos los personajes de sus relatos tengan ocupaciones y trabajos determinados. Alejándose de esa costumbre tan española de situar a los personajes literarios en un lugar equidistante entre la Luna y el punto de entrada en la atmósfera terrestre, Grasa quiere que sepamos quiénes son exactamente esos tipos sobre los que va a hablar, con los que va a jugar, a los que va a reflejar.
Bajo su apariencia de retrato generacional, una especie de recorrido por el proletariado español actual de treinta y tantos, con demasiados jóvenes de profesión inmaduros, deudor de una estética demasiado concreta y desde una sincera falta de retórica, Grasa llega mucho más allá en su aventura y logra seducir al lector con historias bien armadas, y apoyándose en un estilo uniforme y honesto nos muestra las debilidades y contradicciones de personajes que en manos sin talento habrían devenido en caricaturas -ejemplos hay al respecto en que ha ocurrido esto cuando se toma la estética del relato corto norteamericano como modelo- y que en las suyas terminan adquiriendo vida, contagiando emoción, convirtiendo este libro de relatos en una lectura, más que recomendable, aconsejable para el aficionado al libro de relatos.

9 comentarios:
La putada de Xórdica es que en Madrid está muy difícil encontrar sus libros, y hay que andar encargándolos. Es un rollo. Yo tengo pendiente como la mitad de su catálogo de relatos.
Agh
No es tan complicado comprar los libros de Xordica. Basta ir a su página web www.xordica.com y hacerlo.
Hombre, Matías, no me digas eso, que incluso en "la librería" de Almería pueden conseguirse los libros de Xórdica. No los traen a decenas, como el último Alfaguara, pero haberlos, haylos. A quejarse tocan en las librerías madrileñas del centro.
Un abrazo.
Estoy de acuerdo con Matías. En teoría haylos, pero luego te pones a buscar de librería en librería y si das con "el ejemplar" que buscas es casi de milagro.
Autor del que te debo, de nuevo, el descubrimiento y al que yo diría que hay que seguir con atención, porque tiene oficio y ese toque personal que lo aleja del estereotipo y de la mímesis y lo acerca a eso que rara vez se halla: un autor.
Un buen libro de relatos, tienes toda la razón.
Se reconoce el buen oficio, tal vez demasiado, y por ello la uniformidad y equilibrio de todos sus relatos, que en una primera lectura nos deja una sensación de agilidad, puede acabar convirtiéndose en una de las debilidades del conjunto. He echado en falta algún que otro sobresalto, algún altibajo; Medardo Fraile dice que el cuento más que verse debe sentirse, y ahí es donde entiendo que un libro de relatos debe combinar la elegancia del esgrima con los puñetazos a traición. En fin, no sé si me explico…
Grasa es un autor interesante. Su libro "La Tercera Guerra Mundial" me parece muy recomendable. Una lástima que su trayectoria parezca un poco errática.
Un saludo.
A los madrileños: coño, luego siempre acabamos quejándonos de las grandes superficies y el debate cadenadelibrerías / libreríaspequeñasconlibrerosdeverdad pero en Casa del Libro de Gran Vía, en la primera mesa de novedades nada mas entrar y además de frente a la puerta (es decir, nada escondido) tenemos un montoncito de (diez más o menos) ejemplares del libro. Es decir, que tampoco es que no se encuentre...
Y suscribo los 3 puntos que ha escrito miguel sanfeliu.
Creo.
Ayer un fallo de blogger me borró las respuestas que había preparado.
Reincido:
David: Hay que buscarlo. Vale la pena.
PAco: Pues me alegro que esta recomendación te haya llegado dentro. De veras. Sabía que te iba a gustar, por otro lado.
Pepe: Has dado en la clave. Cierto que al libro -y esa es quizás la causa de que en mi comentario parezca que me ha gustado menos quizás de lo que en realidad me ha gustado, es decir, no es exultante- le falta un algo de ebriedad, de sobresalto. Para qué añadir. Lo has dicho bien. Creo que Grasa tiene un gran talento para el relato, y sólo espero que no su actitud no sea acomodaticia, y busque nuevos caminos en los que podría decir muchísimo.
Miguel: TEngo ese libro recién comprado, y aún no leído. También llevas razón en que después de un comienzo fulgurante, su trayectoria parece un tanto errática, aunque creo que hay mucho de la propia voluntad de Grasa.
Paul: ¡Ahí, ahí! Defendiendo el gremio. Me extrañaba que una editorial que llega desde Zaragoza a Almería -y no vía trasvase del Ebro- no estuviera en la capital de las Españas.
Un abrazo a todos.
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