
La nueva editorial Gens -éste que comento es el cuarto volumen de su catálogo- ha apostado en Parábola de los talentos por antologar a doce autores de relatos de edades diversas que presentan aquí una muestra de su obra narrativa. Siempre hay que felicitarse por la aparición de una obra de estas características, y pese a la desconfianza que siempre me han provocado las antologías de relatos, pues en demasiadas ocasiones los resultados de su lectura lindan con el desastre, me alegra ver que en este caso el tono general es bueno, y en ciertos momentos muy bueno. Hay aquí autores que sin duda sonarán muy pronto como buenos cuentistas -y que ya lo son-, y otros que no, como es inevitable, pero el que podamos destacar algunos nombres notables ya es positivo y alentador para los autores participantes y para la editorial que ha impulsado tal proyecto.
He preferido no entrar en valoraciones generales, que me parecen útiles desde el punto de vista del márketing editorial, pero no desde el literario, respecto de posibles tendencias comunes, vetas que pueden apreciarse en el libro, escuelas apreciables, y demás. Me resulta absurdo tal intento por vano: aquí tenemos a doce autores y así hay que verlos, de un modo individualizado, pese a que es tentador buscar hilos sueltos que podrían anudar a muchos de ellos, tanto en un sentido positivo como en el negativo.
Antes de leer la antología me planteé el método de este comentario: destacar sólo a los autores que en mi opinión eran más llamativos, o comentarlos a todos y a cada uno de ellos, con los riesgos que eso suponía -todavía no conocía la calidad de los autores incluidos-. Opté por la segunda opción. Participar en una antología de este tipo supone una mezcla de ilusión como autor y, por otro lado, de confianza en la obra de uno, y cada autor merece una lectura atenta y un comentario sincero.
Antes de ir a ello, sólo cabe desear la mayor suerte a este volumen y a sus autores, así como a la editorial Gens, que parece va a hacer de la edición de libros de relatos parte fundamental de su catálogo.
Los azares alfabéticos hacen que el volumen se abra con el autor más joven de la colección, Matías Candeira (Madrid, 1984), quien presenta tres relatos brillantes y originales. Cuando se muere la nevera es la magnífica historia del funeral familiar por una nevera muerta que mezcla, con humor pero también un no disimulado lirismo, la metafísica y kafkiana representación del dolor humano por el tiempo y los objetos desaparecidos. Somos lo que poseemos, hoy en día, pero leyendo el relato recordaba que el consumismo en España comenzó por la nevera. Una familia que vivía bien era la que tenía la nevera llena. Lo de ahora es otra cosa, las neveras son triples, pero es sólo un electrodoméstico. Sin embargo, la historia de Candeira convierte al aparato preñado de flores en una especie de monolito de 2001, con enigmáticas propiedades. También brillante El hombre en el barreño, historia de un Diógenes de las urbanizaciones que espía a las mujeres bellas y se aisla de sí mismo desde el interior de un barreño. Aunque con cierta deriva hacia la artificiosidad y un aroma casi retórico, siempre salvado en el conjunto -los relatos juegan la baza del artefacto literario, explorar las ciudades sumergidas en el fondo del tiempo, menos que la de la empatía con sus personajes, al optar el autor por no ocultar el peso literario de sus historias y lenguaje- la juventud de Candeira nos asegura que la urdimbre perfecta, con ecos de la literatura sudamericana, pero también con ecos de los norteamericanos, una mezcla atractiva, llegará a sus relatos, a poco que su autor siga escribiendo con parecida pasión e intensidad. Candeira, estas historias bastan para apreciarlo, lleva en la sangre la literatura, la buena literatura.
De María José Codes (como en algunos otros no consta su fecha de nacimiento) se incluye el relato Banco de ruidos, la historia de dos amigos cuya amistad es evocada por uno de ellos: un viaje a Liverpool en el que se rememora otro anterior, que unió sus vidas de un modo indeleble y a la postre trágico. El problema del relato es que a veces parece construido en función del bello símbolo final del Banco de ruidos, alargándose demasiado y deviniendo, en ciertos momentos, intrascendente, tal vez por falta de una mayor construcción de los personajes. En todo caso, la lectura del relato se hace terriblemente incómoda por el gran número de incorrecciones sintácticas -falta más de una decena de comas, puntos y comas, o dos puntos-, una utilización caprichosa de las cursivas y diversos errores de bulto que se deberían haber corregido -por la autora o por los dos correctores de pruebas que constan en la edición, y que también han dejado pasar algunas erratas en el Preámbulo de los editores que abre el libro, y en otros relatos-: una efemérides, yo reverenciaba Ian McCulloch, primeras guiness, la bolea lanzada en un partido de pelota, ¿Y si ese pájaro (...) no fuesen sino una patraña?, la batiente de la puerta. Lamento destacar estos detalles pero, sinceramente, creo que una carta de presentación como esta merecía un mayor cuidado de estos detalles, penosos para el escritor, pero que agradecen los lectores que el escritor desea.
José Delclaux interviene con dos relatos, Tarta de frambuesas, y A las mujeres no les gustan los pelirrojos, con un aparente tono menor que es salvado por una saludable ironía que puede mostrar las realidades más salvajes -en el primero de los relatos- o las más apocalípticas -en el segundo- con un aire de realidad posible, creíble, sin alharacas, admitiendo que todo puede pasar. En A las mujeres... sobra, creo, la digresión explicativa científica. Delclaux es más eficaz cuando sugiere y se aleja del dibujo grueso.
Aldara Fernández de Córdova dibuja en Jingle Hells de modo enigmático la planicie cotidiana de los adosados, a través de una historia de iniciación al sexo contada desde los ojos de una niña, relato en el que quizás flaquea la voz narrativa un tanto monocorde de la narradora, a la que le falta ambigüedad, y una mayor construcción. Aunque es una rememoración adulta, no llegamos a conocer de la niña ni siquiera su edad y otros detalles importantes para entrar plenamente en la historia que cuenta. Señora con niña y perro es un relato demasiado plano al que le falta alguna vuelta de tuerca o un esfuerzo por complicar narrativamente la trama o el modo en que la trama es contada.
Elena González (Ávila, 1969) interviene con tres relatos, de los cuáles dos, La boda y Carnaval, me han gustado mucho. La boda es un relato de dos páginas que de un modo extravagante y elíptico cuenta una historia de engaño mediante una especie de rito de iniciación. En Carnaval aparece el mundo rural mostrado con gran naturalidad, y con un realismo que no llega a asfixiar, cuajado de destellos que lo hacen vivo y humano, cercano al lector. La soterrada sexualidad del relato le da una segunda lectura que es también su valor más certero.
Elena del Hoyo (Madrid, 1968) presenta dos relatos centrados en las zozobras de la infancia y la adolescencia, desde una perspectiva realista demasiado acusada -una constante en la mayoría de los relatos leídos hasta ahora-; relatos bien escritos y resueltos, con un apropiado uso coloquial del diálogo y la descripción, pero demasiado centrados, en mi opinión, en la explotación de la anécdota. Y sería culpa tuya por ponerte en su poder me parece un relato muy interesante al que le falta un arrebato de atrevimiento, un paso hacia el otro lado, una insensata caída en el vacío.
El primer relato de Ignacio Jáuregui (Bilbao, 1959), El avión del teniente Pedreña, es una absorbente historia aventurera que se desarrolla en el Marruecos del protectorado español. La lucha de un militar por recuperar su avión y escapar de los beduinos que le han acogido está muy bien escrita, tiene un pulso constante y apuesta por una historia con parámetros distintos a los comentados hasta ahora. No obstante, le sobran ciertas frases retóricas que se repiten en exceso, a modo de ritornello -miles, millones de años, o cosas de la guerra- pero apenas empañan un gran relato, con un final bellísimo. El otro relato, Suite "orangina" en fru bemol mayor es un divertimento fanta-stico, que construye, partiendo de una cita de Michaux, y a la manera cortazariana, con ecos de Hipólito G. Navarro, un texto ilegible, y por eso inteligible, que ironiza sobre esa música burbujeante y alucinante que según los anuncios poseen determinados refrescos. Muestra muy atrayente la de los relatos de Ignacio Jáuregui, que juega la baza del riesgo, y del riesgo sale triunfante.
De Julio Jurado (Madrid, 1958) se incluyen dos relatos. El primero, El constructor no se queda a cenar, es el más logrado: una delicia de humor negro, un cruce entre literatura del absurdo y literatura de terror, la escena de un guión de Azcona, una fantasía macabra que todos los que se han hipotecado han (hemos) tenido alguna vez, con una extraña familia Monster y un invitado, el constructor, el peor de todos ellos. A pesar de que es un relato con mucho humor, tiene un momento, con una mano rolliza y un poco verdosa de por medio, muy inquietante.
En Las preposiciones de Blint, Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) nos sumerge en una historia de agua y perturbación en la que los códigos del lenguaje, a través de las preposiciones que encabezan cada uno de los párrafos del relato, pretenden clarificar lo enigmático, aquello que se resiste a la doma de la psicología o a las explicaciones científicas. Un relato magnífico, en el que su autor construye con pocos elementos una historia perdurable y que sin alardes verbales, con una prosa ajustada pero muy bella, y una imaginación germánica -pasión bajo la cuadrícula-, nos lleva de su mano con suavidad, acuáticamente. Espero con ganas su libro de relatos Norteamérica profunda -qué buen título-, de próxima publicación.
Inés Mendoza (Caracas, 1970) pertenece, como Julio Jurado, al colectivo surrealista La llave de los campos, y sus dos relatos se inscriben a su manera en esa tendencia. En Cuento neoplástico, muy breve, juega con la idea de la vanguardia sobreviviéndose a sí misma, a todos sus profetas que terminan por desaparecer, mientras el atrevimiento, la línea, la obra sigue viva, intentando hallar caminos nuevos. El otro fuego es un bello relato que, con delicadeza y gran ternura, traza los sueños de un nuevo Cosimo, el protagonista de El barón rampante, que en esta historia decide cambiar la perspectiva desde la que mirar el mundo, para, a pesar del paso del tiempo y del poder omnímodo de las convenciones, soñar con dejarse atrapar en algún momento por un inesperado fuego vivificador.
José Luis Pereira (Madrid, 1963), incluye dos relatos, Zapatos de gamuza azul y Pajarito, que cuentan desde un realismo convencional dos anécdotas relacionadas con la decepción y la infancia. Como he comentado en algún otro caso, el elegir una anécdota más o menos afortunada o un detalle simbólico -los zapatos de gamuza, el chupete, la alberca- no es nunca suficiente para armar un buen relato si no se trabajan otros elementos: lenguaje, clima, historia subterránea, etc. Más allá de eso, Pereira posee un gran sentido del ritmo y una naturalidad en los diálogos presente en ambos relatos, beneficiándose Pajarito de una agilidad y rapidez narrativa considerable.
Enrique Triana (Madrid, 1969) presenta dos relatos, La cuchara y Piso interior, claustrofóbicos y sobre los que aletea un ambiente malsano. Piso interior quizás cae en un espesor excesivo que malogra los muchos aspectos atractivos del relato. Le beneficiaría un poco de aire aunque encaja a la perfección con el planteamiento de su autor, describiendo la vida encerrada y agobiante de una pareja en su piso sin vistas a la calle. La cuchara logra un mayor equilibrio entre fondo y forma en una historia escalofriante de niños perversos en mitad de un ambiente insano de muerte y destrucción. La opción del autor de ocultar las claves de la historia beneficia el ambiente irrespirable de la misma.
He preferido no entrar en valoraciones generales, que me parecen útiles desde el punto de vista del márketing editorial, pero no desde el literario, respecto de posibles tendencias comunes, vetas que pueden apreciarse en el libro, escuelas apreciables, y demás. Me resulta absurdo tal intento por vano: aquí tenemos a doce autores y así hay que verlos, de un modo individualizado, pese a que es tentador buscar hilos sueltos que podrían anudar a muchos de ellos, tanto en un sentido positivo como en el negativo.
Antes de leer la antología me planteé el método de este comentario: destacar sólo a los autores que en mi opinión eran más llamativos, o comentarlos a todos y a cada uno de ellos, con los riesgos que eso suponía -todavía no conocía la calidad de los autores incluidos-. Opté por la segunda opción. Participar en una antología de este tipo supone una mezcla de ilusión como autor y, por otro lado, de confianza en la obra de uno, y cada autor merece una lectura atenta y un comentario sincero.
Antes de ir a ello, sólo cabe desear la mayor suerte a este volumen y a sus autores, así como a la editorial Gens, que parece va a hacer de la edición de libros de relatos parte fundamental de su catálogo.
Los azares alfabéticos hacen que el volumen se abra con el autor más joven de la colección, Matías Candeira (Madrid, 1984), quien presenta tres relatos brillantes y originales. Cuando se muere la nevera es la magnífica historia del funeral familiar por una nevera muerta que mezcla, con humor pero también un no disimulado lirismo, la metafísica y kafkiana representación del dolor humano por el tiempo y los objetos desaparecidos. Somos lo que poseemos, hoy en día, pero leyendo el relato recordaba que el consumismo en España comenzó por la nevera. Una familia que vivía bien era la que tenía la nevera llena. Lo de ahora es otra cosa, las neveras son triples, pero es sólo un electrodoméstico. Sin embargo, la historia de Candeira convierte al aparato preñado de flores en una especie de monolito de 2001, con enigmáticas propiedades. También brillante El hombre en el barreño, historia de un Diógenes de las urbanizaciones que espía a las mujeres bellas y se aisla de sí mismo desde el interior de un barreño. Aunque con cierta deriva hacia la artificiosidad y un aroma casi retórico, siempre salvado en el conjunto -los relatos juegan la baza del artefacto literario, explorar las ciudades sumergidas en el fondo del tiempo, menos que la de la empatía con sus personajes, al optar el autor por no ocultar el peso literario de sus historias y lenguaje- la juventud de Candeira nos asegura que la urdimbre perfecta, con ecos de la literatura sudamericana, pero también con ecos de los norteamericanos, una mezcla atractiva, llegará a sus relatos, a poco que su autor siga escribiendo con parecida pasión e intensidad. Candeira, estas historias bastan para apreciarlo, lleva en la sangre la literatura, la buena literatura.
De María José Codes (como en algunos otros no consta su fecha de nacimiento) se incluye el relato Banco de ruidos, la historia de dos amigos cuya amistad es evocada por uno de ellos: un viaje a Liverpool en el que se rememora otro anterior, que unió sus vidas de un modo indeleble y a la postre trágico. El problema del relato es que a veces parece construido en función del bello símbolo final del Banco de ruidos, alargándose demasiado y deviniendo, en ciertos momentos, intrascendente, tal vez por falta de una mayor construcción de los personajes. En todo caso, la lectura del relato se hace terriblemente incómoda por el gran número de incorrecciones sintácticas -falta más de una decena de comas, puntos y comas, o dos puntos-, una utilización caprichosa de las cursivas y diversos errores de bulto que se deberían haber corregido -por la autora o por los dos correctores de pruebas que constan en la edición, y que también han dejado pasar algunas erratas en el Preámbulo de los editores que abre el libro, y en otros relatos-: una efemérides, yo reverenciaba Ian McCulloch, primeras guiness, la bolea lanzada en un partido de pelota, ¿Y si ese pájaro (...) no fuesen sino una patraña?, la batiente de la puerta. Lamento destacar estos detalles pero, sinceramente, creo que una carta de presentación como esta merecía un mayor cuidado de estos detalles, penosos para el escritor, pero que agradecen los lectores que el escritor desea.
José Delclaux interviene con dos relatos, Tarta de frambuesas, y A las mujeres no les gustan los pelirrojos, con un aparente tono menor que es salvado por una saludable ironía que puede mostrar las realidades más salvajes -en el primero de los relatos- o las más apocalípticas -en el segundo- con un aire de realidad posible, creíble, sin alharacas, admitiendo que todo puede pasar. En A las mujeres... sobra, creo, la digresión explicativa científica. Delclaux es más eficaz cuando sugiere y se aleja del dibujo grueso.
Aldara Fernández de Córdova dibuja en Jingle Hells de modo enigmático la planicie cotidiana de los adosados, a través de una historia de iniciación al sexo contada desde los ojos de una niña, relato en el que quizás flaquea la voz narrativa un tanto monocorde de la narradora, a la que le falta ambigüedad, y una mayor construcción. Aunque es una rememoración adulta, no llegamos a conocer de la niña ni siquiera su edad y otros detalles importantes para entrar plenamente en la historia que cuenta. Señora con niña y perro es un relato demasiado plano al que le falta alguna vuelta de tuerca o un esfuerzo por complicar narrativamente la trama o el modo en que la trama es contada.
Elena González (Ávila, 1969) interviene con tres relatos, de los cuáles dos, La boda y Carnaval, me han gustado mucho. La boda es un relato de dos páginas que de un modo extravagante y elíptico cuenta una historia de engaño mediante una especie de rito de iniciación. En Carnaval aparece el mundo rural mostrado con gran naturalidad, y con un realismo que no llega a asfixiar, cuajado de destellos que lo hacen vivo y humano, cercano al lector. La soterrada sexualidad del relato le da una segunda lectura que es también su valor más certero.
Elena del Hoyo (Madrid, 1968) presenta dos relatos centrados en las zozobras de la infancia y la adolescencia, desde una perspectiva realista demasiado acusada -una constante en la mayoría de los relatos leídos hasta ahora-; relatos bien escritos y resueltos, con un apropiado uso coloquial del diálogo y la descripción, pero demasiado centrados, en mi opinión, en la explotación de la anécdota. Y sería culpa tuya por ponerte en su poder me parece un relato muy interesante al que le falta un arrebato de atrevimiento, un paso hacia el otro lado, una insensata caída en el vacío.
El primer relato de Ignacio Jáuregui (Bilbao, 1959), El avión del teniente Pedreña, es una absorbente historia aventurera que se desarrolla en el Marruecos del protectorado español. La lucha de un militar por recuperar su avión y escapar de los beduinos que le han acogido está muy bien escrita, tiene un pulso constante y apuesta por una historia con parámetros distintos a los comentados hasta ahora. No obstante, le sobran ciertas frases retóricas que se repiten en exceso, a modo de ritornello -miles, millones de años, o cosas de la guerra- pero apenas empañan un gran relato, con un final bellísimo. El otro relato, Suite "orangina" en fru bemol mayor es un divertimento fanta-stico, que construye, partiendo de una cita de Michaux, y a la manera cortazariana, con ecos de Hipólito G. Navarro, un texto ilegible, y por eso inteligible, que ironiza sobre esa música burbujeante y alucinante que según los anuncios poseen determinados refrescos. Muestra muy atrayente la de los relatos de Ignacio Jáuregui, que juega la baza del riesgo, y del riesgo sale triunfante.
De Julio Jurado (Madrid, 1958) se incluyen dos relatos. El primero, El constructor no se queda a cenar, es el más logrado: una delicia de humor negro, un cruce entre literatura del absurdo y literatura de terror, la escena de un guión de Azcona, una fantasía macabra que todos los que se han hipotecado han (hemos) tenido alguna vez, con una extraña familia Monster y un invitado, el constructor, el peor de todos ellos. A pesar de que es un relato con mucho humor, tiene un momento, con una mano rolliza y un poco verdosa de por medio, muy inquietante.
En Las preposiciones de Blint, Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) nos sumerge en una historia de agua y perturbación en la que los códigos del lenguaje, a través de las preposiciones que encabezan cada uno de los párrafos del relato, pretenden clarificar lo enigmático, aquello que se resiste a la doma de la psicología o a las explicaciones científicas. Un relato magnífico, en el que su autor construye con pocos elementos una historia perdurable y que sin alardes verbales, con una prosa ajustada pero muy bella, y una imaginación germánica -pasión bajo la cuadrícula-, nos lleva de su mano con suavidad, acuáticamente. Espero con ganas su libro de relatos Norteamérica profunda -qué buen título-, de próxima publicación.
Inés Mendoza (Caracas, 1970) pertenece, como Julio Jurado, al colectivo surrealista La llave de los campos, y sus dos relatos se inscriben a su manera en esa tendencia. En Cuento neoplástico, muy breve, juega con la idea de la vanguardia sobreviviéndose a sí misma, a todos sus profetas que terminan por desaparecer, mientras el atrevimiento, la línea, la obra sigue viva, intentando hallar caminos nuevos. El otro fuego es un bello relato que, con delicadeza y gran ternura, traza los sueños de un nuevo Cosimo, el protagonista de El barón rampante, que en esta historia decide cambiar la perspectiva desde la que mirar el mundo, para, a pesar del paso del tiempo y del poder omnímodo de las convenciones, soñar con dejarse atrapar en algún momento por un inesperado fuego vivificador.
José Luis Pereira (Madrid, 1963), incluye dos relatos, Zapatos de gamuza azul y Pajarito, que cuentan desde un realismo convencional dos anécdotas relacionadas con la decepción y la infancia. Como he comentado en algún otro caso, el elegir una anécdota más o menos afortunada o un detalle simbólico -los zapatos de gamuza, el chupete, la alberca- no es nunca suficiente para armar un buen relato si no se trabajan otros elementos: lenguaje, clima, historia subterránea, etc. Más allá de eso, Pereira posee un gran sentido del ritmo y una naturalidad en los diálogos presente en ambos relatos, beneficiándose Pajarito de una agilidad y rapidez narrativa considerable.
Enrique Triana (Madrid, 1969) presenta dos relatos, La cuchara y Piso interior, claustrofóbicos y sobre los que aletea un ambiente malsano. Piso interior quizás cae en un espesor excesivo que malogra los muchos aspectos atractivos del relato. Le beneficiaría un poco de aire aunque encaja a la perfección con el planteamiento de su autor, describiendo la vida encerrada y agobiante de una pareja en su piso sin vistas a la calle. La cuchara logra un mayor equilibrio entre fondo y forma en una historia escalofriante de niños perversos en mitad de un ambiente insano de muerte y destrucción. La opción del autor de ocultar las claves de la historia beneficia el ambiente irrespirable de la misma.

10 comentarios:
A ciertas antologías les ocurre como al "Surtido Cuétara": algunas de sus galletas se ponen duras en la caja.
Y hablando de otra cosa: ¿alguien sabe si es verdad que Inés Mara se ha quedado sorda? Hace tiempo que no oye nada...
Una de esas entradas que se agradecen enormemente, porque nos presentas a autores y sus obras con rigor, entendimiento y muy desde dentro de lo que cada uno ha contado, como se puede ver con cada comentario casi personalizado, único. Me gustan las antologías porque presentan historias variadas y hay siempre algo de apuesta con/contra el tiempo. Y espero que algunos de estos nombres crezcan y nos den obras interesantes.
Umm... muy interesante blog. Me alegro de haber llegado hasta esta orilla.
Un saludo
Miguel Ángel, por Dios, que me voy a sonrojar. Muchísimas gracias por dar cabida en tu blog a "La Parábola". Eres un buen cuentista y, además, un paladín del cuento. Lo primero (buenos cuentistas) escasea, lo segundo es casi insólito.
Te odio, M.A. Barracus, monstruo cuentista.
¿Y ahora qué se supone que debo hacer con la cuarta parte de mi desmán dominical -para mañana miércoles, sin falta-, en la que hablaba de Parábola de los talentos? ¿Qué hacer para que no parezca un bramido oligofrénico después de tu entrada? ¿Quién va a perder el tiempo con él?
En fin, lo dejaré tal como estaba, porque si algún valor tiene mi desbarrada, mi acusación a Gándara, mi decepción con Neuman (ya avisé que diría igual de alto lo menos lindo), y mi primera impresión -impresionista, desde luego, sin rigor alguno- después de leer Parábola de los talentos, si lo tiene, digo, debe ser la espontaneidad, porque otra cosa...
Bueno, al menos no podrás adelantarte cuando comente El síndrome Chéjov, porque no creo que caigas en ese onanismo.
Pena que tampoco estés en Madrid el viernes. ¿Almería, Islandia, como ese tipo -yo tampoco quiero palmarla sin ir a Islandia-, dónde pararás?
Excelente reseña. Yo aún no he encontrado el libro, pero supongo que lo conseguiré en breve.
Un saludo.
Sólo... "gracias". Gracias de corazón.
Miguel Angel, un millón de gracias. NADIE había hecho NUNCA un comentario tan cálido y tan alentador sobre NADA que yo haya escrito, sea cuento, novela, poema, carta, postal, formulario o lista de la compra. Estoy a punto de llorar de gratitud. Y gracias también por hacerme ver lo inadecuado de mis "ritornellos". Ese día debía de llevar encima una sobredosis de Buzzati, o así. Millones de gracias, de verdad. Y tómate algo, que está pagao.
De lo mejor que me ha dado la parábola de los talentos, esta entrada.
Este blog, todo él y no sólo la parte que nos toca, es un gran regalo que estoy deseando desenvolver.
Por cierto, lo de soterrada sexualidad se refería al "cocodrilo", ¿verdad?
Saludos,
Elena
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