De James Salter (Nueva York, 1925) había leído hace mucho tiempo la novela Años luz, de primorosa lectura pero, la verdad, de débil recuerdo. James Salter se inscribe a la perfección en el prototipo del autor americano: escritor de fuertes experiencias vitales -piloto de combate hasta 1957, con más de 100 vuelos en distintas misiones-, y de obra escasa, un título mítico, Juego y distracción, y largos silencios kubrickianos entre obra y obra. Durante muchos años retirado de la escena literaria -con esa especie de actitud que Salinger instituyó y que tantos siguieron, hosca y refractaria al contacto con la popularidad, casi al contacto humano-. Esa perpetua altivez mayestática, pero tan atractiva, de autores que con su alejamiento acrecientan una leyenda que, muchas veces, no se corresponde con el verdadero valor de sus obras.En España, por supuesto, era muy fácil vender como alguien mítico a Salter, de quien no se habían traducido, ni bien ni mal, casi ninguna de sus obras.
Leí sin embargo La última noche (Salamandra) con gran interés, esperando encontrar en él al gran autor que yo mismo aprecié a ratos en Años luz, aunque de esos fragmentos no hubiesen quedado ecos en mi memoria. Los diez relatos que componen La última noche exploran los rituales de la decepción que se instalan con el tiempo en cualquier familia americana, en este caso familias de la clase y edad media alta, profesional y sexualmente activa, digamos la clase estándar mostrada en la obra de Cheever y Updike. La verdad, uno está un tanto saturado de esa clase social -y de muchas- y soy consciente de que la impresión que me ha causado la lectura de este libro está un tanto influida, para bien o mal, por el cansancio que siento hacia ciertos modelos narrativos americanos, de los que ya se ha dado cuenta en anteriores comentarios de otras obras del ramo. Salter posee una delicada capacidad para retratar los momentos abismales en que todo parece venirse abajo en una relación establecida, pero hay una constante incapacidad para montar relatos que nos conmuevan o que expliciten -que no obvien, es otra cosa- el contenido de las intenciones literarias y morales del autor al contarnos sus historias. Hay siempre como un velo neblinoso que nos impide meternos en las historias, y cuando lo hacemos, casi al final, el relato acaba, dejándonos con esa expresión de pasmo de ¿y...?Seguramente me equivoque, pero en este blog se habla, o intento hacerlo, de las impresiones que una lectura me deja, y esa lectura está influida por diversas circunstancias. En esas ocasiones en que no conecto con el libro, a veces, dejo transcurrir cierto tiempo desde su lectura para valorar y meditar la onda expansiva que ella deja en mí. Así lo he hecho esta vez y tengo que decir que el valor del libro, su retumbar íntimo, no ha crecido en mí, sino muy al contrario. El volumen contiene muchos relatos notables -todos lo son; por otro lado, Salter es un señor escritor- pero de ninguna manera es el gran escritor mítico que se nos ha querido vender. Creo que un escritor de sus capacidades y experiencia podría haber llegado mucho más allá. Hay relatos espléndidos como Platino y La última noche, una obra maestra, es cierto, un relato cruel y lúcido sobre el amor y la enfermedad, pero en la mayoría de los casos las intenciones de hacer un profundo análisis de momentos centrales de la vida -el matrimonio, la infidelidad, la paternidad, la vejez, la muerte- no se corresponden con el resultado de dicha inmersión. Así, relatos como Los ojos de las estrellas o Cuánta diversión tienen planteamientos muy interesantes pero resoluciones apresuradas, convirtiéndose, finalmente, en estampas más o menos afortunadas con finales torpes impropios de un maestro de esta categoría.
Además, comento distintos aspectos, fallos y torpezas que he creído ver en los relatos. Uno de ellos es el constante batiburrillo de nombres sin acotar -costumbre muy americana- que en diez páginas nos impiden saber de qué personaje se habla, a cuál se dirige el primero y de quién hablan ambos, porque hay un cuarto que aparece en escena con una pequeña acotación que alude a un quinto que no se describe en ningún momento pero del que un sexto que llega a la fiesta habla en un repente. Es lo que llamaría los diálogos tipo cóctel, suele ocurrir en escenas de fiestas, reuniones, etc, en los que no sabemos -Contigo, Mi Señor, Cuánta diversión, el comienzo del relato El don- si el hijo es Fulano o Mengano, o si es el amante, y mientras nos aclaramos, con la añadida confusión moral y constantes idas atrás, el relato va por la mitad, y acaban sus trece páginas y tenemos la sensación de que hemos sido nosotros los que nos hemos tomado dos cócteles en la fiesta de marras. Es ese miedo a hacer ciertas acotaciones o aclaraciones que faciliten el trabajo al lector, sin que eso signifique venderse a él. Esto, añado, me sucedió también leyendo algunos relatos del libro de Deborah Eisenberg El ocaso de los superhéroes pero no quiero pensar que el hecho de que compartan traductor, Luis Murillo Fort, tiene algo que ver en ello. Quiero pensar que es un problema del autor.
Me cuesta más pensar que son un fallo de autor cacofonías como: En la playa se puso medio coco como gorro (Pág. 114); Una corneta sola, argentina y pura, tocó el toque de silencio.. (140); Pero antes una cena de despedida, si ella se veía capaz. Pero que no fueran ellos dos solos, había dicho Marit (144).
Anfibologías como en la página 138: Al final se casó con una mujer de San Antonio, divorciada y con un niño, y tuvieron dos hijos más. Cuando falleció de un tipo de leucemia... (¿él o la mujer?; suponemos que él pero tenemos que volver atrás o esperar la aclaración: lentitud, gruñido de lector enfadado).
Otro pequeño ejemplo, y que ocurre en los malos guiones de cine con frecuencia, es cuando los personajes se dan una información que ellos, por supuesto, conocen de antemano, pero que el autor mete ahí para entregársela al lector, lo que a veces da sensación de churro, de no haber meditado el autor en una solución alternativa.
Pag. 66:
—Dios mío -dijo Kathrin. Eso me recuerda a mi ex. —Malcolm -dijo Leslie-, oye, ¿y qué ha sido de Malcolm? ¿Seguís en contacto?
Ejemplo de diálogo desgraciado. No sólo Kathrin y Leslie conocen el nombre del ex de Kathrin -es decir, el dato se nos entrega a nosotros, pero se lo dan ellos- sino que además se repite el nombre de Malcolm en la acotación de Leslie.
En todo caso, detalles de este tipo hay varios, sean de Salter o descuidos del traductor -prefiero no pensar, repito, en el motivo- que alejan al lector del texto, lo sacan del juego, nos dejan embarrados en una lectura que ya no se hace agradable, suelta, tan profunda como el autor quiere o sus personajes pretenden trasladarnos, una profundidad que se transforma en la típica de la oscuridad abisal, y no en la claridad iluminadora de los grandes espacios narrativos.

7 comentarios:
Miguel Ángel, en esta ocasión voy a disentir de la opinión general que te ha merecido el libro “La última noche”. Puede que los cuentos suenen a música conocida, pero no es menos cierto que la sencillez con que están escritos no es nada fácil de conseguir. James Salter opta por un estilo narrativo que emparenta perfectamente con la tradición oral, al leerlo experimentamos la sensación de estar conversando. Opino que es una virtud la destreza con que utiliza una técnica que podría denominarse “muñecas rusas”, ya que lleva al lector de un sitio a otro, saltando de escena en escena y desplazándonos en el tiempo de una forma a primera vista inapreciable, apenas con un solo comentario, con una frase de cuatro palabras.
Por un lado reconoces que hay relatos espléndidos y por otro destacas defectos que tal vez en otro escritor menos capacitado se pasarían por alto. Hay que recordar que los libros deben justificarse solos, los escriba quien los escriba. Y creo que éste es un libro notable.
Sin leerlo, guardo un mal recuerdo de otro libro de relatos de Salter, que creo recordar que publicó El Aleph, con una traducción pésima, que creo que es el problema que comenta. Echaré un vistazo a ese libro. Un abrazo, Miguel Angel y gracias por la entrada, que es una lección de lectura impagable.
En tus entradas siempre aprendo algo.
Un abrazo
Estoy bastante de acuerdo contigo. Tiene la categoría indiscutible de Salter,pero sin llegar a disgustarme, me dejó, creo que la palabra exacta es indiferente.
Un abrazo
He disfrutado esta reseña. He experimentado alguna que otra vez esa sensación de quedar in albis, descolocado, sin entender muy bien lo que estás leyendo, y es bastante incómodo. He tenido reciéntemente este libro en las manos pero no me he decidido a comprarlo, en parte por las lecturas que tengo pendientes y también porque me pasa como a ti: recuerdo que me gustó "Años luz" pero apenas la recuerdo.
Un abrazo.
Pepe Cervera: Muy atinado tu comentario. En cuanto al tema de la edad, sí creo que no es lo mismo comentar la gran obra de un autor joven que la obra mediana de un autor prestigioso, del mismo modo que imagino que una novela como Cien años de soledad no habría recibido la misma atención si su autor hubiese tenido ochenta años en vez de cuarenta, porque sería el resultado de una carrera literaria, y no tanto una explosión de la misma. Pero tal vez esté equivocado. Un abrazo.
Enrique: Sin duda, creo que aquí, me temo, la traducción tiene mucho que ver. Y es una pena que cada vez son peores, aunque con los sueldos que cobran los traductores se explican muchas cosas.
Alexandros: Un abrazo para ti.
Mónica: Indiferente es una palabra exacta para muchos de estos relatos. Pienso en eso como tú.
Un abrazo.
Miguel: Y mira que en su momento leí con pasión Años luz, pero...
Un abrazo.
Pero cómo se puede ser tan pedante...
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