
Para Antonio Jiménez Morato.
Cheever entró en los cincuenta como salió de los cuarenta: deprimido. Este relato amargo filtra muchas de las obsesiones personales del propio Cheever, de las que dará cuenta en su Diario. La sensación de ser continuamente postergado de un merecido reconocimiento público, el agobio personal y familiar por la falta de dinero, el abrazo de la depresión. La historia cuenta las peripecias de una familia -de nuevo una pareja y una hija, reparto estable de las obras de Cheever en este tiempo- que siempre se hallaban en el umbral de la fortuna; siempre parecían tener algo en perspectiva, pero que siempre, en el último momento, pierden su lugar en el sol. En el relato se cuenta una historia descabellada, bien mirada: la de unos pobres que creen en las bondades del sistema americano, y creen que en algún momento tendrán realmente su oportunidad.
En los primeros años después de la guerra, Nueva York parecía ser inmensamente rica. Daba la impresión de que había dinero por todas partes, y los Whittemore, que dormían en invierno extendiendo sobre la cama sus gastados abrigos para no pasar frío, sentían que para disfrutar de su parte en la prosperidad general sólo necesitaban un poco de paciencia, de iniciativa y de suerte.
Pero el sistema una y otra vez se burla de ellos. El mundo de los Whittemore es tan triste que incluso la protagonista, Laura, recibe una herencia que apenas le da para comprar un sofá; sus amigos aparentan estar algo mejor que ellos, y arrastrando ínfulas de grandeza, les roban dinero para coger un taxi. Ser pobre es tomar whiskys con demasiada agua. El lado ruidoso de Nueva York, del que Cheever acabaría alejándose, como si el antídoto de la miseria fuera el reverso de la ciudad, la apariencia complacida del bienestar de las urbanizaciones. La turbina de ruido que ensucia el aire de Nueva York representa la falta de esperanzas de la pareja. Le pareció que la voz penetrante de la ciudad tenía un efecto mortal sobre las preciosas vidas de sus habitantes y que habría que amortiguarlo. Para luchar contra ella Ralph inventa una delirante pintura con la que fabrica persianas antirruidos, que lógicamente acaba siendo un desastre de negocio. Al comienzo del relato, ellos identifican pobreza y juventud, y piensan que una acabará con la otra. Pero el tiempo va pasando, y la angustia transmitida por la historia se amplifica al advertir el personaje de Laura que aquello puede durar toda la vida. Ocurre en una fiesta que parece ser el preludio de un golpe de suerte -las únicas fiestas de los Whittemore acaban siendo celebraciones de trabajos que nunca llegan-. Otro personaje, Alice, le lanza un discurso terrible sobre lo que significa ser pobre:
Sé que durante lo que me queda de vida, todo lo que me quede de vida, llevaré combinaciones raídas, camisones rotos, ropa interior hecha un desastre y zapatos que me hacen daño. Sé que en lo que me queda de vida nadie se acercará a mí para decirme que llevo un vestido muy bonito, porque nunca podré comprarme un vestido así. Sé que durante el resto de mi vida todos los taxistas, los porteros y los camareros de esta ciudad van a saber al cabo de un minuto que no llevo ni cinco dólares en ese bolso negro de imitación de ante que durante diez años he cepillado y cepillado, llevándolo conmigo a todas partes.
Fabulosa manera de hacer literatura con grandes ideas. Bajándolas a la tierra y llenándolas de detalles. Es el Cheever "social", el que se preocupaba por el bienestar económico de sus personajes, y por el suyo propio. Luego vendrían los dulces cincuenta y los sesenta, y los malestares pasarían a ser metafísicos. El nadador y tantos otros relatos.
Pero ya aquí Cheever juega con evocaciones potentísimas. Como en Las hilanderas, de Velázquez, teje y desteje complejos mitos modernos, ensayando nuevas mitologías narrativas para el hombre moderno, una mitología no tan grandilocuente y bíblica como la de Faulkner, una mitología que sirviera al habitante de clase media-baja de la gran ciudad. Incluso aquí la esposa cada vez que siente el zarpazo de la mala suerte se retira a su lugar doméstico, desde el que cose y hace labores, con todo lo que de simbólico tiene respecto de la inevitabilidad del paso del tiempo, y que pintores como Vermeer mostraron en sus pinturas alegóricas de mujeres haciendo bordando o leyendo cartas junto a instrumentos musicales que simbolizaban la virtud.
Hay un detalle casi escondido que evidencia el conocimiento de Cheever de la mitología clásica, y su deseo de insertarla en sus relatos. Los procedimientos fantásticos, mágicos, provenientes de mitologías celtas y del origen fuertemente religioso de los fundadores del país. El caldero de oro, sin ir más lejos, que da título al relato. Como en el magnífico relato La profesora de música, también aquí hay una bruja, una especie de maga: la Alice de la que antes he transcrito su discurso sobre la pobreza, toca a Laura. Recorrió con los dedos el brazo desnudo de Laura. El vestido que llevaba puesto olía a gasolina-. ¿Lo conseguiré si te toco? ¿Hará eso que tenga suerte?
Pero la hechicera que pretende robar la energía, la suerte, el aura recién llegada a Laura y su familia, en realidad lo que hace es entregarle su propia desgracia, contagiar a Laura de nuevo con el bacilo terrible de una pobreza insuperable, de una mala suerte tan excesiva a lo largo del relato que se diría que los personajes son desgraciados -algo parecido pasa en la película Babel- porque su autor está empeñado en cavar agujeros alrededor de ellos y empujarlos una y otra vez dentro, de un modo inverosímil. Eso impide a este relato ser una obra maestra, el que la mano de su autor, en pocas ocasiones, da unos brochazos demasiado visibles.
¿Y qué importa si un domingo, al entrar en nuestra iglesia de piedra sin calefacción, el sacerdote con sus velas y campanillas nos recuerda algún rito iniciático de la infancia, una ceremonia en el granero o el cobertizo para ingresar en la misteriosa orden de la Avispa Verde? ¿Qué importa si nuestras mentes divagan por asuntos indignos de la oración, si nos concentramos en los almohadones rotos, aspiramos el perfume de la mujer que está delante, analizamos nuestra vida sexual, soñamos con un café bien caliente o pronunciamos las contestaciones con voz más fuerte que la del hombre que está al otro lado del pasillo? ¿Qué importa todo esto?
(Diarios)
Relatos inéditos:
Hello, dear, 15-2-41.
The law of the jungle, 22-3-41.
Imagen: Leonardo Montejo.
Banda sonora: La fête triste - Georges Delerue.
En los primeros años después de la guerra, Nueva York parecía ser inmensamente rica. Daba la impresión de que había dinero por todas partes, y los Whittemore, que dormían en invierno extendiendo sobre la cama sus gastados abrigos para no pasar frío, sentían que para disfrutar de su parte en la prosperidad general sólo necesitaban un poco de paciencia, de iniciativa y de suerte.
Pero el sistema una y otra vez se burla de ellos. El mundo de los Whittemore es tan triste que incluso la protagonista, Laura, recibe una herencia que apenas le da para comprar un sofá; sus amigos aparentan estar algo mejor que ellos, y arrastrando ínfulas de grandeza, les roban dinero para coger un taxi. Ser pobre es tomar whiskys con demasiada agua. El lado ruidoso de Nueva York, del que Cheever acabaría alejándose, como si el antídoto de la miseria fuera el reverso de la ciudad, la apariencia complacida del bienestar de las urbanizaciones. La turbina de ruido que ensucia el aire de Nueva York representa la falta de esperanzas de la pareja. Le pareció que la voz penetrante de la ciudad tenía un efecto mortal sobre las preciosas vidas de sus habitantes y que habría que amortiguarlo. Para luchar contra ella Ralph inventa una delirante pintura con la que fabrica persianas antirruidos, que lógicamente acaba siendo un desastre de negocio. Al comienzo del relato, ellos identifican pobreza y juventud, y piensan que una acabará con la otra. Pero el tiempo va pasando, y la angustia transmitida por la historia se amplifica al advertir el personaje de Laura que aquello puede durar toda la vida. Ocurre en una fiesta que parece ser el preludio de un golpe de suerte -las únicas fiestas de los Whittemore acaban siendo celebraciones de trabajos que nunca llegan-. Otro personaje, Alice, le lanza un discurso terrible sobre lo que significa ser pobre:
Sé que durante lo que me queda de vida, todo lo que me quede de vida, llevaré combinaciones raídas, camisones rotos, ropa interior hecha un desastre y zapatos que me hacen daño. Sé que en lo que me queda de vida nadie se acercará a mí para decirme que llevo un vestido muy bonito, porque nunca podré comprarme un vestido así. Sé que durante el resto de mi vida todos los taxistas, los porteros y los camareros de esta ciudad van a saber al cabo de un minuto que no llevo ni cinco dólares en ese bolso negro de imitación de ante que durante diez años he cepillado y cepillado, llevándolo conmigo a todas partes.
Fabulosa manera de hacer literatura con grandes ideas. Bajándolas a la tierra y llenándolas de detalles. Es el Cheever "social", el que se preocupaba por el bienestar económico de sus personajes, y por el suyo propio. Luego vendrían los dulces cincuenta y los sesenta, y los malestares pasarían a ser metafísicos. El nadador y tantos otros relatos.
Pero ya aquí Cheever juega con evocaciones potentísimas. Como en Las hilanderas, de Velázquez, teje y desteje complejos mitos modernos, ensayando nuevas mitologías narrativas para el hombre moderno, una mitología no tan grandilocuente y bíblica como la de Faulkner, una mitología que sirviera al habitante de clase media-baja de la gran ciudad. Incluso aquí la esposa cada vez que siente el zarpazo de la mala suerte se retira a su lugar doméstico, desde el que cose y hace labores, con todo lo que de simbólico tiene respecto de la inevitabilidad del paso del tiempo, y que pintores como Vermeer mostraron en sus pinturas alegóricas de mujeres haciendo bordando o leyendo cartas junto a instrumentos musicales que simbolizaban la virtud.
Hay un detalle casi escondido que evidencia el conocimiento de Cheever de la mitología clásica, y su deseo de insertarla en sus relatos. Los procedimientos fantásticos, mágicos, provenientes de mitologías celtas y del origen fuertemente religioso de los fundadores del país. El caldero de oro, sin ir más lejos, que da título al relato. Como en el magnífico relato La profesora de música, también aquí hay una bruja, una especie de maga: la Alice de la que antes he transcrito su discurso sobre la pobreza, toca a Laura. Recorrió con los dedos el brazo desnudo de Laura. El vestido que llevaba puesto olía a gasolina-. ¿Lo conseguiré si te toco? ¿Hará eso que tenga suerte?
Pero la hechicera que pretende robar la energía, la suerte, el aura recién llegada a Laura y su familia, en realidad lo que hace es entregarle su propia desgracia, contagiar a Laura de nuevo con el bacilo terrible de una pobreza insuperable, de una mala suerte tan excesiva a lo largo del relato que se diría que los personajes son desgraciados -algo parecido pasa en la película Babel- porque su autor está empeñado en cavar agujeros alrededor de ellos y empujarlos una y otra vez dentro, de un modo inverosímil. Eso impide a este relato ser una obra maestra, el que la mano de su autor, en pocas ocasiones, da unos brochazos demasiado visibles.
¿Y qué importa si un domingo, al entrar en nuestra iglesia de piedra sin calefacción, el sacerdote con sus velas y campanillas nos recuerda algún rito iniciático de la infancia, una ceremonia en el granero o el cobertizo para ingresar en la misteriosa orden de la Avispa Verde? ¿Qué importa si nuestras mentes divagan por asuntos indignos de la oración, si nos concentramos en los almohadones rotos, aspiramos el perfume de la mujer que está delante, analizamos nuestra vida sexual, soñamos con un café bien caliente o pronunciamos las contestaciones con voz más fuerte que la del hombre que está al otro lado del pasillo? ¿Qué importa todo esto?
(Diarios)
Relatos inéditos:
Hello, dear, 15-2-41.
The law of the jungle, 22-3-41.
Imagen: Leonardo Montejo.
Banda sonora: La fête triste - Georges Delerue.

2 comentarios:
Y en el qué importa subyace todo el hálito de Cheever, ese esplendor amargo de la pobreza, del tiempo -esa distancia nunca acorralada por la nostalgia- y de las cosas que ya no son aunque subsistan degradadas. Excelente mirada sobre el relato, exégesis de observador agudo, severo, comprensivo siempre, Miguel Angel, en particular para los brochazos no maestros.
El esplendor amargo de la pobreza: sí, amigo Báñez, es una gran síntesis de la mirada de Cheever sobre su mundo, lleno de dudas y flaquezas pero del que saca su más impresionante belleza íntima. Siempre lo hizo así.
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