
Para Alvy Singer
John Cheever despedía los años cuarenta con un relato publicado el día de Navidad en el New Yorker. Un relato maravilloso, feliz, ácido, deprimente y subversivo. La mañana del día de Navidad, un tren elevado conduce a Charlie -su falta de apellido es una bandera de su insignificancia social- a través de la ciudad hacia su trabajo como ascensorista en un edificio lujoso del centro.
El vecindario estaba a oscuras. Los edificios levantaban, a ambos lados de las luces callejeras, muros de ventanas negras. Millones y millones de personas dormían, y aquella pérdida general de conciencia generaba una impresión de abandono, como si la ciudad se hubiera desmoronado, como si aquel día fuese el fin del tiempo.
Un trabajador que, en el momento en que sale de su vestidor, con un chaleco a rayas con botones de latón, un falso fular, unos pantalones con una franja azul cielo en la costura, y una chaqueta, queda despersonalizado, es simplemente el chico, solterón y triste, que lleva a cada vecino a su planta. El relato es la sucesión de encuentros del ascensorista con personas a las que hace rápidamente partícipes de su soledad en las fechas navideñas, de su pobreza e incapacidad para comprar regalos. Todos se compadecen de él, todos ofrecen sus mejores deseos a Charlie. Cuando digo todos, digo muchos, porque Cheever con su prodigiosa técnica hace que nos crucemos en pocas páginas, a través de Charlie, con: el ascensorista de noche, la señora Hewing, los Walser, tres vecinos que van a la iglesia, una niñera con niño, los De Paul, la señora Gadshill, los Fuller, los Weston, además de las evocaciones de las personas del otro lado, el de la pobreza: una mujer y su chiquilla, la casera de Charlie y sus tres hijas, que a la vez rememora a los Deckkers y los Shannon. Todo esto con una liviandad y una gracia inimitables. Dos líneas, un personaje.
Todos ellos componen un mapa perfecto de la miseria y la hipocresía humana. Un trenzado de actos caritativos unirá a todos los personajes por medio de regalos compasivos, evidenciando el triste concepto capitalista de la justicia redistributiva. A Charlie comienzan a llegarle regalos que en realidad -la cartera de piel de cocodrilo con sus iniciales que le entrega el señor Fuller- son la sobras de la opulencia de los propietarios. Tres camisas verdes, varias corbatas que llenan el vestidor de Charlie, que a su manera le convierten también a él en un nuevo propietario, y de ahí el sutil y magnífico giro final de Cheever.
Se dejó invadir primero por el amor, luego por la caridad y finalmente por una sensación de poder.
Las aventuras de este Plácido de Nueva York no tienen ningún altibajo y este relato es quizá la primera obra maestra absoluta de esta serie, puesto que no hay esos pequeños desequilibrios finales que a veces ahogaban el eco poético de anteriores historias. Aquí todo es manso en apariencia, y sin embargo el relato posee una carga política -sí, éste, más que Granjero de verano, es un auténtico relato político-. Una sátira no de costumbres, sino de la real e indesmayable condición humana. En una misma página Charlie pasa de Amaba al mundo y el mundo lo amaba a él, a -después de un encontronazo despiadado con una vecina- Era su primer contacto del día con la mezquindad humana. La belleza del momento, del día de Navidad, desaparece de un plumazo. Los regalos se revelan de aire, podía dar, podía ser heraldo de alegría, pero sólo adquieren su sentido subversivo, revolucionario, en la medida en que se lleven a cabo dentro de ese día reservado para la fraternidad humana, acabado el cual recupera su lugar, que nunca llegó a perder, el implacable statu quo que rige las vidas de ascensoristas y propietarios.
(...) Anduve por la calle Mount Vernon. Aquí se encuentran los rastros de una ciudad que en el pasado inmediato tuvo una sociedad bien administrada, con temporadas de ópera, bailes de gala y de caridad, tómbolas benéficas, cenas, pero ese núcleo está roto y desierto, y la fuerza de la ciudad ha huido a la periferia, una especie de criadero que se extiende a cuarenta y cinco kilómetros a la redonda menos por el este, donde se encuentra el mar. Una ciudad provinciana.
No tengo tiempo que perder, pero pierdo los días.
(Diarios)
Relatos inéditos:
Forever hold your peace, 23-11-1940.
When grandmother goes, 14-12-1940.
Imagen: Leonardo Montejo.
Banda sonora: Jingle bells, de Benny Goodman.
John Cheever despedía los años cuarenta con un relato publicado el día de Navidad en el New Yorker. Un relato maravilloso, feliz, ácido, deprimente y subversivo. La mañana del día de Navidad, un tren elevado conduce a Charlie -su falta de apellido es una bandera de su insignificancia social- a través de la ciudad hacia su trabajo como ascensorista en un edificio lujoso del centro.
El vecindario estaba a oscuras. Los edificios levantaban, a ambos lados de las luces callejeras, muros de ventanas negras. Millones y millones de personas dormían, y aquella pérdida general de conciencia generaba una impresión de abandono, como si la ciudad se hubiera desmoronado, como si aquel día fuese el fin del tiempo.
Un trabajador que, en el momento en que sale de su vestidor, con un chaleco a rayas con botones de latón, un falso fular, unos pantalones con una franja azul cielo en la costura, y una chaqueta, queda despersonalizado, es simplemente el chico, solterón y triste, que lleva a cada vecino a su planta. El relato es la sucesión de encuentros del ascensorista con personas a las que hace rápidamente partícipes de su soledad en las fechas navideñas, de su pobreza e incapacidad para comprar regalos. Todos se compadecen de él, todos ofrecen sus mejores deseos a Charlie. Cuando digo todos, digo muchos, porque Cheever con su prodigiosa técnica hace que nos crucemos en pocas páginas, a través de Charlie, con: el ascensorista de noche, la señora Hewing, los Walser, tres vecinos que van a la iglesia, una niñera con niño, los De Paul, la señora Gadshill, los Fuller, los Weston, además de las evocaciones de las personas del otro lado, el de la pobreza: una mujer y su chiquilla, la casera de Charlie y sus tres hijas, que a la vez rememora a los Deckkers y los Shannon. Todo esto con una liviandad y una gracia inimitables. Dos líneas, un personaje.
Todos ellos componen un mapa perfecto de la miseria y la hipocresía humana. Un trenzado de actos caritativos unirá a todos los personajes por medio de regalos compasivos, evidenciando el triste concepto capitalista de la justicia redistributiva. A Charlie comienzan a llegarle regalos que en realidad -la cartera de piel de cocodrilo con sus iniciales que le entrega el señor Fuller- son la sobras de la opulencia de los propietarios. Tres camisas verdes, varias corbatas que llenan el vestidor de Charlie, que a su manera le convierten también a él en un nuevo propietario, y de ahí el sutil y magnífico giro final de Cheever.
Se dejó invadir primero por el amor, luego por la caridad y finalmente por una sensación de poder.
Las aventuras de este Plácido de Nueva York no tienen ningún altibajo y este relato es quizá la primera obra maestra absoluta de esta serie, puesto que no hay esos pequeños desequilibrios finales que a veces ahogaban el eco poético de anteriores historias. Aquí todo es manso en apariencia, y sin embargo el relato posee una carga política -sí, éste, más que Granjero de verano, es un auténtico relato político-. Una sátira no de costumbres, sino de la real e indesmayable condición humana. En una misma página Charlie pasa de Amaba al mundo y el mundo lo amaba a él, a -después de un encontronazo despiadado con una vecina- Era su primer contacto del día con la mezquindad humana. La belleza del momento, del día de Navidad, desaparece de un plumazo. Los regalos se revelan de aire, podía dar, podía ser heraldo de alegría, pero sólo adquieren su sentido subversivo, revolucionario, en la medida en que se lleven a cabo dentro de ese día reservado para la fraternidad humana, acabado el cual recupera su lugar, que nunca llegó a perder, el implacable statu quo que rige las vidas de ascensoristas y propietarios.
(...) Anduve por la calle Mount Vernon. Aquí se encuentran los rastros de una ciudad que en el pasado inmediato tuvo una sociedad bien administrada, con temporadas de ópera, bailes de gala y de caridad, tómbolas benéficas, cenas, pero ese núcleo está roto y desierto, y la fuerza de la ciudad ha huido a la periferia, una especie de criadero que se extiende a cuarenta y cinco kilómetros a la redonda menos por el este, donde se encuentra el mar. Una ciudad provinciana.
No tengo tiempo que perder, pero pierdo los días.
(Diarios)
Relatos inéditos:
Forever hold your peace, 23-11-1940.
When grandmother goes, 14-12-1940.
Imagen: Leonardo Montejo.
Banda sonora: Jingle bells, de Benny Goodman.

4 comentarios:
Qué preciosidad: encima este es uno de los Cheevers que mas devastado me dejó. No sólo por su desarrollo sino por la forma que tiene Cheever de dinamitar cada una de las aparencias tópicas que podria contener este cuento. Creo que debería ser de lectura obligatoria por las fechas señaladas.
Ah, y Benny Goodman, I've got rhytm, ya es otra historia.
Es genial esta serie sobre los relatos de John Cheever. Y las citas de sus diarios. Qué buena frase: "No tengo tiempo que perder, pero pierdo los días". Es placentero y enriquecedor leer tus impresiones sobre cada relato.
Y aprovecho para felicitarte porque la revista Quimera del mes de Marzo reseña tu blog en su sección "Bitácoras".
Un abrazo.
He tenido la oportunidad de echarle un vistazo.
Viva Matías Candeira!
Un saludo
Alvy: Sabía que era uno de tus preferidos...
Miguel: Lo cierto es que el Diario de Cheever es una lectura a veces cruel y terrible, y como casi todos los Diarios deprimente, pero a la vez llena de vida y de su mejor prosa.
Gracias, Miguel, aún no he podido ver la revista.
Luna Miguel: Gracias por tu visita, y que viva¡¡¡
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