Para Sergi Bellver.En el relato anterior, dejamos a su protagonista subido con su familia en un tren que podía llevarle de vuelta al hogar, al pueblo añorado tras el fracaso en Nueva York, o bien camino de un nuevo intento -la moral contagiada ya de ansias de triunfo- hacia Los Ángeles.
El protagonista de Granjero de verano, Paul Hollis, comienza este relato también en un tren, el que le lleva de la ciudad, otra vez Nueva York, a la finca que posee en el campo, donde su familia, y su hermana, pasan el verano, mientras él se ha quedado de Rodríguez en la capital y hace un viaje de una noche para poder pasar con ellos el fin de semana, hasta el domingo. De nuevo en este relato tenemos el tema que ya vemos es recurrente en los relatos de esta época de Cheever: la duda entre el campo y la ciudad, la lucha del ciudadano por ubicarse y obtener el silencio de las llamadas interiores que de un modo potente le llevan hacia el deseo de otras vidas no satisfechas. Paul Hollis se siente feliz pasando el fin de semana en el campo, haciendo como que cultiva una tierra que le pertenece pero no es suya, en el sentido de que la trabaje y obtenga de ella el fruto, literalmente, de su trabajo. Tiene contratado un aparcero ruso comunista que sueña con la llegada de la revolución a Estados Unidos.
Este es el relato más cercano al relato político que escribió Cheever -analizó una clase social de un modo penetrante y total, eso es política, por supuesto, pero no trató apenas de encuadrar a sus personajes en una ideología, al modo en que Updike por ejemplo sí lo hace; de éste sabemos qué religión profesan y a qué partido votan sus personajes, pero en el caso de Cheever este aspecto queda cubierto por un evidente e intencionado silencio-. De hecho, el dibujo de los personajes en este relato no es tan fluido y brillante como en otros suyos, e incluso en cierto momento adolecen de cierto trazo grueso no habitual en él. Dicho esto, es un relato que siempre me ha gustado mucho por la violencia contenida que encierra. Los diálogos del capitalista y el comunista son delirantes y muestran un desinterés mutuo que llega a asustar -cuando el ruso le advierte a Hollis que "supone" que si triunfa la revolución no ejecutarán a los que hayan trabajado la tierra con sus manos y el otro se lo toma con total tranquilidad, como si le diera igual, es un momento impagable-.
Quizás sea por este relato y por algún otro, y por esa sensación de reflejar a una sociedad decadente y hastiada de sí misma por lo que Cheever se hizo un autor enormemente popular en la URSS, donde sus libros eran publicados y muy vendidos, ya que los soviéticos reconocían en sus personajes esa gloriosa caída en el abismo del sistema capitalista, y de algún modo se sentían reinvidicados en la eficacia de su propio sistema político.
De algún modo, sin embargo, me parece que este es, en el fondo, un relato sobre la nostalgia. Kasiak, el ruso, tiene nostalgia de Rusia, aunque en realidad huyó de ella porque le pusieron a trabajar siendo niño en el campo. Lo pasó muy mal y en cambio desearía que ese sistema, su Rusia, se implantara en su actual país. -No le gusta esto, ¿verdad? -Es un país capitalista. También de su hermana Ellen aprecia Paul: El vestido viejo y su actitud de nostalgia del pasado lograron impacientar a Paul, y tuvo la impresión de que una enorme hendidura había aparecido mágicamente en el corazón de Ellen la noche en que padre murió. El peso del pasado. Y Paul encuentra en ese campo familiar que le conecta con su infancia algo que es suyo, íntimo, aunque sepa que es irreal, porque se ve obligado a que otros trabajen "su" tierra para él, porque se ve obligado a regalar a sus hijas conejos domesticados, y no animales del campo, porque todo es un simulacro de naturaleza que, de todos modos, sirve eficazmente a sus intereses. Hasta el momento final, en que, tras un accidental accidente por el que mueren los conejos de sus hijas, Paul piensa que Kasiak los ha envenedado adrede, por puro rencor de clase, y para poner el dedo en el único interés que para Paul tenía el futuro. Los hijos son el futuro, el interés por la vida, todo lo demás es nostalgia. De nuevo, entonces, asistimos a un arranque de violencia final entre los personajes -motivo que vemos es común a casi todos los relatos comentados hasta ahora- que no resuelve nada entre ellos pero sí los desubica. Paul vuelve el domingo en el tren hacia la ciudad, tembloroso, y tan visiblemente afectado por alguna reciente pérdida de principios que cualquier extraño podría haberlo advertido desde el otro lado del pasillo. Sus personajes, aún, no han pensado en trasladarse a las afueras, pero poco a poco se percibe como la única solución para reencontrarse con los momentos antiguos de la naturaleza, donde
mientras ellos trabajaban, las nubes habían oscurecido el cielo desde el horizonte hasta por encima de su cabeza, así que recibió la engañosa impresión de un país dividido equitativamente entre las luces de la catástrofe y el reposo.
En cuanto al fracaso y la desesperación, parecen agravados por el ambiente de Nueva York y los barrios residenciales periféricos. Tanto Nueva York como Scarborough parecen producir a veces un egoísmo que exigen la salud y el vigor de la juventud, y una imitación de estas energías cuando se han desvanecido. En los dos lugares hay premoniciones del abismo y a veces oyes las voces y entrevés las caras de los caídos.
Tengo los ojos cansados después de conducir durante siete horas de cara al sol. "Qué verde tan exuberante", dijo mi mujer, y vi que resplandecían los prados, pero la idea de volver no me ponía precisamente contento. Era volver a las oficinas, a Grand Central Station, al tren nocturno que me lleva a casa, a la incomodidad de llevar traje un día de calor, al cansancio, al provincianismo, a una parte pequeña del mundo, a la falta de emociones. Que no haya héroes aquí no significa que no los haya en ninguna parte. Me gustaría conservar la sensación de estar lejos de Nueva York, de sus ruidos y agitación. Me gustaría conservar la sensación de que éste es un pequeño rincón del mundo; de dominarlo, de no tomarlo demasiado en serio. (Diarios)
Relatos inéditos:
Happy birthday, Enid, 13-7-1940.
Tomorrow is a beautiful day, 3-8-1940.

1 comentarios:
El simple hecho de estar ahí, en el destinatario del guiño, ocupando un mínimo espacio, pero en la misma entrada en la que se despliega tu análisis y el fragmento de Cheever, ya sería bastante para estar un poco ruborizado. Pero si vengo con cierta emoción no es por eso.
Resulta que a veces, eso que llaman casualidad y que algún día tal vez consiga un nombre propio y justo, actúa y te deja una sonrisa sorprendida en la cara. El martes, día 20, por la tarde, estuve releyendo un cuento tuyo, sopesando algunos libros (la impresión de algunos fragmentos, en realidad) de Cheever, espoleado por esta serie (por no dejar la ”c” ni el talento, ¿habrá una “carveriana” alguna vez?) que vas desentrañando. Reconozco que hasta ahora sólo había leído “El nadador”, el relato más popular, supongo, y lo que es peor, que lo hice tal vez demasiado pronto, demasiado verde, cuando mi condición de lector estaba más que en pañales. Ahora voy apreciando cosas en los libros que hace años no calaban como lo hacen ahora. Por suerte, también ahora descubro trampas que antes camuflaba mi bisoñez lectora, y voy apartando a autores que ya no me satisfacen. En fin, todo esto para decir que el martes por la tarde tuviste el 20% de la culpa de que esa misma noche llegase a casa y me pusiera a escribir mi penúltima entrada. Para descubrir el 80% restante, hoy he desgranado todos los ingredientes del pastel. Cuando la publiqué, al día siguiente, me encontré con esta “casualidad”, pero no he querido comentarla hasta ahora, para poder hacerlo sin prisas (ya sabes que las odio).
Supongo que cuando uno se cuelga de la buena literatura, suceden estas cosas, estas transferencias involuntarias. Uno quiere creer que, incluso en esos días aciagos en los que los libros parecen excusas inútiles y la gente pasa de largo o te da un portazo en las narices, siguen existiendo en alguna parte las personas y los libros que nos salvarán la sonrisa. “Que no haya héroes aquí no significa que no los haya en ninguna parte”, se empeña uno en pensar. Y cuando se pone a escribir, por el contrario, sí le ”gustaría conservar la sensación de que éste es un pequeño rincón del mundo”, pero sin ”dominarlo”, sin “tomarlo demasiado en serio.”, sin abarcarlo nunca del todo, precisamente para conservar cierta noción de territorio inexplorado.
Un fuerte abrazo, Cuentista. Hablaremos en breve.
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