
Para Diego Zúñiga.
La historia de una desilusión. Una familia de pueblerinos -los Malloy: Evarts, Alice y la niña, Mildred-Rose- viajan desde Wentworth, Indiana, hasta Nueva York, donde al padre le espera una efímera notoriedad como autor de teatro. Venidos desde la América profunda, esa que dicen ha posibilitado el segundo mandato de Bush jr., chocan contra el muro de rascacielos de Nueva York, la ciudad culta, brillante, cosmopolita y liberal. Deambularon por la sala de espera con suelo de mármol, atentos al ruido del tráfico y a las bocinas de coches como si fueran la esencia de la vida. El problema es que no tardan en advertir que la marcha del pueblo a la ciudad es el viaje interrumpido y triste de la inocencia a la decepción. Los Malloy quedan deslumbrados por los brillos de Broadway, por sus puertas de bronce y bonitas salas de estar. El lugar de destino de muchas almas cándidas. Su humildad y dulzura habían prevalecido sobre la evidente atmósfera de esplendor ruinoso y mezquino vicio.
Oh, ciudad de sueños rotos es un relato quizás muy evidente, en el que no es difícil imaginar la deriva que van a tomar los pobres personajes, risibles y ridiculizados por el autor -de manera compasiva, pero ridiculizados-, conforme avance el relato. Sin embargo, a la vez es un relato muy de Cheever. Todavía no ha llegado la gran madurez de su estilo, pero ya encontramos muchos de sus elementos cruciales: los ascensoristas, las fiestas en el que los personajes pierden los papeles y se vuelven crueles, la dureza de la ciudad para con los intrusos, la dualidad campo-urbe. De hecho, Cheever muestra aquí el paso del campo a la ciudad casi como un camino civilizador, en el que se deja la inocencia, pero se adquieren destrezas para enfrentarse a la vida, destrezas que los Malloy no poseen, lo que les hará fracasar en su aventura. Nueva York aparece todavía como la frontera próspera. Más tarde, Cheever daría un paso más: de la ciudad pasaría al suburbio, a la vida residencial, una solución de compromiso entre el origen campestre y el descanso del ciudadano triunfante, entre el sueño de los amaneceres bellos y la necesidad de atardeceres de cocktail y piano de fondo. Los habitantes de los suburbios han quedado ya muy lejos de las costumbres rurales, de los orígenes agrícolas, y en el urbanismo cuadriculado de los diseños de sus calles apenas quedan rastros tampoco de los sueños conquistadores y expansivos de la gran ciudad. Todo lo que quedan son modos, nostalgias, fiestas vacías de contenido, desilusiones bien distintas a la de los Malloy.
Estos relatos de Nueva York de Cheever son atractivos e interesantes, pues poseen claves y códigos propios que los diferencian de sus historias posteriores. La historia de Oh, ciudad de sueños rotos es como una fábula, un cuento terrible para niños, con personajes desvalidos atravesando el gran bosque de los peligros.
Se perdió. Tuvo miedo de llegar tarde y echó a correr. Preguntó la dirección a una pareja de policías y por fin llegó al edificio de oficinas.
Evart se pierde mil veces por las calles de la ciudad, y mil veces pide ayuda a un buen policía, que le vuelve a poner en el camino, hasta que surge el próximo peligro. Hay dos personajes, el del botones, y después el mayordomo de Sam Farley, que están recubiertos con una actitud perversa, maligna, casi de lobos feroces que intuímos van a hundir un poco más a los Malloy en su camino de pérdida. No tienen colmillos, sino libreas de personas obedientes, que sin embargo están por encima de los campesinos, de la pobre gente del campo, que cuando intenta revelarse, buscando un agente teatral, recibe la retorcida venganza del ciudadano que les había traído a Nueva York.
El relato no pierde nunca ese tono de fábula terrible con dos escenas magníficas. La primera, la fiesta en la que Alice cae en ridículo al ejecutar un extraño baile mientras canta para los invitados. Cheever es malvado, porque nos obliga a reír con todo lo que ocurre, nos reímos con los asistentes a la fiesta. Nos reímos de los Malloy. Sin quererlo, tomamos partido. Dice Cheever que en el aire flotaba un fuerte olor a pieles de animales. Sin nombrar los abrigos de pieles, Cheever nos pone en contacto por un lado con el origen natural y salvaje de las pieles secadas y hechas lujo, con el ámbito real de los Malloy, el lugar al que los animales pertenecieron cuando vivían, pero al tiempo define, desde el punto de vista del cuento narrado, a esos pérfidos animales que se esconden bajo las elegantes figuras neoyorquinas.
Pero el momento que prefiero de este relato, y que simboliza su espíritu a la perfección, y de algún modo también esa magia ingrávida que posee la narrativa de Cheever, su espíritu aéreo, es el instante en que el pobre Evart le pide a la actriz destinada a interpretar su obra de teatro que le permita cogerla en brazos. Quiere comprobar, simplemente, lo poco que ella pesa.
Evarts pasó ambas manos bajo los brazos de ella. La levantó del suelo y luego la depositó en tierra suavemente. -¡Oh, es usted tan ligera! -exclamó-. Tan ligera, tan frágil. No pesa usted mucho más que una maleta. Vaya, podría transportarla, llevarla a cualquier sitio, llevarla a cuestas de una punta a otra de Nueva York.
No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio.
La sensación, cuando cae la correspondencia en el suelo del vestíbulo, de que entre las cartas puede haber un mensaje de amor, de amistad, una condecoración, un cheque. De que sentado a la mesa para desayunar debo salvarme. Despertar de un sueño profundo, con tanto vigor sexual que en mi mundo no cabe la duda. Pero por qué entonces mis noches son tan distintas: ginebra, olor a comida, el rumor de las zapatillas de los niños en la escalera, la sensación de estar prisionero de cosas bellas y horrendas.
Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. (Diarios)
Relatos inéditos:
Survivor, 9-4-1940
Riding stable, 27-4-1940
Imagen: Number five, de Richard Estes.
Oh, ciudad de sueños rotos es un relato quizás muy evidente, en el que no es difícil imaginar la deriva que van a tomar los pobres personajes, risibles y ridiculizados por el autor -de manera compasiva, pero ridiculizados-, conforme avance el relato. Sin embargo, a la vez es un relato muy de Cheever. Todavía no ha llegado la gran madurez de su estilo, pero ya encontramos muchos de sus elementos cruciales: los ascensoristas, las fiestas en el que los personajes pierden los papeles y se vuelven crueles, la dureza de la ciudad para con los intrusos, la dualidad campo-urbe. De hecho, Cheever muestra aquí el paso del campo a la ciudad casi como un camino civilizador, en el que se deja la inocencia, pero se adquieren destrezas para enfrentarse a la vida, destrezas que los Malloy no poseen, lo que les hará fracasar en su aventura. Nueva York aparece todavía como la frontera próspera. Más tarde, Cheever daría un paso más: de la ciudad pasaría al suburbio, a la vida residencial, una solución de compromiso entre el origen campestre y el descanso del ciudadano triunfante, entre el sueño de los amaneceres bellos y la necesidad de atardeceres de cocktail y piano de fondo. Los habitantes de los suburbios han quedado ya muy lejos de las costumbres rurales, de los orígenes agrícolas, y en el urbanismo cuadriculado de los diseños de sus calles apenas quedan rastros tampoco de los sueños conquistadores y expansivos de la gran ciudad. Todo lo que quedan son modos, nostalgias, fiestas vacías de contenido, desilusiones bien distintas a la de los Malloy.
Estos relatos de Nueva York de Cheever son atractivos e interesantes, pues poseen claves y códigos propios que los diferencian de sus historias posteriores. La historia de Oh, ciudad de sueños rotos es como una fábula, un cuento terrible para niños, con personajes desvalidos atravesando el gran bosque de los peligros.
Se perdió. Tuvo miedo de llegar tarde y echó a correr. Preguntó la dirección a una pareja de policías y por fin llegó al edificio de oficinas.
Evart se pierde mil veces por las calles de la ciudad, y mil veces pide ayuda a un buen policía, que le vuelve a poner en el camino, hasta que surge el próximo peligro. Hay dos personajes, el del botones, y después el mayordomo de Sam Farley, que están recubiertos con una actitud perversa, maligna, casi de lobos feroces que intuímos van a hundir un poco más a los Malloy en su camino de pérdida. No tienen colmillos, sino libreas de personas obedientes, que sin embargo están por encima de los campesinos, de la pobre gente del campo, que cuando intenta revelarse, buscando un agente teatral, recibe la retorcida venganza del ciudadano que les había traído a Nueva York.
El relato no pierde nunca ese tono de fábula terrible con dos escenas magníficas. La primera, la fiesta en la que Alice cae en ridículo al ejecutar un extraño baile mientras canta para los invitados. Cheever es malvado, porque nos obliga a reír con todo lo que ocurre, nos reímos con los asistentes a la fiesta. Nos reímos de los Malloy. Sin quererlo, tomamos partido. Dice Cheever que en el aire flotaba un fuerte olor a pieles de animales. Sin nombrar los abrigos de pieles, Cheever nos pone en contacto por un lado con el origen natural y salvaje de las pieles secadas y hechas lujo, con el ámbito real de los Malloy, el lugar al que los animales pertenecieron cuando vivían, pero al tiempo define, desde el punto de vista del cuento narrado, a esos pérfidos animales que se esconden bajo las elegantes figuras neoyorquinas.
Pero el momento que prefiero de este relato, y que simboliza su espíritu a la perfección, y de algún modo también esa magia ingrávida que posee la narrativa de Cheever, su espíritu aéreo, es el instante en que el pobre Evart le pide a la actriz destinada a interpretar su obra de teatro que le permita cogerla en brazos. Quiere comprobar, simplemente, lo poco que ella pesa.
Evarts pasó ambas manos bajo los brazos de ella. La levantó del suelo y luego la depositó en tierra suavemente. -¡Oh, es usted tan ligera! -exclamó-. Tan ligera, tan frágil. No pesa usted mucho más que una maleta. Vaya, podría transportarla, llevarla a cualquier sitio, llevarla a cuestas de una punta a otra de Nueva York.
No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio.
La sensación, cuando cae la correspondencia en el suelo del vestíbulo, de que entre las cartas puede haber un mensaje de amor, de amistad, una condecoración, un cheque. De que sentado a la mesa para desayunar debo salvarme. Despertar de un sueño profundo, con tanto vigor sexual que en mi mundo no cabe la duda. Pero por qué entonces mis noches son tan distintas: ginebra, olor a comida, el rumor de las zapatillas de los niños en la escalera, la sensación de estar prisionero de cosas bellas y horrendas.
Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. (Diarios)
Relatos inéditos:
Survivor, 9-4-1940
Riding stable, 27-4-1940
Imagen: Number five, de Richard Estes.

5 comentarios:
A mi me encanta este cuento. Para mi hay otro momento memorable, ademas de los dos que senalas, y es cuando Evarts se encuentra por casualidad a la protagonista de su obra de teatro, que ha venido a la ciudad para denunciarle. Ese momento en que ella le dice, sin ninguna maldad, que va a ganar mucho dinero por denunciarle mientras le ofrece algo de comer -creo recordar- es realmente brillante. Casi se pueden oir los cristales de esos suenos rotos.
Solo me queda decir, Viva Cheever y su profeta almeriense.
Mister Curri:
Sí, es cierto. Ese otro momento, y van..., es genial, con esa estrafalaria señora diciéndole que una máquina voladora le ha llevado hasta Nueva York, y tan moderno, tan "reality style". Pero, ¿cómo puede meterse tanto en tan pocas páginas?
Abrazos.
1)Muchas gracias por la dedicatoria.
2)No he leído ese cuento, acá es difícil conseguir a Cheever, pero conseguista trapasarme esa atmósfera tanta cheeveriana de sus relatos. Me gustó mcuho. Sé que si leyera el cuento me gustaría tanto como a ti.
3)el otro día leí un cuento que se llamaba "Reunión", que aparece en "Relatos". Un cuento breve pero genial.
4)Cada día me convenzo más que Cheever es mi cuentista favorito.
5)El mejor.
6)Nuevamente, gracias Miguel Angel.
Saludos.
Leí ese cuento hace poco en la "Antología del cuento norteamericano", de Richard Ford, qué pobre diablo el protagonista o qué categoría la de los pobres diablos (porque yo creo que el cuento va dirigido a toda la colectividad de pobres diablos. Casi es un homenaje). El último párrafo me parece espléndido.
Diego:
Coincido contigo. Es difícil no encontrar un relato de Cheever que contagie algo bello. Abrazos.
Juan Carlos Márquez:
Ese último párrafo, en el que todo parece quedar suspendido en el aire, aunque en realidad, sea cual sea el camino que tome la familia, el fracaso ya ha anidado en sus conciencias.
Abrazos.
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