06 enero 2007

Regalo de Reyes: El rey de los Alisos - Michel Tournier.


No podéis quejaros. Mi ausencia ha sido larga, pero necesitaba unas vacaciones de mí mismo, que uno acaba por ser siempre la más imperfecta y cansina de las creaciones de un escritor, y recordad que me quedaban unos días libres de los que no dispuse en aquel veraniego y esforzado agosto. En fin, que vuelve el año, otro, el mismo, con sus ilusiones, sus decepciones, sus noticias violentas, sus libros y sus fascinantes relatos. El círculo con el que no termina de acabarse la Historia aquella que un politólogo de efímera gloria dio por muerta.
Este síndrome regresa también, con toda la intensidad que otorga el haber pasado unas vacaciones sin dejar de escribir y con pocas lecturas -no he leído siquiera, como cada Navidad y por sana prescripción médica, algo de Stevenson-, y os doy la bienvenida a este nuevo año, que traerá nuevas secciones y parecida pasión por el relato y algo más, lo de siempre, con un regalo de Reyes.
El rey de los Alisos, de Michel Tournier, es el libro que a mí me hubiera gustado que alguien, una chica guapa, me hubiese regalado cuando se editó en España por Alfaguara, en 1992, el año de los fastos y las fiestas y la carabela hundida en su puerto sevillano, antes del inicio de la Expo, ese año sobre el que Scott Fitzgerald habría escrito una obra maestra plagada de personajes altivos, de malhechores de la chequera y el guante blanco, de políticos a comisión y desviación de fondos generalizada. Un año estupendo y literario, y en ese año, como decía, se publicó la novela, que en realidad tenía la edad de una licenciada universitaria, 22 años, puesto que en Francia se publicó en el año 70 -el de mi nacimiento, secretos lazos afectivos, quizás-, cuando obtuvo el Premio Goncourt.
Es el libro que hubiese querido que alguien me regalara pero que nadie me regaló, y yo era pobre, o lo que es lo mismo, universitario, y me nutría cada tarde, cuando salía de las clases, con el fondo de la colección Libro Amigo de Bruguera, que entonces se liquidaba en librerías a 150 pesetas. Lector de saldos y constructor, así, a lo tonto, de una magnífica biblioteca de clásicos. Pero recuerdo a la perfección el dolor y la suspendida esperanza con que entregué las más de dos mil pesetas que me costó aquel ejemplar de Alfaguara, traducido por Encarna Castejón, de una novela con la que conecté nada más verla, y por alguna crítica favorable que de ella recuerdo haber leído, aunque no recuerde qué decía ni de quién era. Lo cierto es que he mantenido con muchos libros una relación casi fascinada y que iba más allá de los límites de lo sensitivo para descubrir en muchos de ellos futuros clásicos personales, libros fundamentales de mi vida de los que nadie me habló pero con los que, nada más cruzarse en mí camino, advertí intuitivamente que eran libros que YO tenía que leer. Algún día daré otros ejemplos de esta bella conexión paranormal con la literatura. La cosa es que apenas sabía nada de Tournier ni de los Alisos, pero sentí que tenía que leer ese libro. Lo compré y ahora, catorce años después de su lectura, se ha convertido en uno de esos libros que siempre invoco cuando pienso en aquellos con los que más he disfrutado en mi vida, libros que forman parte plenamente de ella. No tienen que ser siempre obras maestras canónicas, pero sí lo son para mí, y ese es el auténtico sentido de la peripecia que nuestra vida es también en cuanto lectores.


La historia de El rey de los Alisos comienza con el diario de una especie de perturbado pederasta que nos relata en primera persona su vida cotidiana, en la que no tarda en filtrarse la atracción hacia la violencia, el sexo prohibido, y la búsqueda de signos que expliquen al portentoso personaje de Abel Tiffauges -sigo recordando su nombre de memoria como se recuerda el de un lejano amigo del colegio al que hace veinte años que no vemos- el sentido de su época. Pero la novela no tarda mucho en transformarse en otra cosa, y del existencialismo impresionista de la narración en forma de diario la historia sufre un fuerte giro hacia una narración distinta en tercera persona cuando el personaje por distintas circunstancias hiladas con mano maestra se ve envuelto, apegado, incurso, ahogado en la ascensión del nazismo y el holocausto como sistema de destrucción masiva. Tiffauges no tarda en entender que los nazis son, como él, descifradores de signos, buscadores de símbolos perdurables a los que ellos dotan de una simbología perversa y aniquiladora, y se une a la explicación definitiva de la Historia que el régimen nazi parecía -según sus defensores- haber desentrañado. El fin de la Historia, tal y como entonces se conocía. Pero la Historia siempre es un círculo de engaños y crueldades, y el personaje lo descubrirá también, y nosotros de su mano. Cerca de ¿Goëring? -sobre el personaje real no mantengo la misma memoria que sobre el inventado, más auténtico para mí- Tiffauges contemplará las magnificencias corruptas y los estertores de un régimen maligno y estremecedor, descrito por Tournier con una sabiduría narrativa portentosa. Hay en esta novela una escena con ciervos que para mí se ha quedado clavada en la memoria con la persistencia de un veneno trastornador.
Me niego a dar más detalles sobre su argumento, porque no quisiera desvelar nada a aquel que se acerque a ella, ahora que Alfaguara a tenido a bien reeditar este libro, una novela magistral, magistral, magistral, llena de símbolos, escrita con una belleza perturbadora, y que maneja la documentación sobre la época de un modo tan perfecto que nos parece vivir en ella, transitar por ella, helados y amenazados por una época que podría haber sido la nuestra, y en cuyo centro anidaron maldades que nunca han sido extirpadas del todo y que por tanto algún día pueden surgir de nuevo ante nuestros ojos -si no lo hacen ya en cierto sentido-. Es una de esas novelas que se viven, que dejan en la memoria un recuerdo imborrable. Tiene la misma edad de aquellos que nacimos en el 70, pero su fuerza no ha decrecido en estos 36 años, y seguramente no todo el que se acerque a leerla lo sienta con la impresión de ánimo definitiva con que yo lo sentí, pero si muchos de sus nuevos lectores disfrutan con ella como yo lo hice, estarán de suerte y habrán recibido hoy, a través de esta humilde recomendación, el mejor regalo de Reyes posible.
Así que no podéis quejaros.

7 comentarios:

Julián Sorel dijo...

Me gustó tu sitio. Muchas gracias. Quisiera invitarte a conocer el mío.

Julián.

Francisco Ortiz dijo...

Una obra maestra, hay que decirlo sin miedo: una de esas novelas de nuestra época que sí va a perdurar, que bucea en la maldad como pocas, que crea un personaje como pocas, que se queda en la memoria como pocas. Quien se la compre - o a quien se la regalen - va a tener unos buenos Reyes, ya lo creo.

El Lector de Comics dijo...

Un libro maravilloso, sin duda. Y una reseña a la altura de la obra. Sin embargo, me quedo con su deseo de que una chica guapa le hubiese regalado el libro. Hay cosas que no debieran de poder comprarse nunca; cosas que sólo debieran de ser regaladas.

Enrique Ortiz dijo...

Llevo siglos queriendo leer ese libro, o algo de Tournier, y todavía no lo he hecho; quizá me pasó eso: que en su día no me lo regaló una chica guapa; así que me encaminaré hacia la librería, porque por lo que te leo, va siendo hora. Feliz año, Miguel Angel. Un fuerte abrazo.

Miguel Sanfeliu dijo...

Una excelente y convincente reseña. Lo cierto es que leí hace años "Medianoche de amor", un libro que me gustó pero después del cual no volví a sentir curiosidad por acercarme a Tournier. Ahora tendré que remediar esto.
Un saludo.

Rogolagos dijo...

Uno de los libros màs maravillosos que he leído en mi vida... es búsqueda de los signos me ha llenado el resto del tiempo que he vivido.

Anónimo dijo...

Miguel Angel Muñoz, me dio gusto encontrar tu blog este ultimo domingo de enero del 2008, te felicito por esta reseña triste, yo también he visto el libro de lejos, porque Alfaguara es cara. Fui a las Lomas de San Miguel en Puebla, México y encontre Viernes o los limbos del Pacífico por $5.00 y me dio gusto volver a casa, pero en el autobus al ojear el libro tenía varias hojas en blanco, lo tire por la ventanilla. Yo también me he sentido triste por causa de Michel Tournier. Saludos de Miguel Martínez. miguel martinezgonzalez@gmail.com