03 diciembre 2006

Cheeveriana, cap. 1: La historia de Sutton Place, 29-6-1946

Para Montse Vega.

El relato cronológicamente más antiguo de los incluidos en la famosa recopilación que logró para Cheever el Pulitzer y la fama mundial, comienza, como El nadador, su relato más famoso, con una resaca.
Katherine y Robert Tennyson solían beber con amigos, y a Deborah le permitían ofrecer el salmón ahumado, y la niña había llegado a la conclusión de que los cócteles eran el eje de la vida adulta.
Un domingo de resaca, y una niña que nunca encuentra a sus padres sobrios en su dormitorio. Estamos en la ciudad, Los Tennyson no disponían de sitio para tener niñera en casa, la primera época de Cheever, lejos aún de las urbanizaciones que él inventó, primer gran constructor inmobiliario de la literatura, diseñó barrios y modeló a sus habitantes, colocándolos en los lugares más convenientes de la maqueta para que pudieran hacer explícitas sus miserias, sus miedos, su condición desgraciada.
Es una historia de niñeras, la historia de una niña sin padres que la protejan, Deborah, de tres años, que apenas habla pero que ya ha aprendido cuál es el funcionamiento de la clase social a la que su familia pertenece. Era una niña de ciudad y sabía lo que eran los cócteles y las resacas. Su padre y su madre trabajaban, y casi siempre los veía a última hora de la tarde, cuando la llevaban a darles las buenas noches.
Los relatos de Cheever, que forman entre todos la sublime narración de una gran resaca de temores y penas, apenas tienen a niños entre sus protagonistas. Son relatos de clase media, y sus personajes están en la mediana edad, y sus aspiraciones son medianas, y sólo su enfrentamiento con la gran naturaleza y el prodigioso estilo de Cheever los salva de la mediocridad a la que pertenecen. Pero los niños han sido expulsados del reino de sus historias, por regla general, como si el autor, a pesar de todo, no quisiera mancharlos con todas las miserias cosmopolitas de sus protagonistas. Este relato, y la niña que deambula por él de mano en mano, de una niñera a otra, destila una desolación ante las tristezas de la infancia, que no están a los ojos de los niños, que me recuerda a otros relatos americanos como El río, de Flannery O'Connor, y como en ese relato, cuando el niño es consciente de su abandono, de su choque absoluto con el mundo de los mayores, Deborah decide huir, desaparecer, explorar la ciudad. Este es un motivo fundacional en la literatura norteamericana. Huckleberry Finn es la historia de la huida de dos niños incomprendidos, o El guardián en el centeno, por poner un ejemplo de una novela posterior a este relato de Cheever.
Niños sin nadie que les acoja.
Cuando la niña desaparece en un descuido del único adulto que la quiere y comprende -pero que la deja sola porque se está preparando para acudir a una fiesta-, se produce un recurso mágico, una invocación al misterio. Desde ese momento todos hablan de la niña en pasado, como si no quedase la oportunidad de la reaparición, y es la aparición del pasado en la mente de los padres -el pasado, tan distinto a la vitalidad del presente que se busca en la ebriedad, en la juerga- lo que despierta en ellos una inmediata culpabilidad, un reconocimiento de la ruptura de un vínculo fundamental con su hija, y la asunción de un fracaso vital.
Me siento una pésima madre y una pésima esposa, y también siento como si esto fuese mi castigo. No he cumplido ninguno de los votos y las promesas que he hecho. He roto todas mis buenas promesas. Cuando era niña, solía hacer promesas cada luna nueva y cada primera nieve. He destrozado todo lo bueno que he tenido. Pero hablo como si la hubiéramos perdido, y no la hemos perdido ¿verdad? La encontrarán, el policía dice que la encontrarán.
Sólo la ceremonia de la misa cumple aún con un papel purificador y epifánico que, aun de un modo hipócrita, logra en alguno de los personajes -la niñera, la señora Harley- un remedo de equilibrio, de cierto acomodo con el mundo.
Se sintió disgustada, porque había contado con ir a la iglesia aquella mañana. Pensó en el latín y en las campanillas, y en la estimulante sensación de santidad y purificación que siempre experimentaba al levantarse después de haber estado de rodillas.
Ahora sabemos que muchos de los temas que contiene este relato inicial -el alcohol, la resaca, la religión, la orfandad sentimental- eran argumentos que al propio Cheever, borracho y religioso, le conmovían y atormentaban; ahora sabemos que en el centro de esta historia, con ecos de costumbrista alta comedia de clases, no estaban sino los miedos, los cariños, las penas de un narrador que en cada historia que publicó entregó misteriosos secretos de sí mismo, exponiéndose a una condena, a una reprobación con la que él decidió cargar desde que decidió hacerse escritor.

En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo.
(Primera anotación de sus diarios.)


Relatos inéditos en España (de aquellos relatos de los que se han encontrado referencias):
Expelled (primer cuento de Cheever): The New Republic, 1-10-1930.
Buffalo, The New Yorker, 21-3-1935, o 22-6-1935.

En la revista The New Yorker, Cheever publicó a lo largo de su vida 119 relatos. Los datos de publicación de sus relatos son tan confusos, y a veces tan inencontrables, que en algunos casos no puedo asegurar si dichos relatos se publicaron o no en dicha revista o en otra. Por lo tanto, excepto en el caso de que me conste el dato a ciencia cierta, lo omitiré. Del mismo modo, como en el caso de Buffalo, he encontrado fechas de publicación contradictorias, y he preferido incluir ambas. El caos que existe al respecto de todos los relatos de Cheever -la edición canónica del 78 ha perjudicado la difusión correcta de los datos de publicación de sus relatos- es tan grande, que pido disculpas por los inevitables errores que se irán filtrando en las dataciones de los relatos, obtenidas aquí y allá, después de numerosos ratos ante el ordenador.
Las ediciones manejadas para estos comentarios son:
Relatos, 1 y 2, Ediciones Emecé, 2006
Diarios, Emecé, 2004.
Ambos libros con inestimables notas de Rodrigo Fresán, que seguiré en muchas ocasiones.

8 comentarios:

MV dijo...

Te seguiremos con ahínco! Gracias por la generosidad!

Olvido dijo...

Te escucho...

la luz tenue dijo...

Este cuento me recuerda a las películas americanas de los 40, con finales felices, con James Stewart y Spencer Tracy. Luego Cheever se hizo más descreído, más cínico.
Enhorabuena por el blog. Sigo con muchísimo interés las reseñas de libros y, sobre todo, las entrevistas a cuentistas. ¿Para cuando una a Medardo Fraile?

Alvy Singer dijo...

Con ahinco y cócteles en la amargura. ¿Una sección IRRESISTIBLE, lo sabía? Buah, buah... He leído este cuento y es realmente sensacional, no parece un prólogo, una pista a la obra del puto amo, sino ya directamente un huracán de talento. El enfoque de la niña en los cuentos de cheever que aparecen infantes es sublime y lleva al lector hasta "esos ojos".

Juan Carlos Márquez dijo...

Hace solo unos días que releí 'Oh ciudad de sueños rotos', relato incluido en la antología del cuento norteamericano de Ford, y aún me dura el regusto.

srcurri dijo...

Muchas gracias, Miguel Angel, por este esfuerzo que haces. Ya me he comprado los cuentos completos de Cheever.
Un abrazo.

Enrique Ortiz dijo...

qué bueno y biba mv. Gran nueva sección, Miguel Angel; ánimo.

vidi dijo...

Hola a todos y gracias a Miguel Ángel por regalarnos una sección tan deseada. Antes de leer cualquier obra de Cheever recomiendo empezar con sus Diarios. Así se comprende mejor la deliciosa ambigüedad que fluye en la mayoría de sus relatos.