Cuando La vida ausente (Páginas de Espuma, 2006) llegó, Ángel Zapata (Madrid, 1961) ya estaba alli. De algún modo, a nadie ha sorprendido la calidad extrema de este libro, porque de alguna manera en él su autor ha escanciado años de vida, años de lectura, años de reflexión sobre el cuento, dejando que la explosión haya sido contundente y bella. El relato que abre el libro es una obra maestra absoluta, un relato perdurable, y en esta entrevista su autor se dirige con pasión y rigor a todos los que somos amantes del relato, como escritores o lectores, para animarnos a ser partícipes de un proyecto común alrededor del género. Es más, nos avisa de que quizás ese proyecto sea ya una realidad aún invisible, pero ya viva.

1 . Eres un gran teórico del cuento, así como profesor de escritura creativa en los Talleres Fuentetaja. ¿A la hora de escribir tus relatos ese bagaje te supone un peso o aligera tu trabajo creativo, práctico?
Me alegra que te guste mi trabajo teórico dentro del cuento; entre otras cosas porque para mí no existe una barrera infranqueable entre la teoría y la práctica, entre crear mediante conceptos o crear sirviéndome de imágenes. También por eso, yo ni siquiera diría que el conocimiento formal y el trabajo práctico sean cosas diferentes. Nos hemos tragado sin masticar muchas de estas categorías de la cultura burguesa, porque es mucho lo que está en juego —para las clases dominantes— en que el orden de la producción y el orden del saber se mantengan separados, y sean percibidos —constantemente y en todas las áreas de lo social— como realidades distintas. La Institución literaria, de hecho, avala esta distinción entre el artista —que al parecer trabaja “a ciegas”— y el crítico —que extrae de este mismo trabajo una plusvalía de saber—, sospecho que no sólo para que los críticos no sean artistas, sino también —y sobre todo— para que los artistas no sean críticos. Personalmente, entiendo el arte como una apertura, un compromiso y un modo de experiencia que debe atravesar la vida de quien se entrega a él; y no, desde luego, como una actividad obediente a la lógica de la especialización, y a la división del trabajo que impone esta sociedad. Una lavadora tiene funciones diferenciadas como el prelavado, el lavado y el centrifugado. Pero una lavadora es un objeto. El sujeto que cada uno somos, en cambio, siente, reflexiona, imagina y trabaja en un mismo acto de existencia viva. El Amo capitalista necesita que nos concibamos como objetos (como “recursos humanos”, que es la denominación indigna que hoy nos dan). Pero yo, ya digo, creo que es cada día más urgente pensarnos fuera de esta lógica, que no es —desde luego— la nuestra.
2 . El primer relato de tu libro, que da título al volumen, “La vida ausente”, me parece una obra maestra. La capacidad que tienes en él de condensar la experiencia social y colectiva de este país, con la forja sentimental y vital de un adolescente, que quizás seas tú mismo pero que puede ser cualquiera de nosotros, enriquecido por un lenguaje preciso y muy imaginativo, lo convierte en una pieza perdurable, antológica. Uno tiene la sensación de que es un relato muy necesario para el autor. Como si a la vez que lo escribías, advirtieses que estabas explicándote a ti mismo, entendiéndote a ti mismo y tu futura elección narrativa.
Te digo lo de antes: me emociona —muy de verdad— que el relato te haya gustado tanto. Y me emociona, especialmente, que hayas sentido que hay algo “necesario” en él, porque lo cierto es que es un texto que vino por su propio pie, un relato que se me impuso. El detonante fue el hallazgo de un tesoro. Y este tesoro del que estoy hablando es la poesía de Aldo Pellegrini, reunida por su hijo Mario bajo el título “La valija de fuego”. En el momento en que encontré el libro, allá por junio del 2004, el surrealismo era para mí un recuerdo de mi primera juventud, y una referencia constante en mi escritura, sí… pero una referencia casi exclusivamente estética. El caso es que leí en pocos días aquellos poemas inspiradísimos y magnéticos de Pellegrini, arrebatado por su belleza, desde luego, y conmovido —también— por el testimonio y por la insólita verdad humana de este poeta casi secreto, que había publicado su obra en ediciones destinadas a unos cuantos amigos, y que había mantenido en Argentina un pequeño grupo surrealista hasta el final de su vida. Me admiraba que un poeta con mayúsculas hubiera deseado activamente permanecer al margen de las pompas y las obras de la literatura oficial, que hubiera fundado una minúscula editorial voluntarista —“Argonauta”— para difundir textos de los surrealistas que muchas veces traducía él mismo… Y me maravillaba (es la palabra justa) que aquella “valija de fuego” publicada al otro lado del mundo, en una edición casi precaria y con una distribución absolutamente exigua, hubiese encontrado finalmente su lector (o al menos uno de sus lectores). El hallazgo, ya digo, fue un incendio. Me arrasó. Sentía ese asombro —y esa liberación— que muchos de nosotros hemos experimentado cuando el ejemplo de alguna otra persona nos descubre “eso” que ni siquiera habíamos sido capaces de reconocer como un deseo propio. Y sentía, desde luego, el desencadenamiento repentino de un maravilloso: “¡Se puede!”. La escritura de Pellegrini, además, vehicula un surrealismo muy puro: una poesía concebida a la vez como fragua y como documento de una experiencia interior riquísima, y altamente inspiradora. Quizá desde aquí se entienda mejor que “La vida ausente” es, antes que nada, un canto al deseo. Un canto a eso común que en cada uno de nosotros no se resigna, y lucha, y tiene la paciencia de esperar su momento, y la fuerza de abrirse camino, y la sabiduría y el coraje de no dejarse confundir por el deseo del Amo. Por eso me emociona —ya te digo— que me adivines en el texto, tratando de explicarme, de entenderme… o de entenderme menos cada vez, que igual es de eso de lo que se trata.
3 . Tu libro se caracteriza por una absoluta libertad narrativa. Incluso hay cierta subversión de las normas que machaconamente indican cómo debe ser, empezar o acabar un relato. ¿No crees que ha llegado el momento de asumir la mayoría de edad del cuento, y defender, como pienso que tú haces, que cabe en él cualquier estilo y estrategia para alcanzar al lector?
Esta indicación que propones en torno a la mayoría de edad del cuento me parece un hallazgo. Y creo que da visibilidad a la eclosión en nuestro país de ese Nuevo Cuento por el que algunos estamos trabajando, con un empeño que no sería exagerado calificar de “militante”. Eso también: la libertad narrativa que detectas en mi escritura es, desde luego, una libertad conquistada… y estoy por afirmar que sostenida día a día. Quiero decir que los señuelos, los reclamos y las solicitaciones son hoy constantes para cualquier artista. Todo autor sabe lo que debe escribir —y cómo debe escribirlo— si quiere hacer lo que se llama “una carrera”. Y sabe lo que tiene que decir en las entrevistas. Y hasta sabe, si vamos a ello, que a ser posible ha de salir por la televisión tocando (detestablemente) el piano, con algo de yerno modélico por el que todas las señoronas suspirarían. Lo que yo me pregunto es qué tiene que ver todo esto con esa búsqueda y esa expresión de lo humano, con la entrega a esa pura actividad humana liberada de fines, en la que —hasta hace apenas unas décadas— aún reconocíamos la tarea del arte. ¿Qué libro de ficción que merezca ese nombre no tendría que caracterizarse “por una absoluta libertad narrativa”? Quiero decir que eso es —o tendría que ser— lo mínimo. Lo que a cualquier escritor se le supone por el hecho de serlo. De esa libertad que aflora en mi escritura yo sólo tengo —en realidad— el deseo. No soy una persona libre. Para mi ese poquito de libertad es un esfuerzo, ya te digo. Pero estoy convencido de que este mismo esfuerzo es lo que el cuento, hoy, puede poner a contribución no del mercado, sino de un arte libre; que sea el latido y la expresión de una sociedad viva, adulta y libre.
4. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
De entrada —y sobre cualquier otra influencia— mis cuentos nacen directamente del trabajo de Medardo Fraile. Entre otras razones, porque en la obra de Medardo ya hay una poética radical del cuento, sobre la que la crítica ha pasado un poco como sobre ascuas (porque verla, la ha visto); y en la que ha preferido destacar, no obstante, otros rasgos mucho más asimilables al canon. De todo esto he hablado en un estudio introductorio a sus cuentos completos, que aparecieron bajo el título “Escritura y verdad”, y allí decía que Medardo nos da hecho un módulo de cuento a las nuevas generaciones de cuentistas, precisamente porque —y en la medida en que— deshace con una violencia soterrada, pero no por ello menos extrema, los supuestos de la narratividad clásica. Cuentistas como Hipólito G. Navarro o como yo mismo no hemos tenido, en realidad, más que desmontar el dispositivo realista que Medardo aún mantiene, unas veces como marco enunciativo y otras como mera simulación. Fuera de Medardo, qué duda cabe de que al escribir tengo en mira al Cortázar más próximo al surrealismo, los textos casi oraculares de Henri Michaux, el “Pez Soluble” de Breton, los cuentos explosivos de Benjamin Péret… No sé, mis deudas serían casi interminables.

5. Uno de los elementos destacados de tus relatos es la elección en todos ellos de un narrador anticonvencional, que se dirige en ocasiones al lector, que en todo momento necesita mantenernos en la magia del cuento, pero advertirnos a la vez de que aquello es fantasía, y como tal hay que honrarla. No hay relatos en tercera persona clásica, y cuando la utilizas es sólo una apariencia, pues perturbas la cadencia de su ritmo con la irrupción de la primera persona encubierta —Días de sol en Metrópolis—, el diálogo —Un día vendrá— o el diálogo autor-narrador y lector —Mientras dicen adiós—.
Te cuento una cosa: hace unos meses —no sé a propósito de qué— les pregunté a los alumnos, en el transcurso de una clase, de dónde “salía” el dinero. Los alumnos se me quedaron mirando con un aire atónito. Y aunque todos ellos eran licenciados universitarios, el hecho es que no sabían contestar. Al parecer, la gente ya no sabe que el dinero es tiempo de trabajo: que el trabajo es lo que crea valor. No es este el momento para dar una charla sobre lo que Marx llamó “el fetichismo de la mercancía”, desde luego. Pero sí es importante enfocar hasta qué punto los dispositivos del Espectáculo capitalista tienen por finalidad invisibilizar el trabajo, la dimensión del trabajo como fuente y origen de toda realidad. ¿Qué tiene que ver esto con el tipo de narradores que empleo en mis relatos? Bueno… en realidad es muy sencillo: se trata —simplemente— de que el semblante de la representación no disimule nunca, ni borre, ni haga desaparecer la percepción de la escritura como trabajo, la percepción del trabajo —una vez más— como causa de cualquier realidad humana. Si yo escribo en un cuento: “El viento mecía los árboles”, traslado a la conciencia del lector una especie de “dibujo”: una imagen nítida, que en seguida se va a independizar del trabajo del lenguaje que la ha producido, que va a hacerse presente en su atención como algo “caído del cielo”. Si escribo, en cambio: “El viento —¿qué viento?— mecía, entre otras cosas, los árboles” lo que consigo es que la imagen no se desprenda del todo del movimiento mismo de las palabras —del proceso de enunciación que la está produciendo—; llevo hasta la conciencia del lector una imagen mucho más ajustada de las cosas, en la medida, precisamente, en que no suprimo en ella la sustancia de la realidad, que es el trabajo. Me parece muy hermosa y muy necesaria esa palabra que has utilizado en tu pregunta, la palabra “honrar”. Para mí, en efecto, se trata de honrar el trabajo. Y se trata de honrarlo en una sociedad donde día y noche tenemos que escuchar cosas como que las inversiones “crean riqueza”… sin que vayamos a la comisaría más próxima a poner una denuncia por injurias, puesto que se ha insultado nuestra inteligencia y nuestra dignidad. El capital no cae del cielo. La riqueza la crea el trabajo. La realidad es resultado del trabajo. Las mujeres y los hombres que trabajan son los que tienen en sus manos (por más que les impidan percibirlo) los resortes de la realidad. Por la misma razón, lo narrado en un cuento no debe nunca aparecer como una realidad autónoma, independiente del trabajo de narrar... Pero hablo, desde luego, de algo que va mucho más allá de una pura cuestión de técnicas o de procedimientos, puesto que importa mucho no confundir la escritura habitada por un deseo de transformación con la escritura meramente anticlásica. En los últimos años, de hecho, están apareciendo entre nosotros ciertos escritores que remedan la actitud y la estética antirrealista de la vanguardia, desde un propósito que no rebasa la dimensión de lo lúdico, el mero ingenio, y cierto informalismo supuestamente provocador, pero cuya única finalidad real es la de diversificar la oferta del mercado. Ni que decir tiene que no hay nada que esperar de esta pseudovanguardia profundamente conformista y políticamente viscosa. Y que en este sentido me siento mucho más cómplice del impuso ético y la verdad difícil e insobornable que atraviesa los textos de una escritora como Belén Gopegui, sobre cuya posición no cabe en absoluto llamarse a engaño.
6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de La vida ausente: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
La propuesta es tentadora, qué duda cabe. Y aun así, una vez que se hace público el propio trabajo, yo creo que hay que dejar que sean los otros quienes lo analicen, y quienes digan lo que les parezca... si es que desean decir algo, naturalmente. Tal como yo lo veo, el autor no debe situarse en posición de “Amo del sentido” respecto a sus textos. Entre otras cosas, porque eso suele resultar bastante plomo.
7. Hablemos de surrrrealiiiisssssmo, como decía Dalí una y otra vez en aquel corto. Defiendes la pervivencia del surrealismo en la literatura, y varios de tus relatos —La maquinaria de los teleféricos y El diapasón de las llanuras tártaras— y microrrelatos —Migraciones y Climas— lo son claramente. Sin embargo, creo que la vertiente más deslumbrante en que el surrealismo aparece es cuando se le utiliza como bisturí implacable para destapar las miserias domésticas y cotidianas de la pareja contemporánea —Días de sol en Metrópolis, Las otras vidas, Belvedere—.
Bueno… en España se tiene una idea más bien parcial del surrealismo, en el sentido de que se entiende a este movimiento como una “escuela” literaria, artística, etc. No; no defiendo la pervivencia del surrealismo en la literatura. Entre otras razones, porque el surrealismo aboga, precisamente, por la superación dialéctica no sólo de la literatura, sino del arte mismo en tanto actividad separada de la vida. Para el surrealismo, lo que hoy llamamos “arte” debe desaparecer en tanto actividad específica de una categoría social privilegiada (y en tanto mero objeto de consumo para el resto de la sociedad). Y al mismo tiempo, eso que el arte vehicula —la posibilidad de una conciencia pasional, maravillada y transformadora de la realidad—, ha de sumergirse en el territorio de lo cotidiano y de la experiencia común, en el movimiento y en el tejido mismo de nuestra experiencia habitual, de forma que la vida se convirtiera en obra de arte existente. El surrealismo, ya digo, no propone una estética, un modo de escribir ni nada que se le parezca. El surrealismo aspira a asaltar el cielo. Y también por eso lleva aparejada lo que Louis Janover ha llamado “una ética del comportamiento revolucionario”, que resulta difícilmente compatible con las servidumbres que impone la situación de un escritor dentro de esta sociedad. Hoy existe, de hecho, una red de grupos surrealistas diseminada por todo el mundo, y ligada en general a los movimientos sociales de inspiración libertaria. En Madrid hay un interesantísimo grupo surrealista con teóricos de la talla de Eugenio Castro y José Manuel Rojo. Y en el colectivo La llave de los campos, del que soy miembro, hemos hecho una apuesta por trabajar en ese territorio ambiguo que es el espacio de lo cultural… con mil contradicciones que tratamos de resolver poco a poco, sin atenuar en lo más mínimo la vertiente revolucionaria del surrealismo, pero también desde una conciencia —netamente marxista— de la necesidad de las etapas. Me gustaría poder decirte que no soy un escritor en la órbita del surrealismo, sino un surrealista que escribe. Pero respeto demasiado la exigencia que el surrealismo encarna para arrogarme una definición así.
8. El relato se está beneficiando más que otros géneros literarios del auge de Internet. Quizá el que los amantes del cuento se organicen de un modo casi mesiánico y sectario ayuda a esto, divulgándose en red más que por los canales tradicionales de promoción. Por otro lado, las escuelas literarias —y los Talleres Fuentetaja son pioneros al respecto— están muy relacionados con el relato. ¿Hasta qué punto estos elementos serán realmente influyentes en la suerte del relato?
Capto el matiz autoirónico de la pregunta, pero aun así —fíjate— no veo por qué los apasionados del cuento tendríamos que avergonzarnos por ser “mesiánicos” o “sectarios”. Todo el que quiere algo se apuesta entero a ese deseo, y además busca aliados y se organiza. Si no lo hace, no está queriendo algo; está fantaseando que lo quiere, lo que es una cosa completamente distinta. Los banqueros, los que manejan las altas finanzas, los que tienen en su mano verdaderos resortes de poder, se organizan de un modo sectario y mesiánico en clubs, congregaciones religiosas, “cumbres”, etc.; y en la historia española más reciente encontraríamos mil pruebas de ello. En cambio parece que hay algo excesivo o hasta un poco pueril en que la gente de a pie nos organicemos, y si lo hacemos de algún modo, entonces tenemos que mantener un “saludable relativismo” hacia nuestros deseos y nuestras convicciones… relativismo que los Amos, desde luego, no mantienen. En uno de mis cuentos aparecen unos quesos de oveja que afirman que tenemos que ser mejores que nuestros Amos. No sé. Yo juraría que ya somos muy buenos, de verdad. ¿En qué medida la creación de una red de apasionados del cuento en Internet puede influir sobre la suerte de esta práctica de la escritura? Pues precisamente en la medida en que seamos capaces de mantenernos en este muy saludable fanatismo del deseo, en que nos permitamos ser tan mesiánicos y exclusivistas como lo es no cualquier canalla, sino cualquier enamorado.
9. ¿No es una vergüenza el modo en que los suplementos literarios —que en teoría no deberían como las editoriales moverse a golpe de ventas— tratan por lo general al relato corto?
Pues estoy por decirte que no. Los suplementos de cultura obedecen a la lógica del poder y de la economía exactamente igual que las editoriales. Y desde ahí, no veo por qué tendría que sorprendernos el trato que dispensan a una práctica artística que ocupa un diminuto nicho de mercado, y que —además de ello— está muy en los márgenes de esos intrincados juegos de regalías, prestigios e influencias que se reparten dentro de la Institución literaria. Tu pregunta apela muy cuerdamente a una noción de “deber ser”. Pero vivimos en un sistema que se descompone a ojos vista, y que ya representa el negativo fotográfico de lo que una sociedad debería ser. No me parece exactamente una vergüenza, ya te digo... O no me lo parece —que es adonde voy— en mayor medida que otras muchísimas cosas.
10. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
Para mí hay dos aldabonazos que marcan el cambio de rumbo, el inicio de un Nuevo Cuento, y que son el celebradísimo “Velocidad de los jardines”, de Eloy Tizón; y esa formidable bomba de relojería narrativa que es “El aburrimiento, Lester”, de Hipólito G. Navarro, ambos publicados en la década de los 90. El Milenio propiamente dicho está en pañales todavía, y todo apunta a que la erupción del cuento no ha hecho en realidad más que empezar. En esta línea —y aparte de los nombres sobradamente conocidos— está la cuentística rigurosa e inquietante de Manuel Moyano, y los últimos cuentos, llenos de vigor y de sorna, de Iban Zaldua; autores, uno y otro, que a mí me interesan mucho. Hay algunos trabajos con elementos muy apreciables como es el caso de Ignacio Ferrando o Mercedes Cebrián. Y, entre la gente ligeramente más mayor, autores tan sólidos como José María Conget y Alfonso Fernández Burgos. Algunas apuestas muy acertadas de Páginas de Espuma, como Escapa, Sáez de Ibarra o Muñoz (que te sonará). Está el neofantástico puesto a punto por Félix J. Palma; y un libro sencillamente vibrante: “Amor del bueno”, de Víctor García Antón. La editorial Gens va a publicar también, de manera inminente, una Antología de cuentistas todavía prácticamente inéditos —“Parábola de los talentos. Antología de relatos para iniciar un siglo”—, y en la que hay unos cuantos nombres que tienen mucho que aportar... En definitiva: lo que a mí me parece sobresaliente quizá no es tanto este o aquel libro en concreto, sino ese espacio de expresión diferente y esa práctica diferente de la escritura a los que un colectivo de artistas (todavía incluso con escasos vínculos entre nosotros) estamos dando forma. La cultura burguesa nos tiene muy bien amaestrados para percibir “lo sobresaliente” como un fenómeno exclusivamente individual. Pero toda esa cháchara sobre la excelencia y el genio no es en último análisis más que un intento por trasponer al plano del espíritu —por legitimar también ahí— la realidad indecente de unos privilegios de clase. Y lo peor es que es falsa de arriba a abajo. En cada época, de hecho, “lo sobresaliente” sólo es percibido sobre el fondo de otras muchas obras más “discretas” que lo prefiguraban, lo anunciaban, o se diferenciaban radicalmente de ello. En su constitución misma, pues, la figura de lo sobresaliente depende de este fondo para ser percibido y para existir. Y a la inversa: en todo este fondo de obras más “discretas” siempre hallamos momentos francamente sobresalientes… O incluso rasgos que el ideal de excelencia dominante ha opacado, y que otras épocas harán “sobresalir”. La realidad es común. El arte es común, en su génesis y en sus resultados. El artista trabaja mirando trabajar a sus maestros y a sus contemporáneos. Sus logros más “sobresalientes” no caen bajo la lógica de la propiedad privada. Son, más bien, una deuda. No hay artista sin comunidad. Yo diría —lo acabo de decir, de hecho— que el Nuevo Cuento empieza a alcanzar su punto de ignición. Que en este fenómeno, además, la labor partisana de los bloggers está siendo sencillamente admirable. Y al mismo tiempo, que todo puede quedarse muy fácilmente en agua de borrajas, si no conseguimos entender lo que somos, y lo que está vehiculando hoy esta eclosión del cuento. El cuento será un territorio de resistencia cultural o no será. En una sociedad donde lo importante sea sobresalir ten por seguro que siempre van a sobresalir los mismos. Y por eso mantengo la esperanza de que los libros más “sobresalientes” del Nuevo Cuento español sean los que aún están por escribirse: los que —de una forma u otra— vamos a escribir, mano a mano, entre todos.
11. Belvedere retrata en una página el derrumbe de un matrimonio, el derrumbe íntimo, el fin del amor, el paso del tiempo, los hijos como guerreros aniquiladores, y desde un humor delirante y siempre tierno. Coméntanos cuáles son los temas que narrativamente más te interesan, y por qué camino te gustaría investigar en futuros libros de relatos.
Tienes razón: “Belvedere” quiere ser algo así como una estampa “de época”, y sus protagonistas somos nosotros: esta supuesta clase media española de chichinabo, cuya función en el mundo es la de meros telespectadores, meras terminales biológicas en el dispositivo del Consumo, meros turistas de nuestra propia vida. A los protagonistas les rodea, una vez más, lo mismo que nos rodea a nosotros: la violencia desatada del sistema, la destrucción —necesaria a la expansión capitalista— de toda legalidad y de toda normatividad social, el puro sinsentido... Pero allí siguen uno y otra, vegetando en su dúplex, matando el tiempo, “carentes de paciencia y de deseo”, como diría Richard Ford, incapaces de la menor reacción, dejando que su vida se erosione, un día tras otro, tonta e inútilmente. Los protagonistas de “Belvedere”, en fin, son esos mismos objetos articulados —de forma vagamente humana y a los que Otro tiene que dar cuerda— que aparecen en la portada del libro. No ya como artista, sino como ser humano a secas, me interesa —muy de verdad— todo lo que pueda contribuir a que esta narcosis generalizada y esta devastación terminen. Me interesa todo lo que pueda devolvernos la percepción de nuestra propia vida y de nuestra propia potencia. Y me interesa —por decirlo con las palabras del inolvidable antipsiquiatra David Cooper— todo aquello que amorosamente ponga una bomba en el corazón de la muerte.

12. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
Pues en realidad me dediqué a analizar tres de ellos en “El vacío y el centro”. Un microrrelato sin título de Sam Shepard, “El niño al que se le murió el amigo”, de Ana María Matute; y “El álbum”, de Medardo Fraile, que fue —curiosamente— el texto que descubrió el camino del cuento a Hipólito G. Navarro, según él mismo ha contado en alguna ocasión.
13. Mientras dicen adiós es un relato enigmático, con ecos del Godot de Beckett y El desierto de los tártaros de Buzatti. Sin embargo, lo que da la medida del valor de estos relatos es que nunca se aparta la mirada de los hombres, sea cual sea el estilo utilizado, y aunque dos hombres solos se enfrenten a la inmensidad perturbadora de la estepa, palabra clave para nombrar a la literatura. ¿No crees que a veces el relato contemporáneo juega demasiado y mira poco al ser humano, utilizándose el estilo como coartada?
Sí, desde luego. Me he referido antes a ciertas astracanadas pseudovanguardistas que están abriéndose paso en la narrativa actual. Un tipo de ficción supuestamente lúdica y disparatada cortada por el modelo de las teleseries; y que sus autores —como buenos pregoneros a sueldo del discurso del Amo— defienden, sin ningún pudor, como mero entretenimiento. Es decir: hay que entretenerse, hay que olvidarse de lo intolerable de la realidad, hay que darle la espalda al dolor, hay que anestesiar en nosotros hasta el más mínimo pensamiento de resistencia que esa realidad pudiera provocar. Afortunadamente, todos sabemos de sobra que el juego por el juego no es sino otra manera de estar conforme. Como has dicho muy bien: por esta vía perdemos de vista el horizonte de lo humano. Y además es que no hay que confundir nada de esto con el verdadero humor, pues el humor nace de una conciencia en rebeldía, expresa un malestar latente (no lo amortigua), y es una potencia de negación, de desafío y de ruptura.
14. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual que a tu juicio esté infravalorado y otro autor o libro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?
Francamente, cualquier cosa que se diga sobre estos autores “sobrevalorados” contribuye a aumentar su cotización, de manera que no estoy dispuesto a regalarle nada a ese tipo de gente. Y con los “infravalorados” me ocurre algo parecido. Claro que hay autores infravalorados. Pero entonces lo que habría que preguntarse es por quiénes están infravalorados… Y qué valor le concedemos, a su vez, al juicio de estos “infravaloradores”. ¿Qué habría que hacer? ¿Pedirles a los mandarines de la Institución Literaria que revisen sus valoraciones? ¿Y qué hacemos si resulta que no quieren? ¿Nos encerramos a llorar en el baño? Como te decía antes, es importantísimo que tomemos conciencia de que el valor lo creamos nosotros, tú, yo, los lectores y lectoras de esta entrevista, los entusiastas del cuento, los pequeños editores independientes que están en esta pelea, las mujeres y los hombres que hacemos existir el cuento con nuestro esfuerzo, nuestro deseo, nuestra pasión y nuestro compromiso. Nuestro trabajo es la fuente de todo valor. De modo que tranquilo por ese lado: a los infravalorados ya los iremos valorando nosotros. Sin el permiso ni la aprobación de nadie, desde luego. Porque todos nosotros y nosotras somos la última y definitiva autoridad.
Me alegra que te guste mi trabajo teórico dentro del cuento; entre otras cosas porque para mí no existe una barrera infranqueable entre la teoría y la práctica, entre crear mediante conceptos o crear sirviéndome de imágenes. También por eso, yo ni siquiera diría que el conocimiento formal y el trabajo práctico sean cosas diferentes. Nos hemos tragado sin masticar muchas de estas categorías de la cultura burguesa, porque es mucho lo que está en juego —para las clases dominantes— en que el orden de la producción y el orden del saber se mantengan separados, y sean percibidos —constantemente y en todas las áreas de lo social— como realidades distintas. La Institución literaria, de hecho, avala esta distinción entre el artista —que al parecer trabaja “a ciegas”— y el crítico —que extrae de este mismo trabajo una plusvalía de saber—, sospecho que no sólo para que los críticos no sean artistas, sino también —y sobre todo— para que los artistas no sean críticos. Personalmente, entiendo el arte como una apertura, un compromiso y un modo de experiencia que debe atravesar la vida de quien se entrega a él; y no, desde luego, como una actividad obediente a la lógica de la especialización, y a la división del trabajo que impone esta sociedad. Una lavadora tiene funciones diferenciadas como el prelavado, el lavado y el centrifugado. Pero una lavadora es un objeto. El sujeto que cada uno somos, en cambio, siente, reflexiona, imagina y trabaja en un mismo acto de existencia viva. El Amo capitalista necesita que nos concibamos como objetos (como “recursos humanos”, que es la denominación indigna que hoy nos dan). Pero yo, ya digo, creo que es cada día más urgente pensarnos fuera de esta lógica, que no es —desde luego— la nuestra.
2 . El primer relato de tu libro, que da título al volumen, “La vida ausente”, me parece una obra maestra. La capacidad que tienes en él de condensar la experiencia social y colectiva de este país, con la forja sentimental y vital de un adolescente, que quizás seas tú mismo pero que puede ser cualquiera de nosotros, enriquecido por un lenguaje preciso y muy imaginativo, lo convierte en una pieza perdurable, antológica. Uno tiene la sensación de que es un relato muy necesario para el autor. Como si a la vez que lo escribías, advirtieses que estabas explicándote a ti mismo, entendiéndote a ti mismo y tu futura elección narrativa.
Te digo lo de antes: me emociona —muy de verdad— que el relato te haya gustado tanto. Y me emociona, especialmente, que hayas sentido que hay algo “necesario” en él, porque lo cierto es que es un texto que vino por su propio pie, un relato que se me impuso. El detonante fue el hallazgo de un tesoro. Y este tesoro del que estoy hablando es la poesía de Aldo Pellegrini, reunida por su hijo Mario bajo el título “La valija de fuego”. En el momento en que encontré el libro, allá por junio del 2004, el surrealismo era para mí un recuerdo de mi primera juventud, y una referencia constante en mi escritura, sí… pero una referencia casi exclusivamente estética. El caso es que leí en pocos días aquellos poemas inspiradísimos y magnéticos de Pellegrini, arrebatado por su belleza, desde luego, y conmovido —también— por el testimonio y por la insólita verdad humana de este poeta casi secreto, que había publicado su obra en ediciones destinadas a unos cuantos amigos, y que había mantenido en Argentina un pequeño grupo surrealista hasta el final de su vida. Me admiraba que un poeta con mayúsculas hubiera deseado activamente permanecer al margen de las pompas y las obras de la literatura oficial, que hubiera fundado una minúscula editorial voluntarista —“Argonauta”— para difundir textos de los surrealistas que muchas veces traducía él mismo… Y me maravillaba (es la palabra justa) que aquella “valija de fuego” publicada al otro lado del mundo, en una edición casi precaria y con una distribución absolutamente exigua, hubiese encontrado finalmente su lector (o al menos uno de sus lectores). El hallazgo, ya digo, fue un incendio. Me arrasó. Sentía ese asombro —y esa liberación— que muchos de nosotros hemos experimentado cuando el ejemplo de alguna otra persona nos descubre “eso” que ni siquiera habíamos sido capaces de reconocer como un deseo propio. Y sentía, desde luego, el desencadenamiento repentino de un maravilloso: “¡Se puede!”. La escritura de Pellegrini, además, vehicula un surrealismo muy puro: una poesía concebida a la vez como fragua y como documento de una experiencia interior riquísima, y altamente inspiradora. Quizá desde aquí se entienda mejor que “La vida ausente” es, antes que nada, un canto al deseo. Un canto a eso común que en cada uno de nosotros no se resigna, y lucha, y tiene la paciencia de esperar su momento, y la fuerza de abrirse camino, y la sabiduría y el coraje de no dejarse confundir por el deseo del Amo. Por eso me emociona —ya te digo— que me adivines en el texto, tratando de explicarme, de entenderme… o de entenderme menos cada vez, que igual es de eso de lo que se trata.
3 . Tu libro se caracteriza por una absoluta libertad narrativa. Incluso hay cierta subversión de las normas que machaconamente indican cómo debe ser, empezar o acabar un relato. ¿No crees que ha llegado el momento de asumir la mayoría de edad del cuento, y defender, como pienso que tú haces, que cabe en él cualquier estilo y estrategia para alcanzar al lector?
Esta indicación que propones en torno a la mayoría de edad del cuento me parece un hallazgo. Y creo que da visibilidad a la eclosión en nuestro país de ese Nuevo Cuento por el que algunos estamos trabajando, con un empeño que no sería exagerado calificar de “militante”. Eso también: la libertad narrativa que detectas en mi escritura es, desde luego, una libertad conquistada… y estoy por afirmar que sostenida día a día. Quiero decir que los señuelos, los reclamos y las solicitaciones son hoy constantes para cualquier artista. Todo autor sabe lo que debe escribir —y cómo debe escribirlo— si quiere hacer lo que se llama “una carrera”. Y sabe lo que tiene que decir en las entrevistas. Y hasta sabe, si vamos a ello, que a ser posible ha de salir por la televisión tocando (detestablemente) el piano, con algo de yerno modélico por el que todas las señoronas suspirarían. Lo que yo me pregunto es qué tiene que ver todo esto con esa búsqueda y esa expresión de lo humano, con la entrega a esa pura actividad humana liberada de fines, en la que —hasta hace apenas unas décadas— aún reconocíamos la tarea del arte. ¿Qué libro de ficción que merezca ese nombre no tendría que caracterizarse “por una absoluta libertad narrativa”? Quiero decir que eso es —o tendría que ser— lo mínimo. Lo que a cualquier escritor se le supone por el hecho de serlo. De esa libertad que aflora en mi escritura yo sólo tengo —en realidad— el deseo. No soy una persona libre. Para mi ese poquito de libertad es un esfuerzo, ya te digo. Pero estoy convencido de que este mismo esfuerzo es lo que el cuento, hoy, puede poner a contribución no del mercado, sino de un arte libre; que sea el latido y la expresión de una sociedad viva, adulta y libre.
4. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
De entrada —y sobre cualquier otra influencia— mis cuentos nacen directamente del trabajo de Medardo Fraile. Entre otras razones, porque en la obra de Medardo ya hay una poética radical del cuento, sobre la que la crítica ha pasado un poco como sobre ascuas (porque verla, la ha visto); y en la que ha preferido destacar, no obstante, otros rasgos mucho más asimilables al canon. De todo esto he hablado en un estudio introductorio a sus cuentos completos, que aparecieron bajo el título “Escritura y verdad”, y allí decía que Medardo nos da hecho un módulo de cuento a las nuevas generaciones de cuentistas, precisamente porque —y en la medida en que— deshace con una violencia soterrada, pero no por ello menos extrema, los supuestos de la narratividad clásica. Cuentistas como Hipólito G. Navarro o como yo mismo no hemos tenido, en realidad, más que desmontar el dispositivo realista que Medardo aún mantiene, unas veces como marco enunciativo y otras como mera simulación. Fuera de Medardo, qué duda cabe de que al escribir tengo en mira al Cortázar más próximo al surrealismo, los textos casi oraculares de Henri Michaux, el “Pez Soluble” de Breton, los cuentos explosivos de Benjamin Péret… No sé, mis deudas serían casi interminables.

5. Uno de los elementos destacados de tus relatos es la elección en todos ellos de un narrador anticonvencional, que se dirige en ocasiones al lector, que en todo momento necesita mantenernos en la magia del cuento, pero advertirnos a la vez de que aquello es fantasía, y como tal hay que honrarla. No hay relatos en tercera persona clásica, y cuando la utilizas es sólo una apariencia, pues perturbas la cadencia de su ritmo con la irrupción de la primera persona encubierta —Días de sol en Metrópolis—, el diálogo —Un día vendrá— o el diálogo autor-narrador y lector —Mientras dicen adiós—.
Te cuento una cosa: hace unos meses —no sé a propósito de qué— les pregunté a los alumnos, en el transcurso de una clase, de dónde “salía” el dinero. Los alumnos se me quedaron mirando con un aire atónito. Y aunque todos ellos eran licenciados universitarios, el hecho es que no sabían contestar. Al parecer, la gente ya no sabe que el dinero es tiempo de trabajo: que el trabajo es lo que crea valor. No es este el momento para dar una charla sobre lo que Marx llamó “el fetichismo de la mercancía”, desde luego. Pero sí es importante enfocar hasta qué punto los dispositivos del Espectáculo capitalista tienen por finalidad invisibilizar el trabajo, la dimensión del trabajo como fuente y origen de toda realidad. ¿Qué tiene que ver esto con el tipo de narradores que empleo en mis relatos? Bueno… en realidad es muy sencillo: se trata —simplemente— de que el semblante de la representación no disimule nunca, ni borre, ni haga desaparecer la percepción de la escritura como trabajo, la percepción del trabajo —una vez más— como causa de cualquier realidad humana. Si yo escribo en un cuento: “El viento mecía los árboles”, traslado a la conciencia del lector una especie de “dibujo”: una imagen nítida, que en seguida se va a independizar del trabajo del lenguaje que la ha producido, que va a hacerse presente en su atención como algo “caído del cielo”. Si escribo, en cambio: “El viento —¿qué viento?— mecía, entre otras cosas, los árboles” lo que consigo es que la imagen no se desprenda del todo del movimiento mismo de las palabras —del proceso de enunciación que la está produciendo—; llevo hasta la conciencia del lector una imagen mucho más ajustada de las cosas, en la medida, precisamente, en que no suprimo en ella la sustancia de la realidad, que es el trabajo. Me parece muy hermosa y muy necesaria esa palabra que has utilizado en tu pregunta, la palabra “honrar”. Para mí, en efecto, se trata de honrar el trabajo. Y se trata de honrarlo en una sociedad donde día y noche tenemos que escuchar cosas como que las inversiones “crean riqueza”… sin que vayamos a la comisaría más próxima a poner una denuncia por injurias, puesto que se ha insultado nuestra inteligencia y nuestra dignidad. El capital no cae del cielo. La riqueza la crea el trabajo. La realidad es resultado del trabajo. Las mujeres y los hombres que trabajan son los que tienen en sus manos (por más que les impidan percibirlo) los resortes de la realidad. Por la misma razón, lo narrado en un cuento no debe nunca aparecer como una realidad autónoma, independiente del trabajo de narrar... Pero hablo, desde luego, de algo que va mucho más allá de una pura cuestión de técnicas o de procedimientos, puesto que importa mucho no confundir la escritura habitada por un deseo de transformación con la escritura meramente anticlásica. En los últimos años, de hecho, están apareciendo entre nosotros ciertos escritores que remedan la actitud y la estética antirrealista de la vanguardia, desde un propósito que no rebasa la dimensión de lo lúdico, el mero ingenio, y cierto informalismo supuestamente provocador, pero cuya única finalidad real es la de diversificar la oferta del mercado. Ni que decir tiene que no hay nada que esperar de esta pseudovanguardia profundamente conformista y políticamente viscosa. Y que en este sentido me siento mucho más cómplice del impuso ético y la verdad difícil e insobornable que atraviesa los textos de una escritora como Belén Gopegui, sobre cuya posición no cabe en absoluto llamarse a engaño.
6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de La vida ausente: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
La propuesta es tentadora, qué duda cabe. Y aun así, una vez que se hace público el propio trabajo, yo creo que hay que dejar que sean los otros quienes lo analicen, y quienes digan lo que les parezca... si es que desean decir algo, naturalmente. Tal como yo lo veo, el autor no debe situarse en posición de “Amo del sentido” respecto a sus textos. Entre otras cosas, porque eso suele resultar bastante plomo.
7. Hablemos de surrrrealiiiisssssmo, como decía Dalí una y otra vez en aquel corto. Defiendes la pervivencia del surrealismo en la literatura, y varios de tus relatos —La maquinaria de los teleféricos y El diapasón de las llanuras tártaras— y microrrelatos —Migraciones y Climas— lo son claramente. Sin embargo, creo que la vertiente más deslumbrante en que el surrealismo aparece es cuando se le utiliza como bisturí implacable para destapar las miserias domésticas y cotidianas de la pareja contemporánea —Días de sol en Metrópolis, Las otras vidas, Belvedere—.
Bueno… en España se tiene una idea más bien parcial del surrealismo, en el sentido de que se entiende a este movimiento como una “escuela” literaria, artística, etc. No; no defiendo la pervivencia del surrealismo en la literatura. Entre otras razones, porque el surrealismo aboga, precisamente, por la superación dialéctica no sólo de la literatura, sino del arte mismo en tanto actividad separada de la vida. Para el surrealismo, lo que hoy llamamos “arte” debe desaparecer en tanto actividad específica de una categoría social privilegiada (y en tanto mero objeto de consumo para el resto de la sociedad). Y al mismo tiempo, eso que el arte vehicula —la posibilidad de una conciencia pasional, maravillada y transformadora de la realidad—, ha de sumergirse en el territorio de lo cotidiano y de la experiencia común, en el movimiento y en el tejido mismo de nuestra experiencia habitual, de forma que la vida se convirtiera en obra de arte existente. El surrealismo, ya digo, no propone una estética, un modo de escribir ni nada que se le parezca. El surrealismo aspira a asaltar el cielo. Y también por eso lleva aparejada lo que Louis Janover ha llamado “una ética del comportamiento revolucionario”, que resulta difícilmente compatible con las servidumbres que impone la situación de un escritor dentro de esta sociedad. Hoy existe, de hecho, una red de grupos surrealistas diseminada por todo el mundo, y ligada en general a los movimientos sociales de inspiración libertaria. En Madrid hay un interesantísimo grupo surrealista con teóricos de la talla de Eugenio Castro y José Manuel Rojo. Y en el colectivo La llave de los campos, del que soy miembro, hemos hecho una apuesta por trabajar en ese territorio ambiguo que es el espacio de lo cultural… con mil contradicciones que tratamos de resolver poco a poco, sin atenuar en lo más mínimo la vertiente revolucionaria del surrealismo, pero también desde una conciencia —netamente marxista— de la necesidad de las etapas. Me gustaría poder decirte que no soy un escritor en la órbita del surrealismo, sino un surrealista que escribe. Pero respeto demasiado la exigencia que el surrealismo encarna para arrogarme una definición así.
8. El relato se está beneficiando más que otros géneros literarios del auge de Internet. Quizá el que los amantes del cuento se organicen de un modo casi mesiánico y sectario ayuda a esto, divulgándose en red más que por los canales tradicionales de promoción. Por otro lado, las escuelas literarias —y los Talleres Fuentetaja son pioneros al respecto— están muy relacionados con el relato. ¿Hasta qué punto estos elementos serán realmente influyentes en la suerte del relato?
Capto el matiz autoirónico de la pregunta, pero aun así —fíjate— no veo por qué los apasionados del cuento tendríamos que avergonzarnos por ser “mesiánicos” o “sectarios”. Todo el que quiere algo se apuesta entero a ese deseo, y además busca aliados y se organiza. Si no lo hace, no está queriendo algo; está fantaseando que lo quiere, lo que es una cosa completamente distinta. Los banqueros, los que manejan las altas finanzas, los que tienen en su mano verdaderos resortes de poder, se organizan de un modo sectario y mesiánico en clubs, congregaciones religiosas, “cumbres”, etc.; y en la historia española más reciente encontraríamos mil pruebas de ello. En cambio parece que hay algo excesivo o hasta un poco pueril en que la gente de a pie nos organicemos, y si lo hacemos de algún modo, entonces tenemos que mantener un “saludable relativismo” hacia nuestros deseos y nuestras convicciones… relativismo que los Amos, desde luego, no mantienen. En uno de mis cuentos aparecen unos quesos de oveja que afirman que tenemos que ser mejores que nuestros Amos. No sé. Yo juraría que ya somos muy buenos, de verdad. ¿En qué medida la creación de una red de apasionados del cuento en Internet puede influir sobre la suerte de esta práctica de la escritura? Pues precisamente en la medida en que seamos capaces de mantenernos en este muy saludable fanatismo del deseo, en que nos permitamos ser tan mesiánicos y exclusivistas como lo es no cualquier canalla, sino cualquier enamorado.
9. ¿No es una vergüenza el modo en que los suplementos literarios —que en teoría no deberían como las editoriales moverse a golpe de ventas— tratan por lo general al relato corto?
Pues estoy por decirte que no. Los suplementos de cultura obedecen a la lógica del poder y de la economía exactamente igual que las editoriales. Y desde ahí, no veo por qué tendría que sorprendernos el trato que dispensan a una práctica artística que ocupa un diminuto nicho de mercado, y que —además de ello— está muy en los márgenes de esos intrincados juegos de regalías, prestigios e influencias que se reparten dentro de la Institución literaria. Tu pregunta apela muy cuerdamente a una noción de “deber ser”. Pero vivimos en un sistema que se descompone a ojos vista, y que ya representa el negativo fotográfico de lo que una sociedad debería ser. No me parece exactamente una vergüenza, ya te digo... O no me lo parece —que es adonde voy— en mayor medida que otras muchísimas cosas.
10. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
Para mí hay dos aldabonazos que marcan el cambio de rumbo, el inicio de un Nuevo Cuento, y que son el celebradísimo “Velocidad de los jardines”, de Eloy Tizón; y esa formidable bomba de relojería narrativa que es “El aburrimiento, Lester”, de Hipólito G. Navarro, ambos publicados en la década de los 90. El Milenio propiamente dicho está en pañales todavía, y todo apunta a que la erupción del cuento no ha hecho en realidad más que empezar. En esta línea —y aparte de los nombres sobradamente conocidos— está la cuentística rigurosa e inquietante de Manuel Moyano, y los últimos cuentos, llenos de vigor y de sorna, de Iban Zaldua; autores, uno y otro, que a mí me interesan mucho. Hay algunos trabajos con elementos muy apreciables como es el caso de Ignacio Ferrando o Mercedes Cebrián. Y, entre la gente ligeramente más mayor, autores tan sólidos como José María Conget y Alfonso Fernández Burgos. Algunas apuestas muy acertadas de Páginas de Espuma, como Escapa, Sáez de Ibarra o Muñoz (que te sonará). Está el neofantástico puesto a punto por Félix J. Palma; y un libro sencillamente vibrante: “Amor del bueno”, de Víctor García Antón. La editorial Gens va a publicar también, de manera inminente, una Antología de cuentistas todavía prácticamente inéditos —“Parábola de los talentos. Antología de relatos para iniciar un siglo”—, y en la que hay unos cuantos nombres que tienen mucho que aportar... En definitiva: lo que a mí me parece sobresaliente quizá no es tanto este o aquel libro en concreto, sino ese espacio de expresión diferente y esa práctica diferente de la escritura a los que un colectivo de artistas (todavía incluso con escasos vínculos entre nosotros) estamos dando forma. La cultura burguesa nos tiene muy bien amaestrados para percibir “lo sobresaliente” como un fenómeno exclusivamente individual. Pero toda esa cháchara sobre la excelencia y el genio no es en último análisis más que un intento por trasponer al plano del espíritu —por legitimar también ahí— la realidad indecente de unos privilegios de clase. Y lo peor es que es falsa de arriba a abajo. En cada época, de hecho, “lo sobresaliente” sólo es percibido sobre el fondo de otras muchas obras más “discretas” que lo prefiguraban, lo anunciaban, o se diferenciaban radicalmente de ello. En su constitución misma, pues, la figura de lo sobresaliente depende de este fondo para ser percibido y para existir. Y a la inversa: en todo este fondo de obras más “discretas” siempre hallamos momentos francamente sobresalientes… O incluso rasgos que el ideal de excelencia dominante ha opacado, y que otras épocas harán “sobresalir”. La realidad es común. El arte es común, en su génesis y en sus resultados. El artista trabaja mirando trabajar a sus maestros y a sus contemporáneos. Sus logros más “sobresalientes” no caen bajo la lógica de la propiedad privada. Son, más bien, una deuda. No hay artista sin comunidad. Yo diría —lo acabo de decir, de hecho— que el Nuevo Cuento empieza a alcanzar su punto de ignición. Que en este fenómeno, además, la labor partisana de los bloggers está siendo sencillamente admirable. Y al mismo tiempo, que todo puede quedarse muy fácilmente en agua de borrajas, si no conseguimos entender lo que somos, y lo que está vehiculando hoy esta eclosión del cuento. El cuento será un territorio de resistencia cultural o no será. En una sociedad donde lo importante sea sobresalir ten por seguro que siempre van a sobresalir los mismos. Y por eso mantengo la esperanza de que los libros más “sobresalientes” del Nuevo Cuento español sean los que aún están por escribirse: los que —de una forma u otra— vamos a escribir, mano a mano, entre todos.
11. Belvedere retrata en una página el derrumbe de un matrimonio, el derrumbe íntimo, el fin del amor, el paso del tiempo, los hijos como guerreros aniquiladores, y desde un humor delirante y siempre tierno. Coméntanos cuáles son los temas que narrativamente más te interesan, y por qué camino te gustaría investigar en futuros libros de relatos.
Tienes razón: “Belvedere” quiere ser algo así como una estampa “de época”, y sus protagonistas somos nosotros: esta supuesta clase media española de chichinabo, cuya función en el mundo es la de meros telespectadores, meras terminales biológicas en el dispositivo del Consumo, meros turistas de nuestra propia vida. A los protagonistas les rodea, una vez más, lo mismo que nos rodea a nosotros: la violencia desatada del sistema, la destrucción —necesaria a la expansión capitalista— de toda legalidad y de toda normatividad social, el puro sinsentido... Pero allí siguen uno y otra, vegetando en su dúplex, matando el tiempo, “carentes de paciencia y de deseo”, como diría Richard Ford, incapaces de la menor reacción, dejando que su vida se erosione, un día tras otro, tonta e inútilmente. Los protagonistas de “Belvedere”, en fin, son esos mismos objetos articulados —de forma vagamente humana y a los que Otro tiene que dar cuerda— que aparecen en la portada del libro. No ya como artista, sino como ser humano a secas, me interesa —muy de verdad— todo lo que pueda contribuir a que esta narcosis generalizada y esta devastación terminen. Me interesa todo lo que pueda devolvernos la percepción de nuestra propia vida y de nuestra propia potencia. Y me interesa —por decirlo con las palabras del inolvidable antipsiquiatra David Cooper— todo aquello que amorosamente ponga una bomba en el corazón de la muerte.

12. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
Pues en realidad me dediqué a analizar tres de ellos en “El vacío y el centro”. Un microrrelato sin título de Sam Shepard, “El niño al que se le murió el amigo”, de Ana María Matute; y “El álbum”, de Medardo Fraile, que fue —curiosamente— el texto que descubrió el camino del cuento a Hipólito G. Navarro, según él mismo ha contado en alguna ocasión.
13. Mientras dicen adiós es un relato enigmático, con ecos del Godot de Beckett y El desierto de los tártaros de Buzatti. Sin embargo, lo que da la medida del valor de estos relatos es que nunca se aparta la mirada de los hombres, sea cual sea el estilo utilizado, y aunque dos hombres solos se enfrenten a la inmensidad perturbadora de la estepa, palabra clave para nombrar a la literatura. ¿No crees que a veces el relato contemporáneo juega demasiado y mira poco al ser humano, utilizándose el estilo como coartada?
Sí, desde luego. Me he referido antes a ciertas astracanadas pseudovanguardistas que están abriéndose paso en la narrativa actual. Un tipo de ficción supuestamente lúdica y disparatada cortada por el modelo de las teleseries; y que sus autores —como buenos pregoneros a sueldo del discurso del Amo— defienden, sin ningún pudor, como mero entretenimiento. Es decir: hay que entretenerse, hay que olvidarse de lo intolerable de la realidad, hay que darle la espalda al dolor, hay que anestesiar en nosotros hasta el más mínimo pensamiento de resistencia que esa realidad pudiera provocar. Afortunadamente, todos sabemos de sobra que el juego por el juego no es sino otra manera de estar conforme. Como has dicho muy bien: por esta vía perdemos de vista el horizonte de lo humano. Y además es que no hay que confundir nada de esto con el verdadero humor, pues el humor nace de una conciencia en rebeldía, expresa un malestar latente (no lo amortigua), y es una potencia de negación, de desafío y de ruptura.
14. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual que a tu juicio esté infravalorado y otro autor o libro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?
Francamente, cualquier cosa que se diga sobre estos autores “sobrevalorados” contribuye a aumentar su cotización, de manera que no estoy dispuesto a regalarle nada a ese tipo de gente. Y con los “infravalorados” me ocurre algo parecido. Claro que hay autores infravalorados. Pero entonces lo que habría que preguntarse es por quiénes están infravalorados… Y qué valor le concedemos, a su vez, al juicio de estos “infravaloradores”. ¿Qué habría que hacer? ¿Pedirles a los mandarines de la Institución Literaria que revisen sus valoraciones? ¿Y qué hacemos si resulta que no quieren? ¿Nos encerramos a llorar en el baño? Como te decía antes, es importantísimo que tomemos conciencia de que el valor lo creamos nosotros, tú, yo, los lectores y lectoras de esta entrevista, los entusiastas del cuento, los pequeños editores independientes que están en esta pelea, las mujeres y los hombres que hacemos existir el cuento con nuestro esfuerzo, nuestro deseo, nuestra pasión y nuestro compromiso. Nuestro trabajo es la fuente de todo valor. De modo que tranquilo por ese lado: a los infravalorados ya los iremos valorando nosotros. Sin el permiso ni la aprobación de nadie, desde luego. Porque todos nosotros y nosotras somos la última y definitiva autoridad.

14 comentarios:
Frases a vuelapluma:
Estas entrevistas del síndrome van a hacer historia.
Yo, me da verguenza decirlo, no supe contestar a ese "¿de dónde viene el dinero?" que Ángel nos preguntó una tarde revolucionaria.
Me he emocionado, sobre todo al final.
Eres un joputa, Miguel Ángel: hay que ver qué mirada tienes para leer y captar la esencia de los libros de cuentos.
He oído algunas "lamentables" opiniones sobre este libro, muy pocas, afortunadamente (o me lo parecen a mí, al menos) diciendo que hay veces que el autor va a la deriva, sin saber lo que cuenta. O lo que es lo mismo: gente que no ha entendido un pijo del libro. Me han venido a la cabeza, y me he vuelto a cabrear. Cada uno tiene sus gustos, pero bueno está lo bueno.
Me voy a guardar la entrevista en word pa que no se pierda.
Y no tengo nada más que decir. :-)
Ángel Zapata es un genio, creo que todas las entrevistas del sindrome como dice el comparsa M son geniales pero no sólo eso sino que encima Zapata es un escritor que da un vigor a las palabras bellísimo.
Un escritor de ahora mismo que habla de compromiso, del amo, de Marx con esa capacidad profunda de razonar y mostrar cosas es alguien al que sólo puedo saludar como hermano mayor. Este Zapata es un escritor necesario, sin duda, un creador y meditador extraordinario.
Ummm, qué maravilla; aún no he leido el libro de Zapata, pero me servirá antes de leerlo; es impagable tu labor, Miguel Angel; Zapata me es muy cercano por muchas cosas, pero, sobre todo, por su labor didáctica con alguien muy cercano a mí; sus libros de teoría, sus explicaciones en vivo, son una maravilla. Gracias, Miguel Angel.
Vine a hacerte una visita y he visto esta entrevista a Angel Zapata. He de volver para leerla (en este momento estoy apurada de tiempo). Angel fue profesor mío en el taller Fuentetaja hace unos años y lo recuerdo con afecto y admiración. Hasta pronto.
Antes de nada felicitar a Angel Zapata por la valentía y claridad de sus palabras en esta entrevista, y a Miguel Angel Muñoz por llevara a cabo, por verla, por publicarla.
He leído y releído la entrevista, y me parece un texto fundacional, realista, socavador, bello. Fundacional porque se atreve a liberar y liderar algo vivo en torno al cuento y a las personas que amamos el cuento. Realista porque circunscribe la resistencia en torno a un género periférico, marginal, aún no del todo tomado por las leyes del mercado. Socavador porque pone en tela de juicio, sin ningún disimulo ni complejo, el supuesto poder del PODER, com dice al final "Porque todos nosotros y nosotras somos la última y definitiva autoridad."
Y bello porque abre un espacio, una oportunidad, una esperanza. Parafraseando a Tiqqun, es hora de avandonar las filas, ahora.
Enhorabuena y gracias a los dos. Besos.
Estimado Ángel Zapata:
Es usted un subversivo que no deja escapar ni una sola oportunidad sin ponerlo todo patas arriba y hacer trasnochar insomnemente a sus más fervientes admiradores.
No se si le contenta saber que una vez leido su libro y su entrevista publicada en "Sindrome Chéjov" ya no queda sino, otra vez sr. Zapata, salir a las calles, aún con el pijama puesto, (que son la una y mañana a ver quien se levanta a las seis), para espantar a las palomas de las plazas respetables que zurean satisfechas, y con antorchas iluminar esas viejas estatuas de generales obesos, y romper folios, y esparcirlos como ese confeti de las revoluciones que no se dejan nada sobre la espalda, y correr , eso sí sr. Zapata, leyendo su entrevista nos hace usted saltar hacia los puentes, hacia los bosques, y hacia esas estepas que, muy habilmente, ha dispuesto para recorrerlas en locomotora.
Sí señor Zapata, ya no le pedimos que nos avise de que ¡eso quema!, eso era antes y tampoco nos hacía el menor caso, lo que le decimos ahora es que al menos nos de un remedio eficaz para poder descansar cuando usted (con sus agitados comentarios) prende una antorcha y nos la clava en la conciencia, como un imperdible al rojo vivo, para no dejarnos conciliar el sueño en toda la noche.
El camarada Sr Gruta le admira con verdadero fervor.
Felicidades por la entrevista, que una vez más demuestra tu talento como lector y crítico, y por la reseña que apareció el sábado 11 en Babelia. Merecido lo tienes, desde luego. Un saludo.
"Parábola de los talentos. Antología de relatos para iniciar un siglo”. Allí estaremos algunos de los que paramos por aquí. Es un lujo y un honor que Àngel cite la antología.
Por cierto, Miguel Ángel, te vi el sábado en Babelia (y no es fácil). Enhorabuena.
Me encanta Zapata.
Egoistamente...
Porque es un alivio asentir a lo que él dice y, aunque sea por un rato, desncasar los brazos de tanto ir por la vida defenestrando cretinismos rancios.
Gracias, querido Ángel.
A ver si partimos un poco la pana con la "parábola" y les damos en los morros a algunos. Eso sí, por el título, es muy probable que nos caiga alguna que otra ostia. Los hay que buscarán una brecha insignificante para empezar a morder, pero que hablen, que hablen...
Es que se me cae la baba de bruces al chocar contra tanta cultura causal que ya no se si estoy en la capa salva-seca-y-suave de las compresas o en el circo de las pulgas con forma de gusano.
Coño, hijos mijos!. Cuanta baba y cuanta muleta.
He vuelto a leer el comentario de Zapata. Confieso una gran debilidad por las entrevistas, por las buenas entrevistas, y esta lo es. No tiene desperdicio, se percibe la conexión entre entrevistador y entrevistado, y esa buena química se trasluce en la fluidez y la profundidad. Debería publicarse más este tipo de entrevistas, hay gente interesante cuyos pensamientos no podemos conocer y este blog está consiguiendo unir a gente que, como yo, está hambrienta de experiencias así. Enhorabuena, Miguel Ángel.
Supongo que ya te habrán llegado noticias, pero para navegantes, por si acaso, en Literaturas.com acaba de publicarse una nueva y alimenticia entrevista a este lúcido militante del cuento.
http://www.literaturas.com/v010/index0702revista.asp
(pulsar en "entrevistas" y después buscar).
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