jueves, 23 de noviembre de 2006

El ocaso de los superhéroes - Deborah Eisenberg.

Que una nueva editorial, Leqtor, se presente al mercado con un libro de cuentos no puede sino ser saludado, bendecido y objeto de brindis. Que además presenten el libro de una autora norteamericana nunca editada en España, doble motivo de riesgo y de alabanza. No sabemos si la línea editorial de Leqtor se centrará en los libros de relatos, pero esta presentación parece una declaración de intenciones, o al menos así la tomaremos.
Deborah Eisenberg (Chicago, 1945), ha publicado además de éste otros tres libros de cuentos. Ya he escrito aquí últimamente sobre la sensación de repetición y monotonía que provocan algunos nuevos cuentistas americanos. Quizás no sea sino un síntoma mal diagnosticado sobre una tradición que parece empantanada, a la vez que convulsa dentro de sí misma, es decir, creativa, en búsqueda. Deborah Eisenberg ha encontrado un territorio intermedio, interesante y nuevo. Eisenberg ha entendido que nuestro mundo ha traspasado una nueva frontera -la frontera apocalíptica y dominada por el miedo que Delillo reflejaba en Ruido de fondo (y anuncio que ya está en librerías, corred a comprarla)- y que el cuento norteamericano no había dado razón de ella. Foster Wallace o Pahlaniuk lo están haciendo desde sus propios y radicales presupuestos estéticos, quieren dar categoría literaria al brumoso mundo inconsciente que nos domina, pero la escuela de narrativa clásica se había descolgado de este mundo de sombras y atentados masivos. De alguna manera, la sociedad norteamericana, acostumbrada a que su país no sea ultrajado por la violencia extranjera o terrorista, está sufriendo una convulsión mayor que el resto de países donde esto lleva siglos ocurriendo. Y las historias suburbiales y de parejas agotadas, ese mundo que de un modo generalizador representa las historias de Cheever y Carver, se ha venido abajo, ha recibido el impulso destructor de un elemento nuevo que está en la realidad y que sólo era cuestión de tiempo que pasara a las páginas de sus relatos. Así, pocas veces la cubierta de un libro define tan bien su contenido: una imagen de un barrio típico norteamericano sobre el que se posan las sombras terroríficas e inexistentes de las Torres Gemelas, como reflejando una aniquilación de conciencias, un amedrentamiento generalizado, una paranoia invencible. Esa fotografía también define una literatura a la que la realidad ha cambiado bruscamente de rumbo.
Así, Eisenberg parte de presupuestos realistas, pero juega con la narración para perturbarnos el ánimo.

Miles de millones de intensas y plenas vidas humanas sobre la Tierra, entre ellas las de Nana, que se van desvaneciendo. Sin dejar otra cosas que inescrutables montoncitos de basura conmemorativa.

Desde el realismo, hacia otro lado. Eisenberg indaga en los resquicios narrativos que el realismo concede para, sin llegar a la crónica, bucear en este mundo inseguro a través de historias que son familiares -otra vez la familia- pero que están tocadas por una brusquedad viva, una especie de indagación en todos los gestos con los que el presente se corporeiza en las actitudes de sus personajes.

El libro está compuesto de seis relatos, que oscilan entre una perspectiva más clásica del relato y otros que se adhieren a una búsqueda plena y emocionante. La extensión de los mismos -relatos largos, sobre las 30 páginas, un subgénero dentro del relato que tanto se echa de menos en España, donde los relatos siempre se ajustan a la extensión permitida en los concursos literarios- permite a la escritora bucear en sus personajes, reflejarlos, ahuyentarlos de la estampa, aunque no siempre los resultados sean logrados.



El ocaso de los superhéroes: Un relato maestro, en el que a través de un hábil juego de historias cruzadas Eisenberg se planta como espectadora privilegiada en un balcón frente a las Torres ausentes para reflejar una sensación de pérdida, incertidumbres: Uno/dos. On/off. El avión se estrella/no se estrella, y cambio, y al tiempo nos lanza un mensaje trascendente sobre los débiles pasos del hombre sobre la tierra, sobre la permanencia, únicamente, del olvido como material evolutivo. Es la historia de una epopeya frágil que nos concierne a todos.


Mientras las sirenas aullaban, Lucien había ido hacia la marea de gente aturdida y tiznada de humo, adentrándose en la caldera rugiente, y cuando por fin llegó al cordón policial, con los pies ya doloridos, estuvo vagando por allí durante horas en busca del sobrino de Charlie, mezclado entre todas las otras personas que estaban buscando a familiares, amigos, amantes.


Un Otto diferente, y mejor: Una portentosa historia familiar. Resume en 40 páginas el espíritu de una novela como Las correcciones, con una intensidad de la que aquella carecía.


Te guste o no: Desde Henry James, pasando por Cheever, los norteamericanos han tenido gran empeño en escribir sus relatos europeos, concretamente italianos -Venecia, Roma, los únicos relatos de Cheever que no soporto- y tampoco aquí la historia de estas aventuras italianas carece de ese toque turístico tan difícil de repudiar para estos autores. De todos modos, este relato tiene un detalle muy interesante: el personaje va descubriendo un mundo distinto a sus ojos, y quiere hacerlo con morosidad, y esa lentitud y sorpresa continua está trasladada al lector a través del uso inteligente de los puntos suspensivos, para contagiarnos del descubrimiento del personaje.


Blair siempre se había empeñado en ponerle patas arriba y sacudirle, como si de sus bolsillos pudieran caer problemas ocultos igual que calderilla.


Ventana: Un relato que, desde la sensibilidad femenina -lo que se trasluce muy bien en la delicadeza con que muestra al niño, con un detallismo para reflejar su conducta muy lejano del mundo masculino, más brusco y abstracto- es un ejemplo perfecto del mecanismo dominador en que se ve envuelta la mujer maltratada. El incipiente círculo del amor-odio-agresión encuentra aquí una solución interesante, aunque quizás poco verosímil.

Y miraba a Noah entretenido con los bloques o con sus lápices de colores. Jugar, se llamaba eso: la profunda y dulce concentración, el esfuerzo imponente por familiarizarse con las cosas del mundo.


La venganza de los dinosaurios: Uno de mis preferidos de la colección. Un estremecedor alegato en contra del olvido contando desde la cotidianeidad de una enferma de alzheimer que pasa sus horas "encantada" con las imágenes catastróficas que la televisión le entrega.


Las cosas ocurrían siempre de forma repentina y contundente en el televisor. Otro edificio, sin ir más lejos, estaba siendo destrozado mientras mirábamos, contemplándolo desde uno adyacente todavía más alto.


Un defecto de diseño: Socarrona, ejemplar, divertida, tierna y al tiempo malvada, con la perversión que Cheever aplicaba en su mirada sobre las miserias de la "American beauty" familiar estadounidense, todo este relato se justifica por su inteligente utilización del punto de vista. Un relato que habla del amor paterno-filial, pero también de las miserias del mundo y del sentimiento de culpabilidad occidental -de la culpabilidad occidental, en definitiva- frente a la situación del tercer mundo. Inteligentísimo y necesitado de más de una lectura para oir todos sus ecos.


-(...) Tienes que recordar que no puedes arreglar tú solo todos los problemas del mundo. Francamente, cariño, nadie te ha nombrado rey del planeta.

-Cada vez que tomo aire es como un robo -dice.


En la escritura de Eisenberg se aprecia una salida -el tiempo lo dirá- al atasco de cierta narrativa estadounidense, que quizás sólo sea una apreciación particular y equivocada de algunos de los que miramos esa literatura pensando que puede ser capaz de reinventarse a cada instante.


Blog de la editorial dedicado al libro.
Entrevista en El país.
Rodrigo Fresán sobre el libro.