Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es un escritor intenso, prolífico, arriesgado, versátil, polígrafo y un gran cuentista, un buceador de estilos que entiende la literatura como un compromiso básico entre el autor y su lector en el que todo está permitido. En su último libro de relatos, Alumbramiento, vuelve a contarnos historias de parejas, a disparar microcuentos que nos alcanzan a la primera, a inventar paradojas que parten de la literatura clásica, de los mitos, pero que en su voz suenan con la cercanía de lo dicho ahora mismo, para nosotros, en el mismo tiempo.

1. Acabas de publicar un nuevo libro de relatos: Alumbramiento (Editorial Páginas de Espuma). Desde el año 98, en que publicaste Métodos de la noche, tu primer libro de poesía, son ya doce tus libros publicados, entre ellos tres novelas y, con Alumbramiento, tres libros de relatos. ¿Qué lugar ocupa o va ocupando el cuento en tu variada obra narrativa?
Un lugar casi edípico, me temo. Completamente al margen de lo que te paguen o del interés público que se le preste al género, para mí trabajar en una serie de cuentos es tan importante como trabajar en la mayor de las novelas, no puedo dejar de hacerlo y soy feliz viviendo entre cuentos. Yo aprendí a escribir escribiendo cuentos, empecé siendo niño, con diez u once años. Me gustaba contar, me gustaba imaginarme cosas que no me habían sucedido o que le habían sucedido a otros, y me gustaba mentir sólo por ver cómo sonaban las historias que contaba. Lo que descubrí más tarde, alborozado, es que esas historias inventadas me ayudaban a entender un poco mejor quién podía ser yo, o quién no era. Me parece que el cuento es insoslayable porque tiene algo de eso: nos conecta con nuestros primeros aprendizajes, que nos llegan en forma de historias breves. Tal vez ahí radique su fuerza, una fuerza yo diría que antropológica. Y también, cabe añadir, por esa misma razón se trata de un género siempre necesitado de experimentos, de renovaciones constantes, porque a veces tiende a la inmovilidad formal debido a ese mismo sustrato primitivo. En cuanto al cuento moderno, creo que Poe (o Cortázar) hicieron muchísimo por el género, pero ya iría siendo hora, con mi mayor respeto y admiración, de buscar otros caminos. En eso la poesía siempre lo ha tenido claro: aparentemente es eterna y esencial (o eso creen algunos), pero en realidad la historia ha pasado por ella de una manera vertiginosa, transformando sus voces y sus estéticas con naturalidad. Me gusta pensar que el cuento, ese primo saltarín de la poesía, es capaz de hacer lo mismo.
2. Con la editorial Páginas de Espuma has colaborado desde su comienzo, llevando adelante la coordinación de la indispensable antología en cuatro tomos del cuento hispánico, Pequeñas resistencias. ¿La edición en esta editorial de tus cuentos era un paso lógico que había que dar en algún momento?
Supongo que sí, aunque cuando empecé a colaborar con Páginas de Espuma no pensé que eso sucedería. Pero trabajar con la editorial espumera y con Juan Casamayor me permitió conocer una manera distinta de entender el arte de la edición, una manera que consiste en tratar de abrir un tajo en el monoteísmo novelístico que profesa el 99% de los editores, en intentar hacerse un hueco en las librerías evitando redundar una y otra vez en la misma estrategia. Y a la vista están sus resultados: un catálogo precioso, un conjunto de voces nuevas o rescatadas, y un crecimiento lento pero constante. Así que llegó un momento en el que, por coherencia, pensé que si de algún modo me consideraba un defensor del cuento, un apasionado del género, lo lógico era sumarme al proyecto de una editorial independiente, pequeña e insurgente como Páginas de Espuma. Y diría más: sospecho que el futuro editorial del cuento (quiero decir su supervivencia en la jungla librera, no el destino de su escritura misma, que está garantizado) en gran medida dependerá de la labor de editoriales como esta, o como Thule o Menoscuarto, que hacen del cuento la razón de su catálogo, y no una periferia molesta, un simple compás de espera o una especie de migaja. Y de nuevo me remito a la poesía: si su lugar es reducido pero absolutamente inamovible, es porque cuenta con sus cauces naturales y sus editoriales monográficas.
3. Tus tres libros de relatos exhiben un coqueteo indecente -es decir, muy sano- con todo tipo de juego literario, con cualquier propuesta narrativa que incluya la paradoja, la sorpresa, la emoción desde la sonrisa, la complicidad con el lector incluso al acercarle a otros escritores a los que homenajeas en tus historias. ¿Cómo de importante es para ti el deslumbramiento a la hora de abordar un relato?
Más que un objetivo a priori (eso se llamaría efectismo), siento que el deslumbramiento es un resultado simultáneo a la escritura, un pequeño y dichoso descubrimiento que puede suceder o no. Cuando escribo un cuento, es como si algo travieso y atrevido se activara en mí. En ese sentido, creo más en el cuento como búsqueda incierta que como diseño de ingeniería o relojería. Los relatos redondos, eficaces y perfectos están muy bien, han dado y darán excelentes resultados, pero a mí ahora mismo me interesan casi más los cuentos que (por decirlo con Rubén Darío) persiguen una forma. Eso sí: una forma cuyo objetivo no sea tan sólo una «innovación técnica», sino sobre todo una experiencia en mi opinión suprema: la emoción, la epifanía mínima que te deja deseando melancólicamente un poco más.

4. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
Si esta pregunta incomoda a casi todos los escritores, sospecho que se debe a una razón sencilla: en realidad nadie sabe a quién se parece, o al menos no puede decidir sin más cuáles son sus modelos. La relación entre nuestros autores favoritos y los textos que escribimos me parece más compleja que eso. Uno puede pasarse la vida tratando de imitar en vano a alguien, o descubrir un día que se parece a su autor más odiado. Gil de Biedma dijo alguna vez que las influencias no hay que buscarlas, sino merecerlas, y a mí me parecen palabras muy sabias. Eso, dicho como escritor. Ahora bien, como lector hedonista, ahí no tengo dudas: primero me enamoré de los fantasmas inevitables, de Poe, Cortázar, Borges. Después pasé una época de devoción por Kafka y su correlato castellano: Virgilio Piñera. También tengo mucha admiración por los cuentistas que invaden de poesía sus relatos, como Arreola o Lispector. Dentro de la rica (aunque últimamente reiterativa) tradición norteamericana, me gusta mucho Carver, pero aun más me emocionan Cheever o Flannery O’Connor. Por último, me gustaría mencionar a mis queridos experimentadores del cuento, como Buzzati, Felisberto Hernández, Queneau o Manganelli, que cuestionaron los límites del género por puro amor a él. Podría seguir con muchos otros nombres, pero temo aburrir a alguien.
5. El título de tu primer libro, El que espera, tenía evidentes raíces cortazarianas, y los relatos de ese volumen, entre otras propuestas, se anudaban a los hallazgos del gran Mago. El título de tu último libro, Alumbramiento, más allá de ser el de uno de sus cuentos, ¿nos habla de la llegada para ti de un nuevo tiempo?
Es posible, ojalá, uno nunca puede estar seguro. Y hasta diría que no debe nunca estar demasiado seguro de adónde va. Siempre tengo presente lo que dijo Valéry (¡el supuestamente cartesiano Valéry!) respecto a los propósitos literarios: si un autor sabe muy bien qué quiere hacer, esa certeza le empañará la visión de lo que está haciendo. Joder con Valéry. Hoy a eso le llamarían inteligencia emocional. Pero en fin, con todas las cautelas y errores posibles, me gustaría suponer que sí, que Alumbramiento se llama así por tres motivos: por el título del primer cuento, que narra el parto (simbólico) de un hombre engendrando otra clase de hombre; por lo que todo cuento tiene de acto de luz pequeña y milagrosa; y porque a lo mejor, si no ando muy descaminado, en este libro he intentado hacer cosas con el cuento a las que antes no me atrevía. Yo qué sé. ¡Cómo me gustaría retractarme mañana!
6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
Ay, ay. Citaría de buena a gana al señor Bartleby, pero me temo que ya está muy visto como excusa. Veamos: elegiré un cuento que, más que parecerme especialmente bueno o meritorio, esconde una historia paralela que quizá sea divertido contar. Hace seis o siete años, me asaltó un sueño (suelo soñar bastante lo que escribo, o al revés) que en los meses siguientes se me repitió de manera obsesiva: iba yo caminando por la calle, una calle caprichosamente parecida a la avenida Belgrano en Buenos Aires, cuando de repente veo que un señor muy alto, se diría que con zancos, extrae de un maletín un bebé, luego otro bebé, finalmente un tercero, y comienza a hacer insólitos malabarismos con ellos. Viéndolo manipular a aquellas criaturas, que parecían dormir en el aire, yo sentía pánico y temía que en algún pase de manos se le fueran al suelo. Al cabo de un rato, el tráfico se detiene poco a poco, y de los vehículos van saliendo toda clase de personas disfrazadas que se lanzan y se intercambian sus bebés, o bien reciben entre sus brazos a alguno de los que vuelan de un extremo a otro de la calle sin caer nunca al suelo. Empieza a sonar una música, una música como de banda de pueblo, y de pronto toda la avenida se convierte en un gran pasacalles, en una especie de desfile fellinesco. La música se hace atronadora, y yo me pregunto qué demonios hago allí. Entonces, en algún momento de esa visión, yo me despertaba sobresaltado y confundido. Intenté muchas veces escribir esa visión, y siempre en vano: eran básicamente imágenes, casi más un dibujo animado que un relato, y fracasaba siempre a la hora de contarlo o de dar con el punto de vista. Tres o cuatro años después, una tarde cualquiera, tuve una discusión con quien por entonces era mi pareja. Ella quería, digamos, que nuestra relación se hiciera más formal, y yo por entonces me resistía, porque me sentía demasiado joven y aún ni tan siquiera vivía solo. Como es natural, ninguno de los dos llevaba razón: simplemente no necesitábamos lo mismo. Justo después de ese altercado, me senté frente al ordenador de la casa de mi novia y empecé a escribir. En la primera línea escribí el nombre de ella, y empecé a narrar su salida airada a la calle, la misma que yo acababa de presenciar. Entonces, no sé cómo, sin proponérmelo empecé a contar aquel sueño que no había sabido escribir. Y todo fluyó, sencillo. Y, al narrar la historia desde la perspectiva de ella, de pronto me resultó más claro el posible sentido de mi sueño: aquel trasiego de bebés ajenos se parecía mucho a una laguna conyugal, a una especie de esterilidad simbólica. Como si todo el mundo tuviera su familia, menos nosotros. Ella, mi novia de aquel tiempo, se sentía más cerca de ser madre que por entonces yo de ser padre, y había algo de envidia en la manera en que ella contemplaba a otras parejas más serias, y había algo de culpa o de miedo en la forma en que yo lo hacía. Entonces, pensando en estas cosas que nos afectaban a ambos, me llegó el título del cuento: Yerma. Ese cuento fue incluido, un año y medio más tarde, en el libro El último minuto. Y lo más curioso es que se publicó exactamente al mismo tiempo en que los dos nos separamos. El tiempo da unas vueltas muy pícaras: ahora mismo ese libro no existe (está agotado), y me consta que ambos somos felices junto a otras personas. Que yo recuerde, no he vuelto nunca más a soñar ese sueño.

7. Todos tus libros de cuentos incluyen algún tipo de apéndice teórico sobre el arte del relato. ¿Es la teoría del cuento una estructura cerrada, que condiciona demasiado a los autores, o piensas que hay todavía nuevas formas de relato por investigar?
¿Y cómo no van a quedar formas por investigar? Por supuesto que sí. Se puede, y hasta diría que debemos, repensar las formas de escritura. Si no, el cuento estaría muerto o sería tan sólo un ejercicio de emulación. En cuanto a los pequeños apéndices teóricos que acostumbro incluir al final de mis libros de cuentos (como si fueran un bonus track optativo después del libro), quisiera aclarar que son una teoría a posteriori, y no un programa estético a priori. Son reflexiones subjetivas que han surgido durante o después de la redacción de los cuentos, un breve inventario de los asombros causados por la propia escritura. No pretendo que sea ninguna receta para los demás, ni un repertorio cerrado, ni nada de eso. Al contrario: algunas de las ideas propuestas tienden a desmentir la idea del cuento clásico, otras dialogan con ella de manera dialéctica, otras la reformulan o la matizan, y así. Para mí teoría y práctica forman parte de lo mismo, y en esto le doy la razón a Ángel Zapata, que sé que opina igual. Para mí la teoría es un acto de lenguaje como cualquier otro, el tanteo de un punto de vista, una forma de reflexión que enriquece la práctica y viceversa. Y no entiendo muy bien que algunos escritores subestimen orgullosamente la teoría, como si desentenderse de la mitad del conocimiento fuese un mérito artístico. Aunque allá cada cual, por supuesto, y están en su absoluto derecho. A mí siempre me han seducido los autores que reflexionan y escriben ficción, y ambas actividades se influyen mutuamente. Por así decirlo, me interesan más Goethe, Borges o Novalis como modelos de escritor–investigador, que por ejemplo Lorca o García Márquez, a quienes por cierto admiro.
8. Destacaría de tu último libro la parte central, Miniaturas, que contiene relatos tan espléndidos como Novela de terror : "Me desperté recién afeitado", o mis preferidos del libro: Los prisioneros y La pareja. En esta sección prosigues con tu cultivo del microrrelato. ¿Qué tiene de especial esta forma literaria para ti? ¿Cómo evitar sus numerosos peligros?
¿Qué tienen de especial los microrrelatos? No lo sé bien, pero desde luego creo que su reducida extensión, no. Eso me parece anecdótico, o digamos que más bien la consecuencia de su particularidad lingüística. Lo decisivo quizá sea su estructura parcial, el escorzo radical que piden, la necesaria ruptura de un molde armónico, completo o progresivo. La economía de un microrrelato es tan brutal, su fragmentariedad parece tan definitiva, que lo encuentro un terreno especialmente propicio para los experimentos de los que hablábamos antes. ¿Cuáles son sus peligros? Los mismos en los que, supongo, todos hemos caído fatalmente alguna vez: la tentación del chiste, la resolución sólo ingeniosa, la vuelta de tuerca forzada, la sorpresa ortopédica. ¿Cómo evitar esos peligros? El único método que se me ocurre es tirar a la basura la mitad de los microrrelatos que uno escriba, y cruzar los dedos. En Alumbramiento, por ejemplo, esa parte central que mencionas contenía unas 30 o 35 miniaturas. Finalmente se publicaron 17. Al principio intenté dejar un número redondo, pero después me convencí de que eso era un fetichismo deshonesto: si los que me convencían (a mí y a mis sufridos consejeros) eran 17, pues esos eran los que merecían sobrevivir, cuadrase o no cuadrase la numerología. Siempre es difícil eludir la cómoda seguridad de la simetría, ¿no? Supongo que ese es otro error que muchos tendemos a cometer.
9. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
Mencionaré a todos aquellos que se me vengan de inmediato a la cabeza, pidiendo disculpas por las inevitables omisiones: entre los españoles, disfruté muchísimo de Parpadeos de Eloy Tizón, La isla de los antropólogos de Iban Zaldua, La novia parapente de Cristina Grande (una narradora poco conocida e impecable), Las buenas intenciones y otros cuentos de Ángel Zapata, En jaque de Berta Marsé (un buen primer libro de cuentos, a pesar de la exhibición de su apellido que se ha empeñado en hacer su talentosa autora), Los girasoles ciegos de Alberto Méndez (si es que los suyos son cuentos, en fin, da igual), El corazón de los aviones de Txani Rodríguez (una grata sorpresa), Ajuar funerario de Fernando Iwasaki (¡microcuentos de género!), La noche del Skylab de Juan Bonilla, Cuentos de X, Y y Z de F.M., Museo de la soledad de Carlos Castán, Amigos y fantasmas de Mercedes Abad, Cosas que ya no existen de Cristina Fernández Cubas, los cuentos reunidos de Hipólito G. Navarro o la edición de los cuentos completos de Medardo Fraile (que es un eterno y joven descubrimiento). Entre los cuentistas latinoamericanos, recuerdo que me gustaron especialmente Llamadas telefónicas de Bolaño, una antología de cuentos de Sergio Pitol, Historia argentina de Fresán (aunque en realidad se publicó a finales del siglo pasado, qué más da), Playa quemada de Gustavo Nielsen (ídem), Infierno grande de Guillermo Martínez (más ídem), Una pena extraordinaria de Martín Kohan (esto ya es abusar del ídem), La solución parcial de Marcelo Cohen (qué tipo más inteligente, coño), los microcuentos de Ana María Shúa, algunos relatos extraños de Mario Bellatin, cualquier libro de Raúl Brasca o cualquiera de Fogwill. Entre las traducciones recientes, destacaría Juegos de azar de Mrozek, la reedición–hallazgo de Ring Lardner, algunos cuentos (no todos, sólo algunos) de Lorrie Moore, algo de Richard Ford (no me acuerdo qué), la afortunada reedición de Buzzati, y otros que recordaré estúpidamente en cuanto le dé a “Enviar” en el correo electrónico.
10. En tus libros de relatos la tradición sudamericana tiene una presencia palpable y fortísima, no así la anglosajona, que tantos adeptos tiene entre los cuentistas jóvenes. ¿Qué opinas de ambas tradiciones?
De la sudamericana, opino que ni siquiera es una tradición: no sólo porque Sudamérica engloba a países muy distintos (que desde Europa solemos contemplar erróneamente como si fueran provincias de una misma nación) y a autores muy diversos (en Perú: Ribeyro, en Argentina: Arlt, en Colombia: García Márquez, en Venezuela: Uslar Pietri o Balza, en Chile: Donoso, etcétera), no sólo por eso, sino porque además a mí me gustan mucho autores caribeños o centroamericanos como Arreola o Piñera. Me parece imposible considerarlos miembros de una misma tradición. Aunque tampoco estoy seguro de qué es una tradición. Quizás no sea más que una traslación mecánica de las fronteras geopolíticas, en la que todos caemos más a menudo de lo razonable. Dicho esto, sí: he leído y aprendido mucho de todos esos autores que han nacido o vivido en lo que llamamos Latinoamérica. Es una inclinación personal, y no sé si una manera de mantenerme en contacto con mi infancia argentina, puede. En cuanto a la cuentística norteamericana, aunque quizá no sea tan proclive a mirarme en ella como hoy suele ser habitual, lo cierto es que muchos de sus autores se cuentan entre mis favoritos: como O’ Connor (maravillosa), McCullers (lo mismo), Hemingway (pero menos), Caldwell (¿cuándo van a editarlo en España?), Lardner, Carver, Cheever, Auster… Como ves, casi todos terminan en “er”: ¿será otra tradición? Por lo demás, tengo la sensación de que algún relato de Alumbramiento sí tiene que ver con la atmósfera de conflicto mudo de Carver o con los ambientes de Cheever: por ejemplo Una raya en la arena o Dos hombres pasajeros. O no.
11. Novelas, poesía, aforismos -recomiendo desde aquí uno de tus libros que prefiero, El equilibrista- y relatos. Y dentro de los relatos, unos más o menos tradicionales, microrrelatos, relatos metaliterarios. ¿Puede escribir Andrés Neuman sin hacer de la curiosidad formal y la variedad continua elemento fundacional de su obra?
Por el momento, parecería que no. (Qué alivio contestar en una línea.)
12. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
Uf, serían tantos… Pongamos que con determinados cuentos de cualquiera de los autores ya mencionados. Pero en fin, no me resisto a meter en este lío a Eloy Tizón, porque tengo muy fresca la lectura de su último libro: cuando leí El mercurio de los termómetros, sentí que algo le sucedía a la sintaxis de mis emociones.

13. El estado del relato en España. ¿Cuál es tu percepción de la situación? ¿Qué futuro vislumbras para él? ¿Qué debería cambiar para que todo cambiase?
Pienso que lo paradójico es que, pese a la relativa carencia de espacios propios, el cuento español actual goza de una salud eufórica. Hay decenas de cuentistas vivos excelentes: además de todos los autores citados anteriormente, podríamos mencionar a Merino, Mateo Díez, Monzó, Rivas, Félix J. Palma, Martínez de Pisón, Care Santos, Manuel Moyano, Benítez Reyes, Gonzalo Calcedo…, por fortuna la lista es larga. Pero es que además creo que la tradición del cuento español contemporáneo (aunque quizá no sea tan espectacular como la peruana o la argentina) arrastra un complejo injusto, porque es mucho mejor de lo que creemos: desde Aldecoa a Zúñiga, pasando por Fraile, Aub o Ana María Matute. En cuanto al panorama editorial, ya he apuntado antes que para mí una parte del problema consiste en que no hay suficientes editoriales de cuento, o realmente dedicadas a él. Por último, un grave problema añadido es que el cuento es el único género que no cuenta con una crítica especializada. A casi ningún crítico de novela se le ocurriría ponerse a reseñar libros de poemas o un ensayo, igual que ningún crítico de cine se pone a criticar así como así obras de teatro. Sin embargo, en cuanto le llega el turno al cuento, el libro le cae a cualquiera. Y ese crítico podrá quizá ser erudito, culto y leído, pero las más de las veces también será alguien que no pase del Cortázar de su juventud o de los clásicos arquetípicos. Lo normal, entonces, es que ese crítico se pierda entre los libros de cuentos más contemporáneos o innovadores. En términos generales, lo que más me molesta es que no se valore el cuento por sí mismo. Como si, en lugar de un resultado literario pleno, el cuento tuviera que ser un paso previo para otra cosa, una especie de gimnasio o de antesala. Y en este malentendido no sólo caen algunos editores, sino también la prensa e incluso muchos críticos inteligentes en otros menesteres.
14. Alumbramiento se cierra con dos dodecálogos sobre el cuento -uno de ellos es una corrección del incluido en El último minuto, libro que por cierto va a reeditar Páginas de Espuma-. ¿Podrías elegir alguno de tus propios puntos que ejemplifique uno de los aspectos, a tu parecer y en la práctica, más difíciles del arte del cuento?
Quizá subrayaría este, que plantea una cuestión en apariencia trivial: «El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación». Un cuento es un espacio tan extremo en sus límites, tan crítico, que la puntuación se me antoja una clave invisible pero fundamental. Un cuento se lee normalmente de una sentada, vale decir en un mismo estado de respiración. Y decidir cómo respirará el lector, cómo administrará el aire mientras lea, me parece algo fascinante y una responsabilidad casi aterradora.
15. Como coordinador de la tetralogía Pequeñas resistencias en Páginas de Espuma, sobre el cuento en lengua española, tu posición es privilegiada para opinar sobre las corrientes, los temas, las tendencias que pueden percibirse una vez acabado ese trabajo. ¿Puedes darnos una visión general de esas Pequeñas resistencias?
Uf, aquí la respuesta sería tan, tan extensa, que elijo hacerme el sueco y remitir al paciente lector al prólogo y las poéticas personales del primer tomo español, y al interesante prólogo colectivo del tercer tomo sudamericano. ¿Cuela?
16. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?
Presupongo que, al decir infra o sobrevalorados, nos estamos refiriendo a la cantidad de público y/o atención crítica con la que cuentan determinados autores, ¿correcto? Siendo así, infravalorados estarían a mi gusto, por ejemplo, escritores españoles como Justo Navarro (sin duda una de las voces más hipnóticas de la literatura española contemporánea), Ana María Matute (a la que hoy en día todos respetan una barbaridad, pero a la que pocos han leído con atención) o Medardo Fraile (su aportación histórica a la cuentística española de medio siglo fue tan avanzada, que la pobre historia todavía no se ha dado cuenta: ¡qué anticuados y castizos suenan todos sus contemporáneos a su lado!) Sobrevalorados, aunque sin duda me parecen buenos escritores, quizás estén por ejemplo Delibes (con todos mis respetos), el celebérrimo Paul Auster (que desde luego me gusta, pero que es un narrador de trucos, y de trucos reiterados) o Lobo Antunes (cuya pretenciosidad y pedantería me desbaratan la poesía que quizá tenga). He tratado de ser caprichoso en la elección de los autores. No quiero ni imaginarme lo que ellos dirían de mí.
Un lugar casi edípico, me temo. Completamente al margen de lo que te paguen o del interés público que se le preste al género, para mí trabajar en una serie de cuentos es tan importante como trabajar en la mayor de las novelas, no puedo dejar de hacerlo y soy feliz viviendo entre cuentos. Yo aprendí a escribir escribiendo cuentos, empecé siendo niño, con diez u once años. Me gustaba contar, me gustaba imaginarme cosas que no me habían sucedido o que le habían sucedido a otros, y me gustaba mentir sólo por ver cómo sonaban las historias que contaba. Lo que descubrí más tarde, alborozado, es que esas historias inventadas me ayudaban a entender un poco mejor quién podía ser yo, o quién no era. Me parece que el cuento es insoslayable porque tiene algo de eso: nos conecta con nuestros primeros aprendizajes, que nos llegan en forma de historias breves. Tal vez ahí radique su fuerza, una fuerza yo diría que antropológica. Y también, cabe añadir, por esa misma razón se trata de un género siempre necesitado de experimentos, de renovaciones constantes, porque a veces tiende a la inmovilidad formal debido a ese mismo sustrato primitivo. En cuanto al cuento moderno, creo que Poe (o Cortázar) hicieron muchísimo por el género, pero ya iría siendo hora, con mi mayor respeto y admiración, de buscar otros caminos. En eso la poesía siempre lo ha tenido claro: aparentemente es eterna y esencial (o eso creen algunos), pero en realidad la historia ha pasado por ella de una manera vertiginosa, transformando sus voces y sus estéticas con naturalidad. Me gusta pensar que el cuento, ese primo saltarín de la poesía, es capaz de hacer lo mismo.
2. Con la editorial Páginas de Espuma has colaborado desde su comienzo, llevando adelante la coordinación de la indispensable antología en cuatro tomos del cuento hispánico, Pequeñas resistencias. ¿La edición en esta editorial de tus cuentos era un paso lógico que había que dar en algún momento?
Supongo que sí, aunque cuando empecé a colaborar con Páginas de Espuma no pensé que eso sucedería. Pero trabajar con la editorial espumera y con Juan Casamayor me permitió conocer una manera distinta de entender el arte de la edición, una manera que consiste en tratar de abrir un tajo en el monoteísmo novelístico que profesa el 99% de los editores, en intentar hacerse un hueco en las librerías evitando redundar una y otra vez en la misma estrategia. Y a la vista están sus resultados: un catálogo precioso, un conjunto de voces nuevas o rescatadas, y un crecimiento lento pero constante. Así que llegó un momento en el que, por coherencia, pensé que si de algún modo me consideraba un defensor del cuento, un apasionado del género, lo lógico era sumarme al proyecto de una editorial independiente, pequeña e insurgente como Páginas de Espuma. Y diría más: sospecho que el futuro editorial del cuento (quiero decir su supervivencia en la jungla librera, no el destino de su escritura misma, que está garantizado) en gran medida dependerá de la labor de editoriales como esta, o como Thule o Menoscuarto, que hacen del cuento la razón de su catálogo, y no una periferia molesta, un simple compás de espera o una especie de migaja. Y de nuevo me remito a la poesía: si su lugar es reducido pero absolutamente inamovible, es porque cuenta con sus cauces naturales y sus editoriales monográficas.
3. Tus tres libros de relatos exhiben un coqueteo indecente -es decir, muy sano- con todo tipo de juego literario, con cualquier propuesta narrativa que incluya la paradoja, la sorpresa, la emoción desde la sonrisa, la complicidad con el lector incluso al acercarle a otros escritores a los que homenajeas en tus historias. ¿Cómo de importante es para ti el deslumbramiento a la hora de abordar un relato?
Más que un objetivo a priori (eso se llamaría efectismo), siento que el deslumbramiento es un resultado simultáneo a la escritura, un pequeño y dichoso descubrimiento que puede suceder o no. Cuando escribo un cuento, es como si algo travieso y atrevido se activara en mí. En ese sentido, creo más en el cuento como búsqueda incierta que como diseño de ingeniería o relojería. Los relatos redondos, eficaces y perfectos están muy bien, han dado y darán excelentes resultados, pero a mí ahora mismo me interesan casi más los cuentos que (por decirlo con Rubén Darío) persiguen una forma. Eso sí: una forma cuyo objetivo no sea tan sólo una «innovación técnica», sino sobre todo una experiencia en mi opinión suprema: la emoción, la epifanía mínima que te deja deseando melancólicamente un poco más.

4. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
Si esta pregunta incomoda a casi todos los escritores, sospecho que se debe a una razón sencilla: en realidad nadie sabe a quién se parece, o al menos no puede decidir sin más cuáles son sus modelos. La relación entre nuestros autores favoritos y los textos que escribimos me parece más compleja que eso. Uno puede pasarse la vida tratando de imitar en vano a alguien, o descubrir un día que se parece a su autor más odiado. Gil de Biedma dijo alguna vez que las influencias no hay que buscarlas, sino merecerlas, y a mí me parecen palabras muy sabias. Eso, dicho como escritor. Ahora bien, como lector hedonista, ahí no tengo dudas: primero me enamoré de los fantasmas inevitables, de Poe, Cortázar, Borges. Después pasé una época de devoción por Kafka y su correlato castellano: Virgilio Piñera. También tengo mucha admiración por los cuentistas que invaden de poesía sus relatos, como Arreola o Lispector. Dentro de la rica (aunque últimamente reiterativa) tradición norteamericana, me gusta mucho Carver, pero aun más me emocionan Cheever o Flannery O’Connor. Por último, me gustaría mencionar a mis queridos experimentadores del cuento, como Buzzati, Felisberto Hernández, Queneau o Manganelli, que cuestionaron los límites del género por puro amor a él. Podría seguir con muchos otros nombres, pero temo aburrir a alguien.
5. El título de tu primer libro, El que espera, tenía evidentes raíces cortazarianas, y los relatos de ese volumen, entre otras propuestas, se anudaban a los hallazgos del gran Mago. El título de tu último libro, Alumbramiento, más allá de ser el de uno de sus cuentos, ¿nos habla de la llegada para ti de un nuevo tiempo?
Es posible, ojalá, uno nunca puede estar seguro. Y hasta diría que no debe nunca estar demasiado seguro de adónde va. Siempre tengo presente lo que dijo Valéry (¡el supuestamente cartesiano Valéry!) respecto a los propósitos literarios: si un autor sabe muy bien qué quiere hacer, esa certeza le empañará la visión de lo que está haciendo. Joder con Valéry. Hoy a eso le llamarían inteligencia emocional. Pero en fin, con todas las cautelas y errores posibles, me gustaría suponer que sí, que Alumbramiento se llama así por tres motivos: por el título del primer cuento, que narra el parto (simbólico) de un hombre engendrando otra clase de hombre; por lo que todo cuento tiene de acto de luz pequeña y milagrosa; y porque a lo mejor, si no ando muy descaminado, en este libro he intentado hacer cosas con el cuento a las que antes no me atrevía. Yo qué sé. ¡Cómo me gustaría retractarme mañana!
6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
Ay, ay. Citaría de buena a gana al señor Bartleby, pero me temo que ya está muy visto como excusa. Veamos: elegiré un cuento que, más que parecerme especialmente bueno o meritorio, esconde una historia paralela que quizá sea divertido contar. Hace seis o siete años, me asaltó un sueño (suelo soñar bastante lo que escribo, o al revés) que en los meses siguientes se me repitió de manera obsesiva: iba yo caminando por la calle, una calle caprichosamente parecida a la avenida Belgrano en Buenos Aires, cuando de repente veo que un señor muy alto, se diría que con zancos, extrae de un maletín un bebé, luego otro bebé, finalmente un tercero, y comienza a hacer insólitos malabarismos con ellos. Viéndolo manipular a aquellas criaturas, que parecían dormir en el aire, yo sentía pánico y temía que en algún pase de manos se le fueran al suelo. Al cabo de un rato, el tráfico se detiene poco a poco, y de los vehículos van saliendo toda clase de personas disfrazadas que se lanzan y se intercambian sus bebés, o bien reciben entre sus brazos a alguno de los que vuelan de un extremo a otro de la calle sin caer nunca al suelo. Empieza a sonar una música, una música como de banda de pueblo, y de pronto toda la avenida se convierte en un gran pasacalles, en una especie de desfile fellinesco. La música se hace atronadora, y yo me pregunto qué demonios hago allí. Entonces, en algún momento de esa visión, yo me despertaba sobresaltado y confundido. Intenté muchas veces escribir esa visión, y siempre en vano: eran básicamente imágenes, casi más un dibujo animado que un relato, y fracasaba siempre a la hora de contarlo o de dar con el punto de vista. Tres o cuatro años después, una tarde cualquiera, tuve una discusión con quien por entonces era mi pareja. Ella quería, digamos, que nuestra relación se hiciera más formal, y yo por entonces me resistía, porque me sentía demasiado joven y aún ni tan siquiera vivía solo. Como es natural, ninguno de los dos llevaba razón: simplemente no necesitábamos lo mismo. Justo después de ese altercado, me senté frente al ordenador de la casa de mi novia y empecé a escribir. En la primera línea escribí el nombre de ella, y empecé a narrar su salida airada a la calle, la misma que yo acababa de presenciar. Entonces, no sé cómo, sin proponérmelo empecé a contar aquel sueño que no había sabido escribir. Y todo fluyó, sencillo. Y, al narrar la historia desde la perspectiva de ella, de pronto me resultó más claro el posible sentido de mi sueño: aquel trasiego de bebés ajenos se parecía mucho a una laguna conyugal, a una especie de esterilidad simbólica. Como si todo el mundo tuviera su familia, menos nosotros. Ella, mi novia de aquel tiempo, se sentía más cerca de ser madre que por entonces yo de ser padre, y había algo de envidia en la manera en que ella contemplaba a otras parejas más serias, y había algo de culpa o de miedo en la forma en que yo lo hacía. Entonces, pensando en estas cosas que nos afectaban a ambos, me llegó el título del cuento: Yerma. Ese cuento fue incluido, un año y medio más tarde, en el libro El último minuto. Y lo más curioso es que se publicó exactamente al mismo tiempo en que los dos nos separamos. El tiempo da unas vueltas muy pícaras: ahora mismo ese libro no existe (está agotado), y me consta que ambos somos felices junto a otras personas. Que yo recuerde, no he vuelto nunca más a soñar ese sueño.

7. Todos tus libros de cuentos incluyen algún tipo de apéndice teórico sobre el arte del relato. ¿Es la teoría del cuento una estructura cerrada, que condiciona demasiado a los autores, o piensas que hay todavía nuevas formas de relato por investigar?
¿Y cómo no van a quedar formas por investigar? Por supuesto que sí. Se puede, y hasta diría que debemos, repensar las formas de escritura. Si no, el cuento estaría muerto o sería tan sólo un ejercicio de emulación. En cuanto a los pequeños apéndices teóricos que acostumbro incluir al final de mis libros de cuentos (como si fueran un bonus track optativo después del libro), quisiera aclarar que son una teoría a posteriori, y no un programa estético a priori. Son reflexiones subjetivas que han surgido durante o después de la redacción de los cuentos, un breve inventario de los asombros causados por la propia escritura. No pretendo que sea ninguna receta para los demás, ni un repertorio cerrado, ni nada de eso. Al contrario: algunas de las ideas propuestas tienden a desmentir la idea del cuento clásico, otras dialogan con ella de manera dialéctica, otras la reformulan o la matizan, y así. Para mí teoría y práctica forman parte de lo mismo, y en esto le doy la razón a Ángel Zapata, que sé que opina igual. Para mí la teoría es un acto de lenguaje como cualquier otro, el tanteo de un punto de vista, una forma de reflexión que enriquece la práctica y viceversa. Y no entiendo muy bien que algunos escritores subestimen orgullosamente la teoría, como si desentenderse de la mitad del conocimiento fuese un mérito artístico. Aunque allá cada cual, por supuesto, y están en su absoluto derecho. A mí siempre me han seducido los autores que reflexionan y escriben ficción, y ambas actividades se influyen mutuamente. Por así decirlo, me interesan más Goethe, Borges o Novalis como modelos de escritor–investigador, que por ejemplo Lorca o García Márquez, a quienes por cierto admiro.
8. Destacaría de tu último libro la parte central, Miniaturas, que contiene relatos tan espléndidos como Novela de terror : "Me desperté recién afeitado", o mis preferidos del libro: Los prisioneros y La pareja. En esta sección prosigues con tu cultivo del microrrelato. ¿Qué tiene de especial esta forma literaria para ti? ¿Cómo evitar sus numerosos peligros?
¿Qué tienen de especial los microrrelatos? No lo sé bien, pero desde luego creo que su reducida extensión, no. Eso me parece anecdótico, o digamos que más bien la consecuencia de su particularidad lingüística. Lo decisivo quizá sea su estructura parcial, el escorzo radical que piden, la necesaria ruptura de un molde armónico, completo o progresivo. La economía de un microrrelato es tan brutal, su fragmentariedad parece tan definitiva, que lo encuentro un terreno especialmente propicio para los experimentos de los que hablábamos antes. ¿Cuáles son sus peligros? Los mismos en los que, supongo, todos hemos caído fatalmente alguna vez: la tentación del chiste, la resolución sólo ingeniosa, la vuelta de tuerca forzada, la sorpresa ortopédica. ¿Cómo evitar esos peligros? El único método que se me ocurre es tirar a la basura la mitad de los microrrelatos que uno escriba, y cruzar los dedos. En Alumbramiento, por ejemplo, esa parte central que mencionas contenía unas 30 o 35 miniaturas. Finalmente se publicaron 17. Al principio intenté dejar un número redondo, pero después me convencí de que eso era un fetichismo deshonesto: si los que me convencían (a mí y a mis sufridos consejeros) eran 17, pues esos eran los que merecían sobrevivir, cuadrase o no cuadrase la numerología. Siempre es difícil eludir la cómoda seguridad de la simetría, ¿no? Supongo que ese es otro error que muchos tendemos a cometer.
9. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
Mencionaré a todos aquellos que se me vengan de inmediato a la cabeza, pidiendo disculpas por las inevitables omisiones: entre los españoles, disfruté muchísimo de Parpadeos de Eloy Tizón, La isla de los antropólogos de Iban Zaldua, La novia parapente de Cristina Grande (una narradora poco conocida e impecable), Las buenas intenciones y otros cuentos de Ángel Zapata, En jaque de Berta Marsé (un buen primer libro de cuentos, a pesar de la exhibición de su apellido que se ha empeñado en hacer su talentosa autora), Los girasoles ciegos de Alberto Méndez (si es que los suyos son cuentos, en fin, da igual), El corazón de los aviones de Txani Rodríguez (una grata sorpresa), Ajuar funerario de Fernando Iwasaki (¡microcuentos de género!), La noche del Skylab de Juan Bonilla, Cuentos de X, Y y Z de F.M., Museo de la soledad de Carlos Castán, Amigos y fantasmas de Mercedes Abad, Cosas que ya no existen de Cristina Fernández Cubas, los cuentos reunidos de Hipólito G. Navarro o la edición de los cuentos completos de Medardo Fraile (que es un eterno y joven descubrimiento). Entre los cuentistas latinoamericanos, recuerdo que me gustaron especialmente Llamadas telefónicas de Bolaño, una antología de cuentos de Sergio Pitol, Historia argentina de Fresán (aunque en realidad se publicó a finales del siglo pasado, qué más da), Playa quemada de Gustavo Nielsen (ídem), Infierno grande de Guillermo Martínez (más ídem), Una pena extraordinaria de Martín Kohan (esto ya es abusar del ídem), La solución parcial de Marcelo Cohen (qué tipo más inteligente, coño), los microcuentos de Ana María Shúa, algunos relatos extraños de Mario Bellatin, cualquier libro de Raúl Brasca o cualquiera de Fogwill. Entre las traducciones recientes, destacaría Juegos de azar de Mrozek, la reedición–hallazgo de Ring Lardner, algunos cuentos (no todos, sólo algunos) de Lorrie Moore, algo de Richard Ford (no me acuerdo qué), la afortunada reedición de Buzzati, y otros que recordaré estúpidamente en cuanto le dé a “Enviar” en el correo electrónico.
10. En tus libros de relatos la tradición sudamericana tiene una presencia palpable y fortísima, no así la anglosajona, que tantos adeptos tiene entre los cuentistas jóvenes. ¿Qué opinas de ambas tradiciones?De la sudamericana, opino que ni siquiera es una tradición: no sólo porque Sudamérica engloba a países muy distintos (que desde Europa solemos contemplar erróneamente como si fueran provincias de una misma nación) y a autores muy diversos (en Perú: Ribeyro, en Argentina: Arlt, en Colombia: García Márquez, en Venezuela: Uslar Pietri o Balza, en Chile: Donoso, etcétera), no sólo por eso, sino porque además a mí me gustan mucho autores caribeños o centroamericanos como Arreola o Piñera. Me parece imposible considerarlos miembros de una misma tradición. Aunque tampoco estoy seguro de qué es una tradición. Quizás no sea más que una traslación mecánica de las fronteras geopolíticas, en la que todos caemos más a menudo de lo razonable. Dicho esto, sí: he leído y aprendido mucho de todos esos autores que han nacido o vivido en lo que llamamos Latinoamérica. Es una inclinación personal, y no sé si una manera de mantenerme en contacto con mi infancia argentina, puede. En cuanto a la cuentística norteamericana, aunque quizá no sea tan proclive a mirarme en ella como hoy suele ser habitual, lo cierto es que muchos de sus autores se cuentan entre mis favoritos: como O’ Connor (maravillosa), McCullers (lo mismo), Hemingway (pero menos), Caldwell (¿cuándo van a editarlo en España?), Lardner, Carver, Cheever, Auster… Como ves, casi todos terminan en “er”: ¿será otra tradición? Por lo demás, tengo la sensación de que algún relato de Alumbramiento sí tiene que ver con la atmósfera de conflicto mudo de Carver o con los ambientes de Cheever: por ejemplo Una raya en la arena o Dos hombres pasajeros. O no.
11. Novelas, poesía, aforismos -recomiendo desde aquí uno de tus libros que prefiero, El equilibrista- y relatos. Y dentro de los relatos, unos más o menos tradicionales, microrrelatos, relatos metaliterarios. ¿Puede escribir Andrés Neuman sin hacer de la curiosidad formal y la variedad continua elemento fundacional de su obra?
Por el momento, parecería que no. (Qué alivio contestar en una línea.)
12. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
Uf, serían tantos… Pongamos que con determinados cuentos de cualquiera de los autores ya mencionados. Pero en fin, no me resisto a meter en este lío a Eloy Tizón, porque tengo muy fresca la lectura de su último libro: cuando leí El mercurio de los termómetros, sentí que algo le sucedía a la sintaxis de mis emociones.

13. El estado del relato en España. ¿Cuál es tu percepción de la situación? ¿Qué futuro vislumbras para él? ¿Qué debería cambiar para que todo cambiase?
Pienso que lo paradójico es que, pese a la relativa carencia de espacios propios, el cuento español actual goza de una salud eufórica. Hay decenas de cuentistas vivos excelentes: además de todos los autores citados anteriormente, podríamos mencionar a Merino, Mateo Díez, Monzó, Rivas, Félix J. Palma, Martínez de Pisón, Care Santos, Manuel Moyano, Benítez Reyes, Gonzalo Calcedo…, por fortuna la lista es larga. Pero es que además creo que la tradición del cuento español contemporáneo (aunque quizá no sea tan espectacular como la peruana o la argentina) arrastra un complejo injusto, porque es mucho mejor de lo que creemos: desde Aldecoa a Zúñiga, pasando por Fraile, Aub o Ana María Matute. En cuanto al panorama editorial, ya he apuntado antes que para mí una parte del problema consiste en que no hay suficientes editoriales de cuento, o realmente dedicadas a él. Por último, un grave problema añadido es que el cuento es el único género que no cuenta con una crítica especializada. A casi ningún crítico de novela se le ocurriría ponerse a reseñar libros de poemas o un ensayo, igual que ningún crítico de cine se pone a criticar así como así obras de teatro. Sin embargo, en cuanto le llega el turno al cuento, el libro le cae a cualquiera. Y ese crítico podrá quizá ser erudito, culto y leído, pero las más de las veces también será alguien que no pase del Cortázar de su juventud o de los clásicos arquetípicos. Lo normal, entonces, es que ese crítico se pierda entre los libros de cuentos más contemporáneos o innovadores. En términos generales, lo que más me molesta es que no se valore el cuento por sí mismo. Como si, en lugar de un resultado literario pleno, el cuento tuviera que ser un paso previo para otra cosa, una especie de gimnasio o de antesala. Y en este malentendido no sólo caen algunos editores, sino también la prensa e incluso muchos críticos inteligentes en otros menesteres.
14. Alumbramiento se cierra con dos dodecálogos sobre el cuento -uno de ellos es una corrección del incluido en El último minuto, libro que por cierto va a reeditar Páginas de Espuma-. ¿Podrías elegir alguno de tus propios puntos que ejemplifique uno de los aspectos, a tu parecer y en la práctica, más difíciles del arte del cuento?
Quizá subrayaría este, que plantea una cuestión en apariencia trivial: «El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación». Un cuento es un espacio tan extremo en sus límites, tan crítico, que la puntuación se me antoja una clave invisible pero fundamental. Un cuento se lee normalmente de una sentada, vale decir en un mismo estado de respiración. Y decidir cómo respirará el lector, cómo administrará el aire mientras lea, me parece algo fascinante y una responsabilidad casi aterradora.
15. Como coordinador de la tetralogía Pequeñas resistencias en Páginas de Espuma, sobre el cuento en lengua española, tu posición es privilegiada para opinar sobre las corrientes, los temas, las tendencias que pueden percibirse una vez acabado ese trabajo. ¿Puedes darnos una visión general de esas Pequeñas resistencias?
Uf, aquí la respuesta sería tan, tan extensa, que elijo hacerme el sueco y remitir al paciente lector al prólogo y las poéticas personales del primer tomo español, y al interesante prólogo colectivo del tercer tomo sudamericano. ¿Cuela?
16. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?
Presupongo que, al decir infra o sobrevalorados, nos estamos refiriendo a la cantidad de público y/o atención crítica con la que cuentan determinados autores, ¿correcto? Siendo así, infravalorados estarían a mi gusto, por ejemplo, escritores españoles como Justo Navarro (sin duda una de las voces más hipnóticas de la literatura española contemporánea), Ana María Matute (a la que hoy en día todos respetan una barbaridad, pero a la que pocos han leído con atención) o Medardo Fraile (su aportación histórica a la cuentística española de medio siglo fue tan avanzada, que la pobre historia todavía no se ha dado cuenta: ¡qué anticuados y castizos suenan todos sus contemporáneos a su lado!) Sobrevalorados, aunque sin duda me parecen buenos escritores, quizás estén por ejemplo Delibes (con todos mis respetos), el celebérrimo Paul Auster (que desde luego me gusta, pero que es un narrador de trucos, y de trucos reiterados) o Lobo Antunes (cuya pretenciosidad y pedantería me desbaratan la poesía que quizá tenga). He tratado de ser caprichoso en la elección de los autores. No quiero ni imaginarme lo que ellos dirían de mí.
Fotografía del autor: Sole Miranda, El País.

19 comentarios:
Ji, ji, es el primero que se moja nombrando "sobrevalorados". (Es brooooma)
Como nos sigas dando bocados así, Miguel Ángel, va a venir la policía del pensamiento a detenerte.
Saludos para Andrés, un tipo divertidísimo.
Hola, Miguel Ángel.
Creo que hay muchas piruetas en el formato de las entrevistas que las hacen muy poco legibles.
A veces la sobriedad es el mejor consejero.
Sique así.
Esto de las entrevistas le refresca a uno mucho la memoria de escritores favoritos. Esta vez, Miguel Ángel y compañía, me ha venido a la mente un cuento de Arreola (para mí a la altura del del dinosaurio de Monterroso):
Cuento de Horror
La mujer que amé se ha convertido en un fantasma.Yo soy el lugar de las apariciones.
Sincera y amena, se agradece un montón.
Un abrazo Miguel Ángel
Miguel Angel, ya no sé qué decirte para darte las gracias por estas entrevistas; te tengo que invitar a unas cuantas cañas y mandarte una caja de vino por navidad, no sé.
En el Culturas de La Vanguardia de hoy 22 de Nov. podéis encontrar una crítica del nuevo libro de Neuman.
Un saludo
Enhorabuena por ese accésit, Miguel Ángel (supongo que eres tú). Lo acabo de leer.
Enhorabuena Carmiña!!
Un abrazo
M: Cierto, se moja, ya estaba a punto de retirar esa pregunta, pero mira... la mantendré algo más.
Antonio: Gracias por tus apreciaciones, que tendré en cuenta.
J. Carlos Márquez: Leí ese cuento de Arreola hace mucho tiempo y me encantó. Gracias por recordarlo aquí.
Olvido: Me alegro mucho de que te haya gustado.
Enrique: Déjate, déjate, yo soy el que tengo que invitarte cuando vengas por aquí a unas cuantas copas con vino de Almería, que se están haciendo algunos bastante buenos.
Juan Carlos y Olvido:
Me temo que hay alguna confusión en vuestro comentario, que no sé, la verdad, a qué premio se refiere, pero no estoy a la espera de ningún fallo. Recibir algo en estos momentos sí que sería algo "venido del cielo".
Seguramente se debe a una confusión de nombres, Miguel Ángel. Te copio la noticia:
José Antonio Ramírez Lozano gana el XVII Premio de Relato Alfonso Sancho Sáez
José Antonio Ramírez Lozano gana el XVII Premio Alfonso Sancho Sáez de Relato, con la obra 'Hermano de Pie', del autor José Antonio Ramírez Lozano, presentado bajo el sedónimo "Dunai", por el que recibirá 3.000 euros.
El jurado también decidió otorgar dos accésit, dotados con 900 euros cada uno y la publicación de las obras, uno al trabajo presentado bajo el seudónimo “Carmiña de Blas” y titulado 'Alias el Errabundo', de Miguel Ángel Muñoz Pérez, y el otro al relato presentado sin seudónimo y titulado 'Cartas de los lectores', de José Manuel Moreno Pérez.
(22/11/06)
Otra vez será. Menudo lío. Vas a tener que decirle a ese Miguel Ángel Muñoz que se busque otro nombre. Je,je.
Miguel Angel, que mira que he estado yo en Almería (hace años, la verdad) y todavía no he probado un vino de allí; te lo apunto, pero la caja te la llevo. :)
Por otro lado, Ramírez Lozano ha vuelto a ganar otro premio literario, qué cosas, los gana todos.
Conocí a Andres Neuman hace unos años en Granada, cuando me encargaba libros en la librería en la que trabajaba: un tío siempre dispuesto a charlar de libros y sin la pedantería que le suponía a un aglutinador de premios como es él. Gracias por recordarme aquellas pequeñas charlas.
Hola, Miguel Ángel Muñoz, mi nombre es Miguel Ángel Muñoz y he llegado a este blog por la vanidosa casualidad de haber introducido mi nombre y apellidos para saber noticias de premios literarios que tenía pendientes en estas fechas. Aunque te parezca extraño, tú y yo nos hemos cruzado (tocayos de nombre y primer apellido) en algún que otro certamen, por ponerte un ejemplo, en el "Arjona": tú ganaste y yo fui finalista. Quién sabe si llegará el día en que ambos seamos primer y segundo premio; tendrán que ser entonces los apellidos de nuestras madres los que se encarguen de distinguirnos. Una anécdota me viene a la memoria mientras te escribo esto; recientemente, una niña de diez o doce años llamó por teléfono a mi casa desde Zaragoza (yo vivo en Madrid) preguntando si yo era Miguel Ángel Muñoz; le contesté que sí, pero ella, con voz desencantada, me dijo que mi voz no era mi voz, vamos... que no era el de Upa Dance. ¡Yo creo que la niña buscaba al de Upa Dance consultando el listado en una gruesa guía de Miguelangelmuñoces, y que tal vez lo hizo hasta encontrar la voz que deseaba! ...es una curiosidad tonta que tengo, pero...¿a ti también te llamó? Bueno, Miguel Ángel, que no me enrollo más, sólo decirte que, un día de estos, también por curiosidad, me leeré tu "Síndrome Chejov"
Saludos y mucha suerte.
Miguel Ángel Muñoz Pérez
te felicito por la pagina, pro el libro. un saludo
Beren: Tambien tú, amigo, como yo, conoces le negocio complicado de las librerías. Un saludo.
Miguel Angel Muñoz: Quizás haya que dirimir algún día este asunto en la calle polvorienta de algún poblacho del oeste, donde se llegue a escuchar el latido de nuestras respiraciones y la carga pesada de nuestro nombre. Un saludo y toda la suerte.
Ballenita: Gracias y un saludo. Te espero por aquí.
No, si al final, con lo de la coincidencia de nombres, hasta te vas a ganar otro lector... Si es que algunos, Miguel Ángel, nacéis con una panadería debajo del brazo.
Saludos
Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez... son escritores muy conocidos; mucho hay sobre ellos en Internet al día de hoy, y seguirá habiendo más.
Yo abrí un blog para que los lectores con la inquietud de conocer nuevos autores encuentren recomendaciones al respecto.
Por eso invito a quienes conozcan un escritor por el que se animen a apostar, aquel que de aquí a diez años se lo imaginen productor de una obra digna de ser difundida, a que lo propongan en el blog.
Para quienes, además, deseen proponer obras propias, también habrá un lugar para esto; sólo lean la propuesta, que es corta y contiene instrucciones precisas para seguir la consigna.
Esto se me ocurrió porque me encontré con Jorge Lafforgue apostando por un escritor que hasta ahora solamente ha publicado un libro.
Bueno, ¿por qué no jugarnos nosotros? El blog está en http://misescritorespreferidos.blogspot.com, a ver si alguno de nosotros da con un futuro Cortázar, Borges o Márquez.
Gracias,
Lau.
He leído el libro. El cuento que más me gustó fue el de la pareja que está en la playa y ella dibuja esa raya. Muy bueno, felicidades Andrés.
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