
Más allá de lo que se diga en su momento sobre el resto del libro de relatos La vida ausente, de Ángel Zapata (Páginas de Espuma, 2006) -ya anuncio que la entrevista del síndrome de noviembre estará dedicada a su autor- quiero hablar aquí, ahora, del relato que abre el libro, y que da título al volumen.
La vida ausente es, sin duda, una obra maestra. Y además uno de esos relatos maestros de los que sólo hace falta leer dos páginas para saber que lo son. En La vida ausente se narra la forja de un escritor, pero también la forja de toda una generación y el retrato implacable, irónico y también tierno de un país en transición, que venía de una dictadura atroz: "lo que el Régimen había construido era una clase media aseadita y plegable", y caminaba hacia un tiempo nuevo, pero que en sí, los setenta, se manifestaba como una época imperfecta, un tiempo no de sueños bajo los adoquines, sino más bien de materiales en reciclaje: el relato alude con coherencia estilística a la formica, el linóleo, el triunfo del escay, la época de los flexos, el parqué de imitación. Todo entonces era imitado, plegado, pequeño, como si nada aún hubiera encontrado su sitio, y la España, los barrios en construcción que Zapata describe pertenecen no al Madrid en brutal expansión de aquella época, Cuatro Caminos y alrededores, sino a los nuevos barrios de cada ciudad española. "La barriada, el barrio, la colonia, había crecido de hecho a orillas de un pinar, de una dehesa." Yo nací en Colonia de los Ángeles, en Almería, una ciudad minúscula, entonces mucho más minúscula que ahora, y nada de lo que él cuenta me resulta extraño, nada lejano, nada ajeno. La palabra colonia, antigua y en desuso, rememora un tiempo de pioneros, de gente llegando a lugares nuevos, construidos sobre nada, sobre vacío y arbustos, la historia de un país en construcción. Es también mi historia, y el relato está cubierto de adherencias gloriosas que nos conciernen a todos los que fuimos niños o adolescentes entonces, y no de un modo nostálgico y ñoño tan de moda ahora; al contrario, como digo el relato no es un ajuste de cuentas con ese tiempo, pero sí una mirada nada complaciente. Eran tiempos cutres, y ni siquiera éramos felices. En todo caso, si lo éramos, era por nosotros mismos, por nuestra edad, no por los tiempos.
Es un relato entrañable, que además nos cuenta, como adelantaba, la forja de un escritor, que puede ser Zapata, o el lector, o un personaje que no es él, porque como digo la identificación con lo narrado es tan grande, que vemos por sus ojos, y en el fondo asistimos a la cristalización de una voluntad, de una personalidad, en los terrenos siempre arriesgados e inseguros de la adolescencia.
Y el escritor comienza a hacerse a sí mismo, al modo de Virginia Woolf o Martín Gaite en sus habitaciones propias, desde un cuarto, el cuarto de estar, la leonera, "mi cuarto era una especie de yacimiento freático en donde se anudaban lo funcional y lo inútil, la modernidad y la historia"; y desde el encierro de un lugar pequeño en el que caben las fotografías con chinchetas y los restos abandonados del primitivo proletariado, cada vez menos obrero y más clase media: la máquina de coser Singer, de pedal todavía -yo también recuerdo en mi casa el paso de la Singer de pedal a la electrónica, con la que mi madre cosía-, el sofá cama, la estufa de butano, desde esa acumulación de restos sentimentales y sociales que no abocan a la literatura sino a otra cosa más cotidiana y poco sugerente, el narrador construye lentamente el primer peldaño de su definitiva personalidad, la entrega a la lectura -"todavía la lectura es para mí una forma de convalecencia"- y la inútil pero gozosa literatura.
En la España de las compras a plazos y los coches de dos puertas, desde una clase no dirigente y puramente proletaria, comenzaba a nacer un mundo fragmentario e insumiso, personas aisladas que entregaban sus esfuerzos y sueños personales a una meta que no era común pero sí orgullosa y altivamente independiente, ser escritores y a la vez hijos de padres que no leían. Por eso este relato es tan importante, porque tiene una carga literaria -su lenguaje es depuradísimo, incontestable, magistral y de una viveza disfrutable de la primera a la última palabra- muy fuerte, pero también una carga social, descriptiva y al tiempo analítica, que no suele verse en el relato español, demasiado entregado a juegos funambulistas y retóricos -incluso lícitamente otros relatos de este volumen juegan a esa elección- pero muy lejano de la realidad inmediata, de las calles y los barrios y los mercados inmediatos -de nuevo los americanos nos dan en eso muchas lecciones con su intensa perspectiva crítica socialcotidiana-.
Si eso no fuera bastante el relato está infiltrado por historias mínimas que lo recorren como pequeños segmentos de fuerza que van desarrollando la "trama" principal y que en realidad dan el cuerpo estructural y narrativo que el relato necesita, para alejarlo por completo de la estampa nostálgica o rememorativa. Dentro del núcleo principal se desarrolla la historia de las primas, la historia del salón o la del diccionario que amplifican el nivel de sugerencias de lo narrado, encajando a la perfección en una estructura diestramente medida: si partimos el relato por la mitad, once páginas hablan del marco social en que el escritor comienza a sentirse escritor, y las otras once, desde que la madre dialoga con él sobre Artaud de un modo delirante, muestra la asunción dura del escritor de su vida elegida, fuera de su cuarto, enfrentándose a la calle, lejos de las estanterias y los flexos y cerca de los cafés y los chalecos mortuorios.
Asistimos a una oportunidad impagable todos los amantes del relato corto. No todos los días se publican relatos maestros, sin conservantes ni colorantes, puro nervio narrativo, y cuando llegan a las librerías, es un delito dejar pasar de largo la posibilidad de entrar en el cuarto mágico y brillante de la perfección.
Más sobre La vida ausente y Ángel Zapata: Vivir del cuento, Alas de albatros, Alvy Singer, Frag-mentos, Ni en un millón de años (reseñas 1 y 2), y Vicente Luis Mora .
La vida ausente es, sin duda, una obra maestra. Y además uno de esos relatos maestros de los que sólo hace falta leer dos páginas para saber que lo son. En La vida ausente se narra la forja de un escritor, pero también la forja de toda una generación y el retrato implacable, irónico y también tierno de un país en transición, que venía de una dictadura atroz: "lo que el Régimen había construido era una clase media aseadita y plegable", y caminaba hacia un tiempo nuevo, pero que en sí, los setenta, se manifestaba como una época imperfecta, un tiempo no de sueños bajo los adoquines, sino más bien de materiales en reciclaje: el relato alude con coherencia estilística a la formica, el linóleo, el triunfo del escay, la época de los flexos, el parqué de imitación. Todo entonces era imitado, plegado, pequeño, como si nada aún hubiera encontrado su sitio, y la España, los barrios en construcción que Zapata describe pertenecen no al Madrid en brutal expansión de aquella época, Cuatro Caminos y alrededores, sino a los nuevos barrios de cada ciudad española. "La barriada, el barrio, la colonia, había crecido de hecho a orillas de un pinar, de una dehesa." Yo nací en Colonia de los Ángeles, en Almería, una ciudad minúscula, entonces mucho más minúscula que ahora, y nada de lo que él cuenta me resulta extraño, nada lejano, nada ajeno. La palabra colonia, antigua y en desuso, rememora un tiempo de pioneros, de gente llegando a lugares nuevos, construidos sobre nada, sobre vacío y arbustos, la historia de un país en construcción. Es también mi historia, y el relato está cubierto de adherencias gloriosas que nos conciernen a todos los que fuimos niños o adolescentes entonces, y no de un modo nostálgico y ñoño tan de moda ahora; al contrario, como digo el relato no es un ajuste de cuentas con ese tiempo, pero sí una mirada nada complaciente. Eran tiempos cutres, y ni siquiera éramos felices. En todo caso, si lo éramos, era por nosotros mismos, por nuestra edad, no por los tiempos.
Es un relato entrañable, que además nos cuenta, como adelantaba, la forja de un escritor, que puede ser Zapata, o el lector, o un personaje que no es él, porque como digo la identificación con lo narrado es tan grande, que vemos por sus ojos, y en el fondo asistimos a la cristalización de una voluntad, de una personalidad, en los terrenos siempre arriesgados e inseguros de la adolescencia.
Y el escritor comienza a hacerse a sí mismo, al modo de Virginia Woolf o Martín Gaite en sus habitaciones propias, desde un cuarto, el cuarto de estar, la leonera, "mi cuarto era una especie de yacimiento freático en donde se anudaban lo funcional y lo inútil, la modernidad y la historia"; y desde el encierro de un lugar pequeño en el que caben las fotografías con chinchetas y los restos abandonados del primitivo proletariado, cada vez menos obrero y más clase media: la máquina de coser Singer, de pedal todavía -yo también recuerdo en mi casa el paso de la Singer de pedal a la electrónica, con la que mi madre cosía-, el sofá cama, la estufa de butano, desde esa acumulación de restos sentimentales y sociales que no abocan a la literatura sino a otra cosa más cotidiana y poco sugerente, el narrador construye lentamente el primer peldaño de su definitiva personalidad, la entrega a la lectura -"todavía la lectura es para mí una forma de convalecencia"- y la inútil pero gozosa literatura.
En la España de las compras a plazos y los coches de dos puertas, desde una clase no dirigente y puramente proletaria, comenzaba a nacer un mundo fragmentario e insumiso, personas aisladas que entregaban sus esfuerzos y sueños personales a una meta que no era común pero sí orgullosa y altivamente independiente, ser escritores y a la vez hijos de padres que no leían. Por eso este relato es tan importante, porque tiene una carga literaria -su lenguaje es depuradísimo, incontestable, magistral y de una viveza disfrutable de la primera a la última palabra- muy fuerte, pero también una carga social, descriptiva y al tiempo analítica, que no suele verse en el relato español, demasiado entregado a juegos funambulistas y retóricos -incluso lícitamente otros relatos de este volumen juegan a esa elección- pero muy lejano de la realidad inmediata, de las calles y los barrios y los mercados inmediatos -de nuevo los americanos nos dan en eso muchas lecciones con su intensa perspectiva crítica socialcotidiana-.
Si eso no fuera bastante el relato está infiltrado por historias mínimas que lo recorren como pequeños segmentos de fuerza que van desarrollando la "trama" principal y que en realidad dan el cuerpo estructural y narrativo que el relato necesita, para alejarlo por completo de la estampa nostálgica o rememorativa. Dentro del núcleo principal se desarrolla la historia de las primas, la historia del salón o la del diccionario que amplifican el nivel de sugerencias de lo narrado, encajando a la perfección en una estructura diestramente medida: si partimos el relato por la mitad, once páginas hablan del marco social en que el escritor comienza a sentirse escritor, y las otras once, desde que la madre dialoga con él sobre Artaud de un modo delirante, muestra la asunción dura del escritor de su vida elegida, fuera de su cuarto, enfrentándose a la calle, lejos de las estanterias y los flexos y cerca de los cafés y los chalecos mortuorios.
Asistimos a una oportunidad impagable todos los amantes del relato corto. No todos los días se publican relatos maestros, sin conservantes ni colorantes, puro nervio narrativo, y cuando llegan a las librerías, es un delito dejar pasar de largo la posibilidad de entrar en el cuarto mágico y brillante de la perfección.
Más sobre La vida ausente y Ángel Zapata: Vivir del cuento, Alas de albatros, Alvy Singer, Frag-mentos, Ni en un millón de años (reseñas 1 y 2), y Vicente Luis Mora .

10 comentarios:
No por cualquier cosa Ángel siempre será mi sensei.
Qué alegría ver, una vez más, buen análisis y buena literatura por aquí. No faltará mi reseña la próxima semana.
Bueno, Ángel Zapata no es mi sensei, pero sí el sensei de mi sensei, Javier Sagarna. Así que leeré esa entrevista que anucias con devoción. Muy buena elección, Miguel Ángel. La calidad de tu blog nos va aglutinando poco a poco a los cuentistas.
No sé si en mi bitácora se puede leer una reseña de "La vida ausente" (ya perpetré las dos partes, para valientes), pero desde luego, se ve a las claras el efecto que me ha producido.
Una pena que no puedas estar hoy allí, M.A. Te tendremos presente.
La semana que viene (¡si!!) empezaré a leer esta pequeña maravilla. Zapata me tiene enamorado oiga.
La vida ausente, espero que me sirva para confeccionar un pequeño post de mi top de escritores (españoles) que están siendo mucho-bastante ignoradas enmedio de un panorama dónde (sabias palabras) parece que sólo eixstan Millás-Marías. Y sólo este último como novelista (y articulista) merece mi más sincera admiración.
Espero que el libro no tarde en llegar a mis tierras.
Saludos soleados
Zapata es un escritor muy interesante y un teórico exigente. Recibí asesoramiento suyo cuando estuve apuntado a un taller literario por correspondencia y sus consejos siempre fueron muy certeros. Este libro que comentas aún no lo tengo. Lo último que compré de él fue "Las buenas intenciones y otros cuentos", también muy bueno (y firmado). Procuraré escribir una reseña y espero que pueda transmitir al menos la mitad del entusiasmo que contagia la tuya.
Un saludo.
Miguel, gracias por el dato maestro. Ya estoy rastreándolo y pidiéndolo en los catálgos de Páginas. Gracias
M: Y la leeremos con gran interés, M. Los relatos de Zapata se merecen toda la atención posible.
Juan Carlos: En todo caso es la calidad y cercanía de sus lectores lo que va alimentando día a día este lugar vuestro.
Sergi: No creas que no me acordé, y no creas que me hubiera gustado, y no creas que algún día no vamos a compartir un café. SEguro que sí.
ALvy: Una de las grandes funciones de los blogs es sacar de cierta oscuridad inmerecida estos libros luminosos.
Clarice: Fuerte saludo y abrazo.
Miguel: Gracias por tus generosas palabras. Sin duda Zapata llegará como cuentista allí donde él quiera. Capacidades, enormes, no le faltan. Un abrazo.
Gabriel: Estoy seguro de que no te vas a arrepentir. Su libro toca muchos palos y en ninguno defrauda. Un abrazo. Gracias a tí.
No he visto mayor exageración sobre la producción de Zapata. En serio.
Se ve que no conocen la nueva literatura que se escribe al sur del río Bravo...
saludos.
Me has abierto la curiosidad para leer al autor y la novela. Me he visto reflejada, al igual que tú, en todo. Desde la España cutre (muy alejada de esa "Cuéntame" que nos intentan vender los herederos de franquismo) hasta lo de leer en una habitación propio, ausente de padres que leen, en la barriada, y autoeducándose. Me has removido, chico. Eso fue el paso de los 70 y la transición. Tengo otra entrevista al artista Fernando Sánchez Castillo, que muestra muy bien esos recuerdos de Franco en su exposición "Abajo la inteligencia". Gracias por tus palabras para con Amélie.
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