Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972), recibió por Ceremonias de Interior el XVI Premio Tiflos de cuento, y como tal ha sido editado por la editorial Castalia, en su colección Albatros. Con este libro, más allá del premio que servirá para promocionarlo, se da a conocer un autor brillante y metódico, amante de una literatura paradójica y centroeuropea, pero al tiempo cortazariana. Su libro es un grupo de historias que canta con fragor hímnico la belleza de la sensualidad, el poder de los sueños para voltear la realidad, y la incapacidad de la realidad para voltearnos del todo. En la larga entrevista que sigue, Ferrando reflexiona con generosidad y pasión sobre ese entramado de matemática y goces divinos al que llamamos relato corto o cuento, es lo mismo.

1. Ceremonias de interior, desde su título, invoca a uno de los grandes cardenales del relato corto: Julio Cortázar, pero al tiempo define el escenario de tus historias, todas ellas íntimas, desarrolladas bajo techo -incluso el techo de la carpa del circo en Doble salto mortal-. El relato que reconstruye el mito de Icaro y el Minotauro también se constriñe al escenario del laberinto. Incluso Otro artista del hambre, en la que Kafka revive en una feria del libro madrileña, se desarrolla en parte dentro de una caseta de firmas. La mirada del tuerto, excelente historia sobre el mundo del boxeo, crece como cuento en los márgenes del cuadrilátero. Por no hablar de esa mujer araña, esa viuda negra de las películas policiacas, que encierra a sus amantes bajo tela. Todas tus historias, pues, surgen como la reconstrucción íntima de diversos encierros. ¿Puedes hablarnos de tu concepción espacial del relato?
Utilizo el espacio como un personaje más en mis relatos e intento que genere por sí mismo una atmósfera cómoda, distinta, un perfume a veces claustrofóbico, pero siempre muy real, muy creíble. Esto conlleva un proceso previo y laborioso de documentación del que disfruto solo a veces. Creo que este trabajo de ambientación le da carisma y personalidad a cada uno de los relatos, similares en morfología y temática, pero distintos, hermanos de una misma madre pero cada cual con sus particularidades. Todos los relatos (al menos esa es la idea) están concebidos con cierta autonomía del resto, para sobrevivir, si fuera necesario, en una isla desierta. Me gusta pensar que cada uno conforma un mundo cerrado en sí mismo, que no admitirían segundas partes, ni hermanos gemelos, ni alegaciones, ni quedarían incompletos para desarrollar el conflicto que se plantea en ellos. He de reconocer que cuando busco “exteriores” me gustan los atolladeros, los retos ambiciosos y si es preciso, no me importa naufragar en ellos. Una ambientación sugerente, que diga algo, que a ser posible esté vinculada con el conflicto que se plantea. Por ejemplo, un hombre que pierde todos los combates en una ambientación de boxeo, en un cuadrilátero predispuesto a la derrota; un trapecista que se debate entre la elección del pasado y el presente y la huida y el movimiento pendular de vaivén de un trapecio… Espacio y conflicto unidos en una armonía sutil; uno, si se quiere, al servicio del otro. Y viceversa.
2. Ceremonias de interior es tu segundo libro de relatos y tu primero publicado en una editorial de difusión amplia. Eres un reconocido ganador de premios literarios. ¿Qué papel han jugado estos en la creación de tu libro y en qué medida piensas que la gran difusión actual de premios literarios está beneficiando -o no- a los nuevos narradores de relatos?
Supongo que el libro ya estaba en marcha cuando empezaron a surgir todos esos premios y muchos de los relatos ya habían sido terminados. Se puede decir que los premios fueron una grata consecuencia buscada. Yo nunca he escrito un relato para un concurso. Llevo mucho tiempo escribiéndolos y estoy convencido de que, aunque hubiera contado con la indiferencia de los jurados, seguiría trabajando en ellos, afinando sus mecanismos e investigando, como lo hago ahora, en mi propia teoría del relato. Quienes me conocen saben que esto es cierto. Por otra parte, para mí, los premios han significado una especie de confirmación, como si hubiera aprobado unas largas oposiciones y por fin alguien me hubiera dado un voto de confianza. Hasta hace poco me acercaba a la escritura con cierto temblor, un poco a ciegas, con mis argumentos y mis anhelos, vale, pero en esa oscuridad pavorosa, sin saber muy bien cómo lo estaba haciendo… Ahora también me pasa. Tengo el mismo vértigo y nada avala que esa primera palabra o esa frase será la definitiva en un texto, pero obtener el reconocimiento de los jurados (y la aceptación del público) me ha llevado a la certeza de que lo que escribo y como lo escribo, no sólo me interesa a mí, sino que también puede ser atractivo para cierto tipo de lector. El que yo llamo, un poco ególatramente, “mi lector”.
Los premios literarios (en narrativa breve, que es lo que conozco) en general cumplen una función muy positiva: la de divulgar a escritores todavía desconocidos o que lo tendríamos muy difícil para salir de la nada e incentivar de algún modo, la que, como decía Leopardi, “es la más estéril de las profesiones”. Evidentemente, obtener o no un premio literario, nunca debería ser un fin en sí mismo, ni nadie debería pensar que no obtenerlo, muchas veces, es indicativo de mala calidad o de haberlo hecho mal. La subjetividad inherente a cualquier jurado, el gran número de candidatos, la peculiaridad de tener un género “propio”, apartado del “gusto general” o la simple mala suerte nunca pueden ser factores determinantes en la carrera de un escritor. Al menos no de uno que se precie de serlo, que lo lleve dentro, muy cerca del alma. Supongo que esa “confusión” y el desaliento que puede llevar aparejado, es la parte negativa de estos premios literarios.
3. Sabes que a partir de este libro se te pedirá un salto a la novela. Esto suele conllevar en muchos narradores el abandono del mundo del relato corto. A día de hoy, ¿qué papel de importancia puedes prever que ocupe éste en tu carrera literaria? ¿Te consideras un escritor de relatos a largo plazo, devoto y confeso?
Yo le debo demasiado al relato como para traicionarlo. Dentro de mi concepción del cuento, la novela no es un paso más, ni “el siguiente paso”, ni el cuento un género menor, necesariamente previo a la novela. Es distinto. Es cierto que los editores tienen una preferencia especial por la novela y que los lectores de relato somos más bien pocos. En esto, el relato es un género a caballo entre la novela y la poesía. Un editor, sobre los relatos de “Ceremonias de interior” me felicitó por su calidad, me dijo que eran estupendos y que hacía tiempo que no leía algo así y a continuación, después de un grave silencio, levantó los ojos de su plato y me dijo: “los editaré después de tu primera novela”. Y así son las cosas. Pero esto que podría parecer una desventaja, no lo es. Debido a que el relato está sujeto a otras leyes comerciales conserva su independencia, su propia filosofía, su “integridad” si quieres, su poder, su encanto. Creo que no soy el único que piensa que el relato es el campo de cultivo ideal para la experimentación, para la búsqueda, para la literatura de verdad, sin miedos “comerciales”.
Por otro lado, como te comentaba, afronto la escritura de mi novela de un modo diferente a como lo haría en un relato, es un combate de largo aliento, de constancia… el manejo del tiempo narrativo poco tiene que ver, la caracterización de los personajes es otra, su hondura sicológica mucho más profunda e incluso la estructura de la novela tiene muy poco que ver con la de un relato. Escribir relatos y novelas se parece muy poco, más bien nada. El cuento es matemática pura con alma, como esos relojes suizos donde cada engranaje tiene su sitio (y sólo ese sitio) y cumple una función (y solo esa función). No creo en la militancia de un solo género, ni soy ningún “integrista del relato”, pero íntimamente me confieso cada día como cuentista y creo que si los dioses son benévolos (y hasta ahora lo han sido) y me lo permiten, moriré con las pinzas, hurgando entre los mecanismos, montando relojes colgado de un trapecio.
4. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?
Tú has mencionado a Cortázar. Supongo que todos los narradores hemos pasado por él y todos le hemos robado nuestra pequeña porción. Además de él, me he llevado trocitos de Borges, de Chesterton, de algunas tardes con Faulkner y Onetti, de las fiestas en el jardín y la cenas de Dorothy Parker, de Chejov, de Kafka, de los relatos de misterio de Edgar Alan Poe, de algunos textos de Cheever y mucho, bastante, de Henry James, uno de mis narradores preferidos por su capacidad para envolverte en una aureola asfixiante, irreal, de la que sales contrariado. También tengo mucho respeto por los rusos, en especial por Dostoievski.

5. Escoge tu relato preferido de "Ceremonias de interior", analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.
Bueno, debo reconocer que tengo un cariño especial por Doble salto mortal. Creo que es uno de los mejores relatos del libro y uno de los mejores que escribiré. Surgió, como muchas historias, de la conjunción de un factor teórico y uno vital.
El factor “teórico” fue que deseaba escribir un relato que transcurriera en apenas dos segundos (lo que dura el doble salto mortal) pero en el que el tiempo narrativo fuera algo ágil, dinámico, de hecho, quería conseguir que ese tiempo, que a priori debiera desesperar, sacar de quicio al lector, fuera trepidante. Por ello elegí el trapecio y la técnica del flashback, un truco necesario que me brindaba el tiempo narrativo de una historia convencional dentro de mi “alambre narrativo”. Ubicar al personaje balanceándose en el trapecio (aquel reloj interno, aquel latido, del que hablaba Poe, su famosa cuenta atrás) me daría la oportunidad de tener al lector en un puño sin que el interés de la historia por “su pasado” decayera. El lector siempre tendría la inquietud inmediata de saber si al final cogía o no a su partener en el salto, de cómo se había llegado a la situación presente desde la que se estaba contando en ese mismo instante. Todo esto lo pensé y anoté en mi cuaderno, lleno de flechas y borrones, durante unos días que mi mujer y yo pasamos en Berlín.
El factor “vital” (el de la anécdota) transcurrió en ese mismo viaje. Un día, después de estar en Postdamerplazt y en una exposición de Grosz u Otto Dix o uno de estos alemanes trasgresores y geniales, mi mujer me preguntó dónde quería que pasáramos la tarde (tenemos una especie de acuerdo tácito, consensuado… dos modos de viajar que se complementan). Yo cogí el plano (la tarde anterior la habíamos pasado sentados en el boulevar de Unter den Linden, viendo pasar alemanes, cantautores y mimos “talquificados”, una de mis principales aficiones “ver pasar gente”) y al tuntún señalé un lago que quedaba al norte de la ciudad, el lago Wansee, algo como nuestra Casa de Campo. “Aquí me gustaría ir” le respondí. Cuando llegamos al lago la tarde estaba desapacible y atardecía con esa lentitud infinita de los países fríos. Era un lago inmenso, cubierto por una bruma densa y gris, que flotaba sobre el lago. Caía una lluvia lenta, insignificante y cada cierto tiempo llegaban o salían pequeños cruceros iluminados con música de piano de fondo y mesas y parejas bailando en su interior, diluidos en la bruma. Al fondo, más allá de la superficie asfáltica del lago, apenas se distinguía la línea quebrada, inabarcable de Berlín. Nos sentamos en uno de los bancos a la orilla del lago, debajo de un sauce o de algo que parecía un sauce, con una bolsa en la cabeza y en silencio, como me gusta hacer. En el fondo estábamos ridículos pero aquel era uno de esos lugares santuario, un templo encantado, una atmósfera mágica. Y estuvimos allí media hora, sin hablar, hasta que los dos empezamos a temblar y entonces, más allá de la estación de trenes, vi una pequeña carpa de circo iluminada y un sonido distante de redobles y música como de los cuarenta, con mucho piano. Apenas llegaba el sonido por culpa de la bolsa y de la lluvia que caía. Y en ese lugar, tranquilo, aparte del mundo, casi a oscuras, tan lejos de casa, cubiertos por una bolsa de plástico, con aquellos barcos de otra época y unido al “factor teórico” al que llevaba dándole vueltas toda la tarde, surgió la historia de Thomas Solvein. El conflicto lo centré en la necesidad de “la elección”, en lo que uno deja en el camino, en la “huída” más como patología que como mecanismo de defensa y metafóricamente, el trapecio, la trashumancia del mundo circense, me dio la llave, la figura que necesitaba. El lugar, la magia.
Ya de vuelta en casa, tardé un par de días en escribirlo. El proceso de corrección fue laborioso, intermitente y duró algunos meses (me gusta “reposar” mis textos para releerlos con cierta distancia) y gracias a él se disimularon las cicatrices, las inseguridades y las dudas del proceso creativo.
6. Tus relatos se alejan conscientemente del realismo. Su argumento suele partir de un desafío formal que tanto el narrador como el autor se esfuerzan por lograr vencer. Intentar hacer creer al lector que un buen lector puede dar vida a la literatura -Incapaz de verla morir, uno de mis preferidos del libro-, o que desde una bañera puede contemplarse el mundo, como Onetti desde una cama. Con frecuencia desde un lugar fantástico, tu mirada abunda en una prosa cuidada y bella al servicio de una construcción enigmática, desafiante. Tus relatos se mecen entre la fuerza explicada de lo inexplicable y el poder inexplicable pero mostrado de los sentimientos entre los protagonistas. ¿Huyes del realismo? ¿Cuál es tu concepción del relato?
No necesariamente. Huyo eso sí, del estilo realista o de lo que se entiende por estilo realista, desabrido, cuya única herramienta formal es la metáfora y cuyo único elemento de trabajo es “lo tangible”. Creo que la retórica, sin excesos, utilizada con elegancia (y no digo que sea el caso) presta al escritor una herramienta fundamental de la que no debería prescindir. El manejo del “aliento narrativo”, de la musicalidad y del ritmo, me parecen muy importantes a la hora de contar. Sin huir de lo real, los temas de mis historias (que me eligen a mí y no yo a ellos, como pudiera parecer) requieren terrenos híbridos entre lo habitual y lo fantástico. Y me preocupo más por establecer ese pacto de verosimilitud con el lector, que por el realismo que puedan o no tener mis escenarios. Evidentemente, incluso esos mundos, tienen unas reglas que pertenecen al mundo real, que el lector puede reconocer y que “ordenan” el imaginario.
7. Es convención que el final es vital para el relato corto, y tú dominas perfectamente el arte de la última frase, esa que no es final argumental pero cierra el relato de un modo evocador, que dispersa de algún modo todos los significados ocultos, enriqueciendo el relato acabado de leer. ¿Cómo trabajas ese aspecto de la narración?
Supongo que hay una prevaricación detrás de esas últimas frases. El final resulta muy importante para que el lector tenga la sensación “de que le han contado algo”. Desde que se plantea el conflicto yo ya pienso en cómo puede ser ese cierre, en cómo hacerlo para que sea efectivo. A veces surge durante la propia escritura, otras en la ducha, a veces con los amigos… le doy muchas vueltas.
Me gustan los finales abiertos, no porque sean incompletos (de hecho creo que todas las narraciones de este libro están cerradas de un modo hermético) sino porque permiten varias lecturas del relato, una para cada lector y la buena literatura (repito, no hablo de esta) siempre ha gozado de cierta “interpretabilidad”, de una ambigüedad que permite que cada lector personalice lo escrito.
8. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.
No tengo muy claro si algunos de estos libros son estrictamente de este siglo o de finales de los noventa, pero ahí va una pequeña muestra de los que a mi entender son excelentes: Jordi Puntí, Animales tristes, Calcedo, La carga de la brigada ligera, Alfonso Fernández Burgos, Mujer con perro sobre fondo blanco, Felix J. Palma, Las interioridades, Luis Magrinyá, Los aéreos y Belinda y el monstruo, Eloy Tizón, Velocidad en los jardines, Carlos Castán, Frío de vivir, Iwasaki, Ajuar funerario... Dentro de los autores extranjeros, destacar el volumen de Julian Barnes La mesa limón o los Pecados sin cuento de Richard Ford.

9. Tus relatos acusan una gran influencia del imaginario centroeuropeo. No sólo el explícito homenaje a Kafka, sino el anclaje de varios de tus relatos en ambientes germánicos. Incluso tu circo de Doble salto mortal -un maravilloso estudio sobre el concepto del equilibrio y lo aéreo, el riesgo y el vuelo- tiene un claro sabor a circo expresionista tocado por Max Ophuls en Lola Montes, ese mundo de colores deformados. ¿Hasta qué punto esa influencia germánica destaca sobre otras tradiciones narrativas en tu obra?
Tengo una predilección especial por la narrativa germánica y austrohúngara, por su “disciplina” pasional. Creo que sus escritores siempre han sabido combinar muy bien lo narrativo y la filosofía, sin ser nada de lo anterior, dejando atrás “la superficie” y la estética (tan sudamericana, tan actual) para crear novelas contundentes, comprometidas en el cuerpo y el alma, donde el pensamiento de los personajes y todos sus actos revisten importancia en la trama, donde el peso de la digresión es casi una losa que sobrellevan esos personajes. Novelas que obligan a pensar y no sólo se quedan en lo aparente, en el “lucimiento” narrativo sino que se quedan en el “imaginario” lector y de las que se sale con un suspiro, teniendo la sensación de haber aprendido. Me parece excepcional la obra de Heinrich Böll, sobre todo “Opiniones de un payaso”. Pero además admiro y mucho a Thomas Mann, a pensadores como Ernst Jünger o Christa Wolf, a Günter Grass, Zweig o Sándor Márai. A veces, es cierto, mis textos sufren una deriva involuntaria hacia ese tipo de escenarios y personajes.
10. No anclas tus relatos en este país, en esta época. Los nombres de tus personajes evocan lejanía, otros lugares, y creo que este detalle forma parte de tu alejamiento formal del realismo. ¿Hasta qué punto este aspecto ambiguo de tu obra te parece importante para transmitir la estética de tus relatos?
Los nombres propios forman parte de ese pacto de verosimilitud del que hablaba antes. Los lugares lejanos o no habituales, tratan de alejar al lector del sillón de su casa, de hacerle despegar e introducirle sin que se queje en el laberinto del minotauro, hacer creíble que un Kafka redivivo se aparezca en la feria del libro en pleno siglo XXI y se ponga a hablar, como si tal cosa, con un editor; conseguir que un aspirante a saxofonista fabrique Venus de Milo en serie o que un hombre pueda vivir dentro de la propia bañera. Si mis textos estuvieran ligados a referencias cotidianas, habituales, si compraran papel higiénico en el Corte Inglés o su vestido de tirantes en Zara, si vivieran en Móstoles o pasaran sus vacaciones en Marina D’or (contra los que, conste, no tengo nada) es muy poco probable que nadie creyera esas historias. ¿No crees? Mi literatura, en este aspecto, se aleja de lo real. Ya dije que me gustan los retos y visitar lugares en los que nunca he estado. También visitarlos luego para ver cuán equivocado estaba. De hecho, no pocas veces utilizo el atlas como libro para inspirarme.
11. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.
He leído muchos. “Memorias del subsuelo”, por ejemplo (O “Apuntes…” dependiendo de la traducción). No es estrictamente un relato ni una novela. Pero cuando la leí, hace tiempo, me pareció aterradora y todavía conservo fresco el recuerdo del delirio de su personaje, su marginación voluntaria, su aislamiento, el rechazo a “lo social”, un estado pervertido, enajenado. Su necesidad por escapar, por llegar más y más abajo, arrastra consigo al lector y uno sale de esa lectura con ganas de gritar, de salir corriendo… Literatura con mayúsculas, claro.

12. Eres un amante de la literatura fantástica, por lo que dejan ver tus relatos, donde te atreves con un relato de fantasmas -Anoche- en toda regla, en el que respetas incluso los cánones del fantasma como Dios manda. ¿Cómo integras el mundo de lo fantástico en tus historias?
Supongo que con naturalidad. Sin aspavientos y sin dar explicaciones. Las cosas ocurren casi domésticamente, siguiendo una lógica que busca el extrañamiento del lector sin prisas, al modo de Cortázar, llamando a la puerta (como en el relato que mencionas) para presentarse en forma de sueño, mientras dos personajes conversan tranquilos, en esa indiferencia anestesiada de la primera cita, en un restaurante italiano (y uno de ellos es una araña de seis brazos que sorbe espaguetis) o en la soledad del salón de un erudito que ha rechazado “lo externo y sensible”, la vida “de fuera” a la que ha sustituido por su mundo imaginario de lecturas.
13. ¿Qué piensas del mundo del relato corto en España y de su reconocimiento editorial, por la crítica y por los lectores? ¿Puedes sugerir alguna solución para mejorarlo -si es que piensas que no lo está lo suficiente, claro-?
Estoy leyendo un libro formidable de aforismos de Jorge Wagensberg titulado “a más cómo, menos por qué” y ayer me topé con algo que me hizo pensar. Wagensberg escribía lo siguiente: “el dudoso prestigio de los aforismos procede de la facilidad con la que se logra un aforismo malo”. Y creo que podría establecerse un símil muy cercano con el relato breve. En España los lectores de relato nos las hemos visto con relatos malos, infames, con inicios frustrados de novela, con capítulos sin pies ni cabeza, con narraciones que eran todo menos relatos (y lo más pasmoso es que esos textos pertenecían a autores “consagrados”, con cierto bagaje y autoridad narrativa). Esto ha llevado al lector “no especializado” a desconfiar del género. Supongo que si los relatos que se publicaran fueran como los de algunos escritores que tengo en la cabeza el cuento gozaría de un mayor prestigio y de una mayor popularidad. Habría una tradición hacia este género, como la ha habido en el mundo anglosajón. A mis amigos les suelo recomendar (y regalar) libros de relatos. No son escritores, ni intelectuales, pero me gusta ver sus reacciones ante esos libros. Creo que no me equivoco si digo que lo pasan bien, mucho mejor incluso que con cualquier novela. Es un género muy cercano a las necesidades contemporáneas. Para leer una novela un lector debe predisponer de un tiempo para ello. Para entregarse a un cuento, vale cualquier arista entre una y otra actividad.
Creo que el cuento pasa por un estado estacionario. Es cierto. Se venden más libros y en porcentaje, se vende algo más de relato, sobre todo antologías. Hay editoriales que apuestan en exclusiva por el género (Menoscuarto, Páginas de espuma…) a las que hay que agradecer su labor. Por debajo del tejido editorial, en el mundo subterráneo de las tertulias, se están cociendo cosas, hay un bullicio inquieto, un futuro prometedor para el relato. Hay autores jóvenes (y no tan jóvenes) con muchísima calidad que están empujando, con relatos muy buenos, que buscan su camino. Confío en que la perseverancia les ponga en el lugar que merecen. Así que auguro un futuro estable, que no es poco.
¿Soluciones? La única que conozco es seguir escribiendo relatos que me gusten y gusten “a mi lector”, leyendo relatos de otros escritores a los que respeto y transmitir boca a boca (o de boca a oído o como se diga) desde mi pequeña parcela de mundo para reflotar con modestia y constancia este género que siempre lo necesita.
14. Eres profesor de escritura en la "Escuela de Escritores". ¿De qué modo influye en tu trabajo literario tal dedicación?
Supongo que he aprendido a diferenciar la docencia y la escritura. Tengo una disciplina bastante estricta en cuanto a mis horarios y no permito que una cosa reste tiempo a la otra. Evidentemente, a pesar de esta profilaxis, entre ambos mundos se produce un trasvase de intereses, una especie de ósmosis. Trato de transmitir a mis alumnos la pasión por la escritura (tal y como yo la entiendo) la necesidad de una lectura continuada en la formación del escritor, la relación entre el compromiso y el deseo en la escritura (“esto no es fácil” y las gratificaciones, cuando se producen y en el noventa y mucho por ciento de los casos, son personales e intransferibles) y la defensa del estilo propio en el marco de una enseñanza “reglada”. Intento que en el camino eviten muchos de los meandros en los que yo me detuve. Recibo a cambio ilusión, complicidad, apoyo y la sensación de no estar solo mientras me balanceo en el trapecio o toco el saxo para una desconocida en el desconcierto de una calurosa noche de agosto.
15. Y para acabar, Ignacio, indícanos algún escritor actual que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado.
¿Infravalorado? Me viene a la cabeza Gonzalo Calcedo, por ejemplo. Es un escritor que respeto muchísimo y al que admiro incondicionalmente. Creo que no se hace justicia a un trabajo estupendo, depurado, con personalidad, diferente, muy lejos del carverianismo con el que tradicionalmente se le ha emparentado. Sus últimos trabajos, sobre todo El peso en gramos de los colibríes o La carga de la brigada ligera me parecen excelentes dentro de su obra. ¿Sobrevalorado? La verdad es que es una pregunta comprometida y a la que te responderé con una evasiva cortés: muchos de cuyo nombre no quiero acordarme.


20 comentarios:
Hacía mucho tiempo que no leía una entrevista tan centrada en el mundo interior del escritor, en la arquitectura de la creación y en los resortes que desencadenan el proceso de escritura (la búsqueda de la inspiración; porque la inspiración no viene, hay que salir a buscarla cada día). Cada pregunta y cada respuesta están planteadas y contestadas tras una obligada reflexión, con hondura y rigor, en las antípodas de las superficialidades habituales.
Por otra parte, "Ceremonias de Interior" es un libro magnífico, cuya lectura recomiendo. Felicidades a los dos.
Apasionado del relato como soy, me ha picado la curiosidad y trataré de conseguir este libro. La entrevista, magnífica, por cierto. Da gusto que las preguntas, por una vez (en contrapartida a las de los diarios), sean pertinentes e inteligentes.
Pues es un libro estupendo, e Ignacio además un gran tipo y buen amiguete. Ahora mismito voy a leerme la entrevista.
Miguel Ángel, si me lo permites, me gustaría colgar un post en mi blog con un enlace a la entrevista y, por añadidura, al Síndrome de Chéjov. Creo que a la gente que frecuenta mi página puede interesarle mucho.
Espero tu respuesta.
Un abrazo.
Una entrevista magnífica, sí, y además clarificadora, algo que suele darse poco en las entrevistas, que acaban por ser una pura redundancia. Conocemos más al autor y su obra, no nos quedamos en la superficie. Su defensa de autores como Böll se merecen no ya la adhesión sino hasta el aplauso. Este autor se ha ganado, después de leer la entrevista, un nuevo lector. Y le leeré con mucha atención.
He disfrutado leyendo la entrevista, a pesar de que aquí no se consigue los textos de estos estupendos autores(sólo los que Alfaguara, Planeta, y esas grandes se dignen a enviar).
Saludos y seguiré visitando tu blog.
la entrevista es mi género literario favorito y ésta es una maravilla; gracias, Miguel Angel. Un abrazo.
Mis felicitaciones, Miguel Ángel, por esta entrevista. Así deberían ser siempre, pero los periodistas por mucho que se esfuercen rara vez llegan a esta profundidad, que sólo puede destilarse desde dentro del oficio. Y buena elección. Ignacio Ferrando es uno de los nuevos cuentistas que se ha ganado el derecho a ser escuchado, uno de los autores a los que hay que seguir de cerca. En el ámbito de los premios de relato, como en tantos sitios, hay envidias y frustraciones; pero la realidad se acaba por imponer, y si Ferrando ha llegado donde está es por talento, esfuerzo y méritos propios.
Felicitaciones a ambos: MiguelÁngel, Ignacio. ¡Mucha suerte, Ignacio!
No voy a repetir todo lo que acertadamente ya se ha dicho aquí. Estupenda, de verdad!
Gracias.
Como no pienso cometer la desfachatez de comentarte con la prisa de una lectura acelerada, me guardo en la memoria portátil las últimas entradas de tu bitácora, en la que, por lo que veo, cada vez inoculas más ganas. Las leeré en casa con calma y vendré otro día a comentarlas como se merecen.
Ahora sí cometeré la frivolidad de dejar dos apostillas: gracias por señalar lo de la confusión musical en mi bitácora, creo que ya lo he solucionado. También actualicé enlaces, y si no lo conocías ya, te emplazo a mi "Recomendación de la semana", un lugar donde transitan (con frecuencia de cometa perezoso, pero con el mismo brillo) Zapata, García Antón, G.Navarro, etc.
¿Colección el Albatros? Vaya, precioso nombre... tanto como esa portada de Modigliani.
Un abrazo.
Me gustó mucho la historia sobre la gestación del relato "Doble salto mortal".
Y toda la entrevista en general.
Muy interesante.
Saludos.
Gracias a todos los que os habéis sentido interesados por esta entrevista. Vuestra lectura, la de aquellos que comentáis o la de los que pasan en silencio, es la que va dando sentido, poco a poco, a esta página dedicada al relato corto en especial, pero sobre todo a la literatura apasionada, y apasionante.
Especialmente enhorabuena a juan carlos márquez y a jacinto muñoz, por sus flamantes premios de relatos.
Espero que las próximas entrevistas mantengan el nivel.
Un abrazo a todos.
Excelente entrevista. La leí con pasión. Muy preciso eso de "Yo le debo mucho al relato como para traicionarlo". Lo que no significa traición en términos creativos, sino de género. Bien.
Gracias, Miguel Ángel, por guiarme hasta este autor. Me sonaba de oídas, pero gracias a esta entrevista "Ceremonias de interior" será mi próxima lectura de un nuevo narrador patrio.
Gracias Miguel Angel, tras leer tu entrevista me acerqué a La Casa del Libro a comprar el libro de Ferrando. Ninguno de los 12 relatos tiene desperdicio. Un derroche de originalidad, ritmo, sensualidad y manejo preciso del leguaje. Enhorabuena Ferrando.
Hola. Me podría alguien decir, por favor, de qué libro de Cortázar proviene la cita de la frase "ceremonias de interior"?
Gracias a todos, y sobre todo a Miguel Ángel por su empeño.
"Ceremonias" fue el título de una recopilación de sus relatos, publicada por Cortázar en 1968, y que recogía relatos de "Las armas secretas" y "Final del juego".
Gracias a ti, Melani, por tu interés.
Onetti tiene un decálogo, así como Quiroga, donde aconseja no limitarse a leer los libros ya consagrados (dice que Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz y hoy son genios).
Aunque no creo en decálogos y además no soy escritora, últimamente pensé en esto porque Jorge Lafforgue defendió a Quiroga cuando los estudiosos lo consideraban un escritor menor y la semana pasada me encontré al mismo Lafforgue apostando por un escritor nuevo... y en mi cabecita empezaron a pasar cosas.
O sea que el tipo, con una trayectoria de medio siglo, no tiene miedo en decir lo que piensa y levanta a un escritor que hasta ahora solamente ha publicado un libro.
Yo me hice con el libro y lo leí porque si para Lafforgue es bueno debe ser bueno y pensé después de leerlos que sí, que es muy bueno, pero que no sé si yo sola me hubiese animado a decirlo sin la autoridad de un groso que me abra la puerta antes. Y esto me dejó pensando.
Lo que quiero decir es cómo yo que no tengo ningún prestigio para perder nunca me animé a levantar a alguien que nadie haya consagrado antes. Ya sé que no me puedo comparar con Lafforgue que soy una lectora casi del montón, pero justamente por eso ¡¡¡¿por qué tenerle miedo a equivocarse?!!!
Bueno... que por todo esto abrí un blog en http://misescritorespreferidos.blogspot.com con la idea de que la gente haga conocer a sus buenos escritores en las sombras, para que los compartamos y encontremos a los futuros Quirogas, Onettis, Cortázares y Borges por nosotros mismos. ¿Demasiado delirante? No será la primera vez que me lo dicen pero quiero hacerlo y creo que está bien que lo hagamos.
Ojalá visiten el blog y opinen algo al respecto. Gracias.
Lau.
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