Para I.M, por el último préstamo.

Guillermo Arriaga se ha hecho popular como guionista. Es sin duda uno de los tres o cuatro mejores guionistas que hoy existen en el mundo. Amores perros, 21 gramos, Los tres entierros de Melquíades Estrada -por la que ganó el año pasado en Cannes el premio al mejor guión- y la aún no estrenada Babel -premio a la mejor dirección en el último festival de Cannes- muestran a un magnífico fabulador que mezcla con soltura y brillantez -Arriaga es de esos guionistas constantemente brillantes, que sorprenden por su forma de plantear las historias- el interés por la trama con la reconstrucción caleidoscópica del interior, del alma de sus personajes. La violencia como inexorable pago de la condición humana, el amor como única redención posible en un mundo repleto de culpas, la fragmentación de un universo lleno de historias entrecruzadas y que adquiere su condición visible una vez esas historias son reconstruidas, el misterio de la enfermedad que nos devuelve la capacidad de amar y sufrir -amor y sufrimiento son los dos grandes temas sobre los que pivotan continuamente sus historias-. Quizás el que como artista moderno acuda a la utilización cruda de la violencia -no tanto por su violencia explícita sino por la tensión a veces insoportable que destila su modo desencajado de narrar su historia- pueda hacer que Arriaga sea encuadrado sin más en los artistas posmodernos que utilizan la misma para construir su propia estética, a la manera de Tarantino o Chan-wook Park (véase la imprescindible Old boy). Arriaga, por contra, posee una capacidad clásica de analizar los problemas humanos y a la postre está mucho más cerca de John Ford que de Hitchcock. Le interesa el hombre más que el enigmático modo de nombrarlo a través de una historia brillante.
Pero Arriaga comenzó como escritor. Suyas son tres novelas: Escuadrón guillotina (1991), Un dulce olor a muerte (1994) y El búfalo de la noche (1999) y un libro de cuentos, Retorno 201 (2003). Todas estas obras le sirvieron para profundizar en su duro mundo de pasiones y dolores, perfeccionado en sus guiones. Retorno 201 incluye en realidad sólo algún relato actual, puesto que la mayoría son historias firmadas en la segunda mitad de los ochenta, con lo cual estaríamos enfrentándonos en realidad al origen de su narrativa. El libro ha sido publicado hace unos meses por la editorial Páginas de Espuma.
Cuando ya se han visto sus películas los relatos adquieren un sentido aún más pleno, porque se contempla en ellos el afán experimentador a la hora de plantear problemas exclusivamente íntimos. En Arriaga es fácil advertir su interés permanente por contar la historia elegida desde un ángulo novedoso. Arriaga elije siempre el escondite más adecuado para acercarse a sus historias. También prefigura su interés por las vidas cruzadas al hacer que un mismo personaje -un ginecólogo de turbia moral, el doctor Tomás del Río- aparezca como actor secundario en varios relatos. Estamos ante un libro estimulante y variado. Lilly es un cuento brutal sobre el abuso infantil por parte de la propia infancia; En la obscuridad toca el tema antes indicado de la capacidad de la enfermedad para despertar nuestra lucidez; Ultimátum violeta me recuerda a ese angustioso relato de Cortázar en que un personaje descubre la nada al intentar ponerse un púlover de estrecho cuello, aquí la nada, el acabamiento lo induce una garrapata que absorbe al personaje hasta agotarlo -un cuento genial-; El rostro borrado es una exploración sobre la memoria y la ternura, con un estilo dulce y acariciador; 195 estremece al acercarse al tema del maltrato femenino y la maternidad con una dureza que a la vez transmite sentimiento de un modo que es muy difícil definir, pero que es facilísimo sentir.
Leer a Arriaga -también sus cuentos, no sólo leer sus historias en el cine- permite acercarse al mundo estremecedor pero también auténtico de un futuro clásico -¿no lo es ya?- de la historia del cine.
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