Pensaba que nunca llegaría este día y que no tendría que escribir esta entrada. Por otro lado, sabía que llegaría este día y que tendría que escribir esta entrada. Hace cinco años, en un momento personal bastante bajo, decidí abrir un blog que escribió por mí Inés Mara. Fue mi gimnasio literario, mi forma de atenerme a las palabras y ahuyentar el desánimo. Año y medio después publiqué mi primer libro de cuentos y decidí que sería bonito hablar de cuentos y libros, convocar imágenes, fotografías, portadas, poner al alcance del lector lo que pudiera publicarse sobre ese primer libro -¡qué iluso, no sabía entonces si se escribiría algo sobre "El síndrome Chejov"!-, pero sobre todo establecer un lugar donde pudiera hablarse sobre mi gran pasión: los libros, y especialmente todo lo que rodea al relato.
No voy a repasar lo que ha ocurrido durante estos tres años y medio. Casi todo bueno, y para también el último día persistir en mi actitud hacia los libros -buscar en ellos lo admirable, lo amable- apenas voy a recordar sino todo lo bueno. Sí reconoceré que como escritor siento cierta decepción hacia el mundo de la blogosfera, pero es una percepción personal y por tanto probablemente errónea. Hay multitud de fantásticos blogs, pero salvo excepciones muy buenas, y muy conocidas -otras no todo lo que merecen-, los escritores han renunciado a hacer de la blogosfera un terreno de debate y crítica sobre libros y escritores. Muchos autores tienen un blog -no me refiero a los blogs colectivos de comentarios literarios en los que muchos escritores participan- pero en su gran mayoría la orientación es informativa o personal, y raramente se han vulnerado las reglas que alguien ha sabido imponernos de que una entrada tiene que ser breve, divertida, "cachonda", puramente informativa, llena de links, lo menos compleja posible, y sin lenguaje literario, por favor. Comento esto con total respeto hacia lo que se está haciendo desde distintos ámbitos pero mi experiencia de estos años me indica que muchos escritores prefieren no poner por escrito, en un comentario o en un debate electrónico, lo que piensen sobre un debate literario o sobre... lo que sea. La blogosfera deja demasiados rastros, y el escritor... probablemente... se tiene que limitar a escribir. Esto, junto a la proliferación del anonimato en comentarios -como casi siempre ocurre, lo que nació como una ventaja de Internet se ha convertido en uno de sus lastres- y el afán por foguear burdas polémicas cainitas, se me antoja una amenaza bastante grande para el futuro -y el presente- de los blogs literarios, pero sobre todo un elemento inyector de cansancio, cuando no algo peor.
Pero estaba hablando del tiempo empleado, del tiempo que falta. Y, ay, eso sí lo sé bien. Sé el tiempo que no he podido tener, aun teniéndolo aquí. Sé las horas que compartí con esta pantalla porque quería transmitir la pasión que había levantado en mí una lectura, un sentimiento hacia un libro o un autor, del que me leía en sucesión siete u ocho libros para preparar una entrevista. He disfrutado muchísimo hablando de libros y leyendo opiniones de otros mediante los comentarios, pero mientras... mis hijas crecían (la segunda nacía con el blog mediado) y otros proyectos se estancaban. -Esta última frase suena dramática y levemente altisonante, pero no la voy a cambiar, yo sé exactamente lo qué significa.- Quienes han seguido el blog saben que jamás lo he utilizado para airear circunstancias personales. Creo que es la primera vez que menciono el hecho de que tengo dos hijas. Es sólo un detalle. Y no va a ser ahora cuando mencione aquí asuntos personales, cuestiones que al fin y al cabo a nadie incumben y que son terreno de la intimidad, eso tan contradictorio, al parecer, con la blogosfera.
Podría dejar que el blog languideciera, escribir una entrada cada tres semanas, y publicar una entrevista cada cuatro meses, pero he puesto tanto cariño ingenuo en todo lo que ha rodeado esta aventura que prefiero no hacerlo y acabar con lo que ha terminado. Echaré de menos culminar varios proyectos: terminar el ciclo de entrevistas con varios nombres que siguen apuntados en una lista de imprescindibles, redondear también aquella serie interrumpida de cheeverianas, acometer nuevas ideas, seguir contando a mi manera lo que muchos libros de cuentos y novelas me contaron a la suya, y más.Mi idea era ser elegante y, sobre todo, breve. Una despedida cariñosa hacia toda la gente que me ha leído a mí y a todos los que han participado de alguna manera en el blog, a través de comentarios, entrevistas y colaboraciones mediante cuentos y textos inéditos. Pensaba que sería capaz de que por una vez el texto de la entrada pudiera ser leído con un sólo vistazo, como establecen los cánones.
Es evidente que ya me está costando no estar por aquí.
¿Ha valido la pena? Espero que sí. Ahora mismo, no sé contestar.
Pero no había venido para contestar esa pregunta, sino a despedirme. Y para irme con música, varias canciones. La primera es un poco melancólica -yo lo soy, qué le voy a hacer; entre otras cosas, me hace ser posmoderno sólo a tiempo parcial-. "In a sentimental mood", por Duke Ellington y John Coltrane, el tema que me hizo amar el jazz y una de las canciones más sublimes de la historia de la música. Nada tan clásico y a la vez tan moderno.
Otro tema, y me permitiréis el autohomenaje por una vez: uno de los pocos testimonios que hay en imagen, cantando en directo, de Eva Cassidy, pocos meses antes de morir. Eva Cassidy inspiró una pequeña escena de mi relato "Quédate donde estás", y muchas horas de felicidad oyendo sus canciones, y si uno se preguntara si alguien ha podido cantar "Over the rainbow" de forma más sublime que Judy Garland, en este video está la respuesta.
La tercera canción es de Belle and Sebastian y juega con algo muy cercano a lo que hemos estado hablando por aquí durante este tiempo. "Storytelling". Se trata de eso. Contar historias. "Ahora que eres un cuentista puedes pensar que no tienes responsabilidad", dice la canción.
Muchas gracias a todos.
Pensándolo mejor, prefiero una despedida algo más movida. Adiós en movimiento: Jamie Cullum y Katie Melua jugando a cruzar el jazz y la belleza, el susurro y la locura, la libertad y el pudor.
Ahora sí.
Adiós.
Ahora sí.
Adiós.
