25 mayo 2008

Ficción Sur en Madrid.

El viernes 16 se presentó en Madrid "Ficción Sur", en la preciosa librería "Tres rosas amarillas". Con el local atestado, y altavoces en la calle, varios de los autores de la antología leímos fragmentos, microcuentos, relatos dialogados. De todo hubo, y siempre bien.
David González Torres, al que pude conocer allí, autor de la revista Avión de papel, y del blog El hueco del viernes, tuvo la paciencia y el buen hacer -ni me di cuenta de que andaba por allí, cámara en ristre- de rodar unos vídeos de la lectura y colgarlos en er llutuve. Aquí incluyo uno de ellos, como recuerdo de esa noche.

En su blog además, puede leerse el prólogo escrito por Juan Jacinto Muñoz Rengel para la antología.

19 mayo 2008

Ricardo Menéndez Salmón: "Todo lenguaje se funda sobre una derrota evidente: la vocación de nombrar lo innombrable".

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es una de las revelaciones literarias de los últimos años, pero su carrera es larga. Desde las publicaciones minoritarias hasta el conocimiento masivo de los lectores, que sin duda no dejará de crecer en el futuro, su obra está marcada por la seriedad y profundidad de planteamientos y la perfecta compaginación entre la novela breve y el relato. En "Derrumbe" reflexiona de nuevo sobre el peso en nuestro mundo de la destrucción, y la contaminación de la belleza por fuerzas maléficas (que de paso son un motivo deliciosamente literario).


1. Para empezar, tu ejemplo me parece admirable por lo que representas de autor que se ha ido formando muy lentamente, y que, antes de la notable repercusión de La ofensa, había publicado diez libros en editoriales minoritarias, durante diez años. Me gustaría que nos contaras cuáles fueron los pasos de ese largo camino y hasta qué punto es importante para el escritor confiar en sí mismo y su obra, más allá de la repercusión que ésta tenga.

Vivir y crear desde la periferia, Asturias en mi caso, me ha ensanchado las espaldas ante posibles reveses y, al tiempo, me ha permitido trabajar con absoluta libertad. Una de las palabras que más se han utilizado para referirse a La ofensa ha sido «revelación», algo que debo aceptar con una sonrisa hasta cierto punto condescendiente, porque La ofensa es sólo un paso más en una trayectoria de la que me siento orgulloso por su coherencia. Que antes esa trayectoria fuera invisible, o prácticamente invisible, no la convierte, a mis ojos, en menos decisiva. Esa década de trabajo, además, me protege de cualquier tentación de creerme en poder del fuego sagrado de la literatura, aunque al tiempo me permite ironizar sobre la seriedad —la supuesta seriedad— de ciertas críticas perversas que he recibido.

2. Tus libros dan sensación de unidad. Eres un autor, en mi opinión, con un mundo propio sólido al que das vueltas desde distintas perspectivas con tus historias. Temas y motivos de unos cuentos se repiten en otros, como si buscaras —eres filósofo de formación— penetrar a fuerza de reflexionar sobre ellos, en distintos conceptos abstractos que te parecen fundamentales. ¿Estás de acuerdo?

Lo estoy. Todos los escritores que admiro han sido escritores de obsesiones. Las obsesiones generan relaciones que van más allá de la vida presente de cada individuo, dibujando redes íntimas que atentan contra la naturaleza del tiempo, que es, por definición, irreversible. En realidad, yo siempre he escrito el mismo libro, uno que, bajo el aspecto del relato o la estructura de la novela, gira alrededor de unas pocas preguntas fundamentales: ¿por qué existen el dolor y el mal en el mundo?, ¿posee la belleza una capacidad redentora?, ¿cómo podemos sobrevivir al sinsentido de la existencia?


3. Tus relatos de Los caballos azules y la novela La ofensa tienen muchos puntos en común. Más allá del guiño de que en La ofensa aparezca brevemente un Baumann, nombre del teniente del relato «Eternidad», en «Los caballos azules» Fabiani-Jofra declara de sí mismo: «Pues aunque me han dado dos corazones para la aflicción y dos cerebros para el ensueño, tengo el sentimiento amputado». Esta idea final será la base de La ofensa. En ambas historias hay proceso de despojamiento de la personalidad al que sigue una posterior reapropiación de la misma.

Un libro es el precipitado de muchas impresiones previas. En una literatura tan concéntrica y centrípeta como la mía, donde los textos se realimentan y los topoi se repiten una y otra vez, es relativamente sencillo encontrar en cada nuevo libro el desarrollo de ideas esbozadas con anterioridad. El tema de la identidad, por ejemplo, es una constante en mi escritura: identidades impostadas, identidades especulares, identidades duplicadas. En efecto, algo de Kurt había sido ya esbozado en la pareja Fabiani-Jofra, de modo parecido a como en el anhelo de belleza del teniente Baumann están ya inscritas algunas de las preguntas centrales de La ofensa, entre otras cómo es posible que en un mismo sujeto coincidan la admiración por la música de Schubert y la aceptación del hecho de que existan lámparas hechas con piel de muchachas judías.

4. ¿Cómo funciona para ti la Historia como motor literario?

La Historia es el lugar donde las cosas suceden, y como tal, un inmenso depósito narrativo a disposición de quien quiera asomarse a él. Un amigo historiador dice que todo está ya contado en Ilíada, Odisea, las 33 obras que conservamos de los tres trágicos griegos y la Biblia. Si eso fuera cierto, querría decir que la literatura, como tal, no hace más que repetirse, que entreglosarse, por usar la expresión de Montaigne, y que los millones de libros que se han escrito no son sino variaciones y notas al pie a propósito de las historias transmitidas en esos textos seminales. La Historia, en cualquier caso, se me antoja un laboratorio inmejorable para el escritor. Basta acercarse a lo que sucede cotidianamente, a lo que hoy es suceso y mañana se habrá convertido en reliquia, en objeto de hermenéutica, para comprender que todos los escritores, lo aceptemos o no, pertenecemos a la escuela realista.

5. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?

Citaría a Chéjov, Bábel y Carver por un lado, como escritores de lo íntimo, de lo cotidiano, y a O’Connor y Cheever por otro, como autores con inquietudes metafísicas. Luego está el caso sin parangón de Kafka, un escritor al que, cuanto más leo, más admiro. En español me han influido la obra breve de Borges y Onetti. Y en nuestro país admiro muchísimo las narraciones de Benet, a menudo menospreciadas al ser comparadas con sus grandes novelas.

6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.

Mi relato favorito, aquel del que más orgulloso me siento como escritor, es «La vida en llamas», el texto que abre Gritar. Así como La ofensa nació de la imagen de un edificio que arde, «La vida en llamas» surgió de la imagen de un corredor en llamas que pasaba ante un espectador atónito. La imagen era tan poderosa que me dije: «He ahí una historia que merece ser contada». La imagen tiró de mí como un perfume. Sólo tuve que seguirla y ella me fue abriendo otras estancias, todas increíblemente plásticas: un hombre leyendo a la cabecera de un agonizante, una mujer embarazada bebiendo desnuda en mitad de la noche, un padre de familia observando dormir a sus hijos como si se tratara de un ratero. La redacción del texto resultó tan diáfana que lo terminé en dos semanas, un tiempo para mí brevísimo, si tenemos en cuenta que, por ejemplo, la redacción de La ofensa me llevó 36 meses. El orgullo que siento ante ese relato se cifra, en definitiva, en que jamás, a lo largo de todo el tiempo que llevo escribiendo, el resultado final de lo que quería contar ha estado tan cerca de mi intención inicial. Valga decir que, desde el punto de vista del escritor, es el texto que menos ha perdido entre su enunciación y su plasmación.

7. En tu relato «Ruido de fondo» mezclas DeLillo y un contexto de referencias literarias clásicas. En tus historias, la cultura tiene una presencia creíble. Es analizada, pero no cuestionada, al modo posmodernista, del que te alejas.

En los últimos meses me han planteado varias veces esta reflexión, sobre todo a raíz de mi consciente alejamiento de los presupuestos de la Generación Nocilla después de que Quimera escogiera La ofensa como el mejor libro de narrativa del año 2007 en castellano. La posmodernidad está repleta de hallazgos, caso del cuestionamiento de la realidad y de su pregunta por las culturas del simulacro, o de su concepción de la literatura como un documento capaz de reconfigurar la realidad antes que como un texto antropológico, por no hablar de sus novedosas metáforas, pero en la posmodernidad se da cita una suerte de olvido a propósito de las estaciones culturales de las que procedemos, un olvido que, en ocasiones, puede conducir a declaraciones más o menos resonantes pero casi siempre vacuas, y que a mí, honestamente, me irritan. Como respondí en cierta ocasión, el oficio de enterrador es muy digno, cierto, pero exige un alto grado de responsabilidad, no vaya a ser que enterremos a gente que está viva, muy viva. Luego, por descontado, existe esa obscenidad de la elocuencia que no comparto, la idea de que una declaración de principios epatante (algo así como: «Olvidemos a Joyce y a Cortázar de una puta vez») es la quintaesencia del talento, cuando es lo que todos los artistas han hecho en un momento u otro de su vida: matar al padre. Recuerdo haber empleado al respecto la imagen de la madriguera: el escritor es una alimaña cuya guarida está rodeada por los cadáveres que marcan su genealogía. Yo escucho a Tortoise y no le hago ascos a Palahniuk, pero eso no significa que olvide mi deuda con Bach y que, después de la cena, prefiera irme a la cama con Sciascia que con Baricco.

8. Defines a Kurt en La ofensa como un «gestor de la nostalgia»; a Balboa en «Gritar» como un «gestor del ruido»; a Baumann en «Eternidad» como un «gestor de la belleza»; el protagonista de «Los mares recuperados» se define como un «gestor de la memoria»; y Wellington en «El manuscrito Chiavistelli» es visto como un «gestor de la felicidad». Hay algo enigmático para ti en ese sustantivo, y que define de algún modo la condición de tus personajes, obligados a esa reapropiación y gestión de la personalidad disuelta.

La RAE define gestionar como «hacer diligencias conducentes al logro de un negocio o de un deseo cualquiera». Los negocios y deseos de mis personajes son difíciles (la belleza, la felicidad) e incómodos (la nostalgia, el ruido), pero siempre irrenunciables (la memoria). Al fin y al cabo, podríamos definir al escritor como un gestor de palabras.

9. El capítulo XVI de La ofensa comienza así: «El uso del condicional insinúa que tan dramática hipótesis no llegó a cumplirse». Leyendo la novela no he dejado de preguntarme, ¿quién es el narrador de la novela?

A ciencia cierta no lo sé, aunque cada vez estoy más convencido de que pueda llamarse Ricardo Menéndez Salmón.

10. El personaje Lasalle tiene «en su minuto demoníaco, (…) un instante para la compasión». En esta frase hay una referencia a la brevedad de la crueldad y de la esperanza, y del horror breve que sin embargo lo condiciona todo, pero también a la brevedad de la novela, a tu apuesta por lo breve.

La brevedad de mis libros obedece a mi forma de escribir, equívoca en vez de unívoca, connotativa antes que denotativa, prácticamente carente de diálogos, una escritura que lo basa casi todo en el poder de la imagen y en la vida interior de los personajes, una literatura de la conciencia, en una palabra, que confía en la capacidad del lenguaje para emocionar y desvelar antes que en funciones más objetivas. Un periodista se refería a mí hace unos días, durante la presentación de la edición italiana de La ofensa, como el hermano pequeño de Jonathan Littell. Sospecho que en el uso de la palabra piccolo pesaba tanto el prejuicio de la calidad como el de la cantidad, un prejuicio este último que, sinceramente, no comprendo. A mí, por ejemplo, el Tolstói más admirable no me parece el de Guerra y paz, con sus 1.000 poderosas páginas de historia de las mentalidades, sino el de La muerte de Iván Ílich, capaz de contarnos en apenas 100 páginas en qué consiste morir.

11. Hay un desequilibrio estructural en La ofensa que me gustaría que nos comentaras. Si el comienzo de la novela, hasta lo que ocurre en la iglesia y marca la des-personalidad de Kurt se desarrolla en 34 páginas llenas de elipsis, por el contrario, desde que encontramos a Kurt trabajando en el cementerio hasta el polémico final de la novela pasan otras 34 páginas muy descriptivas, sin elipsis alguna, en la que vemos todo lo que Kurt ve en la casa. Son dos tercios de la novela muy diferentes, y que por fuerza llaman la atención del lector. ¿Por qué esa elección?

La ofensa es una novela muy medida y meditada, pero que produce cierta sensación de desequilibrio por los tiempos que maneja. En la novela existe un evidente movimiento de ralentización (la primera parte aborda dos años; la segunda, unos meses; la tercera, un único día) que, en buena medida, se refleja en la morosidad de la escritura. La primera parte es un reportaje periodístico, un noticiario de guerra, un allegro: viajamos en un caballo sin bridas; la segunda es un tratado filosófico, un nicho conceptual, un vals tranquilo: nos hemos subido a una carroza; la tercera es un diálogo entre muertos, un cabaret con momentos de rubato pero aire lento: estamos caminando. Esta estructura musical puede desconcertar, pero no debe hacernos olvidar una de las características centrales de la novela: su aspecto decididamente elíptico. Conviene recordar que en el libro transcurren siete años entre el comienzo y el final, y que, entre la segunda parte y la tercera, se eliden nada menos que cinco años. Es decir, en una vuelta de página hay más acción elidida (y además una acción apenas sugerida, que queda a la interpretación del lector) que en el resto de la novela.

12. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, de Alice Munro, Pecados sin cuento, de Richard Ford, y Extinción, de David Foster Wallace. También mencionaría un libro que, si bien no encaja exactamente en la categoría de libro de relatos, puede leerse como tal y es excepcional. Me refiero a Señores y sirvientes, de Pierre Michon.
13. Muchos de los personajes de Gritar son proyectos de artistas, futuros escritores, carne de frustración. Sin embargo, no los tratas desde una perspectiva metaliteraria actual, sino más bien al modo de la literatura centroeuropea de entreguerras. ¿Qué papel tiene el artista en tu literatura?

El artista es un resistente, un enfermo y un inútil. Es un resistente porque su motor creativo es el inconformismo; es un enfermo porque lo ha ganado la tristeza de un mundo en el que no encuentra sentido pero acerca del cual se obstina en reflexionar; es un inútil porque lo que hace no le ayuda a ser feliz ni le convierte en más sabio. Resistente, enfermo e inútil, el artista es, por lo tanto, un cuerpo peligroso en una sociedad que quiere gente aquiescente, sana y efectiva. Creo que, en definitiva, el artista es un revelador de todo aquello que las distintas encarnaciones del poder desearían que se mantuviera en penumbra.

14. De hecho, el peso de Kafka y la literatura centroeuropea —Musil, Mann, Zweig, Roth, Walser— es evidente en tus historias, hasta extremos de homenaje excesivo en «Para una historia privada de la literatura». ¿Qué podemos tomar aún de esa literatura tan rica los autores españoles del 2008?

Lo mismo que de cualquier otra gran literatura, como la rusa de la segunda mitad del XIX o la norteamericana contemporánea: por un lado, la ambición (esto es, la convicción de que la literatura es un instrumento poderosísimo para intentar explicar el mundo); por otro, la universalidad (es decir, la certeza de que, independientemente de épocas, estilos y lenguas, existen unos pocos temas que a todos competen).


15. «Gritar» ha sido un relato unánimemente alabado, al que sólo pondría una pega: la utilización abusiva en él de la comparación, sobre todo en las dos últimas páginas. Me gustaría que nos hablaras de la comparación como recurso literario.

Para mí es el corazón de la literatura y, por extensión, del lenguaje. Todo lenguaje se funda sobre un hiato insuperable, sobre una derrota evidente: la vocación de nombrar lo innombrable. La literatura es un movimiento aporético, el intento de aproximarse hacia una meta que jamás se alcanza, la aspiración hacia una finalidad constantemente defraudada. Lo que quiero decir es que el arte no puede reflejar la vida, del mismo modo que la lógica, el lenguaje, no puede reproducir la ontología, el mundo fenoménico. Por eso en mi literatura abunda tanto la comparación, porque cuanto más intento acercarme a la realidad más se me escurre entre los dedos, pero sólo en ese fracaso, sólo mediante ese acto fallido que es escribir, por ejemplo, que una mujer es bella como un incendio, puedo aspirar a capturar qué cosa sea eso que denominamos belleza.

16. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.

«Caballos en la niebla» constituyó para mí una revelación, no sólo por su insólito tratamiento de las relaciones de pareja, sino porque, dentro del universo carveriano, es un texto que, manejando todas sus claves, las dinamita y demuestra que la realidad es un lugar extrañísimo y que la literatura puede ser una fiesta perpetua. De pronto, el Kafka de «Un médico rural» cabía en la Norteamérica de la clase media alcoholizada y, sin embargo, Carver era más Carver que nunca. Para mí, aun hoy, ese relato sigue siendo un milagro, una de las obras maestras de la literatura del siglo pasado.

17. Derrumbe, novela recién publicada, es de nuevo una reflexión sobre la maldad. Si La ofensa se ocupaba de la maldad histórica, la capacidad de la masa para aniquilar a la masa y a cada uno de los individuos que la componen, aquí analizas cómo el individuo puede aterrorizar al cuerpo social, globalmente entendido. La maldad que nace del asesino en serie, o el grupúsculo terrorista, y que no puede ser vencida en ninguna guerra, por lo que su capacidad de generar miedo, terror, es enorme, y favorece los mecanismos de pervivencia capitalista más perversos.

Grosso modo, estoy de acuerdo, pero creo que en Derrumbe hay que discriminar entre Mortenblau, el sociópata o psicópata, para el cual es imposible encontrar motivaciones más allá de la patología o del psicoanálisis (cosa de la que, por descontado, he huido), y que, en efecto, es fruto privilegiado de esta sociedad fecundamente perversa en la que vivimos, y Los Arrancadores, los jóvenes terroristas cuya inspiración no está, a mi parecer, muy alejada de la de los nihilistas del XIX, aquellos hombres y mujeres que, en nombre de un ideal (un mundo más justo), reclamaron la violencia como instrumento para transformar la realidad. Obviamente, lo que mueve a Los Arrancadores no es lo mismo que movía a Karakozov cuando atentó contra Alejandro II, sino que es precisamente esa sociedad de la sobreabundancia, esa náusea capitalista, la que desencadena su rencor, pero algo de aquella pureza revolucionaria (ingenua, cruel y fascinante) espero que sobreviva en mis terroristas de clase alta.


18. Un párrafo de Derrumbe: «Glenn Gould interpretando a Bach. Pensó en la belleza. En su inutilidad frente al mal. Cimabue vencido por Gilles de Rais. Beethoven pisoteado por Hitler en Auschwitz. Versos de Rimbaud abrasados en Hiroshima. El aria final de las Variaciones Goldberg no le trajo la calma. Así que volvió a las fotos». De nuevo la inutilidad de la cultura frente al mal. Pero Bach sigue vivo, y Rimbaud, y Beethoven, más allá de las ruinas históricas en las que su eco quedó y quedará silenciado. La capacidad redentora de la belleza, más que un camino contrapuesto a la maldad, ¿no la acompaña en una ruta paralela, que no tiene porqué desacreditar a aquella?

Yo no contrapongo belleza y maldad, simplemente tomo nota de que la primera nada pueda contra los poderes de la segunda, salvo consolarnos ocasionalmente. En realidad, lo que a mí me obsesiona no es tanto que belleza y maldad sean rutas paralelas, como insinúas, sino que coexistan en la misma conciencia. En La vida de los otros hay una escena en la que Dreyman, el dramaturgo vigilado por la Stasi, interpreta al piano una sonata. Al otro lado del espejo, el espía Wiesler está escuchando. Dreyman dice entonces: «Nadie puede escuchar esta música de verdad y ser al mismo tiempo una mala persona». El espectador, reconfortado, acepta que, desde ese instante, algo ha cambiado en el interior de Wiesler, que sus horas como miembro de una organización asesina están contadas. Uno de los tópicos de nuestra cultura es que la música y, por extensión, el arte nos hace mejores. Pero este lugar común es difícil de probar. La belleza no posee una correspondencia moral; el goce estético no adjudica ropajes éticos; las obras de arte no se compadecen de la bondad de sus fruidores. Lo cierto es que, nos guste o no, se puede gozar de Proust y tener el corazón de un Pinochet. Céline, que fue un gigante de la literatura, uno de los mayores talentos de todos los tiempos, fue también un hijo de puta sin paliativos. O, dicho de otro modo, un pueblo ágrafo, sin literatura, puede ser infinitamente más moral que una sociedad con millones de lectores del Quijote. Quizás, como al Dreyman de La vida de los otros, nos aterra pensar que el arte carece de una dimensión salvífica, que al escuchar a Stravinski la maldad pueda permanecer indemne. Pero algo me dice que, de existir, ese infierno urdido por las religiones sería un lugar lleno de bibliotecas.

19. Junto al tema de la maldad individual, el otro tema central de la novela es la paternidad, los «padres sin hijos», como titulas una de las tres partes del libro. Personalmente, creo que las mejores páginas de Derrumbe están en el emocionante y lúcido tramo central de la novela en el que contemplamos la desafección entre Vera y Valvidia —uno de los dos padres de la novela, junto a Manila, el policía—, porque has plasmado perfectamente los miedos contemporáneos de todo aquel que es padre.

En dos novelas previas, Los arrebatados y La noche feroz, la familia constituía ya el elemento central de la narración. Lo que sucede es que con Derrumbe la óptica ha cambiado. Antes escribía desde la visión del hijo; ahora lo hago desde la del padre. Ser padre, como yo lo he sido hace apenas cien días, genera miedos hasta entonces desconocidos. Cuando estaba terminando Derrumbe supe que iba a tener una hija, algo que hizo que la biografía interpelara sin remedio a la ficción, sobre todo porque, de pronto, en mi vida entraba alguien que, para salir adelante, dependía de mí, alguien que me hacía responsable ya no de mí mismo, sino de un tercero. Hasta Derrumbe en mis libros quise destruir al padre; a partir de Derrumbe imagino que intentaré sobrevivir a mis asesinos en potencia.

20. «Toda comunidad necesita su catastro de seres monstruosos». Al crear a tu psicópata, Mortenblau, ¿cómo trabajaste la creación del personaje para intentar superar la tipología de lugares comunes que suele acompañar a la figura del asesino en serie?

Mortenblau fue el personaje más sencillo de escribir de Derrumbe. Todo lo que lo rodeaba surgió de un modo muy natural. Me dejé llevar por el lenguaje, por la fuerza de un lenguaje destinado a abrumar, a aterrorizar, a generar una atmósfera opresiva. Y aunque el lector pueda ver en Mortenblau una especie de Hannibal Lecter o de Henry Lee Lucas, yo más bien lo veo como un nosferatu, un vampiro sin sosiego, un hombre que huye de sí mismo, de ese león que habita en su conciencia, a través del terror.

21. Estilísticamente, Derrumbe es como un concierto de Schoenberg, con numerosas atonalidades y elipsis que forman parte de una rígida y meditada estructura formal. Tu novela tiene tres partes, cada una de las cuales se desarrolla paralelísticamente en capítulos muy cortos que plantean una batalla íntima entre «el mal y el bien», es decir, el psicópata y el policía, en la primera parte; los terroristas y el padre, en la segunda, y una coda final, en la que el «derrumbe» ya se ha producido y las voces y perspectivas son numerosas, pero siempre puntuadas por la presencia del padre, Valdivia, que en esa zona final de la historia se comporta como un detective privado, un policía que investiga a su hija, mientras a Manila, el policía, lo contemplamos en su perspectiva de padre sin futuro.

Es una lectura sabia. Y bastante sutil. El yo emocional del escritor en Derrumbe es Manila; al menos, mientras escribía la novela, yo sentía que era Manila. Con él acaba cada parte de la acción: con la llegada del cadáver al aeropuerto en la primera parte, con la escena en el cementerio en la segunda parte, con el círculo que se cierra en la comisaría en la tercera parte. El uso de la elipsis, por otro lado, me parece un elemento crucial, ya no en esta novela, sino, en general, en mi narrativa. Cada vez me interesan más los escritores que hacen de la elipsis un vehículo narrativo de privilegio, como en su momento lo fue Kawabata o como ahora lo puede ser McCarthy. La elipsis no sólo es fascinante como instrumento que exime al escritor de tener que explicarlo todo, sino que apuesta por un lector constructivo, inteligente, activo, comprometido con una obra que, como la vida, deja habitaciones vacías, desamuebladas.

22. Al leer Derrumbe se lleva uno la sorpresa de que uno de sus capítulos es, con apenas cambios, el relato «El terror», que aparecía en Gritar. Si ese relato funcionaba como cuento, en la novela funciona perfectamente como capítulo, lo que nos hace plantearnos los límites, que a veces los cuentistas delimitan demasiado, entre cuento y novela, pero también nos demuestra la relación cada vez mayor que hay entre la novela y el relato, su trasvase de técnicas. Cuéntanos las circunstancias y el porqué de esa inclusión.

El trasvase fue de la novela al libro de relatos y el culpable —llamémosle así— de ese viaje fue Fernando Clemot, editor de Paralelo Sur, para cuyo número de junio del 2007, una especie de dossier acerca de la narrativa española contemporánea, me solicitó un relato inédito. En aquel momento yo no tenía nada que ofrecerle, pero mientras estaba enfrascado en la corrección de Derrumbe me di cuenta de que, en medio de la novela, había un texto que poseía entidad propia como relato. Como curiosidad quizá merezca la pena contar que hay una novela extraordinaria, Sangre sabia, de Flannery O’Connor, que está construida sobre una serie de relatos publicados independientemente.

23. La segunda parte de la novela recuerda al DeLillo de Ruido de fondo, por su temática y su manera de enfrentar el análisis literario de los miedos sociales. ¿Qué autores o novelas han marcado la concepción y escritura de esta novela?

DeLillo es, para mí, el lector más privilegiado de nuestro tiempo, algo así como el Kafka contemporáneo. Nadie como él ha sabido descifrar la entraña del nuevo milenarismo y anticipar los miedos actuales: el terrorismo en Jugadores o El hombre del salto; la muerte en Ruido de fondo y Body art; el simulacro en Fascinación y Submundo. Y en todas ellas, por supuesto, la amenaza tecnológica. Me siento honrado con la comparación. Dostoievski es otro de los pilares que sustentan Derrumbe. La lectura de Los demonios me conmocionó. Confieso que mi personaje literario favorito de todas las épocas es Stavrogin. Creo que Los demonios es un texto decisivo para comprender el mundo desde 1860 hasta nuestros días, uno de esos libros que demuestran que la gran literatura es siempre contemporánea.

24. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual (de novela o relatos, español o extranjero) que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?

Eloy Tizón, un ejemplo ético y estético, no ha tenido el reconocimiento que merece, pues fuera de determinados ámbitos sigue siendo un desconocido. Inversamente, Paul Auster me parece un autor mediocre cuya literatura tiene un eco extraordinariamente generoso, al menos en España.

15 mayo 2008

Pensamientos - Antoine de Rivarol


Los hombres siempre tomarán por amigos a los enemigos de sus enemigos.

Pasamos la mitad de la vida memorizando sin comprender, y la otra mitad comprendiendo sin memorizar.

Exigimos grandes detalles sólo en lo que nos concierne y nos halaga; lo demás carece para nosotros de interés.

El incrédulo se equivoca acerca de la otra vida; el creyente se equivoca acerca de ésta.

Los niños gritan o cantan lo que se les pide, acarician o rompen todo lo que tocan, y lloran todo lo que pierden.

Si me pusiera una máscara diaria, quien hubiese dibujado cada una de ellas aún no habría concluido mi retrato.

La grandeza de un hombre es como su reputación: vive y respira en los labios de otro.

La gloria no es más que humo, estoy de acuerdo, pero el hombre no es más que polvo.

¿La eternidad? Sin duda me encantará; uno entra en ella tumbado.

(Pensamientos y rivarolianas, Antoine de Rivarol, Editorial Periférica, 2007)

12 mayo 2008

The Paris review.


A estas alturas parece una declaración boba afirmar ante los que siguen este blog que me gustan mucho las entrevistas literarias y los libros de conversaciones. Me han acompañado a lo largo de mi vida, y siempre que sé de algún libro de entrevistas a escritores o cineastas procuro hacerme con él. Una buena entrevista logra un clima de confianza que predispone a la revelación, y nos permite encontrar en ese escritor al que admiramos esquinados secretos personales o de cocina literaria que de pronto resultan visibles, accesibles. Pero no sólo en el caso de grandes escritores. Me encantan incluso las entrevistas a escritores de best-seller y novelas espantosas varias, de esas que publica con gran dedicación "el" Qué leer, porque muchas veces los autores de esas historias bobas que seducen a este mundo bobo se revelan inteligentes y autoirónicos con las pretendidas bondades de los libros que les han hecho ricos. He leído entrevistas chispeantes y llenas de humor con Alberto Vázquez-Figueroa -¿por qué todos los Figueroa del mundo tienen costumbre de meter un guión entre sus apellidos, Trillo-Figueroa por ejemplo, como si fuera algo implícito al mismo, eco de hidalgos?- o con el autor de grandes folletadas -¡cuántas personas me dijeron cuando trabajaba en una librería: ¡le recomiendo un libro, el mejor que he leído nunca: LOS PILARES DE LA TIERRA!- Ken Follet.

El escritor, por otro lado, tiene una implícita necesidad de expresarse, de hablar. Aunque muchas entrevistas acaban convirtiéndose en malentendidos, y aunque muchos escritores declaren de entrada que lo que tienen que decir está en su obra y no en sus declaraciones, y aunque esto es esencialmente cierto, la cabeza del escritor tiende al cuestionamiento de su propia obra, al matiz, al deseo de buscarle tres pies al gato. Claro, esto no ocurre en cualquier tipo de entrevista. No desde luego en las agotadoras y pamplinosas giras de promoción, todo en un día, a las que las editoriales someten al autor cuando han publicado un libro, y mañana si te he visto no me acuerdo. Se precisa un clima de lenta aproximación al escritor, una preparación, un interés REAL hacia la obra del entrevistado que no siempre se da. Y además los medios españoles –utilizo la palabra “medio” en su doble acepción- no quieren descubrir al escritor, sino venderlo.

El volumen de entrevistas recopiladas de la revista “The Paris Review” que ha publicado El Aleph, con un fantástico trabajo de edición de Ignacio Echevarría, podría ser algo así como la Guía Michelín de los amantes de la entrevista literaria (tengo la sensación de que he leído esa comparación en algún otro sitio: perdón por el involuntario plagio, de haberlo). Si las entrevistas de la revista Paris Review han adquirido un aura mítica ha sido porque parten de una concepción afortunada que se ha mantenido intacta a lo largo de los años. Permitir que el escritor se exprese, sin límite de espacio y con un método de elaboración lento, meditado, largo en el tiempo, que hace que el escritor en muchas ocasiones pueda revisar aquello que ha declarado, o pensar en las derivaciones o conexiones de lo dicho. La entrevista está al servicio del autor y no así del entrevistador, como si fuera obra única del escritor. Es el estilo Paris Review: hablar con escritores sobre literatura, sin necesidad de buscar extrapolaciones de otro tipo –familiares o políticas, vitales- en sus declaraciones. Así, el autor se va sintiendo acogido en el mundo que más cómodo le es y que al tiempo más le hace sufrir, su obra, la causa de sus preguntas íntimas. Algunos autores pueden caer en el ombliguismo, pero la mayoría, incluso admitiendo su alergia a las entrevistas, acaban por entregar valiosos retazos de su inteligencia.

Esta primera selección apabulla con sólo nombrar a los entrevistados: Simenon, Dinesen, Faulkner, Waugh, Céline, Bellow, Cheever, Vonnegut, Carol Oates, Rhys, Roth, Puig, Murdoch, Brodkey, Naipaul, Rushdie.

Yo leí el libro con un creciente interés conforme las entrevistas se acumulaban. Quizás las primeras evidencian a unos autores con una autoconciencia no tan grande como los más contemporáneos –autoconciencia, no ego, que en Waugh, o Faulkner, a su manera hermosa, se adivinan enormes-. Pero poco a poco el libro te atrapa hasta acabar impregnándote con la marca de lo valioso y trascendente. La entrevista a Faulkner es célebre y maravillosa, zumbona y mítica, y la de Waugh es despiporrante, de los hermanos Marx. Céline da miedo, y Bellow, demasiado didáctico, también se muestra demasiado genial. Es prodigiosa (aunque lo suyo sí que es autoconciencia de escritor). Cheever decepciona, quizás uno necesitaría traspasar el papel y estar con una copa de ginebra a su lado para sentir su aire limpio y luminoso. Carol Oates o Philip Roth entregan textos buenísimos sobre el arte de la escritura. Son dos entrevistas de esas que le dan a uno ganas de levantarse del sillón de inmediato para ponerse a escribir. Puig es púdico, Vonnegut ingenioso hasta pasarse. Todas, Brodkey o Murdoch, Rushdie, son fabulosas. No importa que sean con escritores que a uno no le interesan –Rhys o Puig, Waugh, Simenon, Rushdie- o a los que no les pilla el punto –Bellow, Céline-. En todos estos textos uno es invitado a una fiesta literaria, el encuentro con la palabra viva, sin promociones ni límites, y la reflexión.

Sin duda es un libro para releer de vez en cuando, lentamente. Cuando se consulta la nómina de autores entrevistados por The Paris Review y no incluidos aquí –Capote, Carver, Updike, Auster, Javier Marías o Styron, por ejemplo- sólo cabe esperar que las recopilaciones continúen unos cuantos tomos más para entregarnos los textos más valiosos de esta revista que no es exactamente parisina, ni exactamente revista, y que publicó entrevistas no exactamente entrevistas, afortunadamente.

“Cuando volví de África en 1931, después de haber vivido allí desde 1914, había perdido todo el dinero que tenía cuando me casé porque la plantación de café no daba dinero, ya sabe; le pedí a mi hermano que me mantuviera durante dos años mientras preparaba “Siete cuentos góticos”, y le dije que al cabo de esos dos años ya podría valerme por mí misma. Cuando el manuscrito estuvo listo, fui a Inglaterra. Un día en un almuerzo, se encontraba el editor Huntington, y le dije: “Por favor, tengo un manuscrito y me gustaría que le echara un vistazo”. Él dijo: “¿De qué se trata??”. Cuando respondí: “Un libro de relatos cortos”, levantó las manos y gritó: “¡No!”, y yo le supliqué: “Ni siquiera va a echarle un vistazo?, y él dijo: “¿Un libro de relatos cortos de un escritor desconocido? ¡No hay ninguna posibilidad!”. Entonces lo envié a Estados Unidos, y Robert Haas lo aceptó inmediatamente y lo publicó, y el gran público lo aceptó y le gustó, y siempre han sido fieles. No, gracias, no quiero más café. Me fumaré un cigarrillo.”

Isak Dinesen.

“El objetivo de todo artista es detener el movimiento, que es la vida, por medios artificiales, y retenerlo de modo que cien años más tarde, cuando un extraño lo mire, vuelva a moverse, dado que es vida. Como el hombre es mortal, la única inmortalidad posible a la que puede aspirar es dejar algo tras de sí que es inmortal porque siempre estará en movimiento. Ése es el modo en el que el artista garabatea “Kilroy estuvo aquí” en el muro del olvido final e irrevocable que tiene que atravesar algún día.”

William Faulkner.

“Utilizo el pasado, pero no tanto como recuerdo sino como lo que conozco. A menudo tomo una decisión consciente de no recordar. El recuerdo ordinario me resulta peligroso. Me operaron cuando tenía ocho años y tuve una reacción muy mala a la anestesia; tuve convulsiones. Tuvieron que sujetarme y envolverme en hielo. La anestesia dio rienda suelta a la memoria, y resultó insoportable. Siempre tuve claro dónde estaban las cosas peligrosas en la memoria. Siempre soy consciente de que no estoy recordando. Tengo la sensación de que si presiono demasiado o demasiado adentro en la memoria me romperé; no sólo me volveré loco o algo así, sino que me romperé de verdad. Me perderé a mí mismo.”

Harold Brodkey.

07 mayo 2008

Leonardo Valencia habla de "La luna nómada".



Completando el texto publicado el pasado lunes sobre el libro de cuentos "La luna nómada", incluyo aquí una pequeña entrevista en la que Leonardo Valencia aclara la naturaleza y alcance de su proyecto. Se reproducen las portadas de las cuatro ediciones que ha recibido hasta ahora este libro: la primera edición, la peruana, es de 1995; la segunda edición, ecuatoriana, de 1998, la tercera ecuatoriana del 2004, y la primera española del 2004.




-¿Cómo nace la idea de "La luna nómada"?

Nació de un fracaso. A los veinte años intenté escribir una novela de la que luego de dos años de trabajo me di cuenta que resultaba ser un proyecto que no tenía nada de mi verdad. Su escritura no me divertía. Mientras escribía esa falsa novela con la mano derecha, con la izquierda empezaron a salir varios cuentos casi como una forma de placer frente al peso agobiante de la novela, y les dedicaba mucho más tiempo. El día que acepté que la novela estaba fallida y la guardé en mi cajón de manuscritos, al lado estaban dispersos todos esos cuentos. Nunca los escribí pensando en un libro. Eran cuentos donde daba espacio a voces muy diferentes y con escenarios dispares: transcurrían en Italia, Cuba, China, Ecuador, en Galápagos. Cuando quise ordenarlos para darles una corrección más de pronto me di cuenta que todos tenían ese espíritu errante o nómada, ambientados en distintas épocas. Me daba vueltas un verso de Borges, aquel que dice que Dios salva el metal pero también la escoria y que "cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido", algo me estremeció y di con la unidad que esos cuentos tenían: el nomadismo. De allí fue un paso al título de La luna nómada. Justo en ese momento, el año 93, me fui a vivir a Lima. Lo que no sospeché, y eso lo descubrí recién cuando se publicó la primera edición, precisamente en Perú, es que el movimiento no había concluido.Creo que la dinámica del movimiento posterga la conclusión. Donde más problemas tengo al escribir, y que es precisamente lo que más me estimula, es en los finales. La arbitrariedad del final me resulta frustrante, porque incluso cuando lo exige la unidad de una situación, siempre quedan aristas potenciales que podrían alargar la ficción. De hecho, lo apasionante de la ficción es que cuando abres un mundo ya no se puede cerrar, como ocurre con el Quijote y los distintos Quijotes, a pesar de que Cervantes termina matándolo en la segunda parte. Yo tenía un personaje en mis cuentos, llamado Dacal, que volvía en otras historias y no veía por qué debía excluirlo. Incluso en mi primera novela publicada, El desterrado, uno de los personajes cae en coma y luego termina la novela. La publiqué en el 2000 y ese personaje para mí todavía sigue pendiente. No sé cuándo y cómo va a despertar.

-¿Qué caracterizaría este proyecto?

La luna nómada es lo que llamo un libro progresivo, o de manera más corriente un proyecto en marcha. Sólo que me resisto a la palabra proyecto. Es más bien un movimiento. La imagen de la órbita lunar, siempre la misma pero siempre distinta, es un ritmo cíclico. Así me di cuenta que incluso con el libro publicado seguía escribiendo cuentos de temática nómada. Podía recopilarlos y sacar otro libro de cuentos con título distinto, pero algo me pedía incluirlos en La luna nómada, así que cuando salió la segunda edición en Ecuador, los añadí. ¿Me preguntaba por qué hay que abandonar un libro y dejarlo cerrado? En poesía conocía dos casos, el de Hojas de hierbas de Whitman y la Poesía Vertical de Roberto Juarroz. Con Juarroz conversé un par de veces en una visita que hizo a Lima y fue iluminador, aunque no me di cuenta en ese momento, su idea tan sólida y consistente, y paciente, de la literatura. Poemario tras poemario, todos se titulan con una numeración: primera poesía vertical, segunda, tercera... Y cada poema lleva por título un número. Me parecía una obra de un rigor y despojamiento ejemplar. En cuento, yo no lo había visto y me planteé arriesgarme en esa línea progresiva. Así que La luna nómada es un libro todavía no cerrado. Tarde o temprano, por supuesto, quedará cerrado, pero todavía no sé cuándo. Será mi único libro de cuentos. Todos los que se añaden tienen un criterio. Van antes del último, titulado La bruma, que más que un cuento es una especie de palimpesto, un delirio de un narrador que desde un promontorio de la Bahía de Sullivan, en las islas Galápagos, ve cómo avanzan en la bruma distintos navegantes hacia las islas. En ese texto se van añadiendo alusiones a los siguientes escritos. Es una especie de matriz narrativa. Tiene un epígrafe de María Zambrano que sugiere ese proceso: "lo entrevisto puede encontrar su figura". Pero así como el último cuento muta levemente y está en movimiento, el primero de La luna nómada, "El ojo de cíclope", hace de portal inmóvil, como un contrapunto. El personaje nunca se mueve de su casa.

-¿Cómo lograr que sobreviva a los inconvenientes editoriales derivados del crecimiento de un libro en parte ya publicado anteriormente?

Sí, este es un problema. Un problema editorial, como bien señalas, y no literario. Y en realidad no ha sido un problema si tienes paciencia. También porque he aceptado la ventaja de los circuitos editoriales pequeños, que te dan una gran libertad. Una editorial difícilmente reedita libros de cuentos, a menos que sean excepcionales mini bestsellers. Así que la clave ha sido no ver mi libro en términos comerciales. Yo he ido esperando a que expiren los derechos con determinada editorial y cuando los tengo libres siempre ha habido un editor interesado en reeditarlo. Con la tercera edición, encontré un editor ecuatoriano, Xavier Michelena, de Paradiso, que ha asumido el ritmo del libro y que lo reeditará ampliado más adelante. Con la edición española, en Calembé, todavía no lo sé, no se lo he preguntado al editor. Pero no me corre prisa, los derechos expiran en breve, creo que en el 2011, y La luna nómada seguirá su órbita progresiva con el mismo editor o con otro. Mientras tanto escribo novelas para entender mejor la fuerza del cuento. Me gusta que un cuento duerma, un poco como el Rip Van Winkle de Washigton Irving, y que al despertar yo pueda volver a leerlo y corregirlo casi como si lo hubiera escrito otro. Y de hecho es otro quien lo escribió. Con el tiempo comprendes y asumes que la sugerencia de Horacio, en la Epístola a los Pisones, de guardar un escrito nueve años no resulta tan largo, como parece a simple vista. Curiosamente, por parte de los lectores la respuesta me ha sorprendido. Incluso coleccionan las reediciones ampliadas. Recuerdo a dos que me escribieron satisfechos por haber conseguido la primera edición peruana, de Jaime Campónico Editor. Me emocionó. Esas cartas han sido el mejor premio literario.

-En la antología "Bogotá 39" aparece un relato que continúa otros dos de "La luna nómada". ¿Ha crecido mucho el proyecto desde la última publicación de "La luna nómada"?

Sí, el cuento incluido en esa antología es "La sangre de Kálister" donde vuelve a aparecer Dacal. El primer cuento de Dacal fue incluido once años atrás en la antología "McOndo". Las historias de Dacal son narradas por un colectivo anónimo de antiguos pupilos suyos, ex redactores publicitarios, que se acercan a él gradualmente pero que nunca terminan de comprenderlo. Incluso uno de ellos quiso traicionarlos escribiendo una larga novela sobre él, pero algo hay en Dacal que saboteó ese proyecto y lo hizo estallar en seis pedazos. Ahora retoco esos pedazos. Más allá de los cuentos sobre Dacal, hay cinco más que están durmiendo por el momento y que añadiré en una próxima reedición.

05 mayo 2008

La luna nómada - Leonardo Valencia


¿Hasta qué punto los libros de relatos de un escritor no se van construyendo como un único libro construido con las depuraciones, los trasvases, el contacto y la fertilidad narrativa entre los distintos volúmenes de relatos que el cuentista escribe? Las respuestas a esta pregunta son tan variadas como escritores consultemos. Incluso cabe la posibilidad de respuestas contradictorias. Puede que un cuentista vaya publicando libros distintos en apariencia en intenciones, temática y resultado, y sólo la acumulación de historias y disparos narrativos vaya descubriendo, a lo largo del tiempo, las sintonías, las obsesiones entrecruzadas presentes en su modo de contar. Ese gran libro imposible de edificar, pero sí planificable. Si bien tenemos multitud de ejemplos de ciclos novelescos, no es tan frecuente que esto ocurra con el relato, cuando en su origen la concepción del relato estaba muy cercana de la arquitectura “novelesca” o “temática” del relato, como en “Las mil y una noches” o “El Decamerón”, o nuestras “Novelas ejemplares”. La idea moderna del volumen de relatos va por otro lado, pero la libertad experimental con que las tendencias postmodernas han imbuido a la literatura permite acogerse, también en el campo del relato, a novedosos y creativos intentos estructurales.
El ecuatoriano Leonardo Valencia, nacido en Guayaquil en 1969, es autor de un libro de relatos, “La luna nómada”, al que él ha incluido en un concepto al que denomina como “ficción progresiva”, o “literatura nómada”.
Declara Valencia en el post-scriptum de la edición de 2004 de este libro (anteriormente editado en dos ocasiones): “En resumen, hacer un libro nómada, un libro impredecible, un libro de cuentos que no se pueda fijar más allá de un tiempo relativamente corto. Ante tantos libros nuevos, quiero que esta luna siga en órbita: siempre la misma pero siempre distinta. Así que añado otros cuentos, corrijo y elimino alguno. Sé lo que pierdo –la paciencia de cualquier editor convencional, por ejemplo-, pero también sé o intuyo lo que gana este libro –un editor creativo y arriesgado, un lector dispuesto a comprender la paciencia de la literatura, y una aventura abierta para mí mismo”.
No se trata, únicamente, de ampliar la colección de relatos, de ir depurando o seleccionando con el tiempo aquellos que puedan participar de modo más coherente en el proyecto total. El autor quiere también corregir cada relato interminablemente, ajustarlo a las líneas formales que imagina para toda la colección. Establecer lentamente un canon personal que sobreviva a la propia construcción minuciosa y progresiva del conjunto proyectado.
Hay proyectos de cariz parecido en español. El más obvio es “La velocidad de las cosas”, de Fresán, libro de relatos constantemente ampliado. “La luna nómada” cumple a medias su promesa. A medias porque el proyecto queda anunciado y resulta interesante y atractivo, pero también porque aún la densidad del libro no es tanta como para que podamos juzgar la profundidad y resultados del mismo. Como presentación, desde luego, es excelente. A las cien páginas escasas de la primera edición ecuatoriana se han añadido otras tantas en la segunda edición ecuatoriana (Paradiso Editores) y española (Calembé), ambas de 2004. Catorce relatos variados y de enorme creatividad caracterizados por la diversidad temática y la prosa limpia y elegante que sorprende por su pureza y fácil lectura. Valencia construye varios relatos sobre puros conceptos o digresiones conceptuales, “El demonio en Palestrina” -sobre el fondo demoníaco y el epicentro geográfico del “Doktor Faustus” de Mann- o “Insuperable capítulo seis”, en el que el autor halla paralelismos casi numerológicos y al tiempo literarios en los capítulos seis de ciertas obras literarias. Este relato, por supuesto, ocupa el sexto lugar entre los relatos del volumen. “Las emisarias” es un relato con ecos de Henry James -de cuyo autor una cita encabeza el volumen, junto a otra de Perec, definitorio- en el narrador de la historia, y con ecos de “El quimérico inquilino” en la atmósfera del cuento, protagonizado por un personaje, Dacal, que aparece en otro relato del libro, y también, cerrando su historia personal, en “La sangre de Kálister”, el relato con el que Leonardo Valencia participó en la antología de cuento latinoamericano “Bogotá 39”, el año pasado, demostrando que “La luna nómada”, aun sin nueva edición a la vista, sigue creciendo en la mente y la obra de su autor.
Leonardo Valencia tiene un indudable toque borgiano en algunas de sus historias, pero sin caer en la devoción plasta de tantos borgianos. Sus relatos de ambiente italiano, al contrario que suele ser habitual, son entretenidos, y sus finales, sin procurar la sorpresa bizarra o el desenlace sorpresivo, introducen siempre un giro irónico y muy apropiado en las historias, como en “No se necesita una razón”, sobre la impostación que hay tras cada secreto que guardamos celosamente. Es capaz de ser onettiano en el hermoso y enigmático “Triángulo de las esquinas”, y de contar un cuento chino de trazo limpio en “El ideograma”. “El ojo del cíclope”, magnífico, es una bella e inquietante metáfora del aislamiento cubano y un homenaje a Lezama Lima. Pero también se acerca, en los últimos relatos del volumen, a historias de ambiente histórico desarrolladas en el Guayaquil natal.
Como mencionaba en el párrafo antes transcrito, Valencia aspira a crear un “libro impredecible” y lo consigue. Es un libro abierto, variado y hábil, y el comienzo todavía demasiado breve de un volumen amplio en el que sus cuentos puedan nutrirse unos a otros, y encontrar los ecos adecuados, y construir ese libro nómada con los relatos que Valencia no deja de imaginar para él.

27 abril 2008

"Ficción Sur": Presentación en Granada.

Ayer sábado se presentó en la Feria del Libro de Granada la antología "Ficción Sur", que editada por Editorial Traspiés, y antologada por Juan Jacinto Muñoz Rengel, reúne a 23 cuentistas, de todas las edades y generaciones, con nombres muy conocidos y otros no tanto, que empiezan o que aún no habían sido dados a conocer. Un repaso interesante a lo que se está haciendo por aquí abajo, apasionadamente en pro del relato. Espero que la leáis. Personalmente, fue una ocasión fantástica de poner rostro a algunos escritores a los que no conocía, o de reencontrar a otros, con quienes había coincidido fugazmente. Lo pasamos bien, nos reímos, disfrutamos y cuenteamos un buen rato. La próxima cita, en Madrid, en la librería "Tres rosas amarillas", el día 16 de mayo. Yo he participado en la antología con un relato inédito, que forma parte de mi próximo libro de relatos. Os dejo aquí una breve crónica fotográfica del día, caluroso, en todos los sentidos.




Los autores asistentes: Ángel Olgoso, Nacho Albert Bordallo, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Guillermo Busutil, Manuel Moyano, Miguel Ángel Cáliz, Antonia Moreno, un servidor, Cristina García Morales y Cristina Gálvez.


Junto a Muñoz Rengel, y Miguel Ángel Cáliz, Cristina García Morales durante su lectura.


Aquí, el del síndrome, enhebrando cuatro palabras.


Uno de nuestros cuentistas más inquietantes, Manuel Moyano, leyendo un cuento realista.


Ángel Olgoso, el más grande de lo micro.

Antonia Moreno, una de las sorpresas que guarda esta "Ficción Sur"

21 abril 2008

Sexto sueño - Marta Aponte Alsina.


Si la muerte no entra en los planes de los jóvenes escritores españoles como motivo literario, como argumento de reflexión, esta novela es inactual, antigua, decadente, mortuoria. Una bendición, entonces. “Sexto sueño”, de la portorriqueña Marta Aponte Alsina, es una novela que contiene muchos ataúdes matrioshka. Un muerto dentro de otro muerto no hace dos muertos sino que compone una historia llena de referencias y sombras macabras. Aponte Alsina inventa a una forense que expurga y disecciona cuerpos pero también compone boleros y que ve en las circunvoluciones de un cerebro abierto el signo sensual de una posible explicación del universo y la vida. Las manos de esta médica, reina del cha-cha-chá, diseccionarán el cadáver de Nathan Leopold, uno de los dos autores de un crimen monstruoso que convulsionó a los Estados Unidos de los años 20. Junto a Richard Loeb, Leopold mató a Bobby Franks, un niño al que eligieron por azar, pensando que el tratarse de un crimen inmotivado les alejaría de la policía y les haría creadores del crimen perfecto. Asesinato que está en el origen de películas como “La soga” o “Impulso criminal” y presente en cómics como “Ice haven” de Daniel Clowes. El argumento del crimen al azar, sin motivo, forma parte de la mitología de nuestro tiempo: el psychokiller, el asesino de masas. Un caso parecido, con jóvenes de menor edad que Leopold y Loeb, y con un niño como víctima, tuvo lugar hace pocos años en Inglaterra cuando dos muchachos secuestraron en un centro comercial y machacaron vilmente con piedras a un niño, al que todos pudimos ver captado por una cámara de seguridad cariñosamente cogido de la mano de su captor y camino del martirio. Si en este caso los asesinos fueron puestos en libertad y en manos de psicólogos bajo nueva identidad, yo desconocía que Leopold, al que se le conmutó una cadena perpetua, acabó sus días en Puerto Rico, donde cruzó su vida durante unos días con Sammy Davis Jr, de gira por la isla.
A partir de esta anécdota ha construido Aponte Alsina una novela fascinante e irregular en su parte final. Hipnótica en sus mejores momentos, y dotada siempre de una prosa rica y sensual, la autora pone a su forense a diseccionar cadáveres y reconstruir memorias, como un escritor cualquiera. Los personajes a los que revive el escritor son muertos: “Que abandonen sin horror el cuerpo propio, que entren y salgan a gusto de la eternidad. Que no se conformen con morirse”.
Aquí está una de las claves de la belleza de esta novela sorprendente, que reflexiona sobre la muerte y la música, la carne y la debilidad, la monstruosidad y la belleza, lo pútrido y lo bello. Una novela donde se mezcla el Rat-pack de Sinatra con los crímenes de un asesino, las disecciones de una forense –disecciones de cuerpos y del sentido del amor o el decaimiento del cuerpo- y la permanencia de una momia, Irenaki, que da tumbos por San Juan y llega a enamorarse de Carmen, una leprosa desdibujada.
Explicar “Sexto sueño” sin duda puede llevar al lector a la incredulidad, pero leerla conduce al disfrute. De alguna manera, Violeta Cruz, con nombre y corazón de bolero, imagina la vida que pudieron llevar los muertos de su memoria, pues ella cuenta desde la vejez, y al darles vida, al diseccionarlos para reconstruirlos como monstruos de Frankenstein –“Yo seré una ruina humana, un montón de retazos pegados de cualquier modo, en comparación conmigo Frankenstein era Apolo. Pero nunca, en los años que tengo, he cancelado un show”, dice Sammy Davis Jr.- mete sus manos en las vísceras repitiendo el proceso del escritor –también forense, también desenterrador de memorias- sobre sus criaturas.
Pocas veces puede leerse sobre la muerte y sus procesos destructivos, las gusaneras en que nos convertimos, con tal sensualidad y mórbida belleza. Como un autor del romanticismo desembarcado en el Caribe, Marta Aponte escribe páginas gloriosas sobre las “Artes fúnebres”, las “Ars moriendi” que atraviesan la historia de la humanidad desde los embalsamadores egipcios a los forenses actuales que certifican las causas de la muerte de las víctimas de nuestros criminales, tan queridos y tan odiados.
Aponte es consciente de que sin maldad ni muerte no habría literatura y construye una pirámide de sugerencias, que a veces caen en el disparate. La última parte de la novela, desde que se encuentran Sammy Davis y Nathan Leopold, se hace tan incomprensible y visionaria como la segunda mitad de “El obsceno pájaro de la noche”, y nos deja –o me deja, mejor- con mal sabor de boca, porque esperaba un desarrollo triunfal de la estructura, si bien es cierto que la coda final de la historia explica perfectamente la concepción de Violeta Cruz como una ensoñación que nos trasmite otra y dentro de esa, otra, que está muerta y es expresión y gesto de un delirio, quizás el delirio que contemplamos en los últimos momentos de nuestra vida.
No sé dónde reside la magia de Aponte Alsina: es difícil imaginar una novela tan funeraria y al tiempo tan viva. Sus cortos capítulos se van sucediendo y despiertan nuestra atención con facilidad. Es una novela que engancha, y que cuenta la muerte con gracia pero a la vez con rigor científico, y como los antiguos pintores flamencos, la corrosiva expresión de nuestra decadencia puede estar contaminada por la ironía y la sorna, en una espiral de incontinente variedad.
Recomiendo “Sexto sueño”, y le fascinará a quien le guste la novela gótica o decadente, sensual o atrevida, vanguardista o clásica. Es una novela múltiple, con un lenguaje riquísimo y una primera mitad maestra, capaz de hipnotizarnos más allá de sus excesos, y además es un nuevo acierto en el catálogo de esta recién nacida editorial, veintisiete letras, que promete muchos gozos de este tipo.

“Mi cuerpo es una cárcel. Sammy y Nathan llevaban la cárcel en el cuerpo. De un tiempo a esta parte, este cuerpo mío, voluptuoso, que tanto cuidé y mucho me enseñó, es mi enemigo. Se apresura hacia la muerte mientras yo sigo empeñada en hacer. Entro y salgo del desconcierto de mis horas seniles con la sensibilidad refinada. Desde la lucidez de un sueño más profundo que el más hondo de los sueños vigilo mi cuerpo amante y peligroso. Me le escondo a este cuerpo traidor que se obstina en quedarse calvo, en llamar a la muerte. Soy infiel a mi cuerpo, pero lo adoro.”

17 abril 2008

Tres rosas amarillas, librería de cuento.

Como recibimiento y con los mejores deseos de suerte y mucho cuento, un texto escrito para la ocasión por los creadores de esta bella aventura que acaba de abrir sus puertas en Madrid. Alguna vez he afirmado en este blog que si queremos que esta etapa sea la definitiva para el relanzamiento del cuento en España, es imprescindible el compromiso de los lectores con pequeños gestos de apoyo al cuento. Con Tres rosas amarillas, los lectores y compradores de libros de cuentos tienen una bella oportunidad. Desde provincias, y como sugerencia personal, les recomiendo a los libreros que cuiden en esa página web todavía en construcción la atención y el servicio a todos los posibles clientes y amantes del cuento que viven en provincias, donde sus pocas librerías poco caso hacen a los libros de cuentos. Será en beneficio de las tres rosas, los lectores, y en definitiva, del cuento.


Querido Miguel Ángel,

Te agradecemos el espacio que nos haces en el Síndrome Chéjov, una página de culto para los que rendimos culto al cuento. Hemos abierto en Madrid una librería especializada en relato, en pleno corazón de barrio de Malasaña, abrazada por las calles de San Vicente Ferrer y el Dos de Mayo. Se llama Tres Rosas Amarillas, como el magistral cuento que Raymond Carver escribió en homenaje de su admirado Chéjov, cuya estremecedora escena final hemos reconstruido en uno de los escaparates. Creemos que es la primera librería especializada en cuento, al menos en España. La historia de Tres Rosas Amarillas no nace de la lógica, ni de la iniciativa empresarial, ni del conocimiento del negocio ni de ninguna de las loables virtudes que teóricamente avalarían con más prudente garantía el éxito de este proyecto. La historia de Tres Rosas Amarillas nace de una idea casi temeraria, atrevida porque lo es la ignorancia, la ignorancia de tres profanos en el mundo librero (Antonio Albors, José Luis Pereira y María Martinón-Torres),


decididos a saltar sin mirar si debajo hay agua, ¡no vaya a ser que no la haya y no nos atrevamos a saltar! La historia de Tres Rosas Amarillas es más una cuestión de vísceras, casi de justicia. Había que darle al cuento el espacio que se merece, no menos del espacio, desde luego, que el cuento ya ha llenado en nuestras vidas. La historia de Tres Rosas Amarillas nace de la adicción a las palabras y las frases redondas; nace de lo que en breve nos arranca aplausos; nace de días y sus noches asistiendo boquiabiertos a los malabarismos que algunos son capaces de hacer caminando sobre un par de delgadas frases; nace de la atracción a las distancias cortas; nace del tributo a los que leen horas y entre horas y a los que escriben y con ello nos dan de ese pan del que también vive el hombre. La historia de Tres Rosas Amarillas es la de los que sienten vértigo al asomarse entre dos líneas, porque como la gitana que nos lee la mano, en dos líneas son capaces de atisbar todo un destino. La historia de Tres Rosas Amarillas es la historia de los que creemos en el cuento como chistera, en la que no sólo cabe un conejo sino la tripulación entera al mando de Noé. La historia de Tres Rosas Amarillas nace de la ilusión y la veneración por el cuento, un género al que le sobran adeptos y le faltaba su propio espacio. Intentaremos tenerlo todo -¡o casi todo!- de relato, que por supuesto va desde los grandes y consagrados del relato (Ford, Cheever, Carver, Capote, Tizón, Poe, Saki, London, Bennedetti, Merino, Kureishi, Bolaño, Hoffman, Borges, O’connor, Cortázar, Melville, Oé, Bradbury, Kawabata, y ese larguíiiisimo etcétera que abraza a autores de ayer y de hoy), a otros consagrados literatos cuya obra en relatos también hermosos han quedado quizá eclipsados por su obra novelística o ensayística (Nabokov, Conrad, Ayala, Wolff, Pirandello, Mann, Hesse, Stevenson), autores de prestigio quizá más desconocidos para el gran público y en nuestro país (Zúñiga, Zapata, Obligado, Diski, Mzorek, Hipólito), por supuesto los imprescindibles cuentistas latinoamericanos (Quiroga, Shua, Arlt, Ocampo, Peri Rossi), clásicos de siempre (Andersen, Perrault, Calleja, Las mil y una noches y el Decamerón, entre muchos otros), antologías de épocas y de autores o leyendas anónimas y cuentos populares, pero también habrá sitio para escritores noveles y menos conocidos, primeras obras y publicaciones de relatos de concursos. ¡Y lo que no tenemos, lo buscaremos!
Queremos que sea además un rincón de cultura viva, con presentaciones de libros y lecturas comentadas. Ya contamos en nuestra agenda con citas fantásticas, como la Noche de los Libros con Eloy Tizón, lecturas comentadas de su obra con Andrés Neuman, encuentros de alumnos con el laureado Ignacio Ferrando, además de otras iniciativas como por ejemplo con Literatura en Breve de RNE5 o los diversos talleres de escritura y creación literaria de Madrid, así como el decidido apoyo de una editorial de referencia como Páginas de Espuma y la sintonía con las demás dedicadas al cuento. La página web está en construcción (www.tresrosasamarillas.com), y desde ella se podrá acceder a todo el fondo de la librería, encargar, comprar, comentar y recomendar todo lo que se quiera sobre los libros.
La historia de Tres Rosas Amarillas nace del apoyo incondicional de lectores y escritores de cuentos. Hemos tenido la gran suerte de despegar con hados padrinos y hadas madrinas de lujo: Eloy Tizón con sus frases con alas y su lealtad tan temprana, Juan Casamayor y su bendita prole de Páginas de Espuma que nos llevaron de la mano antes de que comenzara a contar el tiempo, de Clara Obligado y el tsunami de sus latidos, el cuentista fugitivo José María Merino, al que siempre se busca porque leerle siempre tiene recompensa y Javier Sagarna capitán de la Escuela de Escritores donde los tres aprendimos secretos del oficio de escribir pero, sobre todo, aprendimos a leer, y de la semilla plantada ya han nacido tres rosas. Es también la historia de Juan Carlos Notario, que generoso y paciente nos regaló un logo maravilloso, capaz de contener y contentar a vaya par de tres de gustos tan dispares.
La historia de Tres Rosas Amarillas es la de un amor insensato a tres bandas, que nos robó la cordura que ya entonces nos faltaba. La historia de Tres Rosas Amarillas es la de todos vosotros, incondicionales del cuento, y cuento uno, dos, tres, más muchas más de tres rosas amarillas. La historia de Tres Rosas Amarillas es la de todos los que estamos dispuestos a nadar contracorriente y, por si naufragamos, hemos traído una palmera –¡una palmera de verdad!- a la librería, para que nos de cobijo en la que ya sabemos que no será una isla desierta.


La historia de Tres Rosas Amarillas es la historia de todos los que os emocionáis con esta idea y nos habéis ayudado, todos vosotros que no sois anónimos, tenéis nombre, sonrisa, confidencias y palabras de ánimo, tenéis generosidad y tiempo sacado de donde no lo hay, tenéis sugerencias, blogs, revistas, editoriales, y talleres creativos, tenéis noches de insomnio a la luz de la lamparilla, y temblores al cerrar un libro, tenéis disposición para subiros a estanterías, para montar mesas, para ordenar libros, para poner precios, para limpiar cristales, para llevar bandejas, para traernos rosas, tenéis amigos de amigos a los que contarles, tenéis lealtad, complicidad, intimidad y mucha, mucha paciencia. Tenéis un sitio en nuestro corazón, y en San Vicente Ferrer, tenéis una nueva casa.
La historia de Tres Rosas Amarillas, es la de que quizá no podemos hacer la vida más larga, pero sí más ancha, como anchos son los cortos cuentos. Y quien quiera una vida de cuento, que cuentos lea.


14 abril 2008

Iban Zaldua: Tres relatos inéditos.

Completando la entrevista publicada el pasado lunes con Iban Zaldua, hoy se publican en este blog tres relatos, inéditos en castellano, del autor. El primero "Sombras", daba título al libro "Itzalak", de 2004, todavía no traducido. El segundo, "Cuento para una cuarta", era el relato que, como es costumbre en los libros de Zaldua, se incluía en la contraportada de "Itzalak". "Milagro", escrito en castellano, es un relato que Zaldua suele leer en las presentaciones de "Porvenir". Los dos primeros han sido traducidos del euskera por Zaldua expresamente para este blog, lo que le agradezco mucho desde aquí. Se incluye también la versión original de los dos primeros relatos, en euskera.

Sombras


Cuando me topé con ella en el museo tuve que esforzarme en demostrarle que no me ponía nerviosa, y creo que lo conseguí, aunque en realidad estaba temblando por dentro. No veía a Marga desde 1997. Me acuerdo muy bien del año porque en aquel encuentro me había recomendado Seda, la novela de Alessandro Baricco, y me gustó muchísimo.
Ella también trató de mostrarse tranquila: me abrazó con levedad, como si no hubieran transcurrido todos aquellos años. No reuní el valor suficiente para estrecharla entre mis brazos durante más tiempo o con más fuerza.
Intercambiamos las frases de rigor. “Te veo guapa; no te había visto nunca con pintalabios. ¿Desde cuándo lo usas?”. Desde que salgo con Mikel, pensé, pero no le di una respuesta concreta, ni a esa pregunta ni a muchas otras que me formuló a continuación; de todas formas, no creo que esperara respuestas: las preguntas fueron como los abrazos, leves, amables, nada grandilocuentes.
Marga estaba fea y había engordado. Tenía los dedos amarillentos por la nicotina y las raíces canas delataban que se teñía el pelo. Pero no le dije nada, por supuesto.
Marga y yo hicimos juntas los cuatro años de instituto; “del Super-Pop a Rimbaud”, como le gustaba recordar a ella. Por aquella época, más que amigas, éramos una secta. Fue así desde que nos sentaron en el mismo pupitre: yo me apellido García y ella Garciandía. Hubo una época en que iba cada tarde a casa de Marga: sus padres, al contrario que los míos, tenían un aparato de hi-fi y permitían que lo usáramos; allí nos pasábamos las horas oyendo Rabo de nube de Silvio Rodríguez y Berlin de Lou Reed, y leyendo, y hablando, y fumando. Nunca he olvidado lo que me comentó Marga después de haber terminado de leer Desayuno en Tiffany’s: “Pienso lo mismo que Holly: ‘La patria de una es el lugar en donde te sientes bien. Y todavía lo ando buscando’”. Y yo me reí, aunque lo que había dicho no me pareciera tan gracioso. Marga y yo apenas discutíamos. Ni siquiera lo intentábamos. Puede que la amistad sea eso.
“¿Te gusta la exposición? –me preguntó de repente; no esperó a que yo le respondiera–. A mí tampoco. ¿Qué te parece si salimos de aquí?”. Le dije que de acuerdo, que podíamos ir a tomar algo a un bar de al lado, pero ella negó con la cabeza: “Prefiero dar un paseo, si no te importa. Ya sabes…”, y añadió, con una sonrisa: “Te parecerá raro, ¿verdad? Antes la más andarina eras tú…”. Es cierto: aunque hacer monte me gustaba mucho, apenas conseguí arrastrar conmigo a Marga un par de veces; durante la segunda excursión, de todas formas, casi se me deshidrató en la subida al Irumugarrieta, y nunca volvió a venir con nosotros.
De hecho, creo que el monte fue una de las cosas que empezó a alejarnos: conocí a Urko, mi primer marido, en el club de montaña. El monte y, por supuesto, los estudios: Marga se marchó a Madrid, a la Escuela Diplomática y yo, mientras tanto, anduve por Sarriko, sin poder terminar la carrera de económicas. El montón de cartas del principio fue reduciéndose durante los siguientes años. Después –nunca lo entendí– Marga entró en el mundo de la política y cada vez tuvimos menos oportunidades de estar juntas.
“Hoy la alameda está muy bonita para pasear, ¿no crees?”. Le respondí que era verdad, y fui sincera: hacía una tarde templada de ésas que pueden disfrutarse sólo en otoño. Las largas sombras de los árboles me hacían pensar en flechas. Nuestros zapatos producían un rumor muy dulce al pisar la hojarasca, y me entraron unas ganas terribles de empezar a dar patadas a las castañas pilongas recién caídas de los árboles. Pero no me atreví.
“¿Has leído lo último de Baricco? –me espetó–. No es una novela, sino un pequeño ensayo. Se titula Next; trata sobre la globalización. No sé si te interesa el tema, pero está bien escrito, y ayuda a entender un par de cosas”. Hizo un alto y, aunque brevemente, miró por primera vez hacia atrás; luego continuó paseando: “Hay una cosa, en el libro, que me ha dado qué pensar. Hablando de los sucesos del once de septiembre, Baricco explica cómo serán las guerras del futuro. Dice que el concepto de guerra tradicional se ha quedado anticuado; que a partir de ahora todas serán guerras internas: crónicas, inevitables, civiles. Y cerré el libro, y pensé que en el País Vasco hace tiempo que somos los más globalizados y los más modernos, porque así es nuestra guerra. ¿No crees?”.
No sé lo que le contesté a Marga, pero, una vez más, me dio la impresión de que no esperaba que le dijera nada. Luego continuamos hablando, de esto y de aquello, hasta que llegamos al puente del ferrocarril; entonces le dije que me tenía que ir, que ya nos veríamos. Nos dimos otro leve abrazo y cada una tomó su camino: yo, hacia el norte, a nuestra casa, y Marga, con el guardaespaldas siguiéndola, hacia el este.
Ni siquiera sé si vive por allí.

[Cuento para una cuarta]

«Me lo quiso contar en cuanto se levantó de la cama. “¿Sabes que he soñado? Que me abandonabas, que te habías liado con otra mujer. No la conocía, pero estoy segura de que era más joven que yo. Los niños se quedaban contigo, claro, y, por consiguiente, la que se marchaba de casa de casa era yo. Me tuve que buscar un piso compartido”. Sonreí, qué iba a hacer si no: siempre me ha hecho gracia lo minucioso de las pesadillas de Arantza; yo ni siquiera me acuerdo de lo que sueño. “¿Y con quién te ibas a vivir?”, le pregunté. “Con Nekane. A ella también acababa de dejarla el marido”. “¿Con Nekane? Si casi no la conoces”. “Ya, a mí también me pareció raro. Pero ya sabes cómo son los sueños”, me respondió. Luego me describió el piso en el que vivían, muebles incluidos. “De todas maneras, ¿a que no adivinas qué fue lo que más me fastidió, en el sueño? Que no me contaste nada hasta que terminé de corregir el manuscrito de tu último libro”. Y en eso tiene razón: jamás encontraré mejor lectora para mis textos que Arantza. Aquel momento pedía por lo menos un abrazo, así que abracé a mi mujer, cómo no iba a hacerlo. “Hay que ver las cosas que sueñas, chica…”, le susurré al oído».
Nekane no dijo nada: alargó el brazo hacia la mesilla y cogió otro cigarrillo y el mechero. Lo encendió con un gesto breve. El humo que llenaba la habitación se espesó aún más.
El silencio no duró demasiado. «¿Cuándo vas a contarle lo nuestro a Arantza?», me preguntó, tal y como yo esperaba. «Pronto», le contesté a Nekane, «muy pronto. En cuanto me corrija el cuento que he escrito para la cuarta de mi último libro».


Milagro

Creo que nos ocurre a todos los escritores, por lo menos a los que solemos hacer uso del transporte público: nos fijamos mucho en lo que leen los demás viajeros. Supuestamente, a causa de nuestra voraz curiosidad lectora: somos una comunidad pequeña y queremos, a toda costa, saber qué leen nuestros semejantes. Pero en el fondo lo hacemos con la secreta esperanza de que el libro que esté leyendo nuestro casual compañero de viaje sea, claro está, uno de los nuestros.
Hoy se ha producido el milagro. He tomado en la estación de Madrid un autobús que me llevará a Bilbao, a la presentación de mi último libro; el asiento contiguo al mío ha permanecido vacío. Ayer tuve otra presentación en Madrid, con su consiguiente juerga, y no he tardado en dormirme: ha sido una cabezadita. Me he despertado pasado Lerma; por la ventanilla veo uno de esos grandes silos construidos en los años cincuenta por el Servicio Nacional del Trigo. Y al darme la vuelta me doy cuenta de que a mi lado se sienta ahora una pasajera, que sin duda ha abordado el autobús en la parada de Lerma. La mujer, que va vestida de rojo, está leyendo un libro. No puedo ver la portada, pero el cuadrado amarillo de la solapa, que asoma bajo las páginas abiertas, me confirma que se trata de un libro de Lengua de Trapo. No tengo que forzar en exceso mi postura para alcanzar a leer algunas líneas y darme cuenta de que es Porvenir, mi último libro.
Me fijo con disimulo en el rostro de la mujer. Sus rasgos son duros; su mirada, absolutamente concentrada: apenas parpadea, como si fuese ciega. Me asusta un poco el hecho de que alguien así esté leyendo mi libro, pero pese a todo sigo interesado. Muy de vez en cuando, siempre sin parpadear, la mujer apunta algo con un portaminas en un pequeño trozo de papel, que a su vez utiliza como marcapáginas. Una palabra cada vez, dos a lo más, al terminar el relato que está leyendo. Me muero de ganas por saber lo que escribe, pero es imposible: la letra es demasiado tenue, el papel demasiado blanco. Estoy cada vez más nervioso.
Podría dirigirme a ella y confesarle que soy el autor del libro que está leyendo. Pero hay algo que me impide hacerlo: algo en su manera de pasar las páginas, algo en el rotundo gesto de su mano al trazar la palabra –la sentencia– con la que concluye la lectura de cada uno de los cuentos.
En un momento dado –ha transcurrido casi hora y media desde que desperté– la mujer cierra el libro y lo coloca sobre sus rodillas; no quiero mirarla hasta estar seguro de que va a dormirse. Aguanto diez minutos, me vuelvo: en efecto, ha cerrado los ojos. Espero un poco más, a que su sueño sea más profundo: el libro ha resbalado un poco sobre su vestido y se halla muy cerca de mi pierna derecha. Con la mano izquierda, muy despacio, empiezo a extraer de entre las páginas de mi libro la hoja de papel. La primera palabra es NO y está escrita con mayúsculas: sin duda, no le ha gustado el primer cuento. Es un principio descorazonador, qué duda cabe, pero no tengo más remedio que continuar. Extraigo unos milímetros más de papel: la siguiente palabra es SEA, también en letras de molde. ¿Puede qu