domingo, 1 de febrero de 2015

Nuevas páginas web

Desde hoy, este blog se traslada a una nueva página web. Podéis acceder en la siguiente dirección:


www.elsindromechejov.com


He creado también una página web personal:


www.miguelangelmuñoz.es


Os espero allí y agradezco cada una de las visitas que ha recibido el blog durante los últimos nueve años en esta plataforma de blogger, donde seguirán alojados las entradas publicadas.

jueves, 22 de enero de 2015

Los nuevos pobladores - Pilar Fraile Amador















Los cuentos de Pilar Fraile son perversos y enfermizos; es decir, saludables. Su mundo es el de mañana, pero ya despojado, zumo de lo que seremos, un poco ciencia ficción, un mucho realidad, y en lo que falta de los paisajes elípticos de sus cuentos, en lo que ella le ha arrebatado, se ha quedado la explicación sobrante. En lo que permanece han quedado los signos, el mal rollo, esas relaciones sentimentales entre humanos y robots en las que hay inversión de papeles, de roles, inversión de futuros que ya no llegarán. Seguro que leo el próximo libro de cuentos Pilar Fraile, si hay mañana y nuevos pobladores para tanta urbanización vacía como ha quedado.




Los nuevos pobladores.
Pilar Fraile Amador
Editorial Traspiés

jueves, 11 de diciembre de 2014

Felices setenta años, Brenda Lee.



Brenda Lee cumple hoy setenta años. Pequeño homenaje a la cantante admirada y también a mi propia novela, que se presentó hoy hace dos años, y que sigue siendo el libro que más me gusta de los míos -y no porque sea el último publicado-. ¿No se lleva la sinceridad en la ficción? Pues ea, dicho queda.


En el tenue hilo musical de la cafetería comenzó a sonar el Blue velvet de Brenda Lee. Julián pidió silencio a su amigo para que la escucharan. Cuando acabó, llegó Sinatra y su Strangers in the night. 

El gran Leonardo le dijo:

-Brenda Lee era un truco perfecto, una fastuosa mentira. Con doce años sonaba como una dama de veinticinco. Imagínate la fascinación de quienes oían su voz grave sin poder verla, una niña moviendo tímidamente las caderas. Una niña prodigio. Es la definición perfecta para un buen cantante. Una sensual mentira con caderas de niña. Me sigue maravillando que, a pesar de la edad que tenía, no suene cursi. Me la creo como la primera vez que la oí.

-¿Sabes que sigue dando sus recitales por Estados Unidos? Pero ahora su cuerpo es mayor que su voz.

Fragmento de "La canción de Brenda Lee", Editorial Menoscuarto, 2012.


jueves, 13 de noviembre de 2014

"Cazador de medusas", en Cuadernos Metáfora.





La librería Metáfora, de Roquetas de Mar, ha publicado en el número dos de sus "Cuadernos Metáfora", dos relatos míos. El primero es "Cazador de medusas", inédito. El segundo es "Antón Chejov, médico", de mi primer libro.

Mañana, viernes 14, lo presentaremos en la librería, a las ocho y media de la tarde, con José Antonio Sántano.

La ilustración de la portada es de mi amigo finlandés, José Antonio Ruiz. Aunque no se aprecia en la ilustración, en el globo se lee "síndrome Chejov" en finés.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Cosecha Eñe 2014




El miércoles 24 se entrega el premio Cosecha Eñe 2014 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Este año la ganadora ha sido Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988). Hay nueve finalistas, entre los que me encuentro. El título de mi relato es "Nombrar al hijo".

Ha sido una pena no ganar el premio de este año, porque al fin y al cabo soy el único de los escritores finalistas que tiene una EÑE en su apellido.

En la fiesta de entrega se presentará el nuevo número de la revista. Añado la nota de prensa que ha enviado la editorial La Fábrica. 


Eñe #39. Sangre Nueva
El número de otoño publica en sus páginas centrales el relato ganador y finalista del premio literario Cosecha Eñe de 2014 que la revista concede cada año. El jurado, compuesto por Andrés Barba, escritor y ganador de Cosecha Eñe 2009; Juan Casamayor, responsable de Páginas de Espuma, la editorial por excelencia del cuento en España; Antón Castro, escritor y periodista, ganador en 2013 del Premio Nacional de Periodismo Cultural, y Camino Brasa y Elena Medel, directora y redactora jefa de Eñe. Revista para leer, respectivamente, eligieron en una deliberación exhaustiva y ajustada, nueve de ellos como finalista y uno, Famous Blue Raincoat, de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988), como ganador de la octava edición del premio dotado con 2.000 euros. El certamen ha dejado patente la excelente salud del cuento español, la convivencia feliz de voces y temas diferentes, y el surgimiento continuo de nuevos escritores.

Animales, muertes naturales o en situaciones nada claras, teléfonos móviles, padres e hijos, campos de fútbol y oficinas, pisos y cementerios son los protagonistas de sus historias. El relato ganador está acompañador por los nueve finalistas: Luz de noche, de Walter H. González (Marbella, Málaga, 1978); La piraña, de Manuel Crespo (Buenos Aires, 1982); Cuidado con el huevo, deAlejandro Morellón (Madrid, 1985);Omertá, de Río (A Coruña, 1974);  El timbre, de Alberto Haj-Saleh (Sevilla, 1978); El empleado del mes, de Luis Bagué Quílez (Palafrugell, Girona, 1978); La ochava, Silvina Chague (Buenos Aires, 1964);  Nombrar al hijo, de Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970); y La ausencia, de Miguel Sanfeliu (Santa Cruz de Tenerife, 1962).

lunes, 15 de septiembre de 2014

Caminos anfibios - Ernesto Calabuig





Eran tiempos no menos corruptos que el presente, pero a la distancia aquellos años aparecían redimidos por cierta ingenuidad, acaso por una mera ausencia de cinismo.
Edgardo Cozarinsky, La tercera mañana.

También en los cuentos de Un mortal sin pirueta, su primer libro, publicado en 2008, había un interés evidente por la cultura y la literatura alemana. Como nos gustan los encasillamientos, todos mencionaremos esa cercanía de Calabuig al mundo germano -que no en vano ha traducido del alemán, por ejemplo a Clemens Meyer-. Perfecto, ya lo tenemos situado y nos notamos más seguros. Calabuig será nuestro cuentista germano. Pero lo que a mí me interesa como lector es, además de esa filiación evidente, qué supone este libro como evolución respecto a los dos anteriores, el mencionado y la novela Expuestos, de 2010.
Estos relatos son notablemente más maduros, complejos y emocionantes que los de su primer libro de cuentos. Por otro lado, de la novela Expuestos permanece el peso, más o menos disimulado, de cierta autoficción que casi nunca llega a deslizarse por el lado de la metaliteratura. Sobre los personajes de Calabuig sobrevuela la escritura, el deseo de ser apreciados, valorados, el peso de la edad madura y su capacidad especular respecto a los mayores, padres que comienzan a despedirse del mundo. En cierto modo, la mayoría de los personajes de Caminos anfibios están a mitad de camino de algo: la vida, la literatura, las relaciones de pareja, a mitad de decidir si embarcarse o no en una aventura apasionada con alguien «de fuera», alguien que no pertenece al círculo del personaje. En esa incapacidad de decidir, en ese espacio del que se han apropiado las dudas, los personajes de los mejores cuentos de Calabuig tejen sus monólogos. Hay dos cuentos en el libro que me parecen muy, muy buenos, y ambos están contados mediante monólogos exteriores, formalmente precisos y al tiempo narrados con naturalidad. Tengo que decir que esos cuentos -son «Caminos anfibios» y «Del ahogarse en un vaso de agua»- han resistido, y ahora son más apreciables incluso, la segunda lectura que he hecho del libro en este inicio de septiembre con respecto a la que hice en los primeros días de junio, recién aparecido el libro. Es admirable la soltura con la que Calabuig va engarzando en ellos nimiedades vitales, distintos pensamientos de sus personajes, reflexiones culturales, y al tiempo profundiza en la psicología de Marie Baumann, en el primer cuento, y del hombre que rememora un momento de su adolescencia, apenas sugerido, que muchos años después revolotea, y seguramente condiciona su existencia, en «Del ahogarse en un vaso de agua». Este es un relato largo y digresivo. Ahora yo tendría que añadir, «dicho en el mejor sentido», como justificándolo, porque hay una equivocada idea de cómo deben ser los cuentos, pero la digresión puede ser puramente narrativa, excitante, versátil y divertida. Al fin y al cabo, Bernhard es pura digresión, música modulada a la perfección para ir añadiendo instrumentos a una causa muchas veces neblinosa. En ese cuento aparece Werner Herzog o Klaus Kinski, o una estupenda cita de Edgardo Cozarinsky, que reproduzco arriba. Hay momentos, en esos dos relatos, en que parece que se ha perdido el hilo conductor, pero al poco el autor lo retoma, y da otro impulso adelante para seguir narrando. Esa vibración musical hace de esos cuentos los más brillantes del libro. Algunos de sus procedimientos son utilizados en otros cuentos posteriores, en los que no alcanza una resolución tan atractiva.
Desde el comienzo del volumen, en la primera página, Calabuig habla de una temperatura inusual para un lugar tan frío como Alemania. Esa es una de las claves del libro: la narración de una temperatura interior, un ardor moral, la necesidad que tienen unos personajes que se queman por dentro de explotar, de amar, de sentir, de reconocer la sensación de fracaso que conlleva, con frecuencia, la vida y la edad. Por eso sus personajes tienen que estar atentos, y van tomando, a través de la voz del autor, distintas referencias y estímulos exteriores, normalmente culturales, aunque también descubrimientos personales, que se incorporan a la voz del cuento, esa voz que amalgama, une y funde.
«Piensa que la necesidad de gafas de lectura ha acrecentado, en cambio, algún tipo de visión o ensoñación interior. Internarse por un camino es internarse en la profundidad de ese camino.» Aquí hay una declaración expresa de las intenciones de esta estrategia narrativa: para saber ver, hay que hundirse, ir abajo, tomar del mundo que nos rodea -que también es nuestro mundo hondo, el de los sentimientos y emociones- aquello que brota, para llegar a saber lo que realmente somos.
Por eso comentaba al principio que estos personajes, casi siempre, mientras nos entregan sus meditaciones, sus ideas, sus repentes, no quieren confesar que lo que buscan es saber qué hacer con el resto de su vida, por dónde tirar, cómo vencer la rutina. Ese espacio, que medita sobre lo que podría llegar a ocurrir pero no está ocurriendo, es muy cercano a los relatos de otra autora alemana que Calabuig -y también yo- aprecia enormemente, Judith Hermann, y como una carta de amor a su obra podrían llegar a interpretarse algunos de estos cuentos anfibios, especialmente el primero y el último, el también estupendo «Nocturno del Ruhr», narrado con delicadeza.
En ese modo evanescente, musical, de hacer avanzar sus relatos está lo más notable de este libro, que quizás no alcanza igual contundencia en los cuentos más breves, algunos de ellos microrrelatos, así como quizás también hay ciertos cuentos demasiado parecidos entre sí, o que cuentan la misma historia desde una perspectiva similar, como en los que tratan las relaciones paterno-filiales.
En muchas historias de este libro se habla de unos anfibios que atraviesan las carreteras aún húmedas, buscando lugares en los que refugiarse antes de que el tiempo cambie. Es una imagen recurrente que alude a esa búsqueda de acogimiento y protección de muchos de sus personajes, pero también es una simbólica alusión -el libro entero lo es- a la cultura europea, al magma diverso y trágico sobre la que se ha solidificado, a cierta sensación de indefensión que tenemos los europeos. Léase, por ejemplo, «Un solar de Göttingen». Gentes ligadas al destino incierto de este territorio que queremos seguir pensando que es común. Aunque hace crítica de literatura hispanoamericana en El cultural o Mercurio, Calabuig insiste aquí: soy europeo, me siento profundamente europeo.
así, al estilo germano, acabo como empecé.


Caminos anfibios
Ernesto Calabuig
Editorial Menoscuarto. 

Imagen: Michael Wolf

Mientras escribía este texto, me ha acompañado la música de Anne Gastinel y Claire Desert interpretando la Sonata Arpeggione, del austriaco Franz Schubert. La francesa Anne Gastinel, magnífica violoncelista, le da un aire, por cierto, a Judith Hermann.





jueves, 11 de septiembre de 2014

La vida imposible - Eduardo Berti


(Publiqué esta entrada en junio de 2011. La recupero porque acaba de salir a la venta en Páginas de Espuma La vida imposible, ampliada respecto a la edición argentina original. )


En la entrada de la pasada semana, al hilo de la publicación de Lo inolvidable, de Eduardo Berti, comentaba que su libro de microcuentos La vida imposible, edición original de 2002, sería próximamente reeditado por Páginas de Espuma. Mientras llega ese momento, como adelanto para quienes no conozcan este excelente libro, su autor me ha cedido para su publicación en el blog tres de los micros incluidos en él.

Doble vida

En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera -una inspección de la compañía de seguros, o algo así– y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces, no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso.

De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio.

De pronto recordé la vez que, siendo un niño, había roto el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido, en aquel momento, desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.


Por aproximación

Antes de cruzarme con algún conocido al que no he visto por años, los días previos empiezo a encontrarlo por aproximación. Esto significa que dos días antes me cruzo por azar con un extraño que me recuerda vagamente a este conocido, y horas más tarde, o un día después, vuelvo a cruzarme con otro extraño todavía más parecido a este amigo que anuncia así su reaparición. En ocasiones la aproximación es breve: una o dos caras similares y por fin el sujeto original. Pero en otras oportunidades la cadena se prolonga a tal punto que los eslabones finales, me refiero a los últimos transeúntes desconocidos, en la práctica resultan casi idénticos a aquel querido amigo. Varias veces he llegado a saludarme con uno de estos sosías. Otras he inferido que en verdad se trata de quien pienso, sólo que ya me ha olvidado o finge no reconocerme.

Una criatura del pasado

El bisabuelo de mi amiga T., al cumplir los noventa y cinco años, empezó a hablar únicamente en pretérito. Decía «fui al baño», se incorporaba e iba. Decía «me fui a dormir», se incorporaba e iba derecho a la cama. El anciano, afirma mi amiga, había cobrado entera conciencia de que no era sino "una criatura perteneciente al pasado".

Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) ha publicado los libros de cuentos Los pájaros (1994, reeditado en 2003), La vida imposible (2002, Premio Libralire) y Lo inolvidable (2010), los aforismos y las minúsculas prosas de Los pequeños espejos (2007) y las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999, finalista del Premio Fémina), Todos los Funes (2005, finalista del Premio Herralde), La sombra del púgil (2008) y El país imaginado (Impedimenta, 2012), que recibió el Premio Las Américas de novela. Como antólogo ha editado Nouvelles, antología del nuevo cuento francés (Páginas de Espuma, 2006), Galaxia Borges (con Edgardo Cozarinsky, 2007), Galaxia Flaubert (2008), Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka (Páginas de Espuma, 2009) e Historias encontradas (2010). Es director literario de la editorial La Compañía. Ha traducido, entre otros, los cuadernos de apuntes de Nathaniel Hawthorne, los Cuentos glaciales de Jacques Sternberg y la novela Lady Susan, de Jane Austen.

Fotografía: Nadav Kander.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Ocho cuentos y medio - Javier Morales Ortiz



Este es el tercer libro de cuentos de Javier Morales (Plasencia, 1968). Había leído el segundo de ellos, Lisboa (Editora Regional de Extremadura). Aprecié en él signos y ecos de la tradición narrativa en la que me he educado. Me vino un nombre a la cabeza, por encima de otros: Gonzalo Calcedo. Calcedo es el cuentista español que mejor ha vertido la estética y, sobre todo, la temperatura moral del cuento norteamericano. Su narrativa es personal, única, estanca. Por eso me interesó la propuesta de Morales, minimalista, casi avara, honestamente seca. Alguien que, para investigar en sus cuentos, toma el camino de Calcedo -y de otros tan cercanos a él- es uno de los míos. Me gustan muchos estilos de escribir cuento. Esa riqueza de voces es una de las virtudes del cuento actual español -sería un error pretender clasificar o enfrentar o, por distintos motivos, intentar definir cuál es el cuento que realmente hay que hacer para describir nuestra realidad-. Hace bien Javier Morales en ser fiel a su camino, pese a que no sea el más celebrado entre los lectores de cuento.

Ese adjetivo, honesto, en el que yo sigo creyendo, puede aplicarse a este nuevo libro, Ocho cuentos y medio (Editorial Baile del Sol). En la nota previa del autor aclara que ese medio cuento que se añade a los ocho que contiene su volumen es el que piensa que ha de escribir el lector, y de ese modo reconoce la complejidad y limitaciones de un estilo tan desnudo, en el que los cuentos acaban en un suspense que no es hitcockiano sino, al contrario, enigmático, brusco. Los lectores no avezados en la caza del cuento, mal apostados, se cansarán cuando la presa, cada cuento, no boquee sangre al final. Las historias de Morales son tranches de vie que parten de un lugar de quiebra para llegar a ninguna parte. La mayoría de sus personajes han perdido el empleo repentinamente, han modificado sus rutinas, se han topado con «un giro inesperado», como acaba uno de los cuentos. Y creo que sus seres frágiles no soportan los cambios, como el personaje de Jennifer Lawrence en La gran estafa americana, no están preparados para internarse en esta caverna platónica que es la vida. Transcribo aquí las últimas palabras de sus relatos: «ya sin mi padre», «una vida por delante», «no hay posos para adivinar el futuro (…)», «su imagen ya se había convertido en un espectro», «todavía no quiere decir adiós», «primero la echan del trabajo y ahora esto», «como si resucitara a la vida». En esa cuerda de la que quedamos suspendidos cuando concluye la estampa de un momento de las vidas de sus protagonistas está implícito, curiosamente, un cambio tumultuoso. No hay proyectos de futuro, sino nada más que el mundo siguiendo con su giro, la vida repartiendo las bofetadas a las que acostumbra, y un autor que quiere dar cuenta, desde el realismo descriptivo, de esos resplandores, de esos cambios de luz que se adivinan en ciertos momentos claves. Minucias, sí, pero que en ocasiones nos acaban definiendo. En una cierta penumbra brota un cierto amor, desgastado desde el principio. Unas vacaciones de verano; el momento «cumbre» en que tu jefe te llama al despacho, tal vez para despedirte; esa plaga de chinches de «Mosquitos», que es la máxima plaga bíblica a la que pueden aspirar todos aquellos parados que se sienten culpables por algo indefinido y que han de seguir purgando pecados desteñidos; los proyectos poco heroicos para imitar el viaje de Chéjov a la isla de Sajalín.

Ocho cuentos y medio es un libro que, tras la lectura, crece en la memoria, porque busca ecos que a veces su texto niega. Morales podría haber ido más allá, contado más, pero en esa pelea entre lo sugerido, lo callado, y lo contado, hay un poder de sugestión valioso. Javier Morales ha elegido un camino bien difícil, como lo eligió Calcedo, del que se incluye como homenaje insólito un epílogo-muy buen cuento. Leer los relatos de Morales, en los que la retórica está prohibida, tiene un efecto sanador. Este tipo es auténtico.
               
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La edición de Baile del Sol adolece de un número de erratas excesivo, que va más allá de la concesión de Azorín, que pensaba respecto de las erratas que «la pureza absoluta del texto es un mito inaccesible». Quince he detectado en apenas ochenta páginas. Faltan puntos, artículos, letras que han desaparecido. Se alternan «campin» y «camping». En el índice hay una errata y dos cambios de títulos respecto de los que figuran en el interior. «Nochebuena en el hotel» pasa a llamarse «Navidad», y «Retorno a Sajalín» se transforma en «Regreso a Sajalín». Cuando compré on-line mi ejemplar, recibí de regalo otro título del catálogo de Baile del Sol. Es una buena idea para promocionar una editorial, pero creo más importante centrarse en otros aspectos prioritarios de la edición, como los comentados, que afean y deslucen la lectura. El autor no se merece eso. Y si el autor ha tenido deslices -que no lo creo- las editoriales han de funcionar como tales. Detectarlos y evitarlos.  

miércoles, 27 de agosto de 2014

Cortázar




El nombre de cuentista que más he pronunciado en mi vida, en voz alta o baja, fue Julio Cortázar. El que más me influyó, el que más vorazmente leí, el que más quise, el que me hizo amar el cuento ya para siempre. Sin embargo, en estos ocho años no recuerdo haber escrito nunca aquí sobre él -sí sobre "Casa tomada"-, como tampoco sobre Juan Eduardo Zúñiga, otro de mis preferidos. Bien. No he contaminado su recuerdo, lo que fue y significó. Hace mucho que no lo leo, y hace mucho que me dolía la moda de machacar a Cortázar. Ya parecía en el último round antes del K.O. y el olvido, pero hoy -hoy, hoy- todos parecen quererlo y amarlo y leerlo. Ya no puedo decir "recién lo leí" pero tengo al resguardo las calles de sus cuentos, el ritmo de sus cuentos. Queda hoy más en mí de aquel Cortázar que leí que de la persona que fui. Aunque no lo frecuente ni pronuncie su nombre, en voz alta o baja. Fui feliz leyendo sus cuentos. ¿Habría pago para eso?

miércoles, 6 de agosto de 2014

Un cuento en Letras libres de agosto: Veranos de adolescencia


Hace tres años participé en el número de Letras Libres de agosto, dedicado a relatos sobre "veranos de infancia". Este verano se ha recuperado aquella idea con un número, que acaba de llegar a librerías y kioskos, sobre los "veranos de adolescencia". Hemos repetido un buen puñado de los autores de aquel otro número, con lo que se puede rastrear una pequeña narrativa de las vidas de cada uno. En este Letras Libres, con unas ilustraciones de Clara León que me han encantado, han participado Andrés Barba, Jordi Carrión, Borja Cobeaga, Aixa de la Cruz, Daniel Gascón, Ismael Grasa, Enrique de Hériz, Nuria Labari, Elvira Navarro, Eva Puyó, Llucia Ramis, Aloma Rodríguez, Gonzalo Torné, Berta Vias Mahou y el del síndrome, que ha escrito "Insolación", en el que narro mi obsesión adolescente y veraniega por el tenis.